En 1817, en Tuckahoe (Maryland, EE.UU.), nació un
esclavo negro. En realidad nacieron muchos, con nombres ignorados
y muerte temprana, pero hubo uno entre ellos que con el tiempo
fundaría un periódico, daría innumerables conferencias por todo
el mundo y se convertiría en consejero directo del presidente
Abraham Lincoln. Se llamaba Frederick Douglass. Su nombre está
escrito en los libros de historia como uno de los grandes políticos
abolicionistas norteamericanos. ¿Cómo pudo el hijo de una esclava
negra dar ese salto de gigante, cambiar el destino que ya estaba
escrito a sangre en la melanina de su piel? Él mismo nos lo cuenta
en su autobiografía.
Todo comenzó cuando, contra toda norma, el ama,
su dueña, le enseñó el abecedario y a leer unas pocas palabras.
Él era un niño todavía. Para la patrona aquello tal vez no fue
sino un juego, una forma de aventar el tedio y el vacío de las
lentas tardes en la hacienda sureña. El amo se dio cuenta de lo
que allí sucedía antes de que Frederick terminara esa primera
instrucción y, enfurecido, le prohibió tajantemente a su esposa
que siguiera educando al niño. Su mujer estaba contraviniendo
las leyes y, además, si el esclavo conseguía aprender a leer con
un mínimo de soltura, lo incapacitaría definitivamente para
seguir siendo esclavo. Lo haría al mismo tiempo intratable y no
tendría utilidad para su amo. Según el patrón, la lectura
y la escritura eran actividades altamente peligrosas y subversivas,
incluso para él mismo, y no sólo no le haría el menor bien,
sino hasta mucho daño. Lo haría inquieto e infeliz. Según
el propio Douglass, desde aquel momento comprendí cual era
el camino de la esclavitud a la libertad... A sabiendas de la
dificultad de aprender sin maestro, me embarqué con una gran esperanza
y con toda decisión, a costa de cualquier sacrificio, en la tarea
de aprender a leer... Frederick Douglass continuó siendo
esclavo hasta 1838. Sólo después de cumplir los veintiún años
logró huir rumbo a los estados del Norte. Faltaba poco para que
se declarara la Guerra de Secesión. Es difícil imaginar una rebelión
más desesperada y más suicida que la del esclavo contra el amo,
contra el ser supremo; la del objeto contra su dueño. No cabe
siquiera pensar en una revolución más radical, más cercana a la
raíz de la libertad.
El aprendizaje de la lectura y la escritura nos
muestra, en la historia de Frederick Douglass, su verdadero rostro
subversivo, su auténtica vocación iconoclasta, liberadora, negadora
del poder, de la propiedad privada y de las castas. El simple
acto de tomar una pluma y un papel para narrar una historia, una
sensación nacida del territorio ignoto de la creación, es en sí
mismo una amenaza al poder, a las órdenes de nuestros amos que
nos piden sumisión y votos a cambio de pan y circo. Las mujeres
bereberes, musulmanas, al sur de Túnez, Marruecos o Argelia, tienen
prohibido el aprendizaje escrito de la lengua. Por eso mismo.
Porque las rebelaría contra sus maridos y contra el orden establecido,
suponen. Y suponen bien, claro está. Con las plumas de las aves,
voladoras, libertarias, se fabricaron los primeros utensilios
de escritura. En este libro, en esta antología están los últimos
kamikazes de la tinta. Los desertores de las cadenas. Los insumisos
que han decidido tomar las letras por asalto. Son
legión, mujeres y hombres entre quince y setenta años. No parecen
estar dispuestos a someterse a la censura. Tienen la lengua muy
suelta y la moral distraída, como dirían sus abuelas. En el Taller
escribimos, hablamos, leemos, comentamos y corregimos.
Durante el curso 94/95, nueve autores casi
todos novelistas, uno al mes, acudieron también al Taller
para contar sus propias Reflexiones sobre el proceso creador:
Luis Antonio de Villena, José Luis Sampedro y Francisco
Garzón Céspedes nos acompañaron con su voz y sus visiones épicas
durante el primer trimestre, de octubre a diciembre.
Soledad Puértolas, Germán Sánchez Espeso y Fernando
Alonso continuaron en el segundo trimestre con sus percepciones
insólitas.
José María Merino, Almudena Grandes y Luis Landero
cerrarán el curso, de abril a junio, y sus voces resuenan ya entre
las paredes de nuestras bibliotecas.
Queremos agradecer también, en la distancia, a los
que, de una u otra manera, colaboraron con el Taller de Escritura:
Armando Trejo (que nos saluda en bici con sus zapatillas de tenis
rojas desde Zacatlán de las Manzanas), Guadalupe Urbina (rasgando
su guitarra en San José de Costa Rica), Anne Serrano (vestida
aún de Carmencita en Koyaanisqatsi), Mariano Vara (queremos más
libros tuyos), Jorge Riobóo, Luis Conde (saludos al resto del
equipo de El Lector), Ángeles Gil (Informativos territoriales),
Ildefonso García, Susana Vela, Carlos Aganzo (qué buenos periodistas),
Ramón Mayrata, Alekos (dibujando en Bogotá, o tirando del hilo
de Ariadna), Gabriela Ansola (crepuscular venezolana), Marisa,
Marcelo (jugando al escondite entre las solapas y la cuarta de
cubierta), Félix Vicente y Lola Rodríguez (macuto al hombro, programa
y grapadora de tapicero en mano), Marina Navarro (semioculta entre
una montaña de libros en la Biblioteca Central), José Luis Suarez
(tantos poemas, tantas imágenes), Teresa (que siempre tiene todo
a punto), Alfonso, Maísa (horas corrigiendo galeradas, parapetados
tras una cafetera), el grupo Jamacuco cuentacuentos (con su mala
costumbre de llevar cuentos y chismes de un lado para otro), Elías
(siempre de buen humor, estupendo compañero), el café Pepe Botella
(que nos vio nacer, Carlos, María), la sala Clamores, el Área
y el Swing (que nos han visto beber, hablar y bailar), a los que
han escrito los cuentos de este libro, y a todos los demás que
no se nos olvidan (y que no queremos que nos olviden). Lo demás
son cuentos.
© Enrique Páez, 1995