sábado 1 de marzo de 2008
Curro Vázquez se despertó temprano, le incrustó un destornillador en el ojo a su mujer procurando no despertarla, y bajó a desayunar. En la cocina se encontró con su hija pequeña, a la que degolló con el cuchillo eléctrico mientras se calentaban las tostadas. Antes de salir de casa metió el gato en el microondas para que no enredara, y ahorcó al perro en la rama más baja del sauce del jardín. Con un hachazo exacto en la coronilla convenció a su vecino de que le prestara las llaves del coche, y aceleró para no llegar tarde al trabajo. Por el camino atropelló a cuatro escolares, dos monjas y un policía de tráfico. Se sentó en su mesa de auxiliar administrativo en la Hermandad de Donantes de Órganos, y redactó una solicitud para prolongar su contrato de trabajo seis meses más: tenía información confidencial y fidedigna acerca de próximas donaciones de órganos para trasplantes.
viernes 29 de febrero de 2008
Tiempo muerto

El foco de luz infectada buscó la pupila de su ojo y se hundió en él perforando el globo ocular a fondo, lentamente, hasta alcanzar la masa cerebral. Una vez allí libró la carga letal de sus entrañas y paralizó toda actividad mental durante horas. Trató de arrancarse el intangible dardo en vano, pero una invisible zarpa de acero le sujetaba el cráneo y le obligaba a mantener los párpados abiertos, sangrando irrecuperables lágrimas en forma de minutos. Un charco de tiempo enfangado se formó a sus pies hasta dibujar el perfil de un encarcelado voluntario. Cuando la jeringuilla de luz le hubo arrebatado todo el tiempo aprovechable que aún pudiera guardar en su cerebro, logró arrancarse la aguja del ojo y desviar la mirada. A trompicones consiguió levantarse del sofá y huyó por el pasillo rumbo al dormitorio. En un último rastro de lucidez, antes de quedarse dormido, se prometió a sí mismo, una vez más, no volver a encender el televisor sin motivos concluyentes.
jueves 28 de febrero de 2008
Historia de amor

Aquella ballena antártica se enamoró del hidroavión que llevaba y traía cartas y alimentos a los científicos de base Esperanza. El hidroavión no dijo nada, pero a su manera también la amaba. Andrew Schultz, el piloto, dijo que no lo sabía, pero tras el accidente, ya en el hospital, horas después de que un helicóptero lo rescatara de entre los pingüinos, jura que vio a los amantes danzar felices junto al iceberg.
miércoles 27 de febrero de 2008
Disciplina
No sabes quién ha sido el cerdo que se ha tirado el eructo mientras escribías en la pizarra, pero esos mocosos de mierda no se van a reír de ti, así que ordenas que se pongan en fila por orden de lista, hombro con hombro, que levanten la cabeza, que miren al frente, y que crucen las manos a la espalda. Preguntas, pero no responden. No quieren dar la cara. Ahora están callados, y sabes que te temen. Alguno de estos cobardes está a punto de llorar, pero no acabará el curso sin que hayas hecho de ellos unos hombres de provecho. Antes de empezar te frotas las manos para calentarlas. Notas que una pequeña erección te crece bajo el hábito. Es la santa ira, te dices. Te acercas a un extremo de la fila y empiezas a repartir bofetadas desde Aznar hasta Zaplana.
martes 26 de febrero de 2008
Apostillas al lector sensible
Basilio anda preocupado, y le dice a Peancha que le ayude, a ver cómo es posible eso que ha leído en el blog de Enrique, porque a él no le salen las cuentas. A la Nena tampoco le convence. Eso es lo malo de estudiar física, informática, u otras materias poco dúctiles de ortodoxia científica. Dicen que hay tres lectores haciendo el trenecito con los libros, pero parece que se suicida primero el que se tenía que suicidar último. ¿Acaso es una causa-efecto invertida? Peancha se calza las gafas de cerca y lo lee despacio, para descubrir en qué línea del código fuente ha saltado el error 479B del que habla Basilio.

--Son cosas de Enrique. Déjale. A veces se le va la pinza, y es que él es de letras, y las cuentas nunca le salen.
--Ya, ya. Pero es que esto no tiene sentido. A ver si es que nos está poniendo a prueba, o nos toma el pelo. Porque yo le conozco, y no creo que sea tan torpe que no se haya dado cuenta de que hay un fallo en la secuencia mortal de los lectores.
--Pues no sé, la verdad. A lo mejor alguien le ha hablado de la matemática del caos, y lo ha mezclado con el efecto mariposa, el gato de Schöringer, Rulfo, las meigas y la astrología. No le hagas mucho caso, que solo está jugando.
--Que no. Que me lo explique.
Vale. Mi respuesta no está en la lógica, ni en la causa efecto, sino entre la metaescritura y la sorpresa. Y digo “mi” respuesta porque la interpretación correcta y única de un texto no existe. Existen varias, entras las cuales puede que la del autor no sea de las mejores. De hecho, suele no ser de las mejores, y en todo caso ni será la única, ni tendrá que ser por obligación la más autorizada. Aunque esté más cerca (o por estar más cerca; la cercanía no siempre mejora la visión).
Y como autor, lo que pretendo evitar es lo obvio. Es más fácil (y lógico) que la secuencia vaya al revés de cómo yo la escribo: Se suicida el personaje del libro que está siendo leído, luego se suicida el lector que está dentro del libro a causa de la impresión, y luego el lector externo. ¿Y luego Basilio, que es muy susceptible? ¿Y después yo, que los he enviado a todos a morir en cadena? Pues no. A veces el efecto precede a la causa. Como en Terminator , o en Regreso al futuro. Y, además, un relato previsible deja de ser un relato, porque ha perdido la narratividad necesaria, y ese sí que es un error de concepto grave. El relato tiene que tener una credibilidad y verosimilitud interna (desde Aristóteles, que ya ha llovido), y sus leyes físicas no son las de Newton ni las de Einstein, sino las internas. Y justamente es ahí, en la ficción narrativa, donde se pueden convivir la verosimilitud y la ruptura de las leyes físicas. ¿Y cuando tiene coherencia interna el texto? Eso depende de la habilidad del dios-autor, que al decir “Hágase la luz”, la luz se haga ante el lector. Así que si los mato en orden inverso consigo que Peancha se divierta, Basilio empiece a echar cuentas, y la Nena proteste. Saldo a mi favor: tres lectores intrigados.
Juro por la tumba de Chéjov que esto es una verdad palmaria.
lunes 25 de febrero de 2008
El lector sensible

Un lector aprensivo lee un libro sobre un hombre asustadizo que lee un libro el cual trata de un hombre muy impresionable que lee un libro. Cuando casi está llegando al final del libro, el lector aprensivo que está leyendo el libro sobre el hombre asustadizo que lee un libro, se suicida por culpa del libro que está leyendo. Esto sobrecoge al personaje asustadizo del libro que está también leyendo un libro de un hombre impresionable que lee un libro, y también se descerraja un tiro antes de acabar de leer su libro; por lo que el libro queda siempre inacabado, en un limbo de espejos perplejos, como de sobra ha demostrado ya la lingüística del texto.
domingo 24 de febrero de 2008
Terremotos homosexuales

El pasado jueves en la Knesset, el Parlamento israelí, Shlomo Benizri, uno de los 12 diputados del partido Shass , dijo que la culpa de los terremotos que ha sufrido Israel en los últimos meses la tienen los homosexuales, por menear los huevos donde no debieran. Yo ya se lo dije a Marcelo, cuando se fue de viaje de novios con José a recorrer oriente medio: Cuidado con tocarse los huevos allí, que es una zona muy sensible . Se sabe que el valle del Jordán, el mar Muerto y, más al sur, el desierto de Arava y el mar Rojo, se encuentran sobre la falla sirio-africana, un lugar de frecuente actividad sísmica, pero son los jodidos maricones, que se ponen a dar por culo encima de las fallas, los que provocan la ira de Dios y sacuden la tierra con terremotos. O a lo mejor es que empujan demasiado fuerte, y todos al mismo tiempo. “Dios dijo que sacudiría el mundo para despertaros si meneábais vuestros genitales donde no se supone que no tenéis que hacerlo”, dijo Benizri. Joder, Marcelo, cómo te has pasado. El Parlamento israelí dejó de considerar delito el ser homosexual hace veinte años, así que el diputado ortodoxo quiere que se rectifiquen las leyes para evitar más seísmos. “El Talmud nos dice que una de las causas de los seísmos, que la Knesset legitimó, es la homosexualidad”. Está bien claro.
Pues entre los sismólogos del Talmud, los antidarwinistas de Kansas, los yihadistas del Corán y los sexólogos del Vaticano, ya tenemos el compendio final de la cultura del siglo XXI.
sábado 23 de febrero de 2008
Lo que no suma, resta

El día que Paco Mañas leyó su séptimo relato, ya llevábamos casi tres meses de clases en el Taller , y casi todos los alumnos eran capaces de localizar los lugares comunes más relevantes en los escritos ajenos. Siempre en los ajenos, porque en los propios es más difícil: están demasiado cerca, han sido cosidos con hilos invisibles de sangre y lágrimas, y están empañados por las vivencias. No recuerdo demasiado del relato, pero sí recuerdo, imposible olvidarlo, que en un momento de la historia Paco presentó a un nuevo personaje ante la audiencia: “Juvenal era un muchacho animoso y optimista”. La carcajada despertó de la siesta al vecino del tercero izquierda. Paco enmudeció, de pronto, sin saber qué había pasado, se ajustó las gafas y nos miró con asombro. Ya éramos amigos, así que habíamos empezado a perdernos el respeto. Isa Cañelles, que era más miope que Paco, pero igual de sensible, le explicó, entre risas, que no podía describir como “animoso y optimista” a un personaje que, para mayor obviedad, se llamara Juvenal, y fuera, qué remedio, un muchacho. “Animoso y optimista”, les recordé, son abstractos, inasibles, imposibles de fotografiar. Don´t tell, show (No lo digas, muéstralo). Demasiadas obviedades, demasiada impostura, demasiados adjetivos innecesarios, demasiadas redundancias, y poca naturalidad. “Pues no sé por qué no voy a poder decir de mi personaje que era animoso y optimista”, se quejaba Paco. Otra carcajada. Paco era un buen tipo, y aguantaba el chaparrón con entereza. Creo recordar que era ingeniero, curtido en ensayos de fatiga de materiales. Celia Herrero, la periodista, trató de calmarlo: “Déjalo, Paco, no discutas, que esta vez no llevas razón”, le decía. Yo intenté convencerle, una vez más, de que en un relato lo que no suma, resta. Que animoso es casi lo mismo que optimista, o está muy cerca, y que son notas propias de cualquier muchacho, que además se llamara Juvenal. Que era parecido a decir que “La pequeña Esther se durmió con una sonrisa infantil en los labios”. ¿Acaso una niña tiene otra opción diferente a la de poseer una sonrisa infantil? Otro asunto sería que la niña Esther se durmiera con una sonrisa perversa en los labios, porque, en principio, la perversión no pertenece al campo semántico de las niñas. Todavía.
“Ponme otro ejemplo”, decía Paco.
Vale. Exageremos un poco, para que lo veas: “La blanca, suave y esponjosa nieve caía mansamente sobre los tejados”. ¿Que qué sobra? Casi todo. Para empezar, los adjetivos “blanca, suave y esponjosa”, porque la nieve, en sí misma, no tiene más remedio que ser blanca, suave y esponjosa. Además, al tener los adjetivos antepuestos al nombre, hacen que la nieve sea aún más blanca, suave y esponjosa. Y para colmo, a la nieve no le queda más remedio que “caer mansamente”, así que sobra todo lo obvio, lo redundante, lo que no hace sino repetir rasgos intrínsecos de la nieve, y que, por lo tanto, enlentecen el relato. Solo con función enfática (lo vi con mis propios ojos ) se podría admitir ese exceso.
Paco tenía paciencia. Aguantó tres años en el Taller de Escritura, y terminó escribiendo buenos relatos. Publicó varios en las antologías del Taller . Y sigue siendo un buen amigo, al que echo de menos. Pero desde entonces, como castigo cariñoso, para nosotros fue el animoso y optimista Paco.
viernes 22 de febrero de 2008

Si me preguntan qué recuerdo de mi padre, retrocedo en el tiempo, y me encuentro en Doctor Esquerdo, una calle grande, muy grande. Era tan grande como un río vertiginoso y ancho, lleno de peligros, en el que apenas alcanzaba a ver la acera del otro lado (los coches intermitentes me tapaban el horizonte). Demasiados coches, autobuses, sonidos de claxon. Era como un gran foso de cocodrilos alrededor de un castillo. Yo tenía cinco años. Casi podía notar el sonido de las dentelladas cerca de mis rodillas desnudas por los pantalones cortos. Lanzarse a la calzada era como tirarse por un precipicio, la muerte bajo las ruedas de un tranvía. Había demasiados imprevistos a tener en cuenta como para saltar al empedrado y pretender volver con vida. A pesar de ello, mi padre me cogía de la mano, tiraba de mí, y se ponía en marcha arrastrándome al asfalto antes de que el coche que teníamos delante hubiera pasado. Yo estaba aterrorizado. Era como si mi padre quisiera ser arrollado por su parachoques. Yo apretada la mano alrededor de dos dedos suyos, grandes y largos como ramas, y luego me asombraba el difícil cálculo que mi padre había realizado al echar a andar antes de que pasara el coche, porque sus zancadas llegaban hasta la línea de atropello cuando el coche ya había rebasado nuestra trayectoria. Yo pensaba: "Claro, mi padre es ingeniero, y lo tiene todo calculado", y no dejaba de sorprenderme el riesgo que corría y la natural seguridad con que lo afrontaba. Yo veía a mi padre grande como un árbol, y el ligero olor a tabaco que desprendía su mano me emborrachaba. Era un olor masculino y firme, un olor seco a madera y café.
Es imposible, pero siempre era invierno. Lo sé porque de todo ello el recuerdo más nítido que conservo es el del calor de su mano. Era una mano grande y caliente, con dedos largos, huesudos y potentes (no sé si ya lo he dicho). Era la mano de mi padre, y la podría distinguir entre todas las del mundo. El calor que desprendía es lo más tierno que yo recuerdo de toda mi infancia, lo más tranquilizador, lo más protector. Ese calor hacía que yo cerrara los ojos ante el abismo y me dejara arrastrar a una muerte segura, bajo las ruedas de los coches, devorado por los cocodrilos, pero siempre de la mano de mi padre, con un calor que jamás podría nadie arrebatarme.
Mi padre fue una mano que me ayudó a cruzar la calle, y sólo ahora, cuarenta y tantos años más tarde, cuando yo tengo la edad que tenía mi padre entonces, me doy cuenta de que esa mano que calentaba la mía la tengo dentro, y que me sigue ayudando a cruzar calles con la misma seguridad con la que él lo hacía.
Los padres son fuertes como los robles, y no mueren nunca. Casi asombra que enfermen.
21 de febrero de 2008
Un rayo de sol se cuela por la ventanilla del avión y me calienta el muslo. El calor y el movimiento semejante al de mecer la cuna me amodorran, y de pronto me acuerdo de ti, así que bajo el tapasol de un zarpazo y maldigo la distancia que crece entre los dos a cada segundo. Me alejo de tu cuerpo a 850 kilómetros por hora, pero al llegar a los 10.000 metros de altitud me pongo a llorar. Mal de altura.
20 de febrero de 2008
Se compró la estufa de butano el mismo día en que su marido la abandonó por aquella puta. Por primera vez no pasó frío aquella noche, pero a la mañana siguiente decidió dejar abierto el gas y apagar el fuego.
19 de febrero de 2008
Pasó la noche observando por el telescopio a Saturno, Andrómeda, la Vía Láctea, Venus y las cinco Pléyades.
Así de grande fue su dolor cuando ella le dijo que no volvería.
lunes 18 de febrero de 2008
Hay dos cuadros que están asociados en mi retina: Isaac van Amburgh y sus fieras , de sir Edwin Landseer, y Durmientes en rosa y gris , de Henry Moore. Ambos hablan del peligro desde dos geometrías distintas.
Isaac van Amburgh era un famoso domador de circo al que le gustaba revolcarse en la jaula con sus fieras. Tenía el cuerpo tatuado con cicatrices de garra de tigre, y la piel teñida de babas de leona. En Londres causaba tal admiración, que hasta la reina Victoria se quedaba con el corazón en vilo cada vez que acudía a visitarlo a la carpa del circo. El retrato ejecutado por Edwin Landseer lo muestra en el interior de la jaula, recostado entre las alimañas, y observando con placer cómo el público, más allá de los barrotes, contiene el aliento cada vez que el tigre muestra las fauces. Pero Isaac no tenía miedo. El peligro estaba afuera. Y lo sigue estando. Es mucho más seguro dialogar con tigres que dejarse asesorar por cualquier Bush. Está uno más a salvo en la jaula que en la penumbra de una sacristía, o en el andén del metro.

