El
amor, me dijiste mientras
ponías el intermitente de la derecha. Hay que poner gasolina a este
trasto, continuaste. Pensé que cambiarías de tema, pero no. ¿Sabes?,
dijiste, cada vez estoy más convencido de que eso del amor es una tontería.
No me quedó más remedio que intentar una frase tonta. Creo que dije
algo sobre el verdadero motor del mundo, y que bajé del todo la ventanilla
del coche, y que el sol estaba muy alto y empezaba a agobiarme tanto
calor. Tú seguías. Nos mueven un montón de cosas, pero te aseguro que
ninguna de ellas es precisamente el amor. No es el amor. En todo caso
el miedo. La confusión. Permaneciste en silencio unos segundos, como
si no hubieras terminado la frase, pero pusiste el intermitente para
girar hacia la gasolinera. Recuerdo que agradecí que aparcaras a la
sombra, al lado de un surtidor de gasolina sin plomo. No se veía un
alma. La cinta que te había grabado se había puesto nuevamente en marcha,
pero apagué el radiocasete. Justo en ese momento, pasaron dos trailers
llenos de coches a los que acababas de adelantar. Los miré pasar, sin
bajar del coche. Giré la cabeza cuando salías con un hombre vestido
con un mono azul. Tenías cara de haber ganado una batalla. El hombre
del mono te preguntó si querías que nos limpiara el parabrisas. Estaba
sudando. Mientras limpiaba, le miré las manos. Las tenía ennegrecidas.
Al acabar nos hizo un gesto de despedida con una de sus manos negras,
mientras gritaba algo sobre marzo y el calor que hacía, y volvió a entrar
a la oficina. Pensé que la gasolina olía más fuerte con el calor. Y
entonces fue cuando te pusiste el cinturón de seguridad y me preguntaste
si había oído hablar del verano de las libélulas. Me dijiste ¿Has oído
hablar del verano de las libélulas? Pues imagina un día así, como el
de hoy, soleado, dijiste, en pleno marzo. Las libélulas salían de sus
huevos, pensando que ya podían nacer. Pero al llegar la noche... Cuando
llega la noche, ¿qué?, te pregunté, y creo que me empezaba a doler el
estómago. Mirabas al frente, a la carretera desdibujada con la neblina
del calor por la que ya no pasaban los trailers. Nada, me dijiste. Que
se mueren. Kaput. Así de simple. Que se habían equivocado. Y yo te miré
y te pregunté si se habían equivocado de día, y dijiste que tú lo habrías
llamado equivocarse de vida. Y con un golpe seco, como si hubieras matado
a una libélula, golpeaste el intermitente y comenzaste a maniobrar para
salir de la gasolinera vacía.
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