Alicia
entró en el salón con su teléfono móvil en la mano. El ruido
de sus tacones retumbó en el interior. Faltaban trece minutos para las
ocho. “Pero esta tarde no van a sonar las ocho campanadas”, pensó con
una sonrisa maliciosa en la cara. Todas las manecillas de los seis relojes
colgados de las paredes del salón marcaban las 2:30. Esa misma mañana
los había parado ella. Coleccionar relojes era una de las aficiones
de su marido que peor llevaba. Alicia se ponía de los nervios cada vez
que sonaban todos los relojes a la vez. Le producían dolor de cabeza.
“¿Por qué habré aguantado tanto?”, pensó mientras se sentaba. Un escalofrío
le corrió por la espalda al sentir la piel fría del sofá. La falda corta
y ajustada que llevaba se le había subido, dejando al descubierto sus
muslos. El escote de su chaqueta roja permitía ver el sujetador negro
de encaje que hacía juego con sus medias. Se quitó los zapatos, y puso
los pies encima del sillón. “Si me viera ahora Luis”, pensó tocándose
el pelo. Aquella misma mañana había cambiado su larga cabellera por
un corte de media melena. Luis adoraba el pelo largo. Además, llevaba
el traje que había tenido que guardar desde que Luis le hizo aquella
escena de celos, como era habitual en él, en una de sus cenas de trabajo;
un compañero estaba hablando con ella y Luis, que había bebido más de
la cuenta, se acercó para soltar aquel comentario ridículo: “Alicia,
con ese traje cualquiera diría que no tienes suficiente conmigo; pareces
una loba en celo, por no decir una puta de barrio”. Ella, indignada,
le había arrojado el contenido de su copa de champán a la cara, y Luis
de una bofetada la tiró al suelo. Aquella noche Alicia deseó matar a
Luis.
Consultó
de nuevo los mensajes de su móvil. Esperaba uno del Balas. En su reloj
de pulsera quedaban diez minutos para las ocho. Dejó el móvil sobre
su regazo, para poder abrir el paquete de tabaco que se había comprado
esa misma tarde. Hacía tiempo que no fumaba en el salón. La última vez
que lo hizo, Luis le había tirado el cartón de tabaco y los ceniceros
a la basura. Alicia dio pequeños golpecitos con el cigarro sobre el
móvil, antes de encenderlo y llevárselo a los labios pintado de rojo
a juego con el traje. Buscó en los bolsillos de su chaqueta la caja
de cerillas del Copacabana; arrancó una cerilla que se partió en dos
al intentar encenderla. Cogió otra y consiguió encender el cigarro justo
antes de que la llama de la cerilla llegara hasta sus dedos. La apagó
con una bocanada de humo que se dispersó ante sus ojos. Separó la funda
de plástico del paquete para poder utilizarlo de cenicero. Echó de nuevo
una ojeada a su reloj de pulsera. Las agujas apenas se habían movido.
Mientras observaba cómo el humo de su cigarro ascendía lentamente, se
preguntaba qué estaría haciendo el Balas. Fue al camarero del Copacabana
a quien el Balas había dejado la llave de la consigna de la estación
de autobuses para que depositara el dinero. Ella le había ofrecido por
adelantado doscientas mil pesetas. El resto del dinero lo estaba reuniendo.
Estaba dispuesta a vender hasta la casa si fuera necesario. Además,
contaba con el seguro de vida de Luis. A Alicia le corrió otro escalofrío
por la espalda. Pensó que un poco de música le relajaría. Tras echar
la ceniza, dejó sobre la mesa el plástico que usaba de cenicero, y cogió
el mando de la cadena. Al encenderla, comprobó con el ceño fruncido
que la música que sonaba a todo volumen era el Réquiem de Mozart. Luis
lo ponía a todas horas. Apagó la cadena y cogió el móvil de nuevo para
comprobar que seguía sin tener ningún mensaje pendiente. “Ese maldito
cabrón no va a tener cojones para hacerlo”, dijo en voz alta. Se puso
de nuevo los zapatos, se levantó del sofá y comenzó a dar vueltas por
la habitación pendiente de no perder la cobertura del móvil. El humo
de su cigarro se esparció por todo el salón. Dio una última calada,
y dejó que la ceniza cayera sobre la alfombra. Alicia volvió a mirar
su reloj, eran casi las ocho en punto. Apagó el cigarro. Su teléfono
móvil comenzó a sonar.
—¿Diga?