El segundo cuadro, el de Moore, llega con la segunda guerra mundial, y en él la nieta de van Amburgh se refugia en un andén del metro de Londres, acosada por las bombas entre fogonazos de luz y sirenas entrecortadas. Tiene la piel arañada por la sangre de los focos, y no puede dormir. Al tigre lo ves venir, él no te engaña. A la bomba lanzada desde un Heinkel-111, no. Es un disparo cobarde, un zarpazo a ciegas. Los marines de Iraq decían: "Esto es como un videojuego, y te dan mil puntos si aciertas con el misil en un mercado, o en una escuela". "He matado a 50 apretando este botón", dice el teniente satisfecho. "Yo firmo sentencias de muerte mientras acaricio con mi mano izquierda el brazo incorrupto de Santa Teresa", decía Franco. Qué valor tiene, mi teniente. Qué gran virtud, mi general. La nieta del domador intenta dormir, y se acuna en el sueño con el gruñido protector del tigre, su mascota de la infancia.
17 de febrero de 2008
Era verano, en 1972. Mis padres se habían ido a vivir a Algorta apenas hacía dos meses, así que en cuanto terminaron las clases yo también me trasladé a la avenida Basagoiti con el resto de mis hermanos. Fernando Esteso cantaba la canción de La Ramona a todas horas por la radio, y Quino dejó de dibujar tiras de Mafalda. Mi hermano Coque se casó con Nieves, y dos semanas después Nacho con Marisa. Cada mañana yo me subía en el tren de cercanías que llegaba desde Bilbao, y me acercaba hasta Plencia, donde me esperaba Mayte-chumía. Lo de Chumía era una coña de mi hermano Javier, porque Mayte no sabía cantar zorcicos ni de lejos. Éramos novios primerizos desde marzo de ese mismo año, cuando los dos cumplimos 18 años. Teníamos tantas ganas de discutir como de besarnos. Si no fuera porque nacimos con dos días de diferencia, podríamos haber sido gemelos dicigóticos enamorados, como Pimpinela .
Pero ella estaba enamorada de su padre.
Y no me extraña, porque incluso yo, que era tan heterosexual que no necesitaba ser homófobo, tenía que reconocer que aquel marino mercante, de rostro cobrizo y complexión etrusca, era un pedazo de tío.
—Todas mis amigas están enamoradas de mi padre. Y me da una rabia… —me decía mientras se untaba de Nivea.
Y yo, que era muy joven pero no tan tonto, ni se me ocurría decir nada contra su padre.
—No, si tu padre está muy bien. No es feo.
Yo tampoco lo era. Quizá porque tenía 17 años, y si alguien es feo con 17 años será que ha nacido torcido. Es la gran oportunidad. Es el momento de vender el pescado. Ahora o nunca.
El caso es que ese día nos fuimos a nadar. Yo con mi bañador de delfines estampados, Mayte con el de una sola pieza (bikini no, qué vergüenza), y su padre con la gorra de capitán, o con lo que le diera la gana, que para eso era el padre.
—Vamos nadando hasta la bocana del puerto —dijo Chumía—. Esa de allí.
En la vida había nadado yo más allá de dos largos en una piscina, pero a ver quién se achanta cuando se estrena novia, y delante de su padre. Aún así lo intenté.
—¿No es un poco lejos? ¿No te cansarás? —pregunté.
—¿Yo? Vamos, anda. ¿No será que no te atreves?
—¿Quién, yo?
Con dos cojones. Eso no lo dije, pero lo pensé. Nadie en toda la playa me oiría la menor queja. Vamos allá.
Llegamos media hora después al extremo de la bocana. Objetivo cumplido. Resoplando. Podíamos regresar a pie, no era necesario regresar a nado.
—Es que me da vergüenza —se quejó Mayte—. No tengo zapatillas, ni nada que ponerme por encima. ¿Cómo vamos a ir así por el puerto?
Tocaba regresar a nado. Yo me tranquilicé pensado que, en caso de peligro, me podía hacer el muerto. A fin de cuentas estábamos en aguas saladas. Regresamos al agua. Lo malo llegó a continuación. Tenía que haberlo previsto. Estábamos justo a la mitad del camino de vuelta, en medio de la bahía, cuando me dio un calambre en el muslo derecho. La pierna se me quedó encogida, y solo podía mover los brazos.
—Socorro. Me ha dado un calambre en la pierna. Me ahogo —conseguí gritar entre bocanadas de agua.
—Ayúdale, papá —dijo Mayte.
Y su padre me ayudó.
—Ponte boca arriba. Hazte el muerto. No te muevas. Yo te llevo. Así, muy bien.
Y me arrastró con suavidad hasta la playa. Después me dio un masaje.
¿Cómo se supera eso? De ninguna manera. El padre salvando de morir ahogado al novio de la niña. Eso no hay Edipo que lo cure. Mayte y yo rompimos siete meses más tarde. La relación naufragó antes de que acabáramos el primer año de Filosofía en la Complutense. Yo sentía que me ahogaba, y a ella le parecía que yo no era lo bastante hombre. No la censuro.
Años después supe que se había casado con un marino mercante, cosas de familia, y que se fue a vivir a las Rías Bajas, en Galicia. A Sanjenjo, creo. Da clases de historia y geografía en un colegio de primaria. Tiene un hijo que se llama Pablo que no conozco. Será guapo, como su madre, y como su abuelo. Digo yo.
16 de febrero de 2008
La escritura biológica
Soñé que el lápiz con el que escribía era la prolongación de mi dedo, de mi mano, de mi brazo, de mis pulmones, de mi corazón y de mis intestinos. Otro día soñé que me crecía un rotulador de tinta blanca entre las piernas. Y otro más que mi piel era un papel blanco, y mi sangre y mis entrañas un tintero. Pensé que estaba llegando a la verdad y la esencia de la escritura, pero a partir de ese momento dejé de escribir. No hubo modo de volver atrás. Mi psicoanalista dice que es normal, y que a ver si dejo de intentar desangrarme, de provocarme vómitos y diarreas, o de hacerme pajas a deshoras. Puede que tenga razón, y que más allá de mi cuerpo exista gente.
Biografía
Escribió libros sobre escritura para no escribir (para no escribir tenía que escribir muchísimo, y se consolaba convenciéndose que eso también era escribir). Criticaba óleos para no pintar. Besaba haciendo muecas para no besar. No iba nunca al médico para no enfermar. Vivió una eterna infancia para no envejecer. Viajó a decenas de países para no moverse del sitio. Abofeteó a su madre para cumplir su deseo de hacer el amor con ella. Abandonó a sus amigos para que no lo abandonaran. Se suicidó para no morir jamás.
Antes de tiempo
Escribió: “Quiero escribir”, y se dio cuenta de que escribía “quiero escribir” para no escribir, así que rompió la hoja. Escribió: “Quiero escribir sin escribir ‘quiero escribir'”, y de nuevo pensó que era más sutil, pero que era lo mismo, así que volvió a romper la hoja. Renunció después de romper cientos de hojas: aún tendría que esperar un largo tiempo hasta que alguien descubriera la metaescritura.
15 de febrero de 2008
Recibo una carta de mis editores de S.M., y en ella me dicen que acaban de enviar a la imprenta la cuarta edición de mi libro "Escribir. Manual de técnicas narrativas". Con la edición del Círculo de Lectores, ya suman más de 18.000 ejemplares, que para un libro de ensayo sobre la escritura de ficción, es un buen montón de libros.
Claro, todo es relativo, porque si lo comparo conmigo mismo, con las novelas juveniles que tengo publicadas en las colecciones Alta Mar y El barco de vapor, de Bruño y SM (Abdel; Devuélveme el anillo, pelo cepillo; El Club del camaleón; Un secuestro de película; Renata y el mago Pintón), pues resulta que 18.000 ejemplares no son tantos, porque la suma de ejemplares editados de mis cinco novelas juveniles sobrepasan el medio millón de libros, aparte de las traducciones. Alguna vez he tratado de imaginar a todos los lectores juntos, y acojona. Y si están cabreados, ya ni te cuento. Eso son muchos libros, aquí y en la China de Mao. Es la suma de todas las ediciones de los últimos 16 años, es verdad, pero con eso sí se puede vivir de los derechos de autor, qué duda cabe. ¿Por qué te piensas, si no, que puedo vivir aquí, en el campo, dedicado a escribir? Pues sí, por eso.

Pero me llaman más la atención los 18.000 libros de "Escribir", porque en los años que he estado dando clases en el Taller de Escritura, sumando todos mis alumnos y alumnas, y los alumnos de mis alumnos, no creo que lleguen a 3.000. Es verdad que todos vivían en Madrid (bueno, casi todos, porque hay medio centenar Online , y otros que arriesgaban una vez a la semana su cuerpo en la carretera para acudir a las clases desde Valladolid, Bilbao, Ciudad Real o Cuenca). Quedan por lo tanto, y de eso me alegro más que nadie, unos cuantos miles que escriben por su cuenta, francotiradores anarquistas, que buscan asesoría en los anaqueles de las librerías, leyendo mi libro "Escribir", o "La práctica del relato" de mi amigo Ángel Zapata, o "El arte de la ficción" de John Gardner, o "El gozo de escribir" de Natalie Goldberg, o tantos otros. Eso está muy bien. Es cierto que yo he aconsejado a dos o tres mil, directamente, semana tras semana, y conservo de todos ellos su amistad y sus dedicatorias como el mayor tesoro de mi biblioteca, pero saber que hay 15.000 más, y muchos más, que aprenden día a día directamente de Poe, de Chéjov, de Henry James, de Cortázar, de Rilke, de Vargas Llosa, de Carver, de Stevenson y de Monterroso, me reconcilia una vez más con todos los autodidactas.
No hay caminos cerrados: solo se necesita tener ganas de explorarlos.
jueves 14 de febrero de 2008

A Zulema Gutiérrez la violaron treinta y cinco veces antes de cumplir los quince años. Ella llevaba la cuenta exacta. Dieciocho veces su tío Ambrosio, cada vez que venía para abonar el huerto y cebar a los marranos. Cuatro veces su hermano Alejandro, las cuatro veces que tuvo que sacarlo a rastras de la bodega de Taco para que regresara a casa con su mujer y sus hijos. Tres veces Joao, el portugués amancebado con su madre, que aprovechaba las ausencias de la madre los días de mercado. Otras tres veces el dueño de la tienda de abastos, para pagar las deudas de cerveza acumuladas por su tío y por su hermano. Dos veces el marido de su hermana Flora, cansado de esperar el final del embarazo. Dos veces también su primo Juancho, que pasaba por allí camino del cerro, y le sobraba un poco de tiempo antes de que anocheciera. Una vez el sacristán, mientras ella esperaba el regreso del padre Larreta para recibir la confesión. Una más del señor Fernández, que le regaló a su tío tres botellas de orujo por los servicios. Y una más, que en realidad fue la primera de todas ellas, su propio padre, a los doce años, el día antes de que abandonara la casa y a su madre, y le encargara la tarea de cuidar de todos a su hermano Ambrosio.
Pero al cumplir los quince años el azar los juntó a todos en su fiesta de puesta de largo. Le regalaron un vestido rojo con falda de vuelo, zapatos de charol y unas medias de cristal. Estaba preciosa. Ella preparó una gran jarra de limonada bien cargada con ron de caña, añadió unas hojitas de hierbabuena, un poco de canela, y treinta y cinco cucharadas de estricnina.
—Bueno, chicos, levantad las copas para el brindis —dijo Zulema—. El primero que se termine el vaso, como premio pasará toda la noche conmigo.
Se lo bebieron de un trago.
miércoles 13 de febrero de 2008

Para algunos alumnos, asistir al Taller de Escritura no significó solo un cambio de mirada sobre las cosas, sino un cambio más radical: un cambio de profesión, de vida. Dos semanas antes de inaugurar con la primera clase el primer año del Taller de Escritura , recibí una carta manuscrita por correo postal (ahora hay que especificarlo, pero hace 15 años el correo electrónico apenas existía). La carta, con cinco cuartillas arrancadas de un cuaderno escolar cuadriculado, narraba con letra apretada la historia sanguinaria de la Bella Durmiente , una máquina de matar, una asesina en serie que se ocultaba en el bosque rodeada de sangre y cadáveres descuartizados. Era un relato muy imperfecto, pero con una fuerza descomunal. Lo firmaba un estudiante de 4º de Matemáticas: Carlos Molinero. En la última cuartilla me confesaba que no tenía dinero, que sus padres nunca le pagarían el curso, y que quería asistir al Taller de Escritura por encima de todas las cosas. Para ablandar mi corazón y solicitar una beca, había añadido el cuento sangriento. Yo no tenía pensado conceder becas, pero le contesté que sí, que podía acudir a mis clases sin pagar nada. Durante el primer año acudió puntualmente a mis clases y terminó publicando el relato Megaclean , uno de los mejores del libro Historias para adultos imperfectos . El segundo año, dedicado a la novela, resistió mano a mano con Manuel Martínez Lunar hasta final de curso con la novela macabra de un repartidor de pizzas. Carlos terminó la carrera de Matemáticas ese año, colgó el título universitario en una de las paredes del cuarto de baño de su casa, y se matriculó como guionista en la primera hornada de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid. Ahora que han pasado algo más de diez años, tiene un Premio Goya como guionista de Salvajes , ha dirigido dos largometrajes, ha escrito una buena cantidad de capítulos de series en televisión (Querido maestro, Quart, El comisario, Paco y Veva), y es el vicepresidente de ALMA (Autores Literarios de Medios Audiovisuales), sindicato de guionistas de España. Las matemáticas me sirven para escribir guiones cuánticos, dice. No hace falta que pague los cursos que recibió gratis, porque desde hace siete años da clase en el Taller de Escritura con Clara Pérez Escrivá. Es el profesor de Guión de cine, pero sobre todo es uno de mis mejores amigos.
Puede que este sea también un efecto secundario del Taller de Escritura , aunque algo más severo que el que describía en mi anterior entrada: un cambio insólito de profesión. También le pasó a Javier Sagarna, que era farmacéutico al entrar en el Taller , y salió como director de la Escuela de Escritores . O a Cristina Cerrada, que trabajaba de informática en El País , y ahora es novelista y profesora de novela en Fuentetaja . O Ignacio Ferrando, que era aparejador, y ahora es profesor de escritura y ganador de todos los concursos a los que se presenta. O Eugenia Rico, la novelista que dejó una deuda acumulada de más de dos años en el Taller (Yo es que no le pago ni a mi psicoanalista, decía). O un gran número de profesores de escritura creativa que imparten sus clases en Madrid ahora mismo, y que aprendieron buena parte del oficio que les cambió la vida en el Taller de Escritura, como es el caso de Carlos Sobrino, Inés Arias de Reyna, Mariana Torres, Magdalena Tirado, Ignacio Ayerbe, Enrique Valladares, Víctor García Antón, Juan Carlos Márquez, Mar Redondo, David Gallego, María José Codes, Chema Gómez de Lora, Isabel Cobo, Elena Belmonte, Clara Redondo, Antonio Rodríguez Menéndez, Alfonso Fernández Burgos, María Tena, Virginia Ruiz, y algunos más que ahora mismo se me escapan de la memoria.
¿Y a Enrique Páez? ¿No le cambió la vida a Enrique? Vaya. Es difícil resumirlo. Para mí el Taller no fue un proyecto empresarial, sino un pulmón a través del cual respiraba en la vida. La biografía del Taller está entretejida con la mía de modo indestructible. No es como un hijo, del que uno se siente orgulloso y por el que daría la vida, porque un hijo es ajeno, por más que se abracen posturas de madre garrapata. Un hijo crece y se independiza, y hasta es capaz de reproducirse, y enterrarnos, sin mayores remordimientos. Pero para mí el Taller fue más bien un cáncer de luz, una pandemia gozosa que logré infectar a unos cuantos. Ahora el virus está descontrolado. Temblad, humanos.
martes 12 de febrero de 2008
Efectos secundarios
Los alumnos que se matriculaban en el Taller de Escritura sufrían extrañas mutaciones en poco tiempo. Cambios en la percepción de la realidad, y hasta de la visión del mundo. La primera que me lo dijo fue Patricia Rivas, a los dos meses y medio de asistir a clase.
--Enrique, me pasa una cosa rara. Ahora, cuando leo un libro, al tiempo que estoy leyendo empiezo a preguntarme por qué el autor utiliza ese narrador en tercera persona, o por qué describe así el parque que cruza caminando el protagonista. Está bien, me hace gracia, pero temo estar perdiendo parte de la historia.

--Normal --le decía yo--. Puede que se pierda un poco de inocencia lectora, pero se gana en profundidad, y el nuevos niveles de comprensión del texto. Estás empezando a ver no sólo la historia que se narra, sino también los andamios de esa novela, los materiales, la estructura, y hasta los trucos y las trampas, si las tuviera.
Y Patricia se quedaba pensando si esa nueva forma de leer era más o menos placentera. La verdad es que no está muy claro. Es como descubrir, de pronto, que los Reyes Magos son los padres, o que el ratoncito Pérez no es el que te deja una moneda bajo la almohada cuando pierdes un diente de leche. Adiós a la inconsciencia lectora. Es otra forma de mirar, no dijo mejor ni peor, pero tal vez sí más consciente. Los arquitectos también observan las casas con otra mirada que perfora los muros, y los actores acuden al teatro para disfrutar de las obras al tiempo que desnudan los gestos de sus compañeros de farándula.
A los seis meses, ese virus deconstructor nacido de la puesta en marcha a través de la escritura de ficción de diferentes técnicas narrativas, ya contagiaba al cine, y los alumnos descubrían gazapos en los guiones, lugares comunes en la construcción de personajes, y algunas traiciones grotescas en las historias que se narraban en las pantallas por motivos comerciales, por corrección política, y por darle coba a los espectadores blandos.
--No sé si acabaré detestando el cine, y leer, y el teatro --se quejaba Patricia.
--Que no, mujer, que seguirás disfrutando, pero en estéreo. Antes te conformabas con una sola lectura, y ahora eres capaz de ver varias dimensiones. No perderás el placer de la lectura.
Pero yo sabía que mentía. Una vez que se aprende a escribir ficción, a manejar el punto de vista, los adjetivos, los personajes, el tono, y el suspense, la técnica desenmascara buena parte de la magia. Hay un niño que muere en ese aprendizaje, que asimila los rudimentos de la magia, y ya es difícil engatusarle. Sí que se pierde un placer de la lectura. Ese concreto, el de la sorpresa, el de la indefensión, el de la desnudez frente al texto. A partir de ese descubrimiento, es más difícil que una novela romántica nos haga llorar, es casi imposible que una novela de terror nos arranque un grito a media página. Nos convertiremos en críticos sabihondos, y nos protegeremos de la emoción infantil con el escudo del conocimiento. Seremos lectores aguafiestas, pepitogrillos irritantes. Y los perjudicados seremos nosotros mismos. Nos convertiremos en magos, es posible, pero dejaremos de creer en la magia.
Nada es gratis en este mundo. Si ganas algo, pierdes algo. Que lo sepas.
lunes 11 de febrero de 2008
Diáspora
Me dicen que cómo es que nos hemos ido a vivir tan lejos, en mitad del campo, si siempre hemos sido ratas de ciudad. Hace diez años yo tampoco lo hubiera imaginado, pero tampoco lo pensé de tantos otros. Peancha y Basilio a La Laguna. Berna al Pirineo aragonés. Marina a las Alpujarras. Blanca a Málaga. Nacho a Florianápolis. Tito, Jaime y Coque a Santander. La Nena a Barcelona. Victoria y Salvador a Cuenca. Ramón a Brooklyn. Piti y Esteban a Cáceres. Debes creerme que podría seguir hasta el aburrimiento citando nombres de personas que antes vivían en Madrid, y un día hicieron las maletas. Parece que el destino está repleto de caminos, y ninguno termina en Roma.
domingo 10 de febrero de 2008
7 x 7 Antología
Cuando vivía en el CMU Chaminade, del 72 al 74, Alberto Pérez Lapastora y yo bajábamos caminando todos los días hasta la facultad, cruzando los colegios mayores y la escuela de Montes, entretenidos en juegos de lenguaje. Cada día memorizábamos unos cuantos sinónimos de necio, del diccionario de Julio Casares. Bodoque. Zampabollos. Agudo como punta de colchón. Zorzal. Maxmordón. Más tonto que un hilo de uvas. Zurrumbático .

