No
es que no quisiera
ir al colegio. Andrés siempre repetía un conato de rebeldía en las escaleras
de su casa a las ocho y cinco de la mañana. En ese momento, el alumno
de infantil de 5 años del colegio “Indalecio Prieto”, Andrés Vivancos,
hacía un manifiesto de enfrentamiento con el mundo de los adultos que
concluía con un exasperante “los padres y las madres son una asquerosidad”.
Y se negaba a caminar. La exasperación la vivía de lleno la estudiante
de Bellas Artes que llevaba a Andrés al cole, según el acuerdo que tenía
con los padres de Andrés, que le daban por este viajecito una gratificación
mensual.
La
estudiante, que estaba terminando sus estudios, sólo pensaba en su tesina
de licenciatura “lo grotesco, lo sublime y lo kitsch en las vanguardias
centroeuropeas” y no sabía cómo contradecir las opiniones del pequeño.
Lo más que se le ocurría era calmarle prometiéndole una bolsa de tazos
en la panadería cercana al centro escolar.
Cuando
ya llevaba la tesina casi completamente redactada, recapacitó en la
dureza de la rebeldía diaria de Andrés y pensó que debía transmitir
algo de aquello de la asquerosidad a los padres del niño, aunque éstos
no le infundían mucha confianza.
Un
día, cuando el padre de Andrés tuvo más tiempo y acompañó a la estudiante
y al niño un breve rato en su recorrido hacia el “Indalecio”, la cangura
matutina aprovechó el lento caminar del escolar para relatarle al padre
que su hijo se rebelaba todas las mañanas. El padre, un sesentayochista
que aún estaba en la vida política —en su calidad de afiliado de base
de un partido minoritario del arco parlamentario— y que ejercía profesionalmente
como asesor de comunicación de la Confederación de Cajas de Ahorro,
sintió miedo, incredulidad y, sobre todo, desconcierto. ¿Qué era semánticamente
asquerosidad? ¿Qué trasfondo podía tener tal expresión? ¿Sería meramente
una verbalización inocua de la fase anal del chaval, o podría considerarse
una herencia genético-cultural de la dialéctica de las clases a la que
el padre había sido siempre tan aficionado?
Agradeció
cortésmente a la estudiante su información y se fue a su puesto de trabajo
dirimiendo consigo mismo qué correspondía hacer ante las rebeldías de
escalera. Consideró que lo más acertado era ser él quien llevase durante
unos días a Andrés al “cole” para objetivar por sí mismo el fenómeno
relatado por la artista en ciernes.
Empezó
a ser el acompañante de su hijo el primer día después de esa interrupción
del curso escolar que tiene el extraño sobrenombre de “semana blanca”
y que en su ciudad coincidía con el Carnaval, y tras cerrar la puerta
de la casa quedó a la espera de que se produjera la rebeldía que la
estudiante le había descrito. Andrés, en los últimos peldaños, y cuando
ya no había casi espacio para ninguna reivindicación verbal, dijo vehementemente:
“Los profesores no tienen pilila, que me lo ha dicho mi amigo Salim”
(un libanés de su curso). Y se paraba durante unos desesperantes minutos.
El
padre comprobó que el grafiti verbal del niño era distinto al esperado
y su mente de ex-universitario de Letras comenzó, de nuevo, a valorar
a qué se quería referir esta vez su querido hijo apoyándose en el imaginario
de ideas que habían conformado su generación: ¿Por qué esa alusión directa
al falo? ¿Y por qué esa referencia al género masculino, en un momento
en que era casi completa la feminización de la docencia? El adulto Vivancos
sólo había visto a un enseñante dentro del “Indalecio”, y era el director
¿Salim y Andrés habían creído que la ausencia de miembro viril correspondía
a ese insigne intelectual?
Los
días siguientes Andrés repetía la misma frase y en el mismo peldaño
sin cambiar de énfasis pero ampliando el número de colegas que estaban
convencidos de la ausencia de pene entre los profes. No sólo Salim;
también Alejandro, David y Candela coincidían en ese veredicto.
