El cortijo de la Cañada
estaba en el Valle del río Andarax, junto a un pueblo de apenas veinte
casas. La suya, blanca y de evocación árabe, tenía una extensión de
naranjos dando a la rambla de San Indalecio.
Las
hermanas de mi padre, Aurora y Pura, vivían allí con Pedro y María,
los guardeses. Ellos cuidaban de la casa y también de las tías que ya
estaban algo mayores.
Algunos
domingos mi padre, mis hermanos, mi abuela y yo íbamos a verlas. La
carretera era estrecha y tortuosa y ascendía lentamente hacia el pueblo
serpenteando entre montañas secas y barrancos.
La
casa, de una planta, tenía un recibimiento donde colgábamos los abrigos.
En la parte de atrás había una pequeña huerta con hortalizas que Pedro
plantaba, y gallinas que corrían sueltas, poniendo huevos que luego
nos hacían comer. Pero donde siempre estábamos era en la cocina al abrigo
de la chimenea. Los mayores se animaban con cuentos de familia mientras
comían y bebían y mis hermanos y yo salíamos corriendo para jugar cerca
de las vías del tren que iba a Granada y que pasaba por allí cerca.
—¡No os acerquéis a las vías! —gritaba mi padre desde la puerta.
Pero no hacíamos caso y el primer juego de la tarde, casi un rito, era
poner pesetas en los raíles para que quedaran planas al pasar la locomotora.
La fuerza, el ruido y la velocidad de la máquina nos hacía dar saltos
y gritos mientras decíamos adiós a viajeros desconocidos, como diminutos
diablos poseídos.
Por
la tarde jugaba entre los naranjos, y sobre las cinco mis hermanos y
yo nos íbamos con los mayores por los caminos para estirar las piernas.
Algunas veces nos encontrábamos con alguna charca y Pedro nos decía:
—¿Veis esa poza?... ahí es donde duerme el agua.
Un
día le pregunté por qué decía eso y me contó que debajo del agua, había
una tierra con un sueño de mujer que quiere ser fecundada. Y por eso,
el hombre primero tiene que conocerla para luego ir conquistándola.
—¿Y debajo del agua del río? —seguí preguntándole—, ¿qué sueña la tierra?
—Nada. Esa tierra no sueña. El agua baja corriendo porque las piedras
del fondo le arañan y quiere llegar pronto al mar.
—¿Y el agua del mar?
—El mar es el vientre del mundo donde todas las criaturas sueñan.
Las
tías se reían con estos cuentos de Pedro, y yo durante mucho tiempo
pensé que Pedro era el hombre más sabio del mundo y que no estaba casado
sólo con María como él decía, sino que tenía tres mujeres como un califa
de la Alhambra. Al anochecer la tía Aurora nos hacía señales para que
entráramos en casa. Cogía sus manos arrugadas y cenábamos mientras ella
nos hablaba en una lengua que acariciaba mis oídos y que se llamaba
francés.
Después
de cenar nos volvíamos en el Austin negro al que mi padre ponía unas
banquetas en la parte de atrás para que pudiéramos entrar todos. Como
la vuelta era de noche, mi hermana mayor siempre lloraba, pero yo nunca
me sentí perdida con tanta familia dentro. Todo lo más la negrura sin
luna me aburría y se me cerraban los ojos.
Me
fingía la dormida y al llegar a casa mi padre me tomaba en brazos y
me llevaba del coche a mi habitación. Me gustaba sentirle al límite
de sus fuerzas. Luego al acostarme, me daba un beso y yo me despertaba
muerta de risa y entonces él se hacía el sorprendido. Cuando le veía
alejarse, cerrar la puerta y todo quedaba oscuro entonces me dormía
soñando con agua, trenes y naranjos.
El
abuelo
En
las noches de verano salíamos
al porche de la casa, sacábamos sillas que poníamos delante de la puerta,
y el abuelo contaba historias. Escuchaba en silencio las historias que
contaba el abuelo y, cuando él callaba, cómo la negrura que nos envolvía
me hacía un nudo en la garganta. Miraba al cielo y contaba las estrellas,
imaginando pasillos por los que podía deslizarme y caer al otro lado
del universo. Ese mundo debía de ser blanco y el cielo debía de estar
lleno de puntos negros por los que se podría venir hasta aquí.
