A Madrid.
Se
estaba fraguando el mono
cazador, el mono apto para matar
Desmond Morris
Martes,
31 de octubre de 2000.11:20 p.m.
Acabo de llegar del trabajo. He tomado un baño prolongado y finalmente
he decidido acudir a la fiesta sado que empieza a la 1:00 a.m. en Zortex,
uno de los garitos de la calle Pelayo. Escojo metódicamente el código
de ropa: calzoncillos rojos de licra ajustados a los muslos, pantalones
de cuero negros con cremallera de botones, camiseta de redecilla negra
sin mangas que se acopla perfectamente al torso y permite entrever mi
arete de oro blanco perforando la tetilla izquierda. Muñequera de cuero
de dos correas en la mano derecha. Botas de militar negras. Chupa de
cuero cruzada con chinchetas también negra. Pañuelo rojo intenso inspirado
en las manzanas de Cezzane. Pelo hacia atrás sin engominar. Gorra con
cadena alrededor plagiando a la Gestapo de la Alemania Nazi.
Salgo
a la calle. Tomo el primer taxi que aparece por Serrano. Llego al club.
Un gorila de cráneo rapado, pantalones de camuflaje y camiseta militar
caqui me da la entrada. Bajo las escaleras y dejo la chupa en el ropero
que está a la izquierda. Una loca con los ojos maquillados a lo egipcio
me devuelve la ficha. El número es el 669. Paso a la barra del centro
flanqueada por dos jaulas gigantescas donde dos chicos se contonean
eróticamente. Ambos encapuchados. Ambos en “shorts” de cuero y botas.
Pido un Beefeter con tónica. Me la sirve el camarero. Tomo dos tragos.
Me voy y la dejo allí. Es garrafón. Me adentro hacia la zona del laberinto.
Antes de entrar un chico joven en vaqueros y camiseta blanca con cara
pálida me mira. Me mira a los ojos. Le miro y aparta la mirada. Se aleja.
Es un tipo con suerte. Paso al laberinto. Delante de mí aparece un rompecabezas
difícil de componer. Pasillos lineales se pierden por curvas a los dos
lado que a la vez se introducen en pequeños cuartos que se conectan
con otros. La transición a la penumbra y el humo gris ralentizan mi
adaptación. Oigo fustas, cadenas que se arrastran, sollozos de placer.
Huelo lubricantes, afrodisíacos. Tomo el pasillo de la izquierda. Camino
y me apoyo contra el marco de una puerta arrancada. Le veo. Nos miramos,
nos sonreímos, nos volvemos a mirar. Se acerca.
—Hola, soy Eduardo —me dice.
—Hola, soy Telmo.
—¿Cuántos tiros te has metido esta noche?
—Ninguno. ¿Por qué? —le digo.
—Cualquiera lo diría...
Seguimos
hablando. Comenzamos a acariciarnos, nos besamos, nuestros cuerpos se
unen. Le empujo mi lengua contra la suya mientras tímidamente me araña
la espalda. Me suelto. Dejo pasar una pausa. Le sonrío, le cojo la mano
y nos metemos dentro de una de las cabinas cuyo techo es de metal.
—¿Qué te gusta? —pregunta.
—Todo —respondo—. ¿Y a ti? —le pregunto yo ahora
—Todo también, no tengo fronteras.
Me doy cuenta que he acertado y comienzo el ritual. Le quito la camiseta
gris ajustada y seguimos besándonos salvajemente. Me quita mi camiseta
de redecilla. Empieza a lamerme la anilla del piercing. Estamos calientes,
sudorosos. Le desabotono los vaqueros y se los bajo con furia. Le rompo
los calzoncillos. Comienzo a chuparle la polla. Suspira. Simultáneamente
saco una navaja de once centímetros de hoja con tres dientes de sierra
en la punta. La abro. No nota nada. Sólo tenemos un haz de luz que cruza
el cubículo y estamos en una esquina. Me incorporo. Le retuerzo el pezón
izquierdo acariciándole esa zona del pecho. Agarro bien el mango de
la navaja y le hundo la hoja entera en el corazón. La sangre que salta
me salpica en la muñequera. La saco y la vuelvo a empujar con furia.
Eduardo se tambalea, quiere decir algo, pero sus palabras se ahogan
por el torbellino melódico de los Smashing Pumpkins. Se limita a abrir
la boca. Le doy dos tajos en la parte trasera de las piernas. Se desploma.
Sigo acuchillándolo en los dedos, en el dorso de las manos, en el cuello.
Le abro el ojo derecho con los dientes de sierra y le saco la retina.
La escena ha durado veinte minutos, pero me parecen horas. Me noto excitado,
feroz. Tengo la polla tiesa y empiezo a masturbarme rítmicamente. Eyaculo
en su cara y me bebo mi propio esperma mezclado con su sangre. Miro
al reloj. Es tarde. Necesito dormir. Salgo de la cabina dominado por
el pánico. Las luces estroboscópicas, ya en el pasillo, me indican la
salida. Todo me deslumbra. Hay cola para recuperar la chupa. Espero
trece minutos. La loca no para de hablar en femenino. Llego. Observa
la muñequera con manchas de sangre. Se sonríe. Pensará que me he pasado
con los azotes. Me sangra la nariz. Tengo que plantearme muy seriamente
hacer algo al respecto. Salgo y tomo un taxi. De vuelta en casa me desnudo
en el salón, meto toda la ropa en la chimenea y la rocío con gasolina.
