A
mis padres
Las
moscas revoloteaban
golosas alrededor del remolque lleno de uvas recién cortadas. Aquella
tarde el sol apretaba de firme; los vendimiadores, acostumbrados al
duro trabajo en el campo, estaban deseando que se acabara el día. Las
parejas formadas al amanecer seguían a esas horas vendimiando con lentitud.
Pedro, el viejo capataz de la finca, erguido sobre el pescante del remolque,
parecía un mariscal vigilando la llegada de cada capacho lleno de enormes
racimos de uvas que auguraban una gran cosecha. Su impaciencia no era
normal en un hombre de su talante, victorioso en tantas batallas al
lado de su amo. Los temporeros le temían y los fijos de la casa no se
andaban con tonterías, por si acaso.
Ese día el ambiente estaba enrarecido a causa de la discusión que el
capataz había tenido a primera hora de la mañana con don Jacintín, el
terco y perfeccionista hijo del dueño de las tierras don Jacinto. Pedro
se apartaba con la mano las moscas que le ponían nervioso y recordaba
a esas horas el episodio matutino, también aquel maldito tema de la
vendimiadora mecánica o del emparrado vertical y tantos otros asuntos
con los que no estaba de acuerdo con don Jacintín. Pedro no pasaba por
alto esas cosas. Era tan extraño que el capataz discutiera con el hijo
del patrón como que el coche todo terreno de éste siguiera aparcado
allí, al lado del camino, en aquel bancal alejado y a la solanera durante
todo el día.
Poco a poco se formaron grandes nubarrones que amenazaban tormenta.
Entre tanto el viejo capataz se bajó de su atalaya y se paseó despacio
para tranquilizarse, entre las hileras de viñas y vendimiadores, hasta
que el remolque se llenó de uvas. Comprobó que otro transporte se acercaba
conducido por su hijo Pedrote, que era un calco de su padre, tan alto
como para medir un metro noventa por lo menos, cejijunto, con la frente
estrecha y el pelo negro y cerrado, ademanes de gañán y mirada despectiva
y provocadora.
—Padre, parece que se acerca una buena tormenta.
—Aunque descargue la tormenta, seguid vendimiando —replicó Pedro autoritario.
El
viejo capataz se encaramó sobre el pescante y marchó con el tractor
camino de la bodega donde debía descargar los frutos. Una nube de moscas
revoloteaban entontecidas alrededor de la carga y de su cabeza, tocada
por un gorro blanco. Antes de abandonar el sendero por el que transitaba,
volvió a pasar al lado del coche todo terreno vacío de don Jacintín.
La bodega se encontraba en el centro de la finca. Varios caminos anchos
confluían hacia ella. Al aproximarse con el remolque rodeó una tapia
baja hasta llegar a la báscula, donde Antonio, el enólogo, pesaba y
anotaba los kilos de uva que caían en la tolva. Un enjambre de moscas
picoteaban ansiosas las uvas. Pedro era hombre de pocas palabras. Sabía
esconder sus pensamientos, pero todo el mundo conocía que era un hombre
tradicional, de costumbres arraigadas en todo. Antonio, el enólogo,
llevaba en la propiedad casi tantos años como el viejo capataz. Eran
de la misma quinta, hombres hechos a sí mismos, duros, y que habían
padecido los rigores de la guerra en su niñez. Entraron muy pronto a
trabajar en aquella finca, y allí habían aprendido todo lo que sabían.
Eran de ideas fijas; las de siempre, decían. Don Jacinto, el dueño,
los apoyaba, pero también escuchaba a su hijo don Jacintín, que quería
introducir grandes cambios y modernizar la explotación de sus fincas,
dejando sin empleo a mucha gente.
Pedro,
el viejo capataz, empujó la puerta de la bodega y entró seguido de Antonio,
el enólogo. Se arrancó la tormenta, y el fuerte olor a uva prensada
y a mosto se fundió con el agradable olor a tierra mojada por la lluvia.
Las moscas cada vez estaban más tontas, lentorras y en definitiva borrachas.
La elaboración había comenzado, como siempre por aquellas fechas próximas
al otoño, aunque en los últimos años adelantadas por culpa de los nuevos
métodos franceses que don Jacintín había introducido en la tradicional
elaboración de la bodega. Pedro, aprovechando el frescor del recinto,
se paseaba entre las altas tinajas de arcilla, alineadas y repletas
del oro rojo, lo que sería el mejor vino tinto de la zona. Satisfecho
observaba una nube de moscas borrachas que se agolpaban sobre la boca
humeante de una de aquellas enormes cubas. Antonio se dio cuenta de
aquella extraña circunstancia y se lo dijo a Pedro. Se acercaron, pero
no vieron nada especial. El mosto hervía como siempre, pero las moscas
preferían aquella tinaja burbujeante. Los dos hombres contemplaban pensativos
aquella escena. De repente Antonio le dijo a Pedro.
