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Nada normal (2002)
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De un tiempo |
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Elena Yáguez |
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María se levantó de la cama empapada en sudor a pesar de la helada que caía. Se había quedado dormida sobre la colcha. Por la rendija del postigo entraba un haz de luz. La luna estaba creciendo, como el nudo que sentía en la boca del estómago. Se ajustó la falda por encima de la camisola y se echó la toquilla por los hombros. Le temblaban las manos.
Estarán al bajar. Hoy baja del monte y me he quedado dormida dijo con angustia, con voz muy queda, como si tuviera miedo de oírse. Se tentó la faltriquera para comprobar que la foto seguía ahí. Sintió el calor que desprendía y un dolor agudo le atravesó el pecho. Juan le había dado el recado en la fuente, cuando le ayudó a cargar la tinaja. Apenas movió los labios y dijo, el jueves, de madrugada. Le dijo que bajaría el jueves, antes del amanecer. Si Juan ha dicho que viene, vendrá exclamó en voz alta. El silencio era tan denso que se sobresaltó al oírse. Se agachó para recoger unos trozos de madera, pero se detuvo. No puedo hacer humo, los alertaría murmuró con ira, y se acercó al ventanuco. Abrió del todo el postigo. Una luz plateada iluminó la pequeña estancia que María había estado limpiando para cuando llegara él. Miró por entre las ramas del olivo. Todo estaba quieto. Las viñas parecían arañas gigantes agazapadas esperando su presa. Los pinos a los lejos estaban como inertes, demasiado quietos, pensó, como la quietud que precede a la tormenta. La montaña se veía más cercana que otras veces, como si la luz creciente de la luna la acercara. Se sintió agradecida por cobijar a su hombre, y a los otros nueve, pero los picos recortados, esa noche, le produjo una sensación de amenaza. Dejó de mirar a lo lejos y su mirada se detuvo en el olivo. Le pareció que soportaba una carga excesiva. Ese año había sido bueno solo para la aceituna. Volvió a palparse la faltriquera. Y recorrió con sus dedos los rebordes ondulados de la única foto que tenía de él. Y el nudo del estómago se le agrandó hasta la garganta. Se habrá quedado en los huesos. Allá arriba viven como animales masculló. Si yo fuera hombre... Se volvió hacia la cama. Recia como madre, susurró María y acarició la colcha hecha de retales durante las largas horas del atardecer. Una sonrisa suavizó su rostro. Deslizó las yemas de los dedos por las costuras, una a una, marcando cada cuadrado como podría haber acariciado los contornos de su hombre. Sintió una punzada por debajo del vientre y se llevó las manos al pecho. La toquilla le resbaló por los hombros hacia el suelo de tierra y María la dejó caer. Se entretuvo un rato imaginando que era él el que la tocaba, el que ponía duros sus pezones. El sonido de la campana de la torre de la iglesia le interrumpió el hechizo. Quita, está al llegar dijo María, como si sus manos fueran de otro. Recogió la toquilla del suelo y se la volvió a colocar sobre los hombros. Vendrá con hambre dijo, y yo entreteniéndome. Destapó la cazuela. Un olor a ajo inundó la pequeña habitación y pensó que ella también tenía hambre, mucha hambre. Pero ellos tendrán más, murmuró. Hizo un cucurucho con el papel de estraza que había conseguido donde el carnicero y volcó las migas que había cocinado por la mañana, con un poco del tocino que guardaba para una ocasión como aquella. Cerró el paquete y lo colocó sobre un trapo de cocina. Añadió los pequeños trozos de panceta que había ido apartando, desde antes de saber que vendría, y la rebanada de pan de hogaza que ella no había probado. Juntó las cuatro esquinas del paño y las ató para que él pudiera guardárselas en el morral. Al menos hoy desayunará dijo. ¿Cuánto tiempo se quedaría? ¿Diez minutos? ¿Una hora? La última vez, hacía más de tres meses ya, no les había dado tiempo más que a tocarse la cara, a mirarse a los ojos, a coger precipitadamente la pequeña porción de comida que María había podido reunir. En el último momento, cuando ya se iba, le había dicho, espera. Se había rebuscado en el bolsillo de la zamarra y le había dado la foto. María volvió a palparse la faltriquera y se acercó a la ventana. Los dedos le temblaron. La luna estaba más alta y la sombra del olivo parecía retorcerse sobre la viña desnuda. Si Juan dijo que vendría, vendrá, musitó. Nunca se equivoca Juan. Tres meses atrás, ella se había quedado en el zaguán, con la foto en la mano, viéndole alejarse por entre las viñas, hasta que desapareció su figura, primero entre los helechos y luego entre los pinos, monte arriba. Después, había cerrado la puerta y se había sentado junto a la cocina. María recuerda que había tardado un rato en mirar la fotografía. Era la imagen que llevaba en la retina desde que amanecía. Vestido de miliciano parece más hombre, pensó. Y no estaba tan delgado dijo. Tenía una sonrisa que no había vuelto a verle, una sonrisa que en realidad no había visto en ningún hombre. María suspiró y le distrajo la mente un murciélago que voló deprisa entre las ramas torcidas del olivo y se perdió en la oscuridad. Un escalofrío le erizó la piel, y volvió a sentir que el nudo del estómago se le agrandaba. Se arrebujó en la toquilla, sin dejar de asir la fotografía a través de la tela. Aquella madrugada, María había mirado la foto de su hombre durante horas, se la sabía de memoria. La borla de la gorra sobre la frente, casi entre las cejas, el fusil al hombro, la mano derecha sujetando el arnés, el otro brazo suelto que caía sobre la cadera levemente levantada por el cruce del pie derecho sobre el izquierdo, las alpargatas que ella le había regalado cuando se hicieron novios. Y su sonrisa que tanto le dolía. La miró aquella vez durante mucho tiempo, antes de guardarla en la faltriquera, y nunca más quiso mirarla. Cuando vuelvas del todo dijo. Cuando vuelvas la miraremos juntos. Y tendremos hijos añadió. María buscó con la mirada la luna pero ya apenas veía su resplandor y pensó que estaba demasiado alta. Aguzó el oído porque le pareció que una sombra se movía entre los pinos a lo lejos. Es él dijo, y tuvo que contener la respiración que se le agitaba. Se agarró con fuerza el vientre, a la altura de la fotografía, con la mirada fija en el bosque. Por lo que más quieras gimió, va a amanecer y Juan no se equivoca. Volvió a sonar la campana del reloj de la iglesia y tres sombras difuminadas aparecieron entre los árboles. María se oía el latir de su corazón y quiso sujetárselo. Vamos, deprisa, que os van a ver dijo con rabia entre dientes. Las tres figuras se fueron perfilando. El hombre de María iba delante con las manos atadas por detrás de la espalda. Miraba hacia la casa como buscándola. Tras él, dos guardias con tricornio y capa le apuntaban. Rodearon las viñas y pasaron por detrás del olivo, hacia la plaza. María se tambaleó, el agujero del estómago le reventó por dentro inundándole todo el cuerpo. Se dejó caer sobre la cama y, abrazándose la cintura a la altura de la faltriquera, se ovilló sobre sí misma sobre la colcha de retales. |
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