Ramiro
separa esa mañana las pasas
del bizcocho como tantas veces le había visto hacer a ella. Acaba de
levantarse de la cama y se ha sentado en la cocina frente a la bandeja.
Trocea el bizcocho en raciones y luego lo deshace hasta dejar todo lleno
de migas. Sandra solía hacer bizcochos los fines de semana y le ponía
pasas porque a él le gustaban. Hace tres meses que Sandra no está, y
Ramiro le ha puesto pasas a su bizcocho.
En
el calendario de mesa que hay junto al teléfono está escrito: “Hoy es
nuestro aniversario”. Ramiro levanta el auricular para comprobar que
hay línea. Cuelga.
Con
el pijama lleno de migas coge de la mesa del salón una botella de vino
que le regaló otra mujer. Una mujer que le abrió su corazón y que él
cerró de un portazo porque seguía amando a quien ama desde que la conoció
y a quien ama más todavía desde que le abandonó, dejando la casa precintada
al amor.
Ramiro
deja la botella junto a su ordenador y vuelve a la mesa del teléfono.
Antes de coger el sillón sobre el que se sentará a escribir levanta
de nuevo el auricular. Cuelga. Coge el sillón y lo lleva despacio hacia
el escritorio. Despacio, casi acariciándolo, lo arrastra por el salón.
Sandra llevó ese sillón a casa al morir su padre y lo dejó al marcharse,
dejando recuerdos que hoy Ramiro respira, casi ahogándose. Son muchas
las noches que Sandra se quedó dormida en ese sillón sobre sus rodillas,
acurrucada en su pecho.
Ramiro
se sienta, se sacude las migas que caen al suelo desde el bolsillo de
su pijama, se sirve vino y, moviendo las piernas como acompasando su
escritura, escribe: “¿Por qué te fuiste? Si hubiera sabido que ibas
a marcharte esa mañana te habría abrazado fuertemente hasta ahogarte
y así te habrías quedado a mi lado para siempre, en mis brazos. Porque
te amé sin sentido, a bocajarro, desmesuradamente y hoy, sin embargo,
te quiero y quiero que me quieras con serenidad”.
Ramiro
levanta la vista del teclado y se seca las lágrimas. Bebe y acaricia
la botella despacio y pierde la mirada hacia la ventana. Abajo, en el
parque tras los árboles, los niños juegan. Toda la luz que entra le
deslumbra. Se inclina para cerrar una contraventana sin levantarse del
todo del sillón y ve en el suelo de la terraza la planta que compraron
en el rastro el último domingo que se disfrutaron. Entonces tenía flores,
hoy sólo tiene los tallos que las sujetaban entonces.
Vuelve
al teléfono y lo levanta de nuevo. Cuelga. Desliza su mano sobre el
auricular y suspira fuertemente como cuando Sandra se deslizaba desnuda
sobre su cuerpo al amarla y también suspiraba. De pie, apoyado en la
pared se resbala, lento, hasta sentarse en el suelo. Dobla las piernas
y mete la cabeza entre ellas. Vuelve a moverlas acompasando ahora éstas
su nostalgia.
Casi
arrastrándose regresa a su ordenador y sirviéndose más vino llora. Y
escribe: “¿Por qué me decías nunca al preguntarte cuándo ibas a dejarme?,
¿por qué me mentiste?, ¿por qué te fuiste dejándome hipotecado a tu
recuerdo?” Las lágrimas caen sobre el teclado y no le dejan continuar.
Esas mismas lágrimas que le acompañan cada día desde que Sandra se fue.
Esas lágrimas que tienen el sabor amargo de la despedida y que ni siquiera
al final tienen el regusto dulce del regreso.
Ramiro,
ahora decidido, va al teléfono y empieza a marcar. Antes de acabar,
cuelga. Coge la botella de vino y sube al dormitorio. La deja en la
mesilla después de beber un trago. En el cabecero de la cama descansa
el fular que Sandra llevaba, hoy hace un año, el día que se conocieron.
Y allí reposa, en el mismo sitio donde está ahora, desde la primera
noche que se amaron. Ramiro la desnudó despacio, como hacía ahora abriendo
los ojos a su memoria. Al coger la botella, el fular se enreda y cae
al suelo. Lo recoge, lo huele y llora. Sentado en la cama sacude algunas
migas que traía pegadas en el pijama.
