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Las cosas no serían las mismas si no pudiéramos
nombrarlas, si no pudiéramos escribirlas. Y nosotros tampoco.
La escritura modifica la realidad (y a veces la construye, es
la realidad misma). Y creo que de algún modo también nosotros
somos lo que decimos y lo que nos dicen: secuencias y cadenas
de palabras. Somos mitad ADN y mitad sintaxis. He oído muchas
veces decir: «Yo no escribo, prefiero vivir», y siempre me ha
parecido que esa afirmación esconde una mentira. La escritura
no se opone a la vida, porque es vida misma, o una parte muy importante
de ella. Huir de la escritura para dedicarse a vivir no me parece
sino una huida hacia adelante, como suicidarse por tener inmensas
ganas de vivir.
Recuerdo que en una de las primeras entrevistas
que me hicieron a comienzos del Taller de Escritura, hace seis
años ya, dije: «La escritura y el psicoanálisis liberan, pero
escuecen». Cumplidos ya algunos años, tras tantos alumnos y alumnas
que se han acercado al Taller para escribir, compartir y desvelar
su creatividad, volvería a decir lo mismo. Puedo asegurar que
casi para ninguno de ellos la escritura ha sido, ni es, un entretenimiento
banal, una manera agradable de pasar el rato, sino una auténtica
necesidad, un ejercicio de creación muchas veces doloroso, pero
siempre liberador. Empezaron escribiendo sobre ellos mismos, con
relatos saturados de memorias y vivencias autobiográficas, y terminaron
construyendo relatos sobre adolescentes kosovares, policías budistas,
orangutanes divorciados o farmacéuticas psicópatas, pero que nadie
se equivoque: nunca han dejado de escribir acerca de ellos mismos.
En el proceso creador descubrimos que podemos llegar a ser muchos,
que la empatía nos permite aprehenderlos. Pero eso es sólo en
un primer momento. Luego sabremos que en realidad lo somos, que
somos todos ellos, que dentro de nuestra piel viven mil personajes
contradictorios, que nos habitan los innumerables hombres y mujeres
de la tierra, del pasado y del futuro, en una celebración mística
que heredamos de muy antiguo, cuando todos éramos uno, confundidos
nuestros átomos en un solo cuerpo. Tal vez ése fuera el momento
previo al Big Bang, casi no lo recuerdo.
Durante los dos últimos cursos Ángel Zapata y Javier
Sagarna se han incorporado al Taller como coordinadores de grupos
de relato breve y de novela corta. Yo los conocía desde hacía
ya algunos años, y esperaba mucho de ellos, pero no tanto como
lo que han dado de sí en la realidad. He llegado a sentir envidia
por las muestras de cariño que recibían por parte de sus alumnos.
No es que yo no las reciba (y muy abundantes, gracias); son más
bien celos de hermano mayor al que de pronto le han crecido dos
hermanos geniales con los que compartir los halagos de la familia
y el vecindario. Se lo merecen. Contar con ellos ha sido una de
las mejores decisiones que puedo haber tomado en toda mi vida.
Sus alumnos lo saben.
Ser profesor de escritura creativa requiere algunas
cualidades. Algunas de ellas son más o menos evidentes: una cierta
preparación literaria, conocimiento de técnicas narrativas, vocación,
capacidad para la enseñanza, paciencia, empatía, confianza...
Pero hay más. Y una de ellas, que me parece fundamental, sólo
he podido descubrirla con la práctica: la capacidad para aprender.
Supongo que todos los alumnos y alumnas del Taller han aprendido
algo en el tiempo que asistieron a las clases. Así lo dicen y
se puede demostrar (incluso con documentos escritos, como en los
juicios sumarísimos: con sus propios textos). Pero pocas veces
se habla de lo que aprenden los profesores. Y es mucho. No estoy
hablando sólo de técnicas narrativas, que también, porque nuestros
alumnos tienen mucho que decir y enseñar en el terreno literario,
sino de honestidad y tolerancia. Lo que se dice y lo que se escribe
en el Taller de Escritura, así como la manera de decirlo y de
escuchar, no es sólo un modo de hacer, sino un modo de ser. En
muy pocos espacios yo he podido encontrar grupos de personas tan
diferentes y, al mismo tiempo, tan respetuosas con las diferencias.
Cada sesión del Taller es un modelo de tolerancia y democracia
como muy pocas veces sucede en otras realidades, extramuros del
aula. Y eso es algo que no sucede por el simple oficio de los
profesores, sino por el talante de los propios alumnos y alumnas.
No sé si en el resto de las horas que componen nuestras vidas
existe el mismo comportamiento, pero me resulta fácil imaginar
que no siempre. Sé que por alguna razón, y durante el breve tiempo
que duran las sesiones, cada uno de los que participan en ellas
saca lo mejor de sí mismo, tal vez porque los demás hacen lo propio,
o porque la literatura es tan importante para todos ellos que
no tienen tiempo para ir jugando al escondite y las mentiras.