—Alicia, soy yo. Estoy en medio de un atasco en Plaza Castilla.
—¡Luis! ¿Y eso?
—Ha
habido un tiroteo cerca de la oficina. Lo acabo de oír por la radio.
Un tipo con una pistola. Debía estar pirado. El caso es que los coches
ni se mueven. No sé a que hora llegaré, pero vete haciendo la cena.
La
cara de Alicia se había estremecido. Su mano libre buscaba temblorosa
la melena que ya no cubría su cuello.
La
pared
La
música de la radio
no permitió a Berta escuchar el comienzo de la discusión. Su cuarto
de estar estaba separado por una fina pared del de los vecinos. No era
la primera vez que oía gritar al matrimonio, aunque estos llevaban poco
tiempo en el piso. Apagó la radio, y siguió zurciendo los calcetines
de su marido, poniendo toda su atención en escuchar lo que el vecino
decía.
—Ven aquí. ¿Ésta es la mierda de cena que sabes hacer?
Berta
oyó con cierta dificultad la voz más baja de la mujer.
—Con el dinero que me das no pretenderás que te haga salmón con caviar.
Si no te gusta lo que hay, no cenes.
Un
golpe seco interrumpió la conversación. Berta imaginó que él había golpeado
la mesa con su puño. Oyó un ruido de sillas.
—¡Ven aquí te digo! Eres una jodida puta que no sabes más que malgastar
el dinero que te doy.
Berta
oyó como ella chillaba. Supuso que él debía haberla agarrado. Dejó los
calcetines a medio zurcir sobre la caja de la costura y se acercó a
la pared para oír mejor.
—¡Déjame!
—¿Que te deje, dices? Eres una maldita zorra y a las zorras hay que
enseñarles a fuerza de golpes si es necesario. Me estás hartando y un
día de estos voy a explotar... ¡Joder! No te vas a volver a atrever
a escupirme a la cara.
Berta
apoyó las manos y la cabeza en la pared para no perder palabra.
En
ese momento Juan, el marido de Berta, entró en el cuarto de estar:
—Pero mujer, ¿ya estás otra vez?
Berta
se volvió hacia él y sin atreverse a levantar la cabeza, fue hasta el
sillón, se sentó y continuó zurciendo los calcetines.
—Es que hoy van en serio
—Como te vuelva a pillar, me vas a cabrear. Anda, mujer, ya va siendo
la hora de la cena, y ese olor a guiso me ha abierto el apetito. ¿Qué
hay para cenar?
Juan
se había sentado en la mesa donde se encontraban ya puestos los platos
sobre el mantel.
—He hecho un guiso aprovechando el pollo del mediodía
Su
voz se perdió entre los chillidos que empezó a dar la vecina. Se le
cayeron los calcetines de las manos. Oía cómo la vecina jadeaba como
si la estuviera ahogando. Se imaginó que él la habría cogido por el
cuello y estaría estrangulándola.
—¡Por Dios, Juan, tenemos que hacer algo! ¡Va a matarla!
Juan
se había puesto la servilleta enganchada al cuello de la camisa, y había
comenzado a partir el pan.
—Mujer, no es asunto nuestro; olvídate de ellos. En su casa cada uno
sabe lo que se hace. ¿Quieres traer la cena de una vez? Tengo hambre.
Berta
se levantó del sillón y se dirigió hacia la cocina cuando sonó el timbre
de los vecinos. En dos zancadas llegó hasta la puerta y miró por la
mirilla. Era Pedro, el vecino de abajo. Entreabrió la puerta para oír
lo que decían:
—Mire, sólo quería avisarle. Si siguen montando este jaleo, llamo a
la policía.
El
rugido de la voz del vecino de al lado no se hizo esperar:
—Yo hago en mi casa lo que me sale de los cojones, y usted no es nadie
para decirme lo que tengo que hacer dentro o fuera de ella.
Oyó
de nuevo la voz firme de Pedro:
—Se lo vuelvo a advertir. O se calman o llamo a la policía
Berta
vio por la mirilla como Pedro se marchaba, mientras el portazo del vecino
hizo cerrar su propia puerta. Entró en el salón; se quedó mirando a
su esposo. Juan estaba comiéndose la rebanada de pan que había cortado,
ajeno a los sollozos entrecortados de la vecina.
—Berta, pon las noticias y vamos a cenar de una puta vez.
Berta
por un momento sintió como si le ardieran las mejillas, bajó la cabeza
y en silencio se dirigió a la cocina.
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