El
llanto ya no es mudo. Ramiro gime y respira como puede, como le permite
su angustia y grita como gritó al verla perderse tras los árboles desde
su ventana. Se ahoga como se ahogó aquel día aprendiendo a convivir
con ese aire plomizo que le trae el recuerdo, su olor, su presencia
en cada rincón, en todos esos rincones donde se amaron, despacio. Y
sin medida.
Ramiro
coge su botella de vino y baja al salón. Después de dejar la botella
junto al ordenador recoge el teléfono de la mesa y asegurándose de que
está bien colgado lo lleva con él hasta el sillón. Allí sentado lo abraza
y se balancea como si estuviera en una mecedora. Sus gemidos son los
que acompasan ahora su espera.
El
cable del teléfono se ha enredado en el teclado y Ramiro con su balanceo
infantil empuja sin querer la botella de vino derramándolo por la mesa
y empapando su pijama. Ramiro ve como el vino se esparce rápidamente
bajo sus pies por el suelo del salón, arrastrando a su paso las migas
del bizcocho.
El
beso
Me
gustó su beso. Seco, firme,
directo. Sentí su barba, siempre he odiado la barba, pero ésta era distinta.
Además la noté perfectamente en el poco tiempo que duró ese beso, sentí
su barba, su mano en la nuca acercándome con decisión a su cara y a
sus labios. Todo en silencio. Y sé que cerré los ojos y en ese momento
tan corto, todo fue tan preciso que lo revivo cuando quiero, e incluso
lo siento. Hoy siento, otra vez, aquel silencio, su mano, su barba…Y
al besarme le olí y huele a él. A nada más. Ni a colonia, ni a humo,
ni a gel de baño, ni a suavizante de la ropa. Es un olor peculiar, el
suyo que, porque es suyo y es ése, lo revivo cuando quiero, porque en
el corto momento que duró ese beso también le olí y al cerrar los ojos
grabé ese olor para mí.
En
ese instante tan corto, en el instante del beso, creo que mis pies no
rozaron el suelo, no sólo porque me puse de puntillas sino porque hoy
sé que floté. Estoy segura. Lo sé porque cuando me separé, cuando ese
momento tan corto y preciso se acabó, yo lo seguí sintiendo y aún hoy
lo siento y no recuerdo el camino al autobús, porque mi mente estaba
en otro sitio, con él, en ese beso. Porque las calles, entonces, no
tenían escaparates, ni aceras, ni semáforos… Sé que estaban porque hoy
están y estaban ayer y estarán mañana pero no para mí ese día, el día
del instante corto, el día de su barba, el de su olor, el del silencio,
el de su beso.
Yo
llevaba ese beso en mi mejilla y hoy en mi corazón. Lo llevaba en mi
piel y lo llevaré ya siempre en mí. Pero también sé que no iban conmigo
mis pies ese día, ni mis pies, ni mis manos… Salí de mi cuerpo. Creo
que me quedé en el suyo, o tal vez me lo traje a él conmigo y por eso
flotaba, porque éramos dos en mí.
Porque
no había ruido, porque sólo estaba el silencio de ese beso en mi cabeza.
Y el silencio era estruendoso porque no pude oír nada más. Y no sonó
su beso, sólo lo oyó mi mejilla y la comisura de mis labios, ni siquiera
mi oído porque no grabé el ruido, recogí el silencio que es el que tengo
hoy conmigo.
Y
sé que después sonreí y que recordando ese instante corto, el instante
de su beso, cerraba otra vez los ojos y lo revivía como hago desde entonces
tantas veces como quiero. Y en el autobús a casa también los cerré y
seguía sonriendo y sentí su barba, y su mano en la nuca y su olor y
sus labios y, de nuevo, ese silencio.
Hoy
que aún tengo el recuerdo nítido de entonces, quisiera que la sensación
de su barba, de su mano, de sus labios, se desdibujara. Quisiera oír
ruido en aquel silencio y confundir su olor con el común a colonia,
a humo. Hoy sé que ayer floté, y también sé que hoy me hundo, y que
me olvido de nadar, porque respiro desde aquel beso aferrada a su recuerdo.
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