Leí el diario de un extraño (2003)

Surfin' doniños

Ana Aneiros Vivas

Lo mejor de estar de acampada es librarte de tus padres durante un par de semanas. Ya me lo había dicho el Pato, que es mi mejor amigo desde que le partió un diente de un puñetazo a un chaval del colegio que me quería bajar los pantalones en el recreo el curso pasado. Tiene dos años más que yo y dice que ya se afeita y yo le digo que sí, porque a los amigos hay que darles la razón en esas cosas. Este es su tercer verano aquí y se las sabe todas. Tiene controlados a todos los monitores y se conoce el campamento de arriba abajo. Está guay; nos escapamos por las noches y nos vamos a los barracones de las chicas para verlas cuando se cambian. A mí la que más me gusta es Jenny, que tiene unas peras... ¡uf! También nos colamos a veces en la cocina a robar chocolate y alguna cerveza, pero el Pato dice que con lo de beber hay que andarse con ojo, que lo controlan mucho y si te pillan te la cargas de veras y te mandan de vuelta a tu casa y encima se lo cuentan a tus padres. Peor que meterle mano a una monitora, dice.

Por las mañanas nos levantan temprano, a las nueve, pero yo me despierto mucho antes. Ojalá no tuviese que dormir. No es que me muera de ganas por ir a ver pájaros, que para eso ya tengo un canario en casa, y lo de las marchas por el monte la verdad es que me da igual, pero no quiero perderme nada de lo que pasa, y si te levantas pronto, eres el primero en enterarte de los planes para ese día. Hoy, por ejemplo, vamos a bajar a la playa y nos van a dejar unos bodyboards, que son como tablas de surf, pero en pequeño. Nunca he hecho surf, pero el Pato dice que está tirado, que todo es cuestión de equilibrio. A mí me da un poco de miedo, porque no sé nadar muy bien, pero no se lo he querido decir para que no piense que soy un gallina.

Como hoy vamos al mar, paso de ducharme. Es lo que tiene estar de acampada, que no hay nadie que te obligue a ducharte todos los días ni a ponerte una camiseta limpia ni a cambiarte los calzoncillos. Los deportivos me los pongo fuera para no hacer ruido. Los monitores se levantan antes que nosotros para preparar el desayuno, así que normalmente me acerco al comedor y me quedo por allí esperando a los demás. El Pato llega casi con las chicas, que siempre son las últimas porque se tiran siglos en el baño. Él nunca tiene prisa ni se pone nervioso. Es como los detectives de las películas antiguas.

—¡Eh, tío! ¿Dónde te habías metido?

—¡Pato, que vamos a hacer surf! Que sí, que me lo ha dicho el monitor.

—Vaya, ya era hora. Venga, que tengo hambre.

—Sí, yo también. ¿Dónde quieres que nos sentemos?

Elige la misma mesa de siempre, junto a la de los monitores, que está cerca de la cocina para que puedan entrar y salir con los carritos de comida, y así nos llega la leche más caliente y somos los primeros en coger los bollos y las tostadas. Ya digo que se las sabe todas.

Por fin a las once y media nos reúnen frente al comedor para repartir las tablas y nos encaminamos a la playa. No está muy lejos, pero sí lo bastante como para que terminemos de hacer la digestión. En eso los monitores son igual que los padres. La tabla no pesa mucho, casi parece un flotador. Pato va haciendo bromas y diciéndoles a las chicas que tengan cuidado con los tiburones, que hay muchos en la playa.

—¿Tiburones, Pato? En Galicia no hay tiburones —le susurro.

—Que sí, chaval, ¡y no veas qué peligro tienen!

Todos se ríen, y yo me río también, pero la verdad es que no me hace gracia pensar en tiburones. Era lo que me faltaba.

Parecía más fácil desde la orilla. Lo de coger las olas tumbado está bien, pero ponerse a cuatro patas es otra cosa. Me caigo cada vez que lo intento; debo haberme bebido ya medio océano. El Pato pasa a mi lado y hace como que no me ve, pero a mí me da vergüenza caerme delante de él. Esta vez sí que lo voy a conseguir.

Giro la tabla y me alejo buscando otra ola cuando veo a Jenny, que también se ha caído. Está intentando volver a subir; de repente grita y se suelta. Se ha debido hacer daño. Mira desesperada a su alrededor y llama a su amiga, pero yo estoy más cerca, así que me tiro al agua para salvarla. Ha debido pensar que le iba a caer encima, porque se ha alejado, pero la alcanzo y la agarro con un brazo por el sobaco. Vaya… no lleva el bikini. Está tan nerviosa que grita y se revuelve intentando soltarse, y casi nos hunde a los dos, pero yo la sujeto muy fuerte, la llevo hasta su tabla e intento empujarla fuera del agua.

—¿Qué haces, imbécil? ¿No ves que se me ha caído el sujetador? Ahora con tu numerito de vigilante de la playa ya no sé dónde está.

El Pato me hace gestos para que vaya, pero yo me quedo sentado en la tabla, viendo desde donde estoy cómo Jenny busca su sujetador y nada con él hacia la playa. Desde luego, no hay quien entienda a las chicas. Acabo de salvarle la vida y sólo se preocupa de que no se le vean las tetas. Qué desagradecida. Además, ¡si ya se las he visto más veces! Cuando llega a la arena, me doy la vuelta para buscar otra ola. Aparece abultada, como la barriga de un gigante durmiendo la siesta. Voy cogiendo velocidad, apoyo una rodilla, luego la otra; casi podría ponerme de pie.

El Pato se ha quedado esperándome en la orilla. Hacemos todo el camino en silencio, pero es que a veces los amigos no necesitan decirse nada. Dejamos las cosas en el barracón y nos vamos al comedor. Elijo la misma mesa de siempre, junto a la de los monitores, que está cerca de la cocina para que puedan entrar y salir con los carritos de comida.


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