La quemo. Tengo que dormir. Me acuesto.
Martes
5 de diciembre de 2000.
Estoy en mi oficina. En la cuarta planta de un mastodóntico edificio
que Xerox tiene en Campo de las Naciones. Aturdido y confuso veo pasar
los coches intermitentemente por la M-40. Llueve. Ha llamado Ra confirmando
su cita conmigo esta noche en Gabana. Me levanto. No recojo nada de
la mesa. Me coloco la gabardina y tomo el paraguas. Despido a mi secretaria.
Ya en mi apartamento hago distintos ejercicios para relajarme. Me bebo
un litro de agua mineral y paso a la ducha. Pongo en el stereo el último
álbum de los Dandy Wharhols. Alargo la ducha hasta que me noto completamente
relajado. Cojo el albornoz y me preparo una copa. No me sangra la nariz
ahora. Me siento en el salón mirando fijamente el ventanal que da la
calle Serrano. Es hora de salir, Gabana 1880 está a la vuelta de la
esquina, en Velázquez. Calzoncillos de raso blancos, camiseta a la caja
de algodón también blanca, pantalones grises de una sola pinza, con
jersey de cuello cisne en un tono azul inspirado en Matisse. Mocasines.
Chaqueta negra de lana. Pelo engominado con raya en medio. Abrigo negro
de alpaca. Es el vestuario que llevo. Salgo a la calle, subo por Jorge
Juan, tuerzo a la derecha y cruzo a la calle. Un hipopótamo con un traje
pésimamente cortado me hace reverencias para que pase. Dejo el abrigo
en el ropero y entro al bar. A estas horas de la noche todos los oligofrénicos
están viendo el fútbol. Apenas hay nadie. Sólo Ra sentada en un taburete
junto a la barra con las piernas cruzadas. Lleva una blusa blanca, pantalones
de terciopelo azul y zapatos dorados. Pelo rubio muy corto. Nos sonreímos
y me encamino a saludarla.
—¿Qué tal todo? —me pregunta.
—Bien, bien, muy bien.
—¿Siempre eres tan puntual?
—No, sólo con gente especial, como tú —le contesto.
Dudo
entre si tomar una Pepsi light o un Absolut con zumo de frutas. Me decido
por el vodka. Nos retiramos a sentarnos. Se oye de fondo el “music”
de Madonna. La conversación discurre sobre nuestras tareas en el trabajo.
Ra me aburre con sus chismes en la Agencia Tributaria, sección Aduanas.
La miro, la observo y me gusta su cuello elegantemente adornado con
un collar de perlas blancas. Al cabo de un rato comenzamos a besarnos
con cuidado, con pausa. Saboreándonos los labios. Le acaricio el cuello
con la mano derecha.
—¿Te vienes a mi apartamento —pregunto resolutivo.
—No suelo hacerlo, Telmo.
—Hoy es un día especial. Mañana no tenemos que trabajar y vivo a la
vuelta de la esquina —insisto lo más seductor que puedo.
—Está bien, vámonos —suspira ella.
En
el salón de casa le preparo un Johnnie Walker etiqueta negra con un
hielo. Nos sentamos juntos. Nos acariciamos, nos besamos. La tomo de
la mano hasta mi dormitorio. Nos desnudamos. En la cama le acaricio
sus pechos infantiles pero duros. Sus pezones están firmes. Tengo la
polla muy dura. La pongo a cuatro patas y comienzo a meterle el dedo
por el ojo del culo. Se contrae. Con la otra mano le masajeo el coño.
Comienza a gemir. Le froto el clítoris rápidamente hasta que empieza
a dar saltos. Le meto dos dedos. Está tan mojada que parece como si
le hubiera echado algo brillante en la parte de arriba de los muslos.
Paro. Le digo que voy a ponerme un preservativo para sodomizarla. Me
pongo de pie. Agarro de debajo de la cama un hacha de seis centímetros
de grosor y le asesto un golpe seco en mitad de la cabeza. Donde había
tejidos y huesos unidos, ahora están separados. La descuartizo en cuestión
de segundos. Coloco la cara mirándome. Tarda veintitrés minutos en desangrarse.
Me toco la polla y rápidamente se arquea hacia la izquierda. Me masturbo
en su cara. Cuando acabo me sangra la nariz. Necesito dormir. Estoy
muy cansado. No puedo pensar. Me acuesto a dormir.
Lunes,
10 de diciembre de 2000. 11:19 a.m.
Me he quedado dormido. Mi habitación está pulcramente recogida. Estoy
bloqueado, perdido. En el cuarto de baño me echo agua por toda la cara.
No hay toallas ¿Dónde están? Tengo varios mensajes en el buzón de voz.
Dos son de Eva recordándome que tengo que comer con un ejecutivo de
Airtel en Paparazzi. No puedo comer. Ayer serré y cocí los huesos de
David y no pude comerlos. Estaban demasiado duros. Tengo dolor. No quiero
ir a la cita Llamaré a mi secretaria para cancelar la cita. Prefiero
quedar con Marta. Marta me gusta. Sí, eso es lo que haré. Me sangra
la nariz...
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