Cuando
él llamó
eran las diez y cuarto de la mañana. Tan sólo dijo:
—Soy Rodolfo.
Luego
se cortó la línea. Miriam se quedó pensativa. ¡Rodolfo! ¿Qué Rodolfo?
El
timbre volvió a sonar cuando Miriam salía de la habitación. Tropezó
con el sofá y cogió el teléfono. De nuevo su voz:
—Que se ha cortado el teléfono. Que soy Rodolfo...
—Sí, sí, te oigo. ¿Qué? ¿Qué?
Pero
de nuevo había desaparecido la voz bronca de Rodolfo. Se había ido perdiendo
entre pitidos intermitentes y clics descompensados.
Miriam
se sentó junto al teléfono e intentó recordar. Quizás sí lo recordaba,
pensó, sería aquel señor que le había pedido el número de teléfono después
de haber bailado con ella en el club. Tenía el pelo rizado y rubio de
los Rodolfos. ¿Y la nariz? Sí, tenía nariz, lo recordaba perfectamente,
y llevaba pantalones. Se encendió un cigarrillo y se tumbó en el sofá.
Luego expulsó el humo muy lejos y siguió con el hilo de sus pensamientos.
Fue en el club. Era la primera vez que acudía a un sitio así. Era un
club de separados, o de solos, o de desilusionados. Era un club de los
de enamorarse un ratito con música suave y palabras tiernas. Y ella,
que estaba sola, se había decidido por fin a ir. Había ido un poco por
curiosidad, y otro poco por la vecina.
Hacía dos años que estaba sola y que veía la tele, y que sacaba la basura
a las nueve de la noche todos los sábados, porque los sábados se sacaba
antes. Pero aquella noche, al ir a sacar la basura vio a la vecina,
impecable y perfumada, cerrando la puerta de su casa con sigilo, como
si temiera ser sorprendida en su intimidad. Fue entonces cuando el cubo
de su basura le pareció inmenso y cuando vio agujeros en sus zapatillas
y una mancha de grasa en su bata celeste. Y fue en ese mismo instante
cuando se acordó de que en el armario todavía guardaba unos zapatos
de aguja tan negros como los de su vecina, unas medias doradas y una
falda de serpiente.
Se preparó un baño de sales. Se bebió un cubata y se puso una mascarilla
hidratante en la cara. Luego se fue poniendo las medias doradas despacito,
sintiendo el nailon rozar su piel. Y la falda de serpiente, y el jersey
negro, y los zapatos de aguja. Se miró en el espejo y se encontró extraña.
Sí, extraña y sexy, como la vecina. Volvió a sonar el teléfono. Esta
vez habló ella.
—¿Rodolfo?
—Sí, no sé qué es lo que está pasando. Esto se corta.
—Sí, sí, te escucho. ¿Rodolfo? ¿Rodolfo?
Otra
vez la línea se había quedado muda. Miriam apretó los dientes, y encendió
otro cigarro, y continuó pensando en el hombre que intentaba hablarle.
Aquella sala estaba en penumbra y ella se había sentado en un taburete
de la barra. Él se le había acercado con un vaso de güisqui en la mano
derecha y le había sonreído, o quizás sólo le había mirado a los ojos
sin parpadear. Tenía el pelo liso y negro, y estaba ahí con sus pantalones
y con su nariz. Ella había cruzado sus piernas de medias doradas y él
había vuelto a sonreír. Ella bebió un sorbo de su cubata y luego se
pasó la lengua por los labios, lentamente, con suavidad, sin prisas.
Y sus labios se habían quedado mojados, brillantes, entreabiertos. Un
sonido de trompetas se escuchó allá en el fondo, trompetas de jazz.
Y él la sacó a bailar. Ella había descruzado las piernas y contoneado
sus caderas mientras se dirigía hacia la pista de baile. Él la había
seguido con sus pantalones y su nariz.
Habían pasado la noche riendo y hablando. Ella había estado ingeniosísima.
Le encantaba todo lo que había sido capaz de decir mientras Rodolfo
la miraba. Él había seguido enamorándose más y más de ella, con su calva
suave, y su pantalón. Bailaron lento, bailaron salsa, bailaron tangos,
y bailaron, y bailaron, con sus medias doradas y su falda de serpiente.
Hasta que se encendió la luz de la sala y ella salió deprisa del club.
Lo dejó allí, sin explicación, sin aliento, sin su conversación y sin
sus labios. Era demasiada luz. Era una luz blanca que hubiera puesto
siglos a su rostro. Y así había acabado todo.
Ya no era sábado cuando Miriam llegó a su casa. Pero él, el tal Rodolfo,
le había pedido el teléfono unos minutos antes. Y ahora estaba allí,
detrás de la línea, intentando volverla a ver.
El
teléfono se cortaba una y otra vez. Y él, Rodolfo, con su pelo cano
y su pantalón, no conseguía decirle lo feliz que se sentía de haber
conocido a una mujer como ella. El teléfono volvió a sonar.
—Soy Rodolfo, del banco. Para decirle que ya tiene el talonario en la
oficina. Que puede venir a recogerlo cuando quiera.
—Pasaré esta misma noche —dijo Miriam.
—¿Cómo? No, verá, nuestro horario es...
Pero
Miriam no quiso seguir escuchando, colgó el teléfono y se dirigió al
baño mientras pensaba las excusas que buscan los hombres para conquistar
a una mujer atractiva. Después se metió en la bañera llena de sales
intentando recordar si Rodolfo era rubio, moreno, o calvo. Luego pensó
que quizás llevara sombrero la noche en que se enamoró de ella.
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