Alberto estudiaba filología, y ya era cantante, pero pasarían diez años más antes de grabar La Mandrágora con Joaquín Sabina y Javier Krahe. Los fines de semana Alberto y su hermana regresaban a Sigüenza, y yo me quedaba jugando al mus y escribiendo con Paco y José Luis Morales, dos hermanos culipardos. Entonces José Luis aún salía con Llanos Monreal, que vivía con Amparo Nieto y con Piti Corella a 200 metros de distancia, en el colegio mayor Poveda. Llanos tenía una voz espléndida, así que José Luis tuvo idea de presentársela a Luis Martín, del Nuevo Mester de Juglaría, que también vivía con nosotros en el Chaminade. Aunque no era de Segovia, sino de Albacete, la admitieron en seguida. A los pocos meses Llanos ya había dejado de ser novia de José Luis, se había liado con Fernando Ortiz, y había grabado su primer disco. José Luis lo pasó mal, pero como no teníamos ni 20 años cumplidos, se curó todos sus males con Carmen del Olmo. Recuerdo que un día se pelearon, y le escribió un libro de poemas en una sola tarde, lo tecleó en la máquina de escribir, lo encuadernó con cartulinas negras, le pidió a su hermano Paco que le hiciera una portada (Paco estudiaba Bellas Artes, y trabajaba en la Galería Sen), y se lo regaló esa misma noche a Carmen. Han pasado 35 años, y creo que tienen varios hijos y siguen juntos, dando clases en un colegio al norte de Madrid. José Luis aún escribe poemas, y ha ganado, el año pasado, el premio Vicente Aleixandre por “Evocación de un hombre singular frente a las ruinas de su casa”.
Durante dos años José Luis y yo fuimos uña y carne. Él escogió la especialidad de Historia y Geografía, y yo la de Literatura, pero lo que nos gustaba de verdad era escribir. Nos presentábamos a todos los concursos que podíamos para sacarnos algún dinero extra y seguir comprando libros. En verano se vino a casa de mis padres, en Algorta, y seguimos escribiendo sin parar. Hasta 1982 todos los periódicos de España estaban prohibidos los lunes, porque la fiesta del domingo era obligatoria, y el único diario que tenía licencia para venderse en los kioscos era La Hoja del Lunes. Un día de principios de Julio de 1973 vimos que convocaban un concurso de poemas en La Hoja del Lunes de Bilbao en una columna firmada por Joaquín de Aralar, en página par, abajo, junto al crucigrama. Cada lunes publicaban un poema y varios fragmentos de otros. Los dos nos presentamos, y los dos fuimos seleccionados. Nos divertía presentarnos a los mismos concursos, y ganar unas veces uno, y otras veces el otro. En ocasiones, como esa, los dos. El concurso tuvo tanto éxito de participantes, que Joaquín de Aralar propuso hacer una reunión de poetas en un fin de semana, visitando el monte Aralar y el monasterio de San Miguel in Excelsis, en Navarra. Esa sí que fue una estampa insólita, porque el verano de 1973 logró llenar cuatro autobuses de poetas de Bilbao, todos con sus sonetos a cuestas, rumbo a la sierra de Aralar. Más de 240 poetas armados con endecasílabos y rimas asonantes en el lugar donde hoy se levanta el Guggenheim de Gehry. La mayoría eran poetas jubilados, así que los más jóvenes nos amotinamos al fondo de un autobús buscando versos libres. Éramos seis, y antes de volver a Bilbao ya teníamos el proyecto de una tertulia en marcha: el grupo Iruña. Eduardo Rodrigálvarez, Toty de Naverán, Karmele Larrabe, José Ramón Blázquez, José Luis Morales y yo nos reunimos los viernes por la tarde en el café Iruña. Pronto se nos juntó Rafael Martínez, y poco después Pablo González de Langarika, que era primo de Eduardo o de Ramón, ya no me acuerdo. Poco después del verano, un editor vasco, Valentín Graña, de la editorial Comunicación Literaria de Autores nos ofreció publicar un libro con nuestros poemas. Era una editorial pequeña, en la que había publicado anteriormente Gabriel Celaya, Ramón de Garciasol, Victoriano Crémer y Jorge G. Aranguren. Dijimos que sí, ¿cómo negarnos?, y el libro salió al año siguiente con el título “7 x 7 antología”, mientras Franco agonizaba en el Pardo. Pusimos un tenderete junto al puente del Arenal, a orillas del Nervión, y garabeteamos dedicatorias a todos los despistados que pasaban por allí. Era nuestro primer libro. La primera vez que nuestros nombres entraban en la Biblioteca Nacional. Éramos felices. Luego vinieron muchos más libros de Eduardo, de Rafael, de Toty, de Ramón, de José Luis y míos. Pero el primer libro es el primero, y aún conservo cuatro ejemplares con la cubierta de daguerrotipos quemados y hojas que van amarilleando con el tiempo. 
La tertulia se mantuvo durante varios años, José Luis y yo regresamos a Madrid, y los demás organizaron un grupo de agitación poética, Poetas por su pueblo, y editaron una revista mural anónima que empapelaba cada sábado los muros de la Gran Vía de Bilbao, entre El Corte Inglés y el Banco de Vizcaya. Después publicarían varios números de la revista Yambo, y finalmente Zurgai, que aún se sigue publicando (Eduardo fue su primer director, y Rafael está en su consejo de redacción). Hace muchos años que no sé por dónde andan. Sé que Eduardo escribe en El País, y que Paco, el hermano de José Luis, se fue a vivir a una pequeña isla del mar Egeo. Y poco más. De cuando en cuando encuentro un nuevo libro de poemas publicado por alguno de ellos, y el corazón me da un salto de alegría.
sábado 9 de febrero de 2008
Comisaría
Sueño que me torturan, que me arrojan por la ventana del quinto piso de una comisaría y caigo al vacío. Me golpeo contra el suelo y sé que no estoy muerto, pero tengo demasiados huesos rotos como para poder levantarme. La humedad de la cara debe de ser sangre caliente, pero me despierto y reconozco a Bongo, mi peludo husky, que me lame el rostro tras caerme de la cama. La misma pesadilla de siempre. Me relajo y respiro hondo. Con los ojos cerrados noto una especie de lluvia caliente sobre mi cara. Qué extraño. Abro los ojos y veo a cuatro policías orinando sobre mí. Me espabilo del todo y reconozco por fin el patio interior de la comisaría.
viernes 8 de febrero de 2008 La Odisea II
En las clases de hermenéutica literaria, Antonio García Berrio siempre le tomaba el pelo a Lili, una alumna china de doctorado, de cuerpo grande y desangelado.
--Lili, usted en China es una belleza, ¿verdad?
--Pues sí --respondía ella, entre digna y recelosa.
--Ahí lo tienen. Un bellezón oriental. Los chinos voltean la cabeza cuando Lili pasa por al calle. La universalidad antropológica es la residencia de la espacialidad estética. A Kant, en cambio, le gustaba el vino de Canarias --decía García Berrio al tiempo que se calzaba sobre la nariz unas gafas de colorines.
Y la pobre Lili llegó a fin de curso confusa, sin llegar a saber si su belleza era libre o adherente, porque la Crítica del Juicio se le atragantó en febrero, así que se fue llorando hasta el departamento de Marina Mayoral.

--Anda, lee este poema de Alberti. Se equivocó la paloma. ¿Se equivocaba? ¿Cómo es posible que confunda el norte con el sur? ¿Se equivocan también los cocodrilos? ¿Acaso Alberti nos toma el pelo?
Y Lili escondía en la mochila el libro de La Guerra Civil Española de Hugh Thomas, porque si no jamás regresaría a Guangzhou con el título universitario. Me lo contó en la cafetería de la planta baja.
--¿Qué hago, Enlique? --me dijo--. No entiendo nada.
--Oriente y occidente hablan dos idiomas distintos --le dije a sabiendas de que era falso--. Tendrás que reescribir la Odisea , como hicieron Cervantes y Joyce.
--De acuerdo --me dijo--, pero si me haces un resumen.
Y lo hice. La verdad es que ya lo tenía escrito, así que no me costó ningún trabajo.
La Odisea II
Ulises sigue buscando las playas de Itaca. Han pasado 28 siglos desde que perdió el rumbo. De vez en cuando le parece que ha llegado, que está de nuevo en la tierra prometida, pero Eolo hace que la patera vuelque, y Poseidón disfrazado de patrulla costera lo recoge y lo devuelve al origen, al mundo perdido, otra vez lejos de Itaca.
jueves 7 de febrero de 2008
Teología de la soberbia
Matías empezó a llorar el miércoles de ceniza. Bajó por la calle Fuencarral acompañando al entierro de la sardina, rodeado de drag-queens semidesnudas y obispos con tangas de cuero, pero al terminar no supo detenerse, y siguió llorando sin freno. El médico le dio la baja, y le hinchó a Prozac, pero Matías siguió llorando. Al cabo de tres días tenía los lacrimales irritados y la piel de las mejillas reblandecida. Lloraba también por las noches, y amanecía sobre una esponja húmeda por almohada. Estudiaron la posibilidad de cauterizarle los conductos lacrimales, pero desistieron porque habría perdido la visión de los dos ojos. Durante meses un psicoanalista escuchó entre hipos todos los sueños que Matías le narraba, sin descubrir la causa de tanta lágrima inútil derramada. ¿Seguro que hace ruido un árbol si se cae en Siberia y nadie lo escucha? ¿Está todavía vivo el gato de Schrödinger dentro de la caja? Matías no supo contestar, solo lloraba.
Algunos empezaron a especular con sus lágrimas. Es Cristo redivivo, y llora por todos nosotros. Es un profeta, y llora por lo que nos espera. Tiene el séptimo chacra abierto, y llora porque sabe de qué materia estamos hechos. Pero Matías no decía nada, solo lloraba. Al cabo de nueve meses, su padre se derrumbó, y se hincó de rodillas ante él, lleno de remordimientos: Perdóname, hijo mío, yo nunca quise hacerte daño. Luego fue su madre, sus hermanos, sus amigos, los vecinos. El dolor era insoportable, así que Matías levantó los ojos y lanzó la pregunta contra el cielo: ¿Para esto me has creado? Y el cielo se abrió, como una sandía, y la poderosísima voz de Dios tronó desde el infinito rasgando las nubes: Mis designios son inescrutables. Y después lo fulminó, con un rayo de soberbia.
Cada día, cuando se despierta, Bruno Avendaño, un profesor de autoescuela casado y con dos hijas, descubre que se ha convertido en una nueva persona: un adolescente de 16 años en conflicto con su primera novia; una anciana huraña encerrada en un asilo; un inmigrante sin papeles en una chabola de las afueras; un enfermo terminal en el pabellón de oncología; una violinista en una orquesta de cámara centroeuropea... Cada día, antes de desayunar, Bruno se entera por la decoración del lugar, el interior de los armarios, y los datos que le ofrecen los que le rodean, de quién es él en cada ocasión; y no le extraña que nadie se extrañe, porque todos andamos medios dormidos nada más despertarnos. Bruno ya está casi acostumbrado. Siempre ha sido así, aunque nunca le ha tocado ser Bruno, profesor de autoescuela. Y nadie lo sabe, excepto su mujer y sus hijas, con las que se encuentra cada noche, cuando está dormido.
miércoles 6 de febrero de 2008
Elías en Nueva York
Elías está en Nueva York con mi cámara de fotos. Ha pedido una semana de vacaciones y se ha plantado en Times Square de la mano de Natalia. Los hijos crecen, y cruzan océanos cogidos de la mano de novias que nunca les hemos presentado. Es una sensación extraña, porque mi primer impulso fue ir a hablar con el comandante del Airbus A340 para exigirle que despegue y aterrice despacito, que le voy a estar mirando a ver cómo lo hace. Y que nada de beber, ni santiguarse, ni mirar el culo de la azafata, ni besar el escapulario de San Cristóbal antes de enfilar la pista. Los pilotos beatos, a descargar maletas, porque cada vez que un iluminado coge los mandos de un avión y dice “que sea lo que Dios quiera”, pasa lo que no tenía que pasar. Al final me he aguantado las ganas y no le he dicho nada para no avergonzar a Elías. Pero me apuntado su nombre y su número de licencia.
Estoy constipado, y dura. Tengo el estómago estrangulado, los ojos inflamados, los músculos desalentados. Un despojo. Solo percibo mi cuerpo cuando estoy lesionado, cuando no me quedan recambios ni cirugía que me reinvente. En estos momentos no me importa la belleza, sino la supervivencia, aunque se trate de una gripe pasajera, de la que podré burlarme el próximo miércoles. Dejo de afeitarme, de ducharme, de lavarme los dientes, de pasear, de leer, de hablar y de comer. Si la muerte viene a buscarme, por lo menos que me encuentre hecho una piltrafa. Que le dé reparo. Me siento tan indefenso que cualquier tirillas puede llegar y tumbarme con soplar un poco, y esa sensación de fragilidad me ahoga. Los consuelos no me alivian, por más que Bea me repita lo de “Sana, sana, culito de rana, si no se cura hoy se curará mañana”, porque el exorcismo no hace efecto, y acabo renegando de San Cosme y San Damián, y pidiendo que los decapiten otra vez con la espada de Essen.
No es un problema de dolor, porque doler no duele tanto, sino de límites. De pronto descubro que mi cuerpo es mortal, que está compuesto de órganos quebradizos, y me asomo un instante a la fosa que aún no está abierta en el cementerio. No se trata de tópicos declamados sobre la barra del bar (Todos moriremos, la vida es una grieta de luz entre dos eternidades de oscuridad), sino de percibir la fugacidad del cuerpo mientras me atiborro a Clamoxil y paracetamol en un malsano intento, nada budista, de desalojar a todos los virus y bacterias que se han apoderado de mi cuerpo.
martes 5 de febrero de 2008
Una lágrima tatuada

El mismo día que cumplió los 9 años, Camilo presenció la muerte de su hermano Walter, el único en el que confiaba. El flaco Vargas, un debutante de la Mara Barrio 18, le abrió el vientre de arriba abajo, y colgó sus intestinos de la canasta de baloncesto del parque. Esa noche Camilo se tatuó la primera lágrima, y supo que en algún momento tendría que reemplazar el hueco que su hermano Walter había dejado en la Mara Salvatrucha 13. Nada más cumplir los 11, Camilo pidió entrar en la mara, y aguantó “el brincado” durante 13 segundos: la mayor paliza de su vida, de pie y sin caer al suelo. 13 veteranos de la MS13 le golpearon sin piedad con patadas, cadenas, palos, cuchilladas y mordiscos. Sobrevivió gracias a que nunca dejó de pensar en los intestinos de su hermano Walter chorreando de la canasta del parque. En la segunda prueba tuvo que cortarse las venas y confiar en que sus compañeros lo resucitaran. Para completar la iniciación, solo le quedaba matar con pistola o con navaja a un marero de Barrio 18. Eligió el cuchillo, y también a la víctima. Llevaba dos años esperando. Con 11 años la voz de Camilo todavía era lo bastante femenina como para confundir por teléfono al flaco Vargas. Lo citó en el parque, bajo la canasta de baloncesto, con promesas de amor y sexo salvaje. “Soy Carolina, mi amor, y ya no me aguanto las ganas”, le dijo. Lo esperó detrás de un arbusto. “Acércate, flaquito, que estoy aquí”. Le reventó la cara con el bate de béisbol de su hermano, le colocó unas esposas a la espalda, encadenadas a los pies, le tatuó con el cuchillo el nombre de su hermano sobre el pecho, y le cortó uno a uno todos los dedos de las dos manos con unas cizallas de podar viñedos. Lo dejó gritando y desangrándose bajo la canasta de baloncesto, seguro de que nadie acudiría a su llamada hasta después del amanecer. Camilo ascendió rápido en la jerarquía Salvatrucha, pero cuando supo que el flaco Vargas tenía un hermano con una lágrima tatuada, comprendió que la muerte le andaba buscando.
lunes 4 de febrero de 2008
Jerarquías celestiales
Según el obispo Dionisio Areopagita, discípulo de San Pablo, hay nueve categorías de ángeles, divididos en tres esferas jerárquicas: mensajeros, gobernadores y consejeros. Eso es como en cualquier empresa. Así que si te contratan en el cielo, que sepas que hasta llegar a Dios vas a tener que pasar por los siguientes estratos: ángel de la guarda, arcángel, principado, potestad, virtud, dominación, trono, querubín y serafín. Cuando seas serafín, estarás en lo más alto, tendrás seis pares de alas y podrás salir a cazar unicornios con Dios, porque serás uno de los que están a su lado cantando y comiéndole la oreja todo el día: Santo, santo, santo. Habrás ido perdiendo masa terrenal y aumentando la frecuencia de vibración. O sea, que no se te ve, estás arriba de la escala funcionarial, y ni siquiera es necesario que vayas a fichar. Lógico. Aquí pasa lo mismo: ¿Desde cuándo está el consejero delegado en su despacho? Yo nunca lo he visto. Pues a los consejeros celestiales tampoco. Están soplando la flauta en otro departamento.
Por debajo de los serafines están los querubines (los del fundamento y los del firmamento), capitaneados por el arcángel Gabriel. Parece una contradicción que un arcángel mande más que un querubín, ¿verdad? Pero es que por lo visto los arcángeles son seres superlumínicos, y transportan órdenes directas del Jefe. De hecho, al arcángel Rafael, que cualquiera lo puede reconocer porque trabaja con el rayo verde, dirige a las dominaciones. El arcángel Miguel con su rayo blanco dirige a las potestades, y Uriel a los principados. Todo es cuestión de organizarse.
Desde luego, al obispo Dionisio no le faltaba imaginación. O tal vez consiguió infiltrar un topo, un quintacolumnista, en el consejo de administración del Altísimo. Pero ahora que sé cómo funciona la burocracia celestial, me quedo más tranquilo, porque ya sé en qué ventanilla presentar mi instancia.
domingo 3 de febrero de 2008
Con una vida basta
Un escorpión se pasea con el aguijón alerta. No es que esté de mal humor, solo que es así. Está en su naturaleza. Vive en el desierto, así que no encuentra a nadie. El sol le ciega. Acaba de leer El extranjero, de Camus, y tiene ganas de descargar su veneno. Al final, harto de no picar a nadie, se clava el aguijón a sí mismo en el lomo y muere. Es un escorpión decente, no como otros. Pinochet, por ejemplo.

Me dice Bea que su hermano está preocupado, porque me lee y dice que hablo mucho de la muerte. ¿No estará deprimido?, pregunta. Ella le dice que no, que debe de ser el constipado, o la muerte de otros, y que soy muy impresionable. Pero no está segura del todo, y me lo pregunta a mí, por si acaso: ¿No estarás deprimido?
Le digo que no, que solo estoy constipado. Y que es verdad que hablo mucho de la muerte, pero que en realidad no es la muerte como tal, sino la dualidad, el sí y el no, vida y muerte, amor y desamor, ser y no ser, femenino y masculino, vacío y todo, yin y yang, escribir y no escribir. Ella me mira, un poco asombrada. Joder, es verdad, no lo había pensado, dice. Y se queda un rato en silencio.
De pronto se me ocurre que la vida es una verbena, llena de chuches y muñecas chochonas que lloran cuando les estrujas una teta. Si tienes mala suerte, viene un manilargo y te quita la cartera. Si la tienes buena, la reina del baile te dice que sí, y tú te arrimas. Y por lo demás, coches de choque, polvo, luces de colores, empujones, el tren de la bruja y niños corriendo de un lado para otro. Entras por una puerta y sales por otra, y parece que la feria es la misma todos los años. ¿Reencarnarse y vivir de nuevo? Qué fatiga. Otra vez al cole, a los deberes, a las collejas en el patio, a los mocos, a los granos, al miedo, a las novias que te engañan, a los padres que se mueren, a los cabrones que te timan, a las enfermedades, a los golpes, al hambre, a las heridas. No me jodas. Yo no estoy deprimido, pero con una, basta.
¿Y todo lo bueno? ¿No hay nada? Pues claro que sí, las cosas buenas son infinitas. Imperdonables. Irresistibles. Como decía Cernuda, “si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”. Y con todo y eso, digo lo mismo: con una vida basta.
sábado 2 de febrero de 2008
Me he visto en Google
Esta mañana Bea y yo hemos dado un paseo por el Ambroz, a la sombra del monte Pinajarro. Estamos en invierno, y los alisos, las acacias, los chopos y los fresnos han perdido todas sus hojas. Levantan sus ramas famélicas hacia un sol tibio y enfermizo. Los vecinos nos saludan, aunque no nos conocen. Bea me dice que tenemos suerte, que vivimos en un lugar privilegiado, nuestra casa es la más bonita, tenemos dos perros mimosos, nos gusta nuestro trabajo, y somos felices, aunque ahora estemos constipados. Es verdad, le digo, yo no me quejo . Seguimos caminando. Hace fresco, y los dedos de las manos se le quedan fríos. Se los caliento con mi mano. Siempre tienes la mano caliente, me dice. Debe de ser herencia de mi padre, aunque él siempre tuvo los dedos largos y las uñas perfectamente recortadas. Mis manos son un desastre: tengo los dedos cortos y gordos, como mi madre, y me rebano las uñas a mordiscos cada vez que vamos al cine. Pero con estos dedos como porras, gordos y calientes, golpeo las teclas del ordenador, le aparto a Bea el pelo de la cara, me inyecto insulina, sujeto las chuletas de cordero por el hueso, y he volteado las páginas de miles de libros. Qué más quiero. A mí me valen, aunque los de mi padre sean más bonitos.