Vivancos
padre iba a una tertulia con antiguos amigos de su infancia para contrastar
en qué parte eran viejos y en qué parte eran aún lozanos. Creyó oportuno
contar los distintos gritos de guerra de su chavalín para conocer las
opiniones de sus contertulios. Tomó la palabra una maestra infantil
que decidió sabiamente interpretar al muchacho: ¿No sería que Andrés
buscaba concitar la atención con sus expresiones sin saber aún cuál
será el auténtico objetivo de sus posibles luchas? Este análisis dejó
completamente tranquilos a todos los que allí conversaban. ¿Por qué
no iba a meterse con los padres o con los profesores? Ya llegaría el
día de hacerlo contra los jefes o contra las derechas. En cuanto a asquerosidad
o pilila no eran más que obsesiones infantiles que no debían tomarse
literalmente. Los contertulios podían seguir tratando a sus anchas el
tema que ese día habían elegido para la sesión que era “los inmigrantes,
¿mano de obra esclava o precapitalista?”
Vivancos
padre ya no anduvo con el hijo en los días sucesivos y dio por completamente
cerrado el asunto. La estudiante que iba a leer su tesina en apenas
quince días volvió a ser acompañante de madrugada pero su cabeza estaba
en los cientos de detalles que aún no había resuelto en relación con
el acto académico que tendría en breve. Por eso, fue tan descorazonador
para ella que mientras se interrogaba sobre si la comida posterior a
la lectura de su tesina debía ser en un restaurante de nouvelle cuisine
o en un cocedero de mariscos, oyera exclamar con serenidad a Andrés:
“¡Chivata!, tú también eres un poquito asquerosidad”.
Más
grande, más pequeño
Era
lunes. ¿Cómo podía ser que a
nadie pareciera importarle? La rapidez de la llegada del lunes debería
ser tratado en algún simposio sobre salud laboral, a ver qué se podía
hacer.
El
burócrata sabía bien que a la hora que cogía el metro en la estación
más rentable a efectos de tiempo laboral estarían en los andenes centenares
de burócratas y aspirantes a esta condición tan saneada. Lo que no era
previsible dentro de sus más estrictos cálculos avalados por tantos
días de repetición de ruta casa-organismo público-casa era que esa mañana
el ferrocarril subterráneo tuviese un tamaño hiperbólico. Aquello era
la locura.
Los
burócratas no entendían nada. ¿Cómo iban a justificar sus primeras quejas
de la mañana en sus despachos? ¿Quién les iba a hacer caso este día
cuando se refiriesen a los apretujones sufridos, al malhumor que se
respiraba en los vagones?
Pero
la sorpresa fue aún de más calado cuando empezaron a llegar a sus mesas
los jefes de servicio. A estos aventajados se les ofrecía plaza de garaje
y por lo tanto usaban diariamente sus automóviles particulares. No querían
decir en público lo que les había pasado esa mañana: las calles que
transitaban sobre líneas de metro se habían visto sorprendentemente
reducidas y, por tanto, el embotellamiento les había crispado. Preferían
callarse no fuera a ser que un mando superior les tomara por gente fantasiosa.
El
fenómeno de metros amplios y de calles estrechas fue silenciado por
los medios de comunicación en sus boletines de la mañana. Cuando empezó
a ser noticia entre los redactores, nadie sintió interés por explicarla
en las ondas. Todos los que trabajaban en la distintas emisoras y agencias,
desde los jefes de redacción hasta los becarios, habían programado una
jornada repleta de conferencias de prensa, almuerzos, cotilleos y llamadas
telefónicas lo que les inhabilitaba para salir a cubrir un hecho que
no se encontraba en previsiones.
La
policía urbana sí que percibió algo tan inusual que dificultaba hasta
el paroxismo su misión de ordenar el tráfico. Algunos agentes utilizaron
su radiopatrullas para saber cómo establecer una norma en aquella maraña
de indómitos conductores que no cabían ni en el asfalto ni en las aceras.
La orden que les llegó de Jefatura fue que evitaran las multas, pues
había elecciones municipales en breve y que si querían cogieran ese
día un “moscoso”.Cuando el metro fue recobrando su tamaño acostumbrado,
concretamente a la “hora del bocadillo”, ya nadie estaba en condiciones
de observar la vuelta a la normalidad. En las bocas del ferrocarril
subterráneo se había colocado un cartel que decía “hectómetro” y en
las principales arterias del municipio los coches habían sido abandonados
y sus ocupantes se dedicaban a descubrir aspectos desconocidos para
ellos en su ciudad: vieron que había ancianos en los parques, personas
con quehaceres que no requerían un ordenador en una mesa, chicos y chicas
que iban al instituto y se buscaban y se acercaban, y lo que más les
sorprendió: resulta que había conciudadanos que se reían y no parecía
que lo hiciesen para burlarse de alguien que no estaba en ese momento
presente.
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