Al poco tiempo de asistir al Taller, cualquier alumno sabe que
sus textos serán muy criticados, pero siempre desde un punto de
vista rigurosamente literario, y nunca desde una óptica moral,
ideológica o social. Las leyes internas de participación, que
nunca han sido escritas, pero en las que coincidimos todos de
una manera implícita, son muy estrictas en ese aspecto, y muy
amplias en todos los demás. Sólo así se puede entender que trabajen
juntos durante un año o más personas de distinto carácter, edad,
sexo, formación cultural, tendencia política o gustos privados.
Y es que la escritura, que es casi el único punto común para personas
tan distintas, es más importante de lo que parece. Mucho más incluso
de lo que nosotros mismos imaginamos. Lo mejor de este Taller,
y eso es algo que nunca me cansaré de repetir, son sus propios
alumnos. Los coordinadores aprendemos junto a ellos tanto o más
que ellos mismos. Y ya iba siendo hora de decirlo.
Los relatos que aquí se presentan son pequeños relámpagos
de lucidez que invitan a la reflexión; y obedecen la ley narrativa
que dictó el teórico Tzvetan Todorov: «Todo relato es movimiento
entre dos equilibrios semejantes, pero no idénticos». La genialidad
del escritor radica, por un lado, en la observación detenida de
lo que sucede a su alrededor y, por otro, en la capacidad de ver
más allá de la escena, trasponerla, buscar asociaciones con otras
realidades y transmitírselo al lector. Escribir no es fantasear
inagotablemente, sino ver más allá de los objetos y las personas,
y descubrir los mundos ocultos que no son visibles a simple vista.
Como diría Paul Eluard: «Hay otros mundos, pero están en éste».
Al igual que en los relatos extensos, estos cuentos,
o microcuentos, cuentan al menos dos historias: una es muy visible,
y la otra es una reflexión que corre paralela en otro punto de
la realidad. En muchos de ellos la historia rompe la frontera
entre el sueño y la realidad. Y además casi todos cumplen las
características y ventajas fundamentales del relato que enunció
Poe hace siglo y medio: brevedad, economía, intensidad, unidad
de efecto y desenlace imprevisto. Cuentan, por tanto, dos historias
por el precio de una, que diría Ángel. Tal y como sucede, a otro
nivel, con las metáforas, con los símbolos bisémicos, o con las
funciones denotativas y connotativas del lenguaje. En estos cuentos
hay decenas de imágenes de doble registro que actúan como metáforas
de situación. «Lo que está arriba es como lo que está abajo»,
dice una de las siete leyes herméticas de Hermes Trismegisto,
la de la correspondencia. Y, del mismo modo, lo pequeño no es
sino un reflejo de lo grande. La literatura, y aquí hay un buen
ejemplo de ello, es el territorio de la pluralidad de significados,
de la evocación y la metáfora.
Los autores de este libro, tras una aparente simplicidad,
parecen querer demostrar que no hay que buscar fuera lo insólito
y lo sorprendente: en la rutina de lo cotidiano (el microcosmos)
hay destellos que reflejan el universo entero (el macrocosmos);
sólo hace falta observarlos con atención. Así pues, en todos estos
relatos, incluidos los microcuentos, el lector podrá encontrar
dos historias: la visible y la invisible. Son cuentos con lupa,
casi metáforas.
Me queda añadir que, al igual que Ángel y Javier, en el próximo
curso del Taller se incorporarán como coordinadores Isabel Cañelles
y Chema Gómez de Lora. Con ellos vamos a seguir creciendo en
calidad y cantidad. Sé que sus futuros alumnos lo agradecerán.
Y dar las gracias. Gracias a todos los que habéis asistido
a las sesiones del Taller a costa de robar un poco de tiempo
a novios, novias, amigos y familiares. A los alumnos del Colegio
Mayor Chaminade, vencedores del sueño y el cansancio a esas
horas infames de cada jueves por la noche. A Medardo Fraile
por sus magníficos cuentos y consejos. Al Taller de Escritura
Creativa Fuentetaja, con los que compartimos mucho más que objetivos
y simpatías (nos veremos de nuevo en la Feria del Libro, espero).
A Eduardo Heras León y su Taller de Formación Literaria Onelio
Jorge Cardoso de La Habana, hermanados en la distancia. A Nacho,
Elías, Marisa, Marcela, Alfredo, Alekos, Alberto, Diego, Nines,
Magdalena y tantos que se me olvidan.
Y muchas felicidades a los antiguos alumnos que reciben premios
y van publicando sus novelas y cuentos en los últimos años:
Alfonso Fernández Burgos, Elena Belmonte, Julio Reija, Mª José
Guillén Rubio, Ana Ossenbach, Elena Hernández, Pilar Cristobal,
Victoria Lizcano, Carmen Cacho, Lara López, Carlos Molinero,
Eugenia Rico, Nacho Reig, Juan Pimentel, Clara García Fernández-Muro,
Raquel Portaencasa, Chus Melchor, Raquel Gutiérrez Romero, Juan
Carlos Sánchez, Gemma Moraleja, Daniel Argote y José Mª Verdú
(es posible que haya alguno más, pido disculpas por las ausencias).
Y también para los que al menos lo intentan, enhorabuena.
Enrique Páez, abril de 1999
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