Jaime y la Nena están en Río de Janeiro, en los carnavales. Es posible que Nacho y Vania estén con ellos. Querían que nos apuntáramos al viaje, pero nos dio pereza. Muchas horas de avión,
mucho dinero, y poco tiempo. Dijimos que no. Además, no tengo el cuerpo de jota, ni de samba. Hace años amanecía cerrando bares en Madrid, y entrando en privados a través de contraseñas, pero ahora tendrían que secuestrarme. Quita, quita. No dudo que en Río existan emociones: puedes despertar en un basurero con una cicatriz de más y un riñón de menos, puedes participar en un ceremonial de vudú, los jíbaros te pueden convertir en un madelman , puedes donar tus corneas involuntariamente a un antiguo torturador brasileño, y perder la virginidad anal antes de que llegue el miércoles de ceniza. Pues mira, casi que me quedo en casa. (No es verdad, a pesar de todo me gustaría estar allí, la vida nunca se debe vivir con miedo).
Dicen que hay muchas personas que teclean su nombre en Google para ver si existen en Internet. Yo lo hago de vez en cuando. Lo malo es que, a veces, me llevo alguna sorpresa desagradable. Hoy me acabo de enterar de que estoy muerto desde hace casi seis años. Me asesinó un vecino harto de escuchar los ruidos que hacía al colocar una ventana. La crónica del diario lo describe así: “Buenos Aires, 15 mayo 2002 (DyN) - Un hombre mató a su vecino de dos balazos porque hacía ruido mientras realizaba refacciones en su vivienda del barrio Villa Barceló, en el partido de Lanús, y luego se presentó a la policía donde quedó detenido, informaron hoy fuentes policiales y judiciales. El hecho se produjo alrededor de las 21 de ayer martes, cuando la víctima, identificada oficialmente como Enrique Páez, de 37 años, colocaba una ventana en su vivienda de la avenida Centenario Uruguayo al 2000, esquina Alvear, en esa localidad del sur del Gran Buenos Aires.”
Estoy seguro de que era yo. Los periódicos no mienten. Llevo muerto cinco años y medio, pudriéndome bajo tierra. No sé si decírselo a mi hijo, y a Bea, pero casi seguro que se van a llevar un disgusto. Y mis hermanos también. No lo sabe nadie. Pero tendré que confesarlo, una cosa así la tienen que saber. Me dirán que cómo es posible, que por qué no lo he dicho antes, que soy un desastre, que cómo es que no me he dado cuenta hasta ahora. Menuda la que me espera. Y no solo eso, sino que después vendrán las preguntas, ¿Quién eres tú?, ¿De dónde has salido?, y las sospechas malintencionadas, ¿No habrás sido tú?, ¿Dónde estabas ese día? Y la verdad es que no voy a saber responder, ni sé a dónde voy a ir después, con ese desconcierto a cuestas, incluso con la duda de si yo habré tenido algo que ver con la muerte de ese pobre hombre.
viernes 1 de febrero de 2008
A veces me acuerdo

Angelines nos ha dicho que acaba de morirse su cuñado en Hervás. Roberto Bermejo, el fontanero, se compró una moto BMW, y se estrelló contra una furgoneta en menos de dos días. Dejó dos niñas huérfanas. Antonio Guerrero tenía cáncer, y se disparó en el paladar bajo un magnolio en el jardín de la Facultad de Física. Rafael Fortes tenía cirrosis hepática, pero sus hijos no sabían que bebía. Luis Buzón y los dos hermanos Cuevas murieron de sobredosis antes de cumplir los 23 años. La madre de Rosa se ahogó en la piscina. El marido de Graciela Barbieri, ¿cómo se llamaba?, se perdió en el mar hace 30 años, dejando a Lucas huérfano. Carmen Mieza se clavó una espada de cristal al resbalar junto al balcón de su casa. A Gonzalo le falló el corazón antes de que llegara un donante, en el hospital de Valdecilla. Norma murió de pena cuando su padre no quiso hablar con ella. Carlos dejó de fumar, pero ya era tarde. La madre de Chris Debelius se lanzó al vacío desde un piso 14 en Arturo Soria. Ana Seijas murió de sida en Málaga, cuando ya estaba desintoxicándose. Eduardo Haro, el hijo, también murió de sida. Luisa Trigo no sé de qué murió, su madre nunca me lo dijo. Emilia y Pilón tenían cáncer. Samuel y Quico infartos. Qué quieres que haga, ya sé que no estamos en noviembre, pero a veces me acuerdo de los muertos.
jueves 31 de enero de 2008
Neutrones bisexuales
Nuestro cuerpo no es más que un rebaño de protones egoístas, neutrones bisexuales y electrones hiperactivos. Los luchadores de sumo tienen muchos, y Scarlett Johansson menos, pero mejor repartidos. Pero ante todo nos queda mucho espacio libre. Tenemos entre las órbitas de nuestros electrones, microgalaxias, espacios abismales totalmente despoblados, pendientes de recalificar. Bien reorganizado, y derogando algunas leyes electromagnéticas antidemocráticas, nos cabría otro cuerpo, y cien mil cuerpos más, en el mismo espacio que ocupamos cuando nos sentamos en el sofá. Podríamos, si nuestros electrones no fueran tan exclusivistas, tan xenóbobos, tragarnos una ciudad entera, como en el Aleph de Borges, y recolocarla entre los intersticios de nuestros átomos.

Aumentaríamos de peso, desde luego, porque de golpe tendríamos una densidad acojonante, y no habría suelo capaz de aguantar nuestra masa. Taladraríamos la corteza terrestre, y bajaríamos en ascensor hasta el centro de la Tierra, buscando el núcleo. Al llegar al centro, el núcleo seríamos nosotros. Todos los átomos del planeta girarían a nuestro alrededor. Seríamos algo así como un agujero negro, o como el cajón de un concejal de urbanismo. A nuestro alrededor darían vueltas más átomos que novios alrededor de la reina del Carnaval de Tenerife. Qué agobio.
Lo curioso es que nuestros protones, neutrones y electrones no envejecen. Solo cambian de lugar, y donde antes había un vientre liso, ahora hay un pellejo de piel que camufla una fabada. Es un viejo truco de magia. ¿Ves este bocadillo de panceta? Pues ya no está. Me lo he zampado, y lo escondo en este michelín. E=mc2. Son átomos reagrupados. La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma.
Pero para sacarme el bocadillo de panceta incrustado en el cuarto michelín del abdomen, lo tendré que transformar en calor, en energía, en hambre. Entró a dentelladas por la boca, y saldrá en forma de sudor, haciendo footing por el parque. Tal vez allí se mezcle con un suspiro de Scarlett Johansson, o con otra mentira de Aznar. Quién sabe.
miércoles 30 de enero de 2008
Joyce: Un pez polar
Los grandes creadores no tienen por qué haber sido necesariamente buenas personas. En su libro de memorias A la caza del viento, (regalo de Ángel Zapata, gracias Ángel) Claire Goll despelleja sin piedad a Tzara, Rilke, Malraux, Picasso, Chagal, Dalí, Einstein, Jung y Henry Miller, entre otros. Ya en la primera página dice: “Entre los grandes, no había ninguno tan agarrotado como James Joyce. ¿Un pez polar? ¿Un bogavante con caparazón de ostra? Respeto demasiado a los animales, aunque sean medusas o moluscos, para compararlos con esa momia disecada, esa cáscara sin savia ni calor, ese fruto seco de Joyce. Desde el punto de vista humano, el fracaso más fúnebre de la creación, por más que se cuente entre los grandes logros de la literatura.”
Hace años, en una macroencuesta realizada en todo el mundo, los críticos y profesores de literatura de decenas de universidades eligieron el Ulises de Joyce como mejor libro de la historia de la literatura universal. Yo lo tengo desde los 18 años, y aún no he podido leerlo. Al principio pensé que la culpa era del traductor de la editorial Rueda. Luego de la edición de Siglo XXI. Luego la de Lumen (José María Valverde). Al final me rendí: yo no había nacido para leer el Ulises. Pude con el Retrato del artista adolescente, y varias veces con Los muertos (una gloria de cuento). Incluso, por separado, he podido leer el monólogo final de Molly Bloom. Pero esa hazaña de leer en 24 horas las 24 horas del 16 de junio de 1904 de Leopold Bloom naufragando por las tabernas de Dublín, no. Algunos cerebros privilegiados (muchos, todos los que votaron por él) han tenido la fortuna de haber disfrutado con el Ulises. Yo no. A mí se me atragantó a los 18 años, y 34 años después le regalo una edición al primero que se pase por casa.
Será un problema de levedad. O de pereza. A veces paso junto al ejemplar intonso de La tierra baldía de T.S. Eliot, o del Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein , y doy un pequeño rodeo para que no me muerdan. Aún no sé qué dicen, pero me dan miedo. Creo que después tendré pesadillas, o haré mal la digestión, así que me tomo un antiácido de Nicolás Parra, y se me pasa:
Asómate a la vergüenza,
cara de poca ventana,
y dame un vaso de sed,
que me estoy muriendo de agua. Estoy casi seguro de que a esos pobres libros (hay más, pero no quiero aburrir) les pasa lo de aquel anuncio de Schweppes, ese que decía que si no te gustaba, era porque lo habías probado poco. Pues puede que sí, pero ya es que me da un poco de flojera. Es como volver a leer a Berceo y a Juan de Mena, esos dos tíos abuelos que murieron cuando estudiábamos bachillerato.
martes 29 de enero de 2008
Ten mucho miedo
Hay una ideología carnicera que hace del dolor ajeno una mística. Parirás con dolor a tus hijos, crecerás en un valle de lágrimas, y al final morirás como Cristo, en una agonía lenta y provocada. Leo en el libro La eutanasia , de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que “No debe maravillar si algunos cristianos desean moderar el uso de los analgésicos para aceptar voluntariamente al menos una parte de los sufrimientos y asociarse así de modo consciente a los sufrimientos de Cristo crucificado (cfr Mt 27, 34)." Eso más que una pastoral son instrucciones de uso para torturadores.
Hace tres años el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, destituyó al jefe de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés, y tramitó una denuncia anónima contra él y todo su equipo médico por sospechas de sedaciones abusivas a enfermos terminales. En Leganés los enfermos morían sin dolor, y eso no era decente. No comulgaban con Cristo. No era martirologio. El doctor Montes fue despedido y difamado. Ahora, la Audiencia Provincial de Madrid le da la razón al doctor Montes, no ve delito en sus actos, y exige que su nombre y el de todo su equipo sea limpiado. Mientras tanto, desde hace tres años, los que han muerto en Leganés o en otros hospitales controlados por los beatos seguidores de la Conferencia Episcopal mueren como Cristo, en un éxtasis de dolor, con plena conciencia de que les están ahorrando analgésicos y prolongando el sufrimiento. Yo espero que exista una venganza de ultratumba, y que se ensañe con los políticos fariseos y los médicos sádicos que nos administran la agonía de morir crucificado. A mí que me lleven junto al doctor Luis Montes, por favor. Y con sus colaboradores Frutos del Moral, Miguel Ángel López Varas y Joaquín Insausti. Quiero ser su amigo.
Habrá un día en tu vida que será el último. Lo sabes, aunque no quieras pensar en ello. Morirás de cáncer, de bronconeumonía, de politraumatismo, de asfixia, de cirrosis hepática. Aún no lo sabes. Y es posible que suceda en un hospital regido por beatos de moralidad confusa. Los dolores serán inhumanos, y pedirás calmantes. Ojalá no te toque un médico melindres, un meapilas sanguinario, porque será él quien decida cuándo vas a morir, y cuánto vas a sufrir. En esos momentos, casi sin habla, con los ojos anegados por las lágrimas y el dolor, pedirás clemencia, suplicarás que te alivien el dolor, y tal vez el médico te diga que no, que eso va contra las normas, que seas fuerte, carajo, que el Nolotil y la morfina te debilitan la mente, y quizá aceleren tu muerte, y eso sí que no, porque tú te morirás cómo y cuando Dios y el médico decidan. Prolongarán tu agonía meses, tal vez años, porque la medicina avanza. Te podrán resucitar mil veces. A cambio, eso sí, esos santurrones carniceros te rezarán un padrenuestro y tres avemarías.
Ten mucho miedo. La inquisición y la hoguera están de vuelta.
lunes 28 de enero de 2008
No es verdad que seas feliz
No es verdad que seas feliz. No te levantas por las mañanas con ganas de volver a vivir la misma vida, una y otra vez. No cantas como antes. La pasta de dientes ya no te sabe a besos robados. No coleccionas postales de los lugares que visitas. No te apetece adoptar un perro. Hace años que no abres un libro de poemas al azar. No eres feliz, y se te nota. No te entra taquicardia cuando suena el teléfono, ni cuando no suena. No vas al cine a ver películas extrañas. No cierras los ojos, en plena calle, para detener el tiempo. No te sorprende tu sonrisa al otro lado del espejo. No das vueltas como un molinillo con los brazos en aspa. No quieres regresar a Venecia, ni a dormir en una tienda de campaña. No te ríes cuando estornudas. No sabes qué te pasa. Dices que te haces viejo, pero no es eso. Debe de ser otra cosa. Puede que hayas dejado de ser un niño, que el ratoncito Pérez no te traiga una moneda cada vez que pierdes otro diente, pero ese no es motivo para ser desdichado. El sabor a derrota en la garganta tampoco. Tu padre ya no es Dios, y Dios ya no es tu padre. Te han expulsado del patio de recreo, y ahora no sabes dónde estás. Vale, tal vez no seas feliz, pero no seas tonto: la vida empieza ahora. Lo anterior solo era el ensayo de la vida plena.
La pasta es la pasta
El 26 de agosto de 2004, cuando regresaba en bicicleta al camping de Castañares, donde estaba veraneando con sus padres y su hermana, en La Rioja, un chico de 17 años, Enaitz Iriondo, murió atropellado por el Audi A8 de Tomás Delgado Bartolomé, de 43 años, que circulaba a más de 160 kilómetros por hora, y con una tasa de alcoholemia de 0,15 mg hora y media después del accidente.
--Me había pedido un whisky con cocacola para refrescarme.