—Me recuerda aquel año en el que echamos el cerdo dentro de la tinaja.
Pedro,
con toda naturalidad, le respondió:
—Es cierto, lo rico que estaba aquel vino, echo como Dios manda.
Juguetes
robados
A
la memoria de Plinio y don Lotario
El
coche patrulla estaba
repostando en la gasolinera de San Salustiano, y el sargento Pelotes
terminaba de desaguar en el váter de la misma. Una voz desde la Central
sonaba a todo trapo y nadie la atendía, porque el número Martínez estaba
encargando un café a la máquina automática.
—Es cojonudo, no puede uno ni mear. Martínez, conteste la radio —gritó
Pelotes.
—Ya voy, mi sargento, que estaba pidiendo a este chisme un cafetito.
Es que no le dejan a uno parar —replicó.
—Ni parar, ni leches; lo primero es lo primero. Conteste, que yo se
lo llevaré.
Martínez,
veinte añitos, guapete y buen mozo, número uno en su promoción de guardias
civiles de academia, salió disparado hacia el coche.
—Aquí coche patrulla, cambio.
—Ya era hora, ¿no? —respondió una voz metálica desde la Central—. Se
ha cometido el robo de un camión blanco con matrícula 123 PAPÁ NOEL,
cargado de juguetes y que se dirigía al orfanato de San Salustiano,
establecer vigilancia, corto.
El sargento Pelotes, cincuenta años bien llevados, calvete, con muchos
kilómetros a sus espaldas y con cara de bonachón venía a saltitos, tiritando
de frío, con el vaso de plástico que se cambiaba de una mano a otra,
hasta que se metió en el coche patrulla.
—Tome, Martínez, que me estoy quemando, y que no se vuelva a repetir.
—Así será, y gracias, mi sargento —Martínez le contó al sargento el
comunicado y añadió—. ¿Cómo es posible que en estas fechas navideñas
pasen estas cosas? Parece que a estos pobres chavales los haya mirado
un tuerto.
—Tranquilo, agarre el café que arrancamos.
Mientras
Martínez cavilaba acerca de las injusticias, Pelotes echaba un vistazo
a sus recuerdos. Vivió la infancia en un hospicio. Aquellos años sí
que fueron duros. Recordaba como las navidades más felices fueron aquellas
en las que un grupo de señoras, que de vez en cuando los visitaban,
vinieron cargadas de pelotas de goma con dibujos de colores. Ese día
todos corrieron dando patadas a las pelotas como locos, olvidando el
hambre y el frío que pasaban.
—Esas cosas suceden, Martínez, no se respeta nada, ni las fechas, ni
los huérfanos, ni la madre que los parió, que vaya usted a saber dónde
está. Tengo una corazonada, Martínez, vamos a salirnos de esta vía y
entraremos en otra más transitada por camiones.
El
tráfico discurría fluido; caían chuzos de punta y la noche era oscura.
Tras unos cuantos kilómetros la patrulla se paró.
—Mire, Martínez, un camión blanco a toda pastilla.
—Ya lo veo mi sargento, vamos a seguirlo.
Los
dos guardias habían tenido el mismo pálpito y arrancaron detrás del
transporte, que fue subiendo la velocidad sin razón aparente.
—Algo raro pasa con ese camión, Martínez.
—Sí, parece que se han puesto un poco nerviosillos.
De
repente el camión hizo una maniobra extraña y se salió de la carretera
dando bandazos; por un instante parecía que iba a volcar, pero el conductor
volvió otra vez al asfalto. Todo sucedió muy deprisa. Atravesando un
bosque, el camión se paró bruscamente en medio de la vía. Un hombre
corpulento se bajó y salió corriendo. Como alma que lleva el diablo
desapareció entre los árboles y la oscuridad. Sin tiempo para reaccionar,
el sargento paró el coche, cogió su arma y se bajó con mucha precaución,
mientras Martínez informaba a la Central de lo sucedido. Pelotes se
acercó a la cabina que tenía la portezuela abierta y miró en su interior.
Nadie. Respiró con alivio. Al instante se aproximó por la otra puerta
su compañero con una linterna y se cercioró de que estaba vacío. Se
hicieron una seña y caminaron, cada uno por un lado, hacia la parte
de atrás, y con la misma precaución abrieron el portón del transporte.
Sigilosamente miraron en su interior.
—Joder, mi sargento.
—Hay que joderse, Martínez.
Volver al índice