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Leí el diario de un extraño (2003) |
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Tomate frito |
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Andrea Alenda |
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Con la edad de 45 había alcanzado lo que otros sólo soñaban: era un chef, un maestro de la gastronomía o como a mí me gustaba llamarme, un artista de los sentidos. Bajo la batuta de una simple espumadera había compuesto las salsas más exquisitas, llevándolas al extremo de la esponjosidad, o encontrándolas en el límite de lo extravagante. No tardaba ni tres meses en reproducir las recetas mejor guardadas, en reconocer los trucos, que bajo mi fogón encontraban un sentido amplificado. Escuchaba en los tambores de las ollas remolinos de placer, encontraba susurrantes risas en las sartenes mientras crujían los aceites, el fuego incansable, incandescente, sediento de sacrificio. Mi obra estaba viva y tendría que bajar por los paladares burdos de los críticos gastronómicos para que me dieran el tenedor de honor. No esperaba menos. La cita la habían organizado en un parador lúgubre donde recibirían un menú otoñal. Menú a juego con las cabezas despobladas de los comensales. Cinco maestros dábamos la cena, y un biombo dividía la cocina en cinco trincheras. Penetrar en la de otro supondría la expulsión. De expulsiones empezaba a saber bastante, ya que a mi único hijo le amenazaban continuamente con ellas. Expulsado de la clase, expulsado del equipo de baloncesto, expulsado y readmitido en el colegio. Con tan sólo siete años mi hijo había heredado el mal carácter de los hombres mimados por el éxito. Su educación culinaria estaba fracasando estrepitosamente. Más de una vez le obligué a que sacara la lengua para asegurarme de que tenía papilas gustativas. No había forma de que comiera otra cosa que no fueran macarrones con tomate. Sus labios escupían sin piedad los raviolis, tortellinis, espaguetis de siete variedades de harinas, las salsas naturales de los tomates más difíciles de conseguir. Ese niño era una prueba Divina, una tortura de Satanás. Pero era mi hijo, y su educación era mi responsabilidad. Su menú eran macarrones con tomate frito, pero macarrones de esos que vienen en bolsa y tomate frito de bote. Todas las noches recalentaba al baño maría el bote de tomate, mientras me esforzaba por contener las arcadas de rabia. Qué edulcorante artificial no llevaba ese tomate frito, y mientras leía su etiqueta probé un poco. Acosté a la prueba Divina en su litera, sabiendo que me había vuelto a mentir y que no había hecho los deberes. Supuse que una noche de tregua se la merece cualquiera. Arrastrando los pies fui al cuarto de baño, escuché el gotear de la bañera, el silencio blando de los focos y encendí los ojos para que se me notaran menos las ojeras en el espejo. Deslicé la blancura perfecta de la pasta de dientes sobre las cedras del cepillo que hoy parecía más un pincel. Al meterme el cepillo de dientes en la boca lo escupí de inmediato. El cepillo fue a parar al suelo. Me enjuagué la boca con agua y la volvía a escupir. Tenía un sabor extraño, como dulzón, igual que el que me había venido del cepillo. Cogí la toalla de manos y me la pasé por la lengua. Para mi desesperación la toalla también tenía ese gusto. El cuarto de baño sabía a tomate frito de bote. Ahora cerraba la boca porque de ella salía ese aroma putrefacto. Me fui a la cama sabiendo que el cansancio me estaba jugando una mala pasada. Por la mañana el café supo a tomate frito, igual que la taza, que la cucharilla, que el vaso de agua, que el chupito de limpiacristales, que el vómito matutino. Y ese olor salía de todo el cuerpo, del sudor frío de la espalda, del que se resbalaba por mis palmas. Recogí mi chaqueta y me fui al restaurante, pero a los pocos minutos tuve que salir a la calle. Era demasiado intenso para soportarlo. Recordé que en un libro había leído que las alucinaciones podían ser gustativas, y que quizás los nervios del concurso podían tener la culpa. Me metí en la consulta de un psiquiatra, pero mientras suspiraba en la sala de espera los ojos chismosos de la enfermera me reconocieron, no tuve valor y me fui de allí sabiendo que si mi situación se supiera significaría el final de mi carrera. Mi salud no era más importante que los sacrificados años de profesión. En las trincheras del lúgubre parador estuve sentado en una silla mientras escuchaba la orquesta de los otros cocineros. Supe de inmediato que sus menús ofrecían poca originalidad, pero no les culpaba porque los paladares que iban a degustarlos eran escandalosamente primitivos. Mandé a mis empleados a casa. Y allí, en mi trozo de cocina no se encendió ni un fuego. Sentado en la silla, me acaricié las papilas gustativas inservibles, mientras dos lágrimas con sabor a tomate frito se me colaban por las comisuras de los labios. Escuchaba las voces a través del biombo, sabía que las viejas glorias olfateaban como carroñeros los menús de las competencias. Podía verles como a marionetas chinas a través de la tela. Pero les notaba inquietos, angustiados, al oír mi silencio de lobo. Eso me gustó. Me encantó. Y se infló el fuelle de mi vanidad. La cena se serviría a las diez, eran todavía las cinco y media. Conduje hasta el pueblo más cercano, me metí en una tienda de ultramarinos que hacía de kiosco y de ferretería. Compré tomate frito de bote y macarrones de bolsa. En la cocina del parador encendí los fuegos para calentar el tomate frito al baño maría. Estuve más tiempo decorando los platos que cocinándolos. Pensando en lo maravilloso que sería que el jurado comiera tomate frito de por vida. De primero salsa de tomate que había colado por el pasapurés con trocitos hilados de macarrones que dibujaban un corazón, de segundo sobre plasta informe de macarrones inyecté ríos de lava frita y de postre congelé el tomate frito sirviéndolo de sorbete. Escribí en una tarjeta: menú näive. No salí de la cocina. Me quedé esperando en mi silla como quien espera una ejecución. En el teatro de las sombras chinas continuaba la función. Después de dos horas que supieron a veinte minutos nos reclamaron en el salón. Los muy horteras habían
escrito el nombre en un sobre. Uno de ellos se levantó para dar
un discursito y todo. Las sombras chinescas ahora con colores se movían
sin moverse, mirando al sobre como si de mirarlo pudiesen ganarse sus
favores. Cuando abrieron el sobre dijeron el nombre de otro. Mientras
conduje de vuelta a casa, se me cayeron dos lágrimas, que supieron
a agua de mar.
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