El impacto lanzó a Enaitz a 18 metros de altura. Inexplicablemente Tomás Delgado nunca fue sancionado, porque el chico no llevaba casco ni chaleco reflectante. El juzgado archivó el caso. Las huellas de los neumáticos frenando estuvieron meses dibujadas en el asfalto.
Enaitz Iriondo estudiaba 1º de Bachillerato, era miembro de la Asociación de Naturaleza de Durango, y enseñaba a pescar y buscar setas a los niños de su pueblo. Vamos, que era un peligro.
Un año y medio después, el conductor denunció a los padres del hijo muerto para que le pagaran 20.000 euros de arreglo del Audi, que había quedado destrozado por el impacto con el cuerpo del joven Enaitz. Para hacerlo, tuvo que acudir a un gran número de abogados, porque ningún colegiado quería interponer esa denuncia. Tomás Delgado siguió buscando, hasta que Santiago Gimeno García aceptó hacerse cargo de su caso.
--Lo del chaval no se puede arreglar, pero lo mío, sí --dijo.
La pasta es la pasta. El Audi había quedado hecho una pena, con abolladuras y sangre por todas partes.
--Soy empresario industrial. No es que los 20.000 euros me hagan falta, pero no tengo por qué renunciar a ellos.
Y como respuesta final a una entrevista de Canal Sur, el conductor apostilló:
--Yo soy el único..., vamos, somos dos los perjudicados, al chaval le pasó lo que le pasó, pero yo soy el segundo o quizá el primer perjudicado.
El juicio, contra los padres, tendrá lugar el próximo miércoles, día 30 de enero de 2008, en el Juzgado número 1 de Haro (La Rioja).
Pobre Tomás. Habría que hacer una colecta.
domingo 27 de enero de 2008
Tarde de pesca
Hace tiempo que no se ven truchas en el río Ambroz. No es que empiece a mudar en el paisaje post-nuclear de la última novela de Cormac McCarthy, o quizá sí, pero el caso es que los pocos pescadores que antes llegaban hasta aquí, con su chaqueta de lona verde llena de bolsillos, su caña telescópica, su sombrero, sedal, anzuelo y gusanos, han dejado de venir. Ahora agonizan todas las tardes frente al televisor, esperando que un futbolista muera en directo, como en los toros, y así tener un poco de emoción antes de que el lunes amanezca.
A mí no me gusta pescar. Ni el golf. Ni hacer cola en los supermercados. Ni esperar a que llegue el autobús. Todos son tiempos muertos, retenidos, sin emoción alguna. Una microcárcel en el t iempo, un sorbo de aire que no se aspira. Así que miraba a esos pescadores con su caña al hombro, profesionales de la paciencia, y trataba de imaginar qué desesperación, qué oración budista, qué promesa les empujaba hasta las orillas del Ambroz, o a la periferia de cualquier muelle portuario. En las películas americanas, el pescador va de pesca con el hijo varón, diálogo de hombre a hombre, y le enseña a sujetar con mano firme la caña, el trabuco, y lo que haga falta. Es una herencia intangible, la trasmisión de la sabiduría en plano corto.
--A este río venía yo con mi padre a pescar truchas. Una vez pescamos una así de grande.
Pero a mí me da que el padre se iba de putas, al burdel de Manuela, y dejaba al niño amarrado a la caña.
--No le digas nada a tu madre. Esto es un secreto entre tú y yo. Después te invito a una cocacola.
Hasta la generación siguiente, que repite el ciclo. Aunque 20 años más tarde Natalia, hija de Manuela, se resiste a meterse en la cama con el hijo, ya crecido, por una sospecha que le inquieta. La Manuela le desordena el pelo al hijo del pescador, con algo de añoranza.
--Ay, chico, si es que cómo te pareces a tu padre, que en paz descanse.
--¿Conoció usted a mi padre?
--Vaya que sí. A él también le gustaba la pesca. Aún me acuerdo de aquella trucha que pescó. Así de grande. Creo que fue en la misma época en que me quedé preñada de Natalia. Qué tiempos.
sábado 26 de enero de 2008
El fantasma de Moscardó
Ayer estuvimos en la Biblioteca Regional de Toledo, o sea, en el Alcázar. Mientras Bea contaba cuentos a los niños, yo empecé a dar vueltas por los pasillos y las salas del edificio, donde aún retumbaban las voces de los soldados atrincherados, muertos en la Guerra Civil. En el torreón de la cafetería, en el noveno piso, me encontré con el fantasma magullado del coronel Moscardó. El pobre lleva tanto tiempo encerrado que no sabe que su nombre parece un nombre de calle antigua. Oí voces desde la calle, y nos asomamos los dos a la ventana:
--Moscardó, tenemos aquí a tu hijo Luis. Si no te rindes, lo fusilamos --gritó un miliciano desde más allá del foso que circunda el Alcázar.
--Nunca entregaré la plaza, malditos comunistas. Aquí tenéis mi pistola para ejecutar a mi hijo. ¡Viva Cristo Rey! --dijo el fantasma del coronel desde la almena.
A mí me pareció que eso mismo, cambiando la pistola por un puñal, ya lo había dicho en Tarifa Guzmán el Bueno, otro héroe convertido en glorieta. El caso es pasar por las armas a los hijos antes de que se apolillen en el sofá de casa. Pero, ¿no será más fácil conseguirles una beca Erasmus?
Mientras fusilaban al hijo de Moscardó, vi cómo al oeste el sol se ahogaba en el Tajo.
Imbuido por el espíritu de Moscardó, y aprovechando que estaba en el Alcázar, el único cuartel del mundo convertido en biblioteca (suele ser a la inversa, para qué engañarnos), bajé al sótano para liberar a los libros encarcelados en las mazmorras; pero Miguel, el bibliotecario, me dijo que no estaba autorizado, que solo los familiares directos, hasta segundo grado, pueden visitar a los cautivos.
--Yo tengo cinco libros aquí --le dije--. Acabo de comprobar que están en la lista de fichados, y yo soy su padre.
--¿Su padre? Anda ya, bolo. Todos los libros son huérfanos, hasta que un lector los adopta.
Dudé. Tal vez tenía razón. Me sentí derrotado. Salí del Alcázar y bajé por la cuesta de Carlos V hasta Zocodover. Allí una asamblea de mozárabes, moriscos y muladíes portando lanzas y antorchas me hicieron corrillo.
--Vas a morir, cristiano.
Llegó mi hora, pensé. Iba a pagar el pato por estar bautizado. Por si pudiera servirme de alguna ayuda, agité una ristra de ajos de Chinchón delante de sus narices, hice una cruz con los dedos, dibujé con tiza un pez sobre el asfalto, negué tres veces, me puse en posición de ataque karateca Sanchin Dachi , y cerré los ojos. Estaba a punto de morir.
O no.
Aquellos malencarados eran mis personajes, eran mis siervos.
--¡Noli me tangere! --les dije--. A tomar por culo.
Tenía que salvar el pellejo, y aquella era una muchedumbre enfurecida. Levanté la vista, y vi a Moscardó haciéndome señas desde el Alcázar. En una décima de segundo comprendí lo que me decía. Me acerqué al que parecía ser el cabecilla, y le solté a bocajarro:
--Si queréis matarme, tomad, aquí está mi bolígrafo.
Se quedaron perplejos. No se lo esperaban. Se hizo un silencio de muerte. Un viento helado subió desde las orillas del Tajo, y aquellos hombres, de golpe, se convirtieron en polvo y humo a las puertas del McDonald's.
viernes 25 de enero de 2008
Libros prohibidos
Tengo sobre una tablilla de teka de Birmania, encima del radiador, trece soldados chinos de terracota: son copias diminutas de los guerreros de Xi'an, que hacían guardia junto a la tumba del emperador Qin Shi Huang, el unificador de China, constructor de la primera Gran Muralla, y dueño del mayor ejército de ultratumba del mundo, 8.000 soldados de terracota. Aunque lo que a mí me llama la atención es otro dato: el emperador Qin Shi Huang era un enemigo de los libros, hasta tal punto que en el año 213 a.C. ordenó quemar todos los libros y todas las bibliotecas del imperio, excepto si versaban sobre agricultura, medicina o profecías. Aquel que tuviera un escrito en su poder, incluyendo aquellos grabados en huesos, conchas de tortuga y tablillas de madera, era condenados a morir en la construcción de la Gran Muralla. El mayor castigo era para los que tuvieran textos de Confucio. Esos sí que lo tenían crudo. Ahora sé en quién se inspiró Goebbels al decir aquello de “Cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola”.
Recuerdo que, antes de la abolición de la censura en España, tenía escondidos en el altillo algunos libros prohibidos de lectura obligatoria: el Trópico de Cáncer de Henry Miller, la Antología rota de León Felipe, La función del orgasmo de Wilhelm Reich, la Tercera residencia de Pablo Neruda, y Los conceptos fundamentales del materialismo histórico, de Marta Harnecker, además de todos los editados por Ruedo ibérico. Menuda sopa de letras. Si te pilla Qin, te envía a la Gran Muralla; y si te pilla la brigada político-social, al Valle de los Caídos. Se ve que la obsesión de los incineradores de libros siempre ha sido cambiar libros por piedras. Dicen que a Franco un despistado le intentó regalar un libro, y que él lo rechazó diciendo: “Gracias, ya tengo uno”. Vete tú a saber si es verdad (que tenía).
Blanca Giles, Piti Corella, Amparo Nieto, Victoria Santesmases, Marina García Álvarez, Jorge Checa, Salvador, Julio, Javier, Esteban, Gloria y yo nos reuníamos por las tardes para repasar los conceptos de Marta Harnecker, y hacer una autocrítica pequeñoburguesa de la lucha de clases. Como diría más tarde mi hermano Jaime, menuda pedrada teníamos. Después llegó la New Wave , la New Age , la movida, el psicoanálisis y Buda. Eso sí que es crecer a través del caos. A Marta Harnecker la conocí muchos años después, en la Casa de América, en una charla que dio junto a Manuel Vázquez Montalbán con motivo de la publicación de Y dios entró en la Habana. Fue una de las mayores decepciones de mi vida. Marta ya no era la rubia despampanante que arengaba masas en la Universidad Central de Venezuela, y la simplicidad de sus argumentos me dejó asombrado. También ella era un tigre con los pies de barro.
jueves 24 de enero de 2008
Acabo de terminar de leer La carretera, de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007, la novela siguiente a No es un país para viejos (ver la película de Javier Bardem y los hermanos Coen). La carretera es una desolación permanente, un apocalipsis al mediodía, el ángel exterminador, la respuesta de Hiroshima 60 años más tarde, el éxtasis de la muerte. A veces me recordaba a La lluvia amarilla de Julio Llamazares, pero a nivel continental. Una enormidad. Una belleza inhumana. Todavía la boca me sabe a ceniza, y tengo que mirar hacia atrás por si aparecen los caníbales. “Soñó que despertaba en un bosque florido con pájaros volando frente a él y el niño, y el cielo era de un azul dolorido, pero él ya estaba aprendiendo a despertarse de esos mundos de sirena. Tumbado en la oscuridad con un leve y extraño sabor a melocotón de un huerto fantasma en la boca. Pensó que si vivía lo suficiente, el mundo se perdería por fin del todo. Como el agonizante mundo que habitaban los ciegos nuevos, todo él disolviéndose lentamente en la memoria.” Páginas 19-20.
Al final de la novela, después de doscientas páginas de frío, aguas negras, hambre, cenizas, desolación y tierras baldías, afirma: “Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio”. Lo dicho: una escritura impecable.
Hablando de libros y autores, Mila me dice que si estoy tonto o qué, porque anda que no me habrá hablado veces Joseli, José Luis Suárez, el hermano de la actriz Emma Suárez, del colegio concertado donde daba clases en Madrid, dirigido por Víctor Chamorro, y donde daba clase también Teresa, la mujer de Víctor. Será verdad. Al final cerraron el centro, o lo traspasaron, no lo sé, y Víctor y Teresa regresaron a Extremadura con el dinero del Premio Gijón de Novela en el bolsillo, y abrieron una casa rural para asegurarse la jubilación. Porque esa es otra: los escritores no tenemos jubilación, porque no estamos contratados por ninguna empresa que pague la Seguridad Social. Ni siquiera a ratitos, como a los actores. Las editoriales nos pagan el 10 por ciento (en el mejor de los casos), y eso si se vende el libro. Dos años trabajando en un libro, por término medio, y siempre y cuando no te ataque la gripe del bloqueo literario, para al final, si te lo compra una editorial, se publican mil o dos mil ejemplares (esa es la tirada media, no la del Premio Planeta, que es un libro entre los 75.000 que se publican cada año en España), y si se venden mil ejemplares, quedará para el autor mil o mil quinientos euros limpios, a los que tendrá que descontar el 18 por ciento de IRPF, y 220 euros al mes de Seguridad Social, que al final se la tiene que pagar el autor de su bolsillo si quiere ir al médico, o si quiere curarle un catarro a su hijo. A mí, la verdad, no me salen las cuentas. Ni a casi nadie. Y ya vale con lo del Premio Planeta, porque ese premio pactado de antemano, solo se lo dan al que ya no lo necesita, porque hace tiempo que vende libros como churros. Llueve sobre mojado.
¿Y qué hacemos entonces los escritores? Pues la mayoría de nosotros, otras cosas, además de escribir. Algunos pocos, muy pocos, poquísimos, pueden vivir de los derechos de autor, pero para eso tienen que vender no mil, sino más de diez mil libros al año. Todos los años. Y eso es muy raro. La mayoría tiene otro oficio que le deja insatisfecho: dar clases, colaborar en varios periódicos (uno solo no es bastante), vender alpargatas, redactar informes, conducir taxis, servir cubatas, repartir cartas, y un sinfín de oficios más. Cualquier trabajo que permita tener un par de horas libres al día para seguir escribiendo, es válido, al menos hasta que llegue el glorioso día en que gracias a la virtud de la prosa y la fidelidad de los lectores, el autor pueda ganar lo suficiente como para vivir del cuento, o de la novela, o del poema.
Y para colmo, algunos desalmados disfrutan tanto de la lectura, les provoca tanto placer, que aplican la propiedad transitiva, y nos exigen que escribamos sin cobrar, por amor al arte. Será por amor al hambre. Eso es como pedirle a las putas que tampoco cobren, porque sus clientes disfrutan mucho. Tócate los huevos. Mañana me compro un loro para que recite en tu ventana algunas jaculatorias chorras de Paulo Coello, y que te multe la SGAE por no pagar derechos.
miércoles 23 de enero de 2008
Los cúmulos estelares
Hay especialidades raras. No digo ya las gastronómicas, porque aún me acuerdo del plato de chinicuiles (gusanos fritos en mantequilla) que me comí en un restaurante carísimo de Puebla: estaban hinchados, huecos por dentro, y con un cierto sabor a ganchitos infantiles, o gusanitos de queso. De segundo, para no desentonar, nos pedimos un plato de saltamontes al horno y hormigas chicatanas tostadas. No, no, yo me refiero a especialidades curriculares, a ramas de estudio, a desvaríos de la mente. Mi hermana Esperanza, por ejemplo, dedicó su tesina a estudiar La rama horizontal de los cúmulos estelares, que son las estrellas más antiguas y calientes del universo, y no esas guarras de Hollywood, las Paris Hilton o Jenna Jameson, porque las estrellas de ese universo que observaba Esperanza a través de los telescopios nocturnos eran mucho más ardientes: por encima de los 200 millones de grados Kelvin, más o menos. Dónde va a parar.
Cuando yo estudiaba en la Complutense, una de las posibilidades que tenían los frikis (entonces eran dilettantes ) para cabrear a sus padres, era la de matricularse en la especialidad de Filología semítica, o Bíblica trilingüe, que era declaración firme y clara de que los estudios universitarios no servían para nada. Además había un catedrático, cuyo nombre he olvidado, que impartía la asignatura optativa El código de Hammurabi. Cada año tenía, como mucho, tres alumnos. El profesor estaba especializado en la columna cuarta del Código, y conseguía que los alumnos, durante una año entero, elaboraran un extenso trabajo, o hasta una tesis doctoral, sobre la cuña tercera, o la quinta, de la columna cuarta del Código de Hammurabi. No daba tiempo para más, qué agobio.
Otro de mis profesores, del que guardo un buen recuerdo, fue Francisco Yndurain, padre de Domingo, que más tarde también dio clase allí, aunque con mucho menos ingenio. En segundo éramos casi doscientos alumnos, y don Francisco dividió a toda la clase en grupos de cinco para que, durante todo el año, organizados en cuadrillas para abarcar todas las páginas, cotejáramos las variaciones de los puntos suspensivos en las distintas ediciones hechas en vida del Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez, y dedujéramos consecuencias. Eso sí que era hilar fino. Se ve que don Francisco era el padre de todos los frikis que en el mundo han sido.
Pero no. Qué va. Los hay peores. Un grupo de estudiosos sesudos, capitaneados por el catedrático de latín Agustín García Calvo, y entre los que estaban el escritor Rafael Sánchez Ferlosio, el filósofo Fernando Savater, el psicoanalista argentino Jorge Alemán (ex Grupo Cero), el poeta loco Leopoldo María Panero, y otros cuarenta asistentes más, nos reunimos durante tres años todos los miércoles por la tarde en una cafetería de Juan Bravo, luego en La Aurora (calle Andrés Borrego) y finalmente en el Manuela (Calle San Vicente Ferrer) para estudiar el origen de los deícticos en el castellano, y como consecuencia, la imposibilidad de conjugar el mundo del que se habla con el mundo en el que se habla. Tres años dándole a la pelota con ese tema. Con dos cojones.
martes 22 de enero de 2008
Rasputín no quería morir
Una noche de finales de diciembre de 1916, el príncipe bisexual Félix Yussupov y su amante, el gran duque Dimitri Pavlovich, de la familia del zar Nicolás II, se confabularon para envenenar a Rasputín, el monje loco, el mayor juerguista San Petersburgo. Faltaban menos de diez meses para que Lenin asaltara el Palacio de Invierno, y para que los soviets fusilaran al zar y a toda su familia. Contra todo pronóstico, los dos amantes devotos del cianuro sobrevivieron a las luchas de bolcheviques y mencheviques. Yussupov tenía entonces 29 años, y Pavlovich 25. Años más tarde, para compensar, Pavlovich se convirtió en un playboy, y ayudó a Coco Channel crear el perfume Channel nº 5 de Marilyn Monroe.

Hay personas que se resisten a morir. Para matar a Rasputín fue necesario organizar una fiesta por todo lo alto en el sótano del palacio Moïka, y atiborrar al monje glotón con pasteles y vino saturados con suficiente cianuro y arsénico como para matar a un regimiento. Rasputín comió y bebió hasta reventar, y no dio muestras de que el veneno le hiciera daño. Pidió una segunda botella de vino de Madeira que también estaba mezclada con cianuro, y se puso a cantar, hasta que cansado de esperar, Yussupov buscó un revolver y le disparó por la espalda apuntando al corazón. Pero Rasputín se negaba a morir, así que tuvo que golpearle repetidamente en la cabeza con un bastón lleno de plomo. No moría, y Yussupov subió a buscar a sus amigos para rematar a Rasputín. Lo encontraron a punto de abandonar el palacio, buscando la puerta de salida, y lo acribillaron con cinco balazos en el patio. Después le cortaron el gigantesco pene, de 28,5 centímetros, que aún se conserva en la clínica-museo de Igor Kniazkin, un urólogo de San Petersburgo. Por si acaso aún estuviera vivo, entre todos lo ataron de pies y manos, lo envolvieron a una lona, hicieron un agujero en la superficie helada del río Neva, y sumergieron el cadáver bajo el hielo. Félix Yussupov aseguraba, muchos años después, que vio a Rasputín agitarse bajo las aguas del río helado. Y tuvo que ser así, porque cuando el cuerpo fue recuperado, la autopsia demostró que Rasputín se había ahogado. En realidad, parece que Yussupov estaba enamorado de Rasputín, y que este le correspondió violando a la que después sería su mujer, la princesa Irina Alexandrovna, única sobrina del zar Nicolás II. A veces la realidad es tan inverosímil, que ni un fabulador colombiano es capaz de exagerar tanto como lo hace la historia verdadera.
lunes 21 de enero de 2008
Memoria y ausencia
Un alambre se agarrota en mis dedos y me impide escribir. Un viento polar ha congelado el éter que fluía por mi cerebro y me impide pensar. Una lava pétrea ha solidificado mi pensamiento en una fotografía de tono sepia. Y así me ha dejado, con la cara vuelta a la ventana, el mar batiendo incesantemente contra mis pupilas y tus recuerdos anegándolo todo. Pasa un barco, pasan gaviotas sobrehilando con su pico la curva de las olas, y yo no veo nada. En mis manos sólo noto un derrame de tiempo, gota a gota, que me va desangrando irremisiblemente.
Así me cerca tu memoria. Cierro los ojos y te veo ante mí, acerco mi mano para tocarte y un muro de cemento y arcilla cocida me araña la piel, y no son tus labios. Te recuerdo llorando, con ese gesto de abandono y desagüe de ternura. Hoy la noche ha bajado todas las persianas, y sé que duermes mientras te imagino. Y sueñas que te deseo. Te he visto a través de una bola de cristal sonriendo entre tules e incendios, seduciéndome desde el infierno. Sólo pido que cuando la muerte me alcance, caiga como un fardo no sobre un surco de tierra, sino sobre tu cuerpo desnudo, para sobrevivir atado a ti el tiempo sin fin que se esconde al otro lado de la muerte.
Pasan los minutos como si fueran años. Pasan las horas como si fueran generaciones y dinastías en la historia, y en mis ojos se acumula la nieve de un tiempo inmemorial, rabioso de tu ausencia. Busco entre las formas cambiantes de las nubes un perfil que te recuerde, y en el cabeceo de proa de los barcos tus piernas cortando el aire. En todas las banderas veo tu falda llamándome a voces, y en todos los círculos la pompa sensual de tus nalgas. Tropiezo y creo notar tu pie poniéndome la zancadilla. Cada cosa que leo y me gusta me hace ir a buscarte para contártelo —nunca te encuentro, siempre has bajado a comprar postales—. Me despierto y ya te has levantado y te has ido antes que yo pise la cocina. Hasta las plantas se están quedando mustias. Ellas necesitan tierra, agua y sol; yo necesito tu piel, tu saliva y tu olor.
No quiero hablar de la derrota, aunque duerme abrazada a mí todas las noches desde que te fuiste. No quiero, pero se me va la letra por ese tobogán desesperado cada vez que me siento a escribir y a contarte lo que sucede junto a la bahía durante tu ausencia. Tampoco querría hablar de la tristeza, ni de la añoranza, la desesperación y la melancolía, pero es que casi ya no queda más, porque lo llenas todo tú, y todo aquí es vacío de ti. El lecho de la bahía me llama, como una sirena o un agujero negro, y asegura que estás allí, dormida bajo las olas con un beso jugando entre tus labios. Y tengo que levantarme y salpicarme la cara con agua fresca para detener el impulso de lanzarme al silencio del mar, a disputar visiones entre gaviotas y sargos, buscando el dibujo cambiante de tu sexo entre las rocas.
Ataúdes con buen gusto
Desde Camboya, a punto de regresar a Bangkok, me dice Emilio que él no está mosqueado con Ismael, que lo que pasa es que su mujer es filipina (las dos, aquí la ambigüedad del “su” es oportuna), o sea, un enigma. Para entenderlo mejor, hay que pronunciar la palabra enigma con la boca esférica, como si tuviésemos tres polvorones dentro, haciendo retumbar la letra g en el paladar y las fosas nasales, igual que hacía Dalmacio (Miguel Ángel Solá) en Hoy: El diario de Adán y Eva de Mark Twain. La verdad es que, aprovechando que está allí, me gustaría pedirle a Emilio que buscara la traducción tailandesa de mi libro Abdel en las librerías infantiles de Bangkok, porque me dijeron que se publicó hace cinco o seis años, pero nunca he visto la edición impresa, ni el prólogo que le envié al traductor. Sí tengo la edición alemana. Y la de la ONCE, en braille: un mamotreto de papeles gruesos y con barbas, gofrados con pequeñas espinillas de pulpa de papel legibles con la punta de los dedos para los que conozcan su alfabeto, e impreso por ambos lados (lo cual dificulta la lectura sensorial, pero ahorra papel). De todos modos, si Emilio me consigue la edición tailandesa de Abdel, yo tendría que hacer un acto de fe, porque yo de siamés, o thai, res de res, así que puede enviarme un libro sobre el anarquismo holandés a finales del XIX, y daría el pego.

