A
los de mi especie
Luis
iba paseando por la
orilla de la playa. El agua congelada se entremetía por los dedos de
los pies. Pies blancos y grandes. Se agachó para contemplar una concha
que se había refugiado bajo una piedra de arena. Se dio cuenta con asombro
de que las uñas de los pies estaban excesivamente largas.
Según
él, no se consideraba un hombre sucio ni dejado: se duchaba cada tres
días y se afeitaba cada semana. Los dientes se los lavaba dos veces
al día, pero aún así los tenía amarillos de tanto fumar.
Tras
coger la concha se sentó en la arena y empezó a olerse las axilas. Se
tapó la nariz con los dedos de la mano, pero aún así dio su aprobación
con un gesto de cabeza. Después se olió los pies. Se tocó el pelo: estaba
sedoso. Tenía claro que no era su culpa. Miró su ancha barriga. Se le
pasó por la cabeza que quizá tendría que hacer algún deporte o intentar
comer menos. Observó las manos. Eran perfectas, sin heridas ni rasguños.
Cinco dedos en cada mano ¡Lo normal! Las piernas arqueadas de tanto
jugar al fútbol, aún las sentía macizas y esbeltas.
Miró
a sus dos costados, no había moros por la costa, se bajó los pantalones
y se olió el pene y los testículos. Se dejó caer en la arena de espaldas.
Se volvió a oler. Su cara se convirtió en repudio por unos segundos,
pero aún así sabía que estaba todo correcto. Definitivamente no estaba
tan mal: olía como un hombre debe oler. Se subió los pantalones y siguió
caminando. La arena se atascaba en las uñas y esto le proporcionaba
placer.
Se
volvió a agachar y miró a sus pies. Recordó los últimos sucesos por
los cuales se había cortado las uñas, hacía dos meses, en agosto, cuando
conoció a María en una cita a ciegas. La vez anterior a esta fue en
julio, cuando visitó un puticlub de la zona, y la vez anterior a esta
fue en mayo, cuando su hermano se casó.
Luis
miró el mar, y a su alrededor seguía sin haber nadie. Con un palo dibujo
la silueta de un corazón en la arena.
¡Veo
OVNIs!
Eran
las cinco de la mañana.
Carmen miró al otro lado de la cama: estaba vacío. Se levantó y preparó
una gran taza de café. Estaba dispuesta a esperarle.
Cogió
el viejo espejo y se quitó los pelos del bigote. Miró el reloj, todavía
eran las seis de la mañana y él sin aparecer.¿Qué les había ocurrido?
Nunca se lo había preguntado a Tomás, pero él tampoco había hecho el
mínimo esfuerzo para que ella se sintiera mejor. Jugaban ante un silencio
mutuo, un silencio pactado.
Estaba
decidida a hablar con él. Al principio era una vez a la semana que faltaba
en casa. Después fueron dos, y últimamente eran tres.
Dejó
el cristal en la mesa de la cocina. Se preparó otra taza de café mientras
recogía los platos de la cena.
Volvió
a mirar el reloj, ya eran las seis y media. Se sentó en el sofá. Pronto
se tendría que preparar para la oficina. Iba a necesitar una ducha muy
caliente para relajar todos los músculos.
Oyó
un coche. Sabía que era el de Tomás. Ya eran las siete menos cuarto.
Cuando entró en la casa, Carmen seguía en el sofá.
—Pensé que ya no vendrías —dijo Carmen enojada.
—¿Cómo puedes pensar esas cosas? —dijo mientras se acercaba a ella para
besarla.
—No me apetece. Hueles a alcohol. ¿Dónde has estado? —le preguntó.
—No te lo vas a creer, vengo de perseguir a un ovni —sonrió Tomás.
—¿Qué estás diciendo? Por lo menos podrías ser sincero, Tomás.
—Lo sabía. Tú eres perfecta. Tu forma de ser, tu forma de actuar —comentó
mientras se ponía una taza de café.
—Yo no soy la que se va de borrachera y llega a las tantas de la mañana.
Mírame, Tomás, ¿todas estas noches has estado persiguiendo ovnis? —preguntó
Marta mientras se dirigía a la cocina para ver los ojos de Tomás.
—No, todas no, pero sí algunas. Así me siento mejor.
—¿Me insinúas que yo te hago sentir mal? —preguntó enfadada.
—No es eso, pero no puedo olvidarlo. Lo intento, pero soy incapaz —dijo
mientras acariciaba la cara de Marta.
—¿De qué estás hablando, Tomás?
—De lo que ocurrió con Luis.
Carmen
dejó caer la taza del café al suelo.
—Han pasado dos años, Tomás. Dos malditos años, y todavía no has sabido
perdonarme. ¿Entonces por qué me perdonaste en su momento?
—Porque te amaba y eras la mujer de mi vida.
—¿Y ahora que soy? —preguntó Marta tocando el pelo de Tomás.
Marta
fijó su mirada en los ojos de Tomás. Él miraba el suelo, y su cuerpo
derrotado se aguantaba sobre la mesa de la cocina. Marta no esperaba
la respuesta. Sólo recordaba el día que Luis la invitó a cenar, para
más tarde acabar en su casa tomando una copa. También pensó en el día
donde el remordimiento era superior a ella y se lo contó a Tomás.
Se
acerco a él y le dio un beso.
—Me voy —le susurró al oído.
Marta
se metió en la ducha. Su cuerpo mojado se estremecía con el agua caliente.
Las lágrimas rodaron por su mejilla. No podía seguir amando a un fantasma.
Estaba cansada, muy cansada.
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