Leí el diario de un extraño (2003)

Poemenos

Zurc airaM


Nunca supe qué quería ser de mayor hasta que leí Coleta la poeta, de Gloria Fuertes; entonces descubrí que lo mío era la poesía y el mono trece. Yo quería ser poeta y de veras lo intenté: me pasé años enteros, pero en lugar de poemás, conjugaba poemenos. Aquí van algunos de ellos.

Otrorretratos en grises

Mis padres siempre calificaron a aquel novio como un muchacho extraño, sólo porque acostumbraba a pasear por la ciudad con dos bolsas repletas de vísceras para alimentar a los gatos callejeros. Pero a mí me gustaba. Tenía la mirada muy profunda y casi siempre andaba cabizbajo y esquivo. La última vez que le vi fue entrando en un callejón del que nunca más salió. Huía de algo. En la carrera su imagen se difuminó con las sombras y el olor a ozono de la noche. Y de pronto, un estruendoso maramamiauu... auu... auuu... se escuchó en cada poro de la ciudad. Los gatos de la calle y yo desde entonces pasamos hambre.

19:15, Juzgado de lo penal nº 4, de guardia.
Declaración de Billy: “La farra comenzó a las once de la mañana. Hicimos pellas el Miki y yo, y nos fuimos a buscar al Raphi a su casa. El Miki llevaba una gorra de los Bulls y no paraba de cantar. Durante el camino fue dando hostias a las farolas y a los coches porque le mola que suenen las alarmas. Luego pillamos seis gramos al Bombilla y nos lo fumamos en el túnel de debajo de la vía. Tío, qué risas nos hicimos. Hasta que al Miki le dio por escalar a los putos cables y se quedó tieso. Joder, qué mierda.”
Cuando lo conocí, Lito andaba por la barriada con un escueto traje de piel, sorteando como un Tarzán pequeño los obstáculos de una selva sucia, hacinada y maloliente. Vivía en un residencial atascado de chatarra y lleno de despojos. Nadaba por las calles, impulsivo y veloz, con movimientos polidimensionales, envuelto en ensoñaciones y empresas puras. Emprendía batallas de imaginación contra el mal destino, diseñando refugios de bienestar por entre las chabolas.
Un día el azar propuso que una rata le mordiera la cabeza mientras dormía, a fin de robarle algún sueño. Desde entonces, Lito sufre gapomanía: escupe por doquier a cualquier cosa; a mí también. Qué se le va a hacer. A veces, de algunas bocas brota un mar de dudas, y nos salpica.

Me llamo Paz Guerra, y mi sino es el equilibrio entre esas dos palabras desde el día en que me nombraron.
Cada día espero impaciente la llegada de un ser enigmático con el que noche tras noche fundirme en tiernos abrazos. Todo comenzó tras una penumbra cualquiera, cuando sentí un aliento a lo lejos que me derritió. Me dejé llevar. Al terminar encendí un cigarro para apagar tanto fuego, y al hacer luz de gas sorprendí mi imagen duplicada junto a mí ¡besándome! Me deshice de ella. Hoy continúo a la espera.

Hoy volví a saber de Kin, el amigo que nunca fue el Principito aunque tenía nombre de rey, aspecto de león y un aura luminosa a rabiar. Sin planeta ni rosa, Kin se conformó con ser un caracol feliz viviendo en una casa pequeña adosada a muchas más casas pequeñas. Un día las cenizas de la involución asolaron su choza de caracol convirtiéndola en centro comercial. Entonces Kin tuvo que emigrar desconchado hacia algún Nirvana particular. Hoy le reencontré, por el Diario. Reivindicaba el derecho de ejercer papiroflexia con los titulares periodísticos de los ninguneados.Vali acostumbraba a tocar el tam-tam para mí, sentado sobre un cojín indio. Cuando lo hacía, sobre la ciudad bailaban sonidos de animales salvajes, aullidos de amor y golpes de desamor. Vali se fue, pero su tam-tam sigue conmigo; es mi reliquia. La piedra de ámbar que decora su curvatura todavía me intriga. Cada noche parece crecer, y a veces sonríe radiante a la Luna. La voy a romper, sé que está creciendo y ha fosilizado aquellos sueños; se ha apoderado de mi pasado cual patitas de insecto. Tengo miedo de ser yo su propia víctima.

Mi nombre es Luna, y hace unos meses me contrataron para trabajar como maniquí vivo en el escaparate de Muebles Kaos. Los primeros días me acurrucaba en un colchón de látex y fingía dormir. Luego, fui perdiendo la vergüenza y saltaba sobre él. Al poco tiempo, cansada de tanto giribiki, opté por devolver las miradas a los transeúntes. Hoy estoy preocupada y es que no acabo de encontrar la armonía entre mis ojos y mi postura. A ver si me van a echar por bizca.

Ramón y Crescen se sientan frente a mí. Garabateo sus cuerpos con mi mirada. Ramón tiene uno de los nombres más onomatopéyicos de los que yo conocí. Ramón tiene el gesto rudo y la mirada ruin. El hombre de la R no habla de razones, y los sentimientos parecen asustarle.
Crescencia, su madre, está junto a él. Crescen tiene el gesto del grito de Munch, la mirada de la virgen dolorosa de las romerías de los pueblos y dos moratones arrugados en la cara.
Me cuentan que juntos cantan tangos de derrotas y raps de violencias cada noche. Esta es la banda sonora de su vida y esperan que yo se la cambie. Tímidamente entono un rock para que lo conozcan, por si algún día les apetece cambiar de melodía.


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