Como en muchos otros lugares del mundo, los artesanos de Bangkok se agrupan por calles. Cerca de la estación central de trenes, en Chinatown, hay una calle ocupada por fabricantes de ataúdes. Bea y yo estuvimos allí. No son ataúdes como los occidentales, de madera oscura, aristas recias y una cruz coronando la tapa, sino féretros casi antropomorfos de madera clara, más redondeados, con bajorrelieves florales y ornamentales por los costados y la cubierta. Los artesanos, que tienen locales pequeños y fabrican cajas grandes, sacan los féretros a la calle, y allí van tallando la madera a la vista de todos. Es un oficio noble, y los clientes pueden hacer encargos a medida, y sugerir distintas filigranas para su último refugio.
Guadalupe Urbina, la cantante costarricense, me contó cuando pasó una temporada en mi casa de Manuela Malasaña, que durmió con su abuela en una cama grande durante toda su infancia en Guanacaste. Guadalupe tenía pesadillas todas las noches, porque bajo la cama, a buen recaudo, su abuela guardaba el féretro con el que quería ser enterrada. Una vez a la semana lo arrastraba hasta el centro de la habitación, lo enceraba con esmero, y se reclinaba en el interior tapizado de seda color marfil, para asegurarse de que seguía siendo cómodo.
--¿No quieres probarlo, Lupita? Anda, ven, túmbate aquí dentro, verás qué mullidito está.
--No, gracias, abuela, que igual me hago pis y te lo ensucio.

No fue la abuela la que lo compró, nunca tuvo tanto dinero junto, sino su marido como regalo de boda, cuando se casó por primera vez a los diecinueve años. Era un buen ataúd, de pino de Idaho, no como esos de madera de chopo que se deshacen antes de llegar al fondo de la fosa. Quince años más tarde, el segundo marido tuvo que reconocer, a regañadientes, que aquel había sido un regalo de altura, con buen gusto y visión de futuro.
domingo 20 de enero de 2008
Tres microcuentos
Ha llegado el invasor. Me saluda, me abraza, me cuenta lo que ha sido de su vida últimamente, pero sin detalles. No puedo concentrarme. Habla mientras ve las noticias de la tele. Se niega a quedarse solo, me pide consejo sin pretender saber lo que pienso, y trata de hacerse amigo de mis amigos. Le echaría de casa sin dudarlo, pero es mi hermano.
---
Era bajito, le gustaban los bonsáis, las cajas de alfileres, los niños, las pulgas, las cunas y el arroz. Pensó que su vida estaba abocada al fracaso, hasta que descubrió que se llamaba Monterroso.
---
Al cumplir los 18 años, le dio una bofetada a su madre. “Te lo había prometido muchas veces, y no sabes las ganas que tenía”, le dijo. Su madre se calló. Pero su padre le dijo: “Mira que eres bruto, Edipo”.
sábado 19 de enero de 2008
La memoria más antigua
El 1 de enero de 1961, en el salón de casa de mis tías, a las cero horas y quince minutos, dos locutores de televisión, tal vez José Luis Pécker e Isabel Bauzá, mostraron a todos los españoles que tuvieran televisor (que no eran tantos), que el año que se iniciaba, el de 1961, se podía leer del mismo modo al derecho y al revés. Y para demostrarlo, frente a la cámara de televisión pusieron patas arriba al tarjetón en el que habían escrito los números 1961, y chan-ta-ta-chán, efectivamente, volvía a poner 1961. Eso sí, a condición de que los dos números uno fueran palotes simples, sin cabeza y sin pie. Yo ni siquiera había cumplido los seis años, pero ya conocía los números a la perfección, y aquel truco de magia matemática me pareció tan asombroso, que se lo repetí a todos mis hermanos, que eran muchos y no me hacían mucho caso, hasta que me metieron en la boca un calcetín usado de Gonzalo para que me callara. Pero del truco aún me acuerdo, porque aquellos locutores dijeron que eso no volvería a suceder hasta cuatro mil años después, en el año 6009. No es el recuerdo más antiguo que tengo, pero sí el mejor fechado.

Más antigua es la memoria que guardo de cuando era un bebé, memoria sensorial en la que me descubro braceando en la cuna, llorando, hundido en una sima con barrotes verticales, en un charco de sabanitas blancas donde, a veces, encontraba un sonajero, un chupete perdido, o el dedo de un pie que aún no reconocía como propio. Ese recuerdo solo apareció con los ojos cerrados, tumbado en el diván del doctor Blanco, después de un mes de sesiones tormentosas. Creo que llegué a llamar a mi madre, mamá, mamá, con vocativos de angustia. No me dolía nada, no estaba mojado, no tenía hambre, pero un vacío estallaba ante mí, y unos bracitos carnosos pasaban de cuando en cuando por delante de mis ojos. Aunque eran mis brazos, yo no lo sabía. Me faltaba algo, y no eran brazos: era mi madre, su vientre, la cueva, el calor, la protección final, el nirvana, el placer total. Yo no quería estar en esa cuna. ¿Dónde estaba mi placenta? Cincuenta años después sigo durmiendo acurrucado, apretado bajo un edredón que no palpita, añorando el regreso.
Bea me lee, y frunce el ceño preocupada:
--¿Te trato mal? ¿Quieres volver con tu madre?
Le digo que no, que mi madre es como todas las madres, o sea, una pesada y una lianta. Que en realidad todo esto es una metáfora, y que además somos diez hermanos, así que, como decía Celia Cruz, no hay cama pa' tanta gente .
viernes 18 de enero de 2008
La venganza de Miranda
Roberto estrangula a Miranda, su mujer, y la entierra en el jardín, bajo el manzano, a dos metros bajo tierra. No le dice nada a nadie. Es un hombre con malas pulgas, un bocazas. La muy puta se fue, y me dejó aquí tirado, como a un perro. En primavera Miranda se pudre, se la comen los gusanos, abona la tierra, y el manzano da unas manzanas lustrosas, que da gusto. Roberto ríe. Así eran las manzanas del paraíso, así de ricas, dice el matarife, y muerde una manzana de piel roja, como las mejillas de Miranda. Pero en la manzana habita un gusano vengador, un gusano que lleva en sus anillos el fermento pútrido del cuerpo de Miranda. Un gusano que repta, asciende por el paladar hasta el cerebro de Roberto, y allí se enquista, se atrinchera, se multiplica, y estalla como una granada lanzando un ejército de gusanos carroñeros que devastan a Roberto de dentro afuera. Tres meses más tarde Roberto muere, y lo sepultan en un féretro de acero blindado, para que los gusanos mutantes no abandonen su cuerpo.
jueves 17 de enero de 2008
Un violador reinsertado
Me cuenta Lucía que mi sobrino Alberto, el diabético, se dio un golpe fuerte en la cabeza al caerse de su skateboard hace seis meses. Muy de vez en cuando, Alberto, como yo, sufre un episodio de hipoglucemia feroz, pierde la orientación y el equilibrio, y se cae al suelo redondo. Pero desde el golpe, las caídas por las escaleras, o en la parada del autobús se multiplicaron. Mi hermano Jaime y Rosa estaban asustados, y no dejaban de regañar a Alberto.
--Haz el favor de hacerte más controles de azúcar y de regularte la insulina como dios manda, que esto ya empieza a ser cansino, Alberto, hijo.
--Es que ya no podemos ni desconectar el móvil para ir al cine.
Ayer se volvió a caer cruzando la calle, perdió el sentido, y le tuvieron que llevar al hospital de Valdecilla en una ambulancia. Le hicieron pruebas. El azúcar lo tenía bien. No es por la diabetes, dijeron, es epilepsia. ¿No habrá recibido algún golpe fuerte en la cabeza? Jaime le pidió perdón por haberse enfadado con él, pero Alberto está harto de que le toque siempre bailar con la más fea.
Un violador en acto de servicio muere a causa del zarpazo de un oso en las cocheras del Circo Price, cerca de la Ronda de Atocha. Su esposa, que conoce las circunstancias de la muerte, autoriza que su cuerpo ingrese de inmediato en el programa de trasplantes de la Comunidad de Madrid. Su corazón va a parar a una novia desahuciada que está esperando un milagro para casarse. El hígado a un cirrótico con galactosemia hereditaria aficionado a los yogures. Las córneas a un sindicalista enfermo de cataratas desde la guerra de Iraq. La piel se injertó a un pirotécnico distraído que se abrasó en la playa de la Malvarrosa. El páncreas para mi sobrino Alberto, el diabético. Cráneo, pulmones, bazo, intestinos y huesos, a la Facultad de Medicina de Santiago de Compostela, para que hagan prácticas los alumnos de tercer curso. El pene, embalsamado, como recuerdo, para la madre del violador, que desde Guayaquil no sabe a qué dirección enviar la corona de flores.
miércoles 16 de enero de 2008
Desde las orillas de Prospect Park, en Brooklyn, me envían Jen y mi amigo Ramón Cañelles un libro con 100 fotos realizadas en los dos últimos años por los alrededores de su casa: Un paseo por el barrio. Árboles de otoño e invierno, carteles, hojas, sombras, muñecos, nieve, materiales de derribo, pasquines, tiovivos y banderas. Me dice Ramón que Paul Auster vive cerca, así que comparte con él la afición de congelar el espacio y el tiempo a través de las fotografías (véase su película Smoke). Me quedo con la imagen de una jirafa de peluche de metro y medio de altura que mira hacia la ventana desde el interior de una habitación desnuda.

Ismael Perpiñá, Isma, el Perpi, dice que se casa con Mae, la filipina sobrina de María, que a su vez es la mujer de Emilio de Miguel, el diplomático. Vaya lío. Llevan ya más de tres años viviendo juntos, y a Mae no le dan los papeles para permanecer legalmente en España más tiempo. Ni a María ni a Emilio les hace mucha gracia, pero resulta que no son ellos los que se sumergen cada noche bajo un edredón en la buhardilla de Lavapiés, así que ajo y agua. Ismael y Emilio son dos de los alumnos más brillantes que han pasado por el Taller de Escritura, y deberían escribir más, pero Ismael dedica su tiempo a conducir camiones de cuatro ejes, y Emilio a tramitar visados y pasaportes, en lugar de dedicarse ambos a la noble tarea de torturar y dejarse torturar por personajes.
A pesar de lo que digan los relojes y los calendarios, la vida no es una línea recta. Ni siquiera un puerto de montaña. Excepto alguna que otra polución nocturna manipulada por el inconsciente, la vida es pensamiento, y el pensamiento es un caos que recorre el tiempo y el espacio con saltos inesperados a cada instante. Tan pronto recuerdo una pelea en el patio del colegio, sucedida hace 39 años, como el nacimiento de Elías, o el día en que el coronel Tejero sacó su pistola en el parlamento. El pensamiento y la memoria me llevan hacia delante y hacia atrás en cada momento, pero no puedo decir que eso suceda a mi antojo, ni como producto del azar. En realidad existen nexos, hilos de causalidad que unen las distintas escenas de una vida, como si fuera un catálogo indexado de raros e incunables. La mayor parte de las veces no sabemos reconocer el nexo, el hilo causal que hermana dos situaciones distantes en el tiempo, el espacio y los participantes. No parecen tener nada que ver, y sin embargo son idénticas, son espejos repetidos, la misma piedra que tampoco vemos. Nada es casual: todo es causal. Como este blog.
Anoche Ringo cazó un ratón de campo de gran tamaño. Está tan orgulloso, que se pasea con su pieza colgando a los dos lados de la boca. La escena es tan feroz que Bea no quiere ni mirar. Ringo protege el cadáver de su víctima. No lo despedaza, ni se lo come, ni ha dejado que nadie se acerque a él durante todo el día: es su trofeo de caza. Me lo enseña orgulloso, sin aflojar la mandíbula, y se lo restriega a Pepa por el morro. Es mío, yo lo cacé, parece decir. Se tumba con su tesoro frente al hocico, hasta que por la tarde veo que el ratón empieza a cubrirse de hormigas. Bea me pide que por favor me deshaga del cadáver, que vamos a coger todos una infección, así que ella distrae a Ringo mientras yo me acerco por detrás y le robo la pieza. No protesta. Acepta que tiene que ser así, que hay seres como yo que están por encima de él, así como él está por encima del ratón. Hay una jerarquía y una cadena de mando. Así empezó el fascismo.
martes 15 de enero de 2008
Las memorias de Francisca
Adela Campoy López, Magda Rodríguez Marín y Chony Pérez Monreal estaban ya jubiladas y vivían solas cuando se matricularon en el Taller de Escritura. Se hicieron amigas en seguida.
--¿Echas de menos a tu marido, Magda? ¿No te sientes sola?
--Quita, que era un pesado. La única alegría que me dio fue dejarme viuda. Qué descanso.
Magda, la viuda feliz, había oído en la cadena SER que el Taller de Escritura estaba a punto de arrancar, y no descansó hasta que en la centralita le dieron mi número de teléfono. No lo dudó ni un segundo. Chony vio unos carteles pegados por la calle, y siguiendo el ejemplo de Hansel y Gretel siguió el rastro de pasquines hasta llegar a mi casa. Chony tenía el cuerpo grande, unos hombros titánicos, y siempre me contaba las anécdotas de su perra Carpanta y del salón de peluquería de la calle Fuencarral, donde coincidía con Almudena Grandes dos veces al mes. Adela era la mayor. Soñaba con regresar a Fuenterrabía, donde tenía una casa grande cerca de la estación de trenes, e insistió tanto que al final terminé ocupando su casa el siguiente verano, con Marisa, Marcelo Soto y Mila García Guerrero. A mí me sirvió para escribir algunos cuentos insensatos. Marcelo escribió allí de un tirón más de la mitad de Las bodas tristes, una bellísima novela sobre la condesa de Niebla en la época de los Habsburgo, que quedó finalista del Premio Herralde de novela. Mila escribía también, aunque pasarían aún diez años antes de publicar su novela Mendigo. Adela era generosa, y no nos permitió pagar alquiler, así que en los ratos libres le pintamos de blanco la fachada de su casa, y le compramos un nuevo calentador de gas, porque el que tenía era una amenaza portátil para todo el barrio. Adela, después de asistir tres años al Taller, abandonó Madrid por Vitoria, donde vivía su hijo. Allí dirigía, tal vez dirige, otro Taller de Escritura para las amigas de la infancia. Ojalá sea feliz.
Francisca sufrió abusos sexuales durante toda su infancia, hasta que se quedó embarazada de su hermano mayor. Intentó abortar bebiendo un compuesto de perejil, ajenjo, ruda y albahaca hervidas con cerveza, pero no hubo suerte. Su tía Berta le anegó el interior del vientre soplando vinagre y detergente con una sonda que dejó dentro, tras atar el extremo inferior al muslo de Francisca, hasta que tres días después le sobrevino la hemorragia. Fue vendida a unos traficantes búlgaros, y tuvo tres hijos que le arrebataron en el mismo momento de nacer. No pasó un solo día, desde que cumplió los cinco años, en que no fuera golpeada por alguien, o por muchos. Trabajó de prostituta y limpiando letrinas en las cárceles. Sobrevivió alimentándose de la comida que le quitaba a los perros. Nadie sabe cómo, pero a los sesenta años aprendió a leer y a escribir. A partir de ese momento, descubrió que su vida podía ser otra, que había sido otra. Nadie le pudo impedir escribir y disfrutar sus memorias hechas a medida. Empezaban así: “Toda mi vida he sido feliz, desde la infancia hasta ahora”.
lunes 14 de enero de 2008
Caracas, 1964-1967
En Caracas, a mediados de los años sesenta del siglo pasado, vivía un millón de personas dentro de la ciudad, y novecientos mil desheredados en los ranchitos de las afueras, a partir de Petare, y por debajo de la cota mil, en las faldas del Ávila. Los adecos, con Raúl Leoni al frente, le habían vuelto a arrebatar la presidencia a los copeyanos. Por las noches, desde las colinas de Bello Monte, yo veía cómo se encendían las ventanitas del hotel Humboldt que coronaba la cumbre, y soñaba con subir en teleférico hasta su azotea, para tener el valle de Caracas a mis pies. En el patio del colegio jugábamos a las adivinanzas:
--¿A que no te sabes el nombre de dos animales que tengan las cinco vocales dentro de su nombre?
--Yo me sé uno: murciélago.
--Vale, ¿y el otro?
--No lo sé.
--Pues yo sí: Raúl Leoni.
El que perdía le tenía que dar al otro un cachito, una corteza de no sé qué planta en forma de ameba, entre garra, media luna y lágrima, que nosotros pulíamos durante horas, y después abrillantábamos y oscurecíamos con aceite, para hacernos colgantes y llaveros.
Hacía tanto calor, que nuestra casa tenía un salón con solo tres paredes; la cuarta estaba abierta al jardín, al cerro del Ávila, y a la cumbre de los edificios que sobresalían más allá de Chacaíto. Uno, en especial, refrescaba cada noche nuestra imaginación, y no porque el edificio tuviera nada de especial, sino porque sobre aquel rascacielos había un anuncio luminoso que parpadeaba sin cesar un anuncio de helados: “Fiesta empieza con Efe”. Un helado, por favor, un polo, un raspado, lo que sea. A media tarde pasaba por la puerta de la quinta Loló, en la avenida Casiquiare, el carrito de helados y raspados cuya música aún recuerdo. Por un mediecito podías tomarte un cucurucho de hielo regado con sirope de frutas. Mis raspados preferidos eran los de tamarindo, grosella, y fresa con leche. De mango no, porque teníamos cuatro árboles de mangos en casa, y regalábamos sacos a todo el que pasara por la calle.
Fue en Caracas donde descubrí la televisión. Mientras en España, en 1964, solo emitía TVE, algunas breves horas de la tarde (la segunda, el UHF, aún ni siquiera existía), en casa de mis vecinos podían ver el canal 5 (Televisora Nacional), el canal 4 (Venevisión), el Canal 8 (Cadena Venezolana de Televisión), Radio Caracas Televisión, y el Canal 11. Suena extraño visto desde el 2008, pero Venezuela en 1965 era un país mucho más avanzado que España, que se ufanaba de ser un país en vías de desarrollo . Diez años antes de morir Franco, mis hermanos y yo viajamos en el tiempo a bordo de un DC-8, y durante tres años convivimos con los partidos políticos, la libertad religiosa, el divorcio legal, la libertad de información, la pluralidad televisiva y las playas del Caribe.
Y desde entonces me falta un diente. El paleto derecho. Me lo rompí mordiendo el suelo debajo de la cama de los padres de María Milagros, Milena y el Catire, donde me había escondido. La culpa fue de Batman, que salía por televisión cada tarde, a las cuatro o las cinco, en una serie norteamericana doblada en México. Luces linda, muñeca, ¿cómo es que tú te llamas? Oh, vamos, Nick, no molestes a la señorita. Yo no me la podía perder, hubiera matado por verla, así que cada tarde saltaba la tapia del jardín que separaba nuestras casas, me colaba por la puerta de la cocina en casa de los vecinos, subía de puntillas las escaleras hasta el cuarto de sus padres, encendía el televisor que tenían frente a la cama, y me sentaba a disfrutar de un nuevo capítulo del hombre murciélago. Estaba enganchado a esa serie, en parte porque seguíamos sin tener televisión en casa, y en parte porque todos los niños del colegio jugaban cada día a lo mismo: las nuevas aventuras de Robín y Batman. Y si yo no sabía de qué iba, me tocaría ser el malvado el caballero del crimen, Oswald el Pingüino , una vez más. Cuando el Catire y María Milagros escucharon desde el piso de abajo la música de la cabecera del programa de Batman, subieron a zancadas por las escaleras. Ellos también querían verlo. Pero yo no podía decir que estaba allí, nadie me había invitado, me había colado en la casa a hurtadillas, así que me metí debajo de la cama, y seguí mirando desde allí, con la boca abierta, las acrobacias de Batman con el batimóvil. Nada más cruzar la puerta de la habitación, el Catire se lanzó sobre la cama, justo a la altura de mi cabeza, el colchón se hundió hacia abajo, empujó mi cabeza contra el suelo, y el diente frontal de Enrique se partió por la mitad contra la baldosa del suelo.
La doctora María Elena Machaco, que pasaba consulta en las Torres del Silencio, me hizo una pulpectomía, me extirpó el nervio que había quedado al descubierto, y me tapó el agujero con cemento blanco. Solo quince años después mi hermano Gonzalo me reconstruyó el diente con una funda de porcelana. Cuando en 1977 fui con Deme a ver Marathon Man en el cine Capitol, tuve que salirme de la sala en el momento en el que el doctor Szell le hace una endodoncia en vivo a Dustin Hoffman con una taladradora dental. Eso ya lo había vivido antes.
domingo 13 de enero de 2008
Una infancia de trenes
Desde hace cincuenta años, todos los niños crecen viendo dibujos animados por televisión. Yo no. Y no es que la televisión no existiera cuando yo era pequeño, sino que mis padres, en un ataque de fundamentalismo cultural, decidieron que ver televisión era malo para la educación y la salud de los niños, porque dejaban de leer, de jugar y de imaginar. Así que tomaron una decisión salomónica: no comprar ninguna televisión hasta que el más pequeño de sus hijos, mi hermana Peancha, fuera mayor de edad. Y lo cumplieron. Aún no sé si hicieron bien. No es que se lo reproche, pero años después yo no tuve huevos para negársela a mi hijo Elías.