Lo
que nunca hacía era mirar para atrás de mi silla. La casa estaba en
penumbra; prefería cerrar los ojos y oler la flor de azahar que la abuela
había puesto por las habitaciones. Si miraba veía sombras, y a mí me
parecían fantasmas. Una sombra iba y venía por el salón ; yo creía que
era el tío Miguel que no quiso morirse porque según contó el abuelo,
murió en la guerra. Otras veces me parecía que era el fantasma de Concha,
que también murió sin ganas, el que se paseaba al fondo por la cocina.
Por eso, porque delante estaba oscuro y por detrás de la casa había
sombras, yo prefería mirar al cielo y escaparme por sus puntos de luz.
Todo
el verano lo pasé así, quieta en las tertulias, para que nadie se diera
cuenta de nada porque luego mis hermanos me llamaban “miedica”. Pero
fue una noche al final del verano, en septiembre, que estábamos todos
alrededor de la abuelo. Esa noche vino el presero y también los guardeses
y la tertulia estaba muy animada, cuando Nicolás el presero le dijo
a mi abuelo:
—Don Pedro, ¿sabe usted cuando dejaron de existir los fantasmas?
—¿Cuándo, Nicolás?
—Pues cuando se inventó la electricidad, don Pedro, porque al dejar
de alumbrarnos con velas, dejamos de ver sombras a través de las puertas
y los pasillos.
Yo
estaba escuchando y se me abrieron los ojos de repente como espantados.
Mi madre me miró extrañada, porque mi madre siempre estaba mirando que
no hiciéramos cosas raras. Entonces me dijo:
—Anda, métete para adentro que está empezando a hacer frío, y a ti parece
que te ha dado un pasmo.
A
partir de entonces cuando me cansaba de oír los cuentos de familia,
ya no me quedaba inmóvil mirando al cielo como un pasmarote. Me metía
para adentro de la casa y andaba de un lado a otro imaginando que el
fantasma era yo, mientras que por la ventana del comedor que da al huerto,
oía el eco de las historias que en las noches de verano contaba mi abuelo.
Un
problema pequeño
Para
mi sobrino Pedro
Era
la hora de la siesta. Adormecido
bajo un calor sofocante, Juan se abanicaba y le decía a María:
—No sé, algo le pasa. No es normal. La semana pasada estaba bien y ahora,
ya la ves, triste y abatida.
—Sí —contestó con desgana María—. Llevo varios días observándola y desde
luego no es la misma. Creo que la voy a llevar al veterinario. Es lo
mejor. El problema es insignificante, pero ella no lo lleva bien. Pediré
hora.
Ya
en el veterinario María se sentó con ella en la salita de espera. Cuando
había pasado la irremediable media hora, una enfermera de blanco y aséptica
la invitó a pasar al despacho. Ya dentro, se sentó en uno de los dos
sillones que había delante de la mesa. A la indicación del veterinario
“Usted dirá”, sacó una cajita, la puso sobre la mesa, la abrió y le
dijo:
—Doctor, quiero que opere a mi hormiga.
Ante
los ojos imperturbables del doctor Rosado apareció una hormiga inmóvil.
—¿Qué le pasa? —preguntó.
—Está deprimida. Tiene problemas con las demás hormigas. Está obsesionada
con que a sus patas les pasa algo.
—Bueno, pero si a sus patas no les pasa nada y el problema está en su
cabeza ¿Que puedo hacer yo?… llévela a un psiquiatra.
—Eso sólo empeoraría las cosas. He pensado que podría quitarle esas
diminutas bolsas de grasa que afean sus patas y su abdomen y que me
temo son el origen del conflicto.
—Pero si son insignificantes.
—No importa.
—Bien, pues vengan pasado mañana a las nueve y operamos.
A
las nueve, como habían convenido, se presentaron en la clínica. El doctor
Rosado comenzó la delicadísima operación con un microscopio de incalculables
aumentos. Cuando terminó, ya sin problemas de grasa, ni de circulación,
y con trescientas mil pesetas menos, volvieron a casa. Unas vendas elásticas
cubrían sus minúsculas patas, por lo que la hormiga hubo de guardar
caja durante varios días, transcurridos los cuales, y ya sin vendas
elásticas, la depositaron en el jardín. Juan y María estaban satisfechos,
la veían feliz y contenta alrededor de ellos llevando de un lado para
otro un trocito de hoja, una miga de pan, una brizna de paja.
Observando
este trasiego, Juan y María se miraron y sin necesidad de hablar comprendieron
que en realidad lo que ahora necesitaban era traer otra hormiga a casa.
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