Así que tuve una infancia desconectada. Unplugged , diría Eric Clapton. Pero como éramos diez hermanos, la diversión en casa estaba garantizada. Los sábados por la tarde nos dedicábamos a montar las vías del tren por toda la casa: pasos a nivel, puentes, cruces, desvíos, túneles, vías muertas, estaciones y viajeros a la espera del convoy. No sé qué cantidad de metros recorrían aquellos trenes, pero era una obra de ingeniería que necesitaba el concurso de los diez hermanos, y la asesoría, cada media hora, de un ingeniero de caminos: mi padre.
Al llegar la noche nos acostábamos exhaustos. Sólo teníamos fuerzas para sintonizar la radio, y escuchar embobados las historias de El gato con botas, Los siete cabritillos, o El sastrecillo valiente en Radio Nacional de España.
--¡Garbancito! ¿Dónde estás? --llamaban sus padres a voz en grito.
--¡Aquí estoy! ¡En la tripita del buey, donde ni nieva ni llueve!

Después de saltar de cama en cama y reventar los muelles de algún colchón, mi madre nos metía con dos azotes bajo las sábanas, apagaba la luz y nos dejaba a los pequeños cautivos en las manos de mis hermanos mayores, especialistas en torturas nocturnas. El peor era Nacho, que siempre nos contaba la historia de la familia que se comió un cadáver desenterrado del cementerio, creyendo que eran asaduras. Nacho empezaba a hacer ruidos, toc, toc, toc, y ponía voz de ultratumba:
--Ay mamaita, ita, ita, ita, ¿quién será?
--Déjalo hijita, hijita, hijita, que ya se irá.
--Que no me voy, que subiendo las escaleras estoy.
Hasta que terminaba el cuento saltando sobre nuestra cama en mitad de la tiniebla. Mis padres se preguntaron, durante muchos años, cómo era posible que todos nos meáramos en la cama hasta los diez años. Yo hasta los trece: se ve que mi implicación con la literatura era ya entonces más fuerte que la de mis hermanos.
Al día siguiente, tras abrir de par en par las ventanas y tender los hules para diluir el olor a amoniaco de ocho varones eneuréticos, empezábamos a jugar con el tren.
--El último, nena --gritaba Javier.
Y mis dos hermanas corrían como el que más por el pasillo, repartiendo codazos y metiendo zancadillas. A fin de cuentas, ¿dónde si no estaba el juego?
La merienda, galletas María Fontaneda untadas con mantequilla y azúcar. A veces, chocolate Elgorriaga y miel de la Alcarria. El domingo por la tarde había que desmontar el tren, un país completo, con ríos, pueblos y montañas, cosido por una red ferroviaria construida y desmontada por nosotros, los huérfanos del televisor. Las vías rectas con las rectas, las curvas con las curvas, el corcho del belén con el que hacíamos las montañas, a las cajas. Y todo ello, con vagones, puentes, soldados, los dinkytoys de Coque, los indios de Gonzalo, y el fuerte vaquero de Jorge, al altillo. Hasta el sábado siguiente.
sábado 12 de enero de 2008
Taller de Escritura (Inicio)
Hace quince años, en septiembre de 1993, después de un pavoroso verano en Calella del Mar cercado por hooligans y karaokes, puse en funcionamiento el Taller de Escritura de Madrid. Al principio, durante los cinco primeros años, en realidad se llamó Taller de Escritura Enrique Páez, sin más. Yo tenía entonces 38 años, cuatro novelas juveniles publicadas en el Barco de Vapor y en la editorial Bruño, y un hijo de trece años. Dinero no. Ni siquiera podía permitirme pagar el alquiler completo de una casa en Madrid, así que todavía compartíamos piso en la calle Monteleón 15, el epicentro de Malasaña, con Annie Pinto y su hija Marta. Las dos eran estupendas, pero estaban aún más perdidas que yo, que ya es decir. Los amigos de Annie que pasaban por allí tampoco ayudaban mucho a despejar dudas, sino más bien a fomentarlas: Miguel Ángel Mendo, Félix Lorrio, Antonio Lafuente (los tres Yetis ), Moncho Alpuente, Blanca Berlín, Patricia, Jaime, Enrique Camarasa, Polo y los congelados… La movida madrileña languidecía de modo soporífero, y los yonquis morían a decenas en la plaza del Dos de Mayo, a cincuenta metros de nuestro portal, con las jeringuillas clavadas en los brazos y atragantados por las ensaimadas de crema de la pastería La Oriental. Pasé tanto frío aquel año que mis uñas se tiñeron de azul, como las de los tuaregs del sur de Mauritania. En los diez años anteriores yo había estado dando clases en colegios de primaria (Daoiz y Velarde en Alcobendas, Parque Aluche y Juan XXIII en Madrid, Public School 52 Sheepshead Bay en Nueva York), institutos de secundaria (Rey Pastor en Madrid, John Dewey High School en Brooklyn, NY), y hasta una universidad privada (Tracor Arts School, en Madrid). Pero, aunque estaba cerca, aún no había encontrado mi sitio, mi lugar de trabajo.

Lo encontré después del verano. Lo imaginé en agosto, sentado en una silla de lona en la playa de Calella, mientras Aída escandalizaba a su tía Marisa relatándole cómo su novio le pegaba de vez en cuando, pero sin mala intención, porque era su forma de expresarse.
--Cada uno es como es, ¿no, tía?
--Claro. Tú, por ejemplo, eres tonta, Aída.
Ese verano yo sabía que estaba haciendo algo mal, o que me faltaba hacer algo para cambiar el extraño círculo de tiza en el que estaba atrapado. Así que me leí tres o cuatro libros de autoayuda: Mis zonas erróneas, la historia del ratón cabreado porque alguien se había comido su quesito, Cuando digo NO me siento culpable, y hasta uno de Dienética, que aún no sé muy bien qué es. El pudor me impidió leer Usted puede sanar su vida, de Louise L. Hay. Estaba desesperado, había vendido mi alma al diablo, pero aún era decente.
No puedo decir que esté orgulloso de aquellas lecturas de Reader's Digest, pero todos tenemos un pasado oscuro, y esto es una parte del mío. Otros votaban a Zaplana y a Álvarez del Manzano, y yo no dije nada.

En algún momento de esas lecturas erráticas, me caí del guindo. “Voy a montar un Taller de Escritura”, me dije. Yo había sido invitado como autor en dos ocasiones al Taller de Escritura de Clara Obligado para someterme a las preguntas de sus alumnas. Y Norma, mi amiga Norma, la que dejó viudo a Roberto Pepe y huérfano al pequeño Andrés, había muerto de cáncer unos años antes después de importar el modelo de talleres literarios desde Argentina. Irene Fernández Núñez todavía recuerda sus reuniones amasando arcilla para empaparse de tierra dúctil antes de arrancar palabras con el lápiz. Así que empecé a diseñar los programas de estudio, la estructura del Taller, y la publicidad. Fue el momento preciso, porque mes y medio después tenía seis grupos de 15 alumnos cada uno asistiendo a mis clases del Taller. José María Delgado Aguiar fue el primero en matricularse, a mediados de septiembre de 1993. Al principio fue un poco extraño, porque ni siquiera tenía local (impartía las clases en el salón de casa), ni sillas suficientes para todos ellos. Annie y Patricia se escondían como colegialas detrás de las cortinas para escuchar los relatos de los alumnos, y cuchicheaban como cotorras. En el Pepe Botella, el bar de María y Carlos que aún está en la Plaza del Dos de Mayo, me senté con los primeros alumnos de la tarde. Patricia Rivas siempre se sentaba a mi izquierda, mientras Marava Dominguez Torán, la pesadilla de Leopoldo María Panero, no paraba de hablar. Pero eso solo fue durante el primer mes de octubre, porque en noviembre ya nos habíamos mudado a la calle Manuela Malasaña 33, y allí permanecimos los cuatro primeros años. Las sillas de tijera que compré en el Rastro aún están en el Taller. ¿No os acordáis de la mesa larga, fabricada con dos tablones de aglomerado contrachapado de un metro por dos, alrededor de la cual nos sentábamos a escribir y leer los primeros cuentos? Seguro que sí.
viernes 11 de enero de 2008
El vestido de novia de Juliana
En el Taller de la Memoria, esta mañana Juliana me contó que se casó con Baldomero en Campo Real en abril de 1958. Como no tenían dinero ni coche, su viaje de novios fue un recorrido en una bicicleta prestada hasta la casa de su primo Julián, que vivía a 6 kilómetros del pueblo. Cuando llegaron a casa de su primo, a ella se le habían dormido las piernas y las nalgas, y su recién estrenado marido tuvo que llevarla en brazos hasta la alberca para reanimarla. Tras media hora frotándose los muslos con estropajo y piedra pómez, Juliana recobró la sensibilidad, y pudo volver a caminar.
Un potaje de legumbres regado con vino de Valdepeñas para tres fue su banquete de bodas. Nunca unos garbanzos fueron más sabrosos, ni un vino más delicado.
Juliana ya no conserva el traje de bodas, una saya blanca de algodón egipcio heredado de su abuela Casandra, porque dos años después lo utilizó su hermana Pilar para ingresar en el convento de las Damas Negras. Las dos llegaron vírgenes al altar.
El hábito nupcial, rociado con agua bendita traida desde el río Jordán por el obispo de Talavera, se conservó en alcanfor hasta que Carmen, la más pequeña de las tres hermanas nietas de Casandra, murió de tuberculosis en 1963, el mismo día y a la misma hora en que John F. Kennedy caía abatido por las balas. La mortaja de Carmen fue el hábito que usó Pilar para los votos de clausura, y que antes había sido el traje de novia de Juliana. La pequeña Carmen, la niña más hermosa de Campo Real, se llevó pegada a su piel la herencia de la abuela Casandra, y las experiencias de sus hermanas Pilar y Juliana impregnadas en el algodón de la saya blanca.
jueves 10 de enero de 2008
La arquitectura del sueño
Tras la muerte de Gonzalo, durante años me desperté dando gritos después de soñar que vivía en un sótano, al que accedía a través de un ascensor vertiginoso. La oscuridad de aquel pozo era tan densa que no podía verme las manos hasta que me palpaba la cara. Luego soñé que estaba inmóvil, desnudo y boca abajo, dando botes con la cabeza sobre el alto taburete de un bar de carretera. Empecé a psicoanalizarme, y el doctor Blanco me dijo que la parálisis era herencia de familia. Gracias a Freud, a los siete meses ya me había trasladado a vivir al sótano de la pizzería Sandos, a la que descendía a través de unas largas escaleras empinadas. Dos años después, a razón de tres sesiones semanales, conseguí plaza en un semisótano del cementerio de la Almudena, y a través de un breve ventanuco horizontal que flotaba junto al techo podía ver las botas militares embarradas, y el dobladillo de los pantalones de los que pasaban cerca del panteón donde estaba escondido. Fueron tiempos difíciles. Marisa se fue de casa, y seguí hurgando cinco años más hasta que soñé que los grises me perseguían, pero que yo esquivaba sus porras moviendo mi silla de ruedas escaleras arriba, hasta burlarme de ellos con un matasuegras desde el tercer piso de un centro comercial. “Ya te mueves”, me dijo el doctor Blanco antes de darme el alta, “ya solo te falta escribir”. Y en eso estamos.

Me envía mi hermana china, Berna Wang, lamiradaoblicua.bitako.com, unos micropoemas hermosos como desvanecimientos. Gracias, Berna.
Esteban Cortijo, desde el Ateneo de Cáceres, me recuerda que nos hemos prometido un viaje juntos a Portugal con Piti, para comer caldeiradas y zapateiras con vino verde junto al mar, y navegar a bordo de molinceiros por la ría de Aveiro, y rendir honores a la Venecia portuguesa. Que sea pronto.
Y Ana Victoria desde Costa Rica, la Nena y Alekos desde Barcelona, Nacho desde Buenos Aires, Basilio desde Canarias, y Elías, Emilio, Lara, Jorge, Javier y unos cuantos alumnos y alumnas desde Madrid, me felicitan el año y el blog. Aunque casi no me acuerdo, he debido ser bueno en algún momento de mi vida, porque si no, de qué.
Bea se ha bajado la mesa de estudio que tenía en el altillo, y la ha plantado en ángulo recto a cuatro metros de la mía. Dice que así me acompaña. Tengo suerte, qué duda cabe: con solo levantar los ojos la veo inclinada sobre su portátil; y detrás, al fondo, el ventanal que da sobre el río Ambroz, entreverado por las ramas deshojadas de los alisos y las acacias. Pesándolo bien, he sido bueno de cojones.
miércoles 9 de enero de 2008
La muerte y la doncella
Aunque cada día veas el sol enterrarse en el horizonte, dejando un breve rastro de sangre entre las nubes, no te acostumbrarás nunca a la idea de que todo tiene su final. Y mira que hay profecías que anuncian el sueño eterno a cada paso: los inviernos amortajados después de la agonía del otoño, la bombilla que se funde, el amigo que se suicida, el fresno que se viene abajo vencido por el viento, el libro que terminas de leer sin haberlo llegado a disfrutar del todo. Pero tú no los ves, y no te atreverás nunca a descifrar el oráculo. Ni muerto.

Celia y César, los amigos de Javier, tenían una compañía de teatro en la calle Limonero, cerca de Valdeacederas. Luego fundaron una productora de vídeos. Antes de llegar al divorcio, su hija Laura ya estaba harta de las discusiones en casa, así que les convenció para que le dejaran pasar un año académico en Zhongliu, un pueblo del interior de China. Quería aprender a fabricar cestas de mimbre, y también algo de I Ching y de confucionismo. Era importante. Mil trescientos millones de chinos tejiendo cestas desde la dinastía Ming no pueden equivocarse. La paciencia milenaria y el trabajo manual enmascaraban una sabiduría ancestral. La hija quería compartir techo y mesa con los camaradas chinos, y reeducar su limitada visión de la vida. Celia y César dijeron que sí. Es lo que tienen los padres hippies: después de fumarse un canuto, ya nada les extraña. Además, así podrían resolver sus diferencias en la intimidad de la pareja, sin una hija garrapata boicoteando su felicidad. Cuando Laura regresó de China, Celia vivía en Aluche, y César en Coslada, así que Laura se fue a vivir con Javier. Pero a cada uno le regaló un bote de ginseng y un pedrusco de Manchuria. Lo esencial es el tao.
martes 8 de enero de 2008
Los ojos como platos
Ringo y Pepa se pasan casi toda la noche ladrando alrededor de la dacha. Bea escucha sin poder dormir. ¿A quién le ladran? ¿Estará intentando entrar alguien?, me pregunta cuando yo ya estoy roncando. No pasa nada, le digo, están persiguiendo a los topos y a los conejos del monte. Poco a poco se tranquiliza, y cuando estamos a punto de dormirnos, los mastines dejan de alborotar. Ya no ladran, ¿les habrá pasado algo?, me pregunta sacudiéndome el hombro. Sí, claro que les ha pasado algo: que se han dormido; y nosotros deberíamos hacer lo mismo, le contesto. Voy a ver, dice levantándose de la cama. A tientas la escucho moverse a oscuras hacia la ventana. Descorre la cortina, abre, se asoma a la noche y los llama en voz baja, para que los posibles intrusos no la oigan: ¡Ringo, Pepa! Casi al momento los perros responden con ladridos secos, obedientes, y se sientan bajo la ventana. Están bien, no les pasa nada, me dice regresando a la cama. Estupendo, le digo, ¿ya podemos dormir? Bea me mira frunciendo el ceño: Bueno, vale, pero no sé cómo puedes estar tan tranquilo, con la cantidad de bandas organizadas que hay asaltando casas por la noche, los muertos en Kenia, las mujeres violadas en Kosovo, los niños abandonados en Brasil, las lapidaciones en Somalia y los torturados en las comisarías. Es verdad, le digo. Al rato la escucho respirar profundamente dormida, y yo con los ojos como platos.
lunes 7 de enero de 2008
Diez hermanos en telegrama urgente
Acabo de encontrar en la buhardilla del disco duro de mi ordenador una carta que le escribí a Vicky Chirinos hace unos años. Puras etiquetas, claro está, pero al mismo tiempo un ejercicio de nombrar lo innombrable, fotografiar tiempo que corre y al mismo tiempo se detiene. Sincronía y diacronía. El doctor Blanco decía que mis hermanos formaban una especie de kale borroka familiar, la necesidad permanente de radicalizar la vida, de no crecer para no morir: o todo o nada, blanco o negro, patria o muerte. Siguiendo el ejemplo de mi hermano Gonzalo, o de Eduado Haro Ibars, que hicieron caso del apotegma: vive rápido, muere joven, y deja un bonito cadáver.

1. Tito se casó con Emilia, tuvo 3 hijos, enviudó antes de divorciarse, asistió a la boda de su hijo mayor hace siete años, y al nacimiento de su nieta, Malena, el año pasado. Vendió su piso, y regresó a vivir con mis padres en Santander, en una cama nido escondida en el despacho. Trabaja en el Ayuntamiento, no quiere jubilarse, y tiene dos avionetas para jugar a escapar. Y una novia. Y una okupa rumana enquistada en casa.
2. Javier se casó con Betty, se divorció, y no se volvió a casar, pero para el caso como si lo hubiera hecho. No tiene trabajo ni hijos (conocidos). Tiene la barba blanca, se dedica al teatro y vive, o sobrevive, en Madrid. Es muy cabezota. No sé cómo Elena le aguanta. Elena es su santa, vaya que sí.
3. Coque se casó con Nieves, tuvo 3 hijos, se divorció (a pedradas), se volvió a casar con Lucía, y tuvo otro hijo con nombre de arcángel: Axiel. Vive en Santander, y cuida de mis padres con amor materno. Arquitecto. Dice que es feliz, pero no sé, no estoy seguro (hace tiempo que no canta óperas por el pasillo).
4. Nacho se casó con Marisa, tuvo dos hijos, se divorció; se volvió a casar con Pilar, y se divorció en menos de un año. Luego vivió con Sole en Nicaragua, y se separó de ella después de estrellar su 4 x 4 contra un árbol a orillas del lago Titicaca. Trabajaba de sociólogo para la Onu y para la Cruz Roja. No se encuentra a sí mismo ni encerrado a solas en el baño. Su nieta se llama Paloma. Ahora se ha comprado un hotel en Brasil, y vive con Vania.
5. Jorge se casó con Ana, creo que dos veces seguidas. Yo sólo asistí a la primera, pero ellos no estuvieron. Tiene dos hijos, y no se ha divorciado. Aún. Vive en Madrid. Trabaja de documentalista, conjurando con los jueces en el Tribunal Constitucional. Tiene canas y dos pisos. Es un enigma del tamaño de Medina Sidonia. A mí me parece que, como Jaime, hace mucho que dejó de ser de izquierdas.
6. Gonzalo se casó a empujones con Begoña, tuvo una hija, se divorció, se compró un barco, se volvió a casar con Marimé, tuvo dos hijos más, se compró otro barco, y se murió esnifando cocaína a punto de volver a divorciarse. Era dentista, golfo y calvo. Todavía le echo de menos, no sabes cuánto.
7. María Aurora (la Nena), se casó con Juan Antonio (el Bigo), tuvo cinco perros, tres abortos, cuatro hijos, un divorcio y una moto. Perdió su piso, pero luego lo recuperó. Vive en Barcelona, la pobre. Trabaja de informática, y los jefes le hacen mobbing . Un día de estos encontrará un amante. Eso espero.
8. Enrique se arrimó a Deme sin permiso, tuvo un hijo friky, se separó, se casó con Marisa, se divorció, publicó siete libros, se casó con Bea (la hermosa Bea, cuentacuentos), vendió su casa de Madrid, y se fueron a vivir a orillas del río Ambroz, al norte de Extremadura. A los seis años sus hermanos le llamaban don Enrique, y él opina que su familia es un circo no siempre divertido.
9. Jaime tuvo dos hijos, luego se casó, y tuvo dos hijos más (siempre con Rosa). Vive en Santander. Es arquitecto y colecciona apartamentos. Calvo como una bola de billar. Si aún no se ha divorciado, ya ¿para qué? Se ha llevado a Salud a vivir con él, pero en Santander se aburre, creo.
10. Peancha se casó con Basilio, tuvo dos hijos, y vive en Tenerife. Le faltan dos años para cumplir 50. Trabaja de astrofísica y pesa 40 kilos. Nos echa de menos a todos, pero si estuviera aquí terminaría por echarnos de más. Mi madre todavía le hace llorar cuando la regaña por teléfono.
Saldo actual: 10 autistas, 15 bodas, 4 ayuntos, 7 divorcios, 25 nietos, 2 bisnietas y 2 muertos.
domingo 6 de enero de 2008
Sit Tibi Terra Levis
Este año cerraré el Taller de Escritura de Madrid. Son quince años de vida, cerca de tres mil alumnos, doce profesores, tres locales, una web con más de dos millones de visitas, catorce libros publicados a más de mil autores diferentes, y más de treinta alumnos que actualmente se dedican a impartir clases de narrativa por distintas escuelas herederas del Taller. No sé cómo hacerle un entierro digno. Y cómo despedirme de los profesores que han dado clase conmigo: Ángel Zapata, Javier Sagarna, Carlos Molinero, Isabel Cañelles, Chema Gómez de Lora, Clara Pérez Escrivá, Ángeles Lorenzo, Jesús Urceloy, Beatriz Montero, Alfonso Fernández Burgos, Mila García Guerrero. Son muchos, y dieron mucho.
Me queda por escribir la novela del Taller, donde se relaten las hazañas de los primeros alumnos, los amores furtivos, los hijos de los que se conocieron en el Taller, las novelas que se escribieron allí, las traiciones, los amantes, los muertos, los cautivos… No sé cómo cerrar el quiosco, cómo hacer testamento: nadie quiere un pasado ajeno, nadie acepta una herencia de humo, sin tierra ni hacienda. Tendré que escribir la novela en algún momento, pero otro año, Cuando ya nada importe , junto a Onetti.
Aún recuerdo a María Teresa García Martín, la alumna de tetas grandes que antes de hacerse novia de Antonio, bebió hasta caer redonda en casa de Lara López, se inventó una cátedra de latín en la Complutense, imaginó un marido etarra, una hija bebé muerta en Perú, y hasta un jarrón funerario con cenizas de la niña, Alejandra, en el que había una inscripción que casi nos hizo llorar a todos: Sit Tibi Terra Levis (que la tierra te sea leve). Antonio vive ahora en Denia, pero ella se extravió en el laberinto de Madrid, más allá de la memoria y de la M-30.
Dicen que un hermano de mi padre escribió cuarenta libros de vaqueros después de la Guerra Civil, y que se vendían y cambiaban por cinco céntimos en los quioscos de los bulevares, entre Doctor Esquerdo y Atocha. Nunca vi ninguna de esas ediciones. Son leyendas familiares, entredichas con vergüenza, mucho antes del reinado de Umberto Eco. Las cartillas de racionamiento y las cárceles azotaban las tierras de España, pero mi tío Eduardo se ceñía el yelmo de Mambrino en la cabeza y salía a cabalgar, cada atardecer, por la estepa castellana.
Hace más de veinte años, antes de mi estancia en Nueva York, escribí un brevísimo poema de seis versos, que aún es el que más me gusta. Al principio no tenía título, pero finalmente lo bauticé como “Reencuentro”. Es este:
“Te ascienda la muerte hasta la boca
y te remonte más allá de tu venganza;
te sobrecoja un amor exasperante
y te niegues, y tirites, y claudiques;
te regreses, a ciegas, dando tumbos;
y te sientes, abras los ojos y me veas.”
Tal vez sea el subjuntivo, tal vez la ferocidad, o el movimiento. Ni siquiera lo he querido someter a la métrica. Solo sé que me gusta, y aquí lo planto.

Ayer vi por televisión cómo unas grandes zapadoras derribaban mi antiguo colegio del Sagrado Corazón, cerca de la Plaza del Perú. Entre las viguetas desnudas que sangraban a través del hormigón destripado me pareció entrever al hermano Julio, al Porky, al Bombilla, al Fakir, al padre Larreta. Y también a mis compañeros: a Morera, a Fortes, a Melcón, a Valdecantos y a Debelius. “Enrique, ven, ayúdanos”, me decían parpadeando apenas entre los restos de cemento y grava. “Socorro, Enrique, estamos atrapados”. Apenas podía verlos, pero estaban todos allí. No pude hacer nada, porque yo también estaba atrapado entre los hierros de la infancia, asfixiado por el polvo de las tizas, el hedor del gimnasio y el timbre del recreo.
Si el territorio de uno es aquel donde vivió en la adolescencia, mi pueblo fue dinamitado ayer.
sábado 5 de enero de 2008
Habértelo pensado antes
Queridos Reyes Magos:
He sido bueno, así que me pido para este año que me quede como estoy. Ay, no, no, mejor no, que eso es como ser eterno e inmóvil, la repetición de El retrato de Dorian Gray, la esclerosis múltiple de los adolescentes perpetuos. Pues que cambie siempre, pero manteniendo la felicidad. Qué dolor cinegético, ¿cuándo descansar? Vale: cambiar a veces, y otras no; placer muchas veces, dolor apenas (y de baja intensidad, sisplau ); quizá viajar, sin agobios; follar en abundancia, ma non troppo ; tener sueños húmedos; morir a tiempo y sin frío; terminar la novela; y una Game Boy, ya puestos, que va siendo hora de volver a jugar a lo que sea.
P.D.: Y el regreso de la República, que estos Borbones ya me tocan los cojones.
A Juancho se le empezó a retorcer la polla a partir de los cuarenta años, aunque solo cuando la tenía erecta. Al principio no le dio importancia, pero cada año su polla daba un pequeño giro a la derecha, de unos treinta grados más o menos. Dos grados y medio al mes: imposible de detectar día tras día, pero muy visible a medio plazo. Al cumplir los cincuenta y dos ya se le había dado la vuelta entera, y parecía un más un sacacorchos que una polla turgente. A su mujer le hacía gracia, pero Juancho estaba desesperado. El urólogo le desaconsejó la cirugía: “Perderás sensibilidad, y es muy posible que desemboque en impotencia”. Juancho estaba con la picha hecha un lío. Se sentía humillado. “¿Qué querías?”, le reconvino su amigo Carlos: “Habértelo pensado antes de votar al PP, so payaso”.
viernes 4 de enero de 2008
In pulverem reverteris
La fuente de San Andrés, junto a la plaza de toros de Hervás, tiene cuatro caños de agua. La que sale del grifo sabe a pescado rancio desde hace un mes, así que allí nos encontramos, regreso al siglo XIX, los habitantes del pueblo.
La pasada Nochebuena viajamos a Santander para ver a mis padres. Entre los dos suman ya 180 años, así que es probable que fuera la última visita. Los sentamos en sus dos sillas de ruedas, mientras Bea empujaba la silla de mi padre, yo empujaba la de mi madre. Salimos de la residencia y nos fuimos a merendar un chocolate con churros a la cafetería Valor, frente al Puerto Chico. La gente del Paseo Pereda nos hacían hueco al pasar: Ave, Caesar, morituri te salutant. Y me costó, más que otras veces, verme en el espejo del tiempo que casi siempre fue mi padre. Tal vez porque apenas estaba vivo, porque lo que resta no es más que un trámite doloroso: la llamada por teléfono, la sorpresa esperada, el último viaje lleno de memorias, el cuerpo tibio ya embalsamado, el féretro, el cementerio, la viuda, el frío, la lluvia. En los entierros siempre hiela y llueve, aunque haga sol y no se asome ni una nube. Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo / me moriré en París –y no me corro- / Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño, decía César Vallejo. Y parece como si yo ya tuviera el recuerdo de la muerte de mi padre, que aún vive.

Yo no moriré en París. Al menos eso espero. Quisiera morir al sol, para restarle helor a la muerte. Y que me entierren en un tumba siempre ardiente, o incinerado y arrojado a las olas de un mar cegado por el sol, batiéndose contra la arena blanca de una playa ecuatorial. Le tengo más miedo al frío que a la muerte.
Después de un año sin saber de ella, llamé a Luisa con el cipote hinchado, pero su madre me dijo que había muerto unos meses antes. Colgué el teléfono con un calambre en los dedos. Imaginé un gusano carroñero entrando y saliendo por la cuenca de sus ojos y sus fosas nasales. A cuatro metros bajo tierra Luisa se descomponía, mientras yo tenía ganas de follar con ella. ¡Para que te acuerdes del Papa de Roma, toma! Así que corrí a ungirme la polla con un poco de ceniza mientras rezaba: “Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris".
jueves 3 de enero de 2008
La barca de Caronte
Era ya de noche cuando cruzamos andando el Puente Mocho al regresar ayer de Navacerrada. Llovía con desgana, y el río Ambroz apenas balbuceaba bajo nuestros pies. No pude verlo, pero sé que su barca estaba allí, esperando, atada a uno de los riñones del puente. Siempre está esperando, aunque no sea la hora. Es un trabajo como cualquier otro, así que le saludé al pasar: “Buenas noches, Caronte”. Pero no me contestó. Él nunca responde.

Leo en el periódico que Víctor Chamorro acaba de publicar una nueva novela: Guía de bastardos. No conozco a Víctor Chamorro, y ni siquiera he leído nada suyo, aunque el año pasado me presentaron a su mujer en la librería Pinocho o en la inmobiliaria de Hervás, ya no me acuerdo. Me pareció muy mayor, tanto que creí durante meses que me habían presentado a la viuda de Víctor Chamorro. Puede que anteriormente hubiera leído su nombre en algún lugar, casi seguro, pero a pesar de mi buena memoria para los nombres, Víctor Chamorro no me sonaba de nada. Eso no quiere decir mucho, porque tampoco me sonaban de nada Álvaro Mutis, ni los ocho últimos premios nobel de literatura (a excepción de Doris Lessing). Pero a lo que iba: en una entrevista interior, Chamorro se queja de que, a pesar de haber sido dos veces finalista del Premio Planeta, su novela ha sido rechazada por 27 editores hasta ahora, y sale publicada en una editorial propiedad de su hija. Creo que las autoediciones están bien, pero no es como para tirar cohetes y dar saltos de alegría.
Hoy he recibido por correo la edición número 15 de Un secuestro de película, aunque no esté en ninguna librería de la zona. Lo demás es silencio, decía Monterroso, pobre.
miércoles 2 de enero de 2008
La bolsa marsupial
El primer día de escritura, de gimnasia, de ayuno, de follar o de cultivar arroz es más fácil. Es como un estreno, y llegamos a la tarea con ardor guerrero. El segundo día es mucho más jodido, porque aún no existe la rutina, ni la sorpresa, y todo son desventajas. Hay agujetas, hambre, desgaste y falta de costumbre. Es una mierda. Lo mejor sería hacer una elipsis en el tiempo, y regresar treinta días después, con el sayo desgastado, la tarea en marcha y las ampollas curadas. Claro que eso también estaría bien para los divorcios, los viajes en avión, las amputaciones de piernas, la poda de las acacias y la muerte de los padres. Anestesia para todos. No hay dolor. Receta médica: 300 canales de televisión por cable.
Dentro de una hora nos vamos a Navacerrada. Me llevaré a Cormac McCarthy en el asiento de atrás del coche, para seguir leyendo La carretera mientras Bea cuenta cuentos. Espero que la novela no contamine la realidad, porque si no me veo empujando un carrito del supermercado de un extremo a otro de la provincia de Ávila. O de lo que de ella quede.
La bolsa marsupial de Alejandra es un carrito de Carrefour. El carro de Elías, la bolsa de los deseos, el placer a la medida. Pero no podrá escapar sin pasar por delante de la cajera, que revela la mentira inducida: aquello solo era una simple caja de Pandora.
Mañana más.
martes 1 de enero de 2008
El topo duplicado
Es probable que el uno de enero, como el día de la mayoría de edad, el amanecer, el comienzo de la primavera, o el momento cinematográfico en el que el sol se asoma al fin después de una buena tormenta, sea uno de los tópicos más usados. O uno de los ritos más repetidos. Como cumplir diez años, y treinta, y ochenta. Pero, ¿qué más da? Si la excusa sirve, como la religión, para hacer deporte, ponerse a escribir o asociarse a Amnistía Internacional, pues que venga el rito y nos dé un meneo. Y que nos quiten lo bailado.
Quizá tenga razón Philip Roth cuando se queja de que a partir de los cincuenta el macho se hace invisible en el aspecto sexual. No le ven. No nos ven. Aunque, la verdad, a mis cincuenta y dos no estoy muy seguro de querer ser visto, de tener que jugarme el cipote, o lo que queda de él, para marcar el territorio. Eso casi se lo dejo a Ringo, mi mastín meloso.
Pero no dice (o aún no lo dice, porque no he acabado con su Animal moribundo ) que a partir de los cincuenta, la vida cuenta los años al revés, de atrás adelante. Casi seguro que lo dirá después, o lo dirá en otro libro, como La vejez , por más que ya no sea de él, sino de Simone de Beauvoir. Lo que no creo es que yo sea el primero en darse cuenta. Da lo mismo que ya se haya dicho, porque también la vida entera es un palimpsesto que se reescribe una y otra vez sobre las huellas de lo que otros vivieron. ¿Vamos a dejar de besar por eso? ¿Dejaremos de follar, y de llorar, y de morir? De ningún modo. Que cada cual aguante su vela, su vida y su verga.
Un topo sale y entra ochenta veces al día de su madriguera en la cuneta de la Autovía del Nordeste, a trece kilómetros de Sigüenza, hasta que muere. Sus hermanos topos lloran sin ojos durante horas eternas, y las hormigas le hacen un funeral como dios manda. Tres días más tarde ni el fantasma del propio topo sabe si ese topo de Sigüenza es, o no es, el mismo que aquel otro muerto en Fuenlabrada el mismo día, cerca de la M-50. En las vidas romas, las autopistas son laberintos de espejos, trucos de magia que desdibujan nuestra historia.

Bea y yo seguimos dándole vueltas a vender la casa y marcharnos a Canarias, a convertirnos en lagartos y morir al sol, a la sombra del volcán. Tal vez sea una huída, un modo de escapar del vacío, o de la culpa de la inactividad. El purgatorio de la no-escritura, la excusa para que nada sea visible más que la mudanza. Puede que sea eso, pero ¿qué si es eso? ¿Qué hay de talla moral en la permanencia? ¿Por qué es delito moverse para no moverse?
Si nos trasladamos a vivir a Canarias perderemos esta dacha junto al río, con paisajes interiores, garganta adentro; pero existe un horizonte de agua inalcanzable, subrayando el sol y el firmamento. Creo que no es necesario vivir en una casa obvia para tener amplitud de miras, pero las catedrales existen, y no las inventé yo.
Publicado por Enrique Páez
|
Archivo del blog
|