Leí el diario de un extraño (2003)

Amor propio

Beatriz Arnau Moliner

Si no fuera porque soy un vampiro aullaría de rabia como un hombre lobo. Cómo he sido tan tonto. Me he pasado el día entero sin pegar ojo, escribiendo esa estúpida carta para nada. Agarré mi pluma cuando empezó la madrugada, dispuesto a escribir las cosas más bellas que un vampiro haya ideado nunca y no la solté hasta bien entrado el atardecer. Casi llego tarde al instituto. No podía parar; cómo fluían las palabras, casi sin esfuerzo... para terminar otra vez haciendo el ridículo. Hablarle de su bella palidez, de la transparencia de sus ojos, decirle que estoy loco por ella y que pasaría la eternidad lamiendo las venas de sus manos debe de ser el mejor chiste que le han contado nunca. Las amigas de Úrsula han tenido la excusa perfecta para reírse de mí, como hacen siempre. Sus carcajadas me han demostrado una vez más que son las chicas más crueles que conozco. Ella, sin embargo, sólo sonreía, como una diosa sentada en su pupitre. Durante las primeras clases no he podido apartar la mirada de su nuca, bajo ese torpe recogido que se hace con un lápiz. Adoro su costumbre de llevar esas camisetas de tirantes, que dejan desnudos sus hombros. La he estado observando mientras nos hablaban de hematología y grupos sanguíneos, ni siquiera he dejado de mirarla mientras todos perfeccionaban su técnica en clase de transformaciones. Por fin, cuando ha descubierto la carta escondida en su cajonera, casi me desmayo de los nervios. Las venas de mi cuello latían de forma tan exagerada, que creía que Felipe se iba a dar cuenta. Por suerte él seguía absorto en sus cómics, que devora siempre entre clase y clase. Debe de sabérselos de memoria. Antes de que Úrsula haya tenido tiempo de leer tres líneas, estoy seguro, esas dos brujas se han abalanzado sobre la carta. No podía soportar cada vez que se giraban hacia mí, agitando las melenas de las que tanto alardean y mostrando sus colmillos perfectos en cada carcajada. Sin embargo, Úrsula no me ha mirado. Esas alimañas se burlaban de mí y me señalaban con sus largas uñas. ¿Dejan tener la uñas tan largas a vampiros tan jóvenes? Pero ella no las ha acompañado en sus burlas; sólo ha doblado el papel y lo ha guardado en su mochila. En mis sueños, ése habría sido el momento en que Úrsula se levanta, dejando a sus amigas con la palabra en la boca, camina hacia mí y apoya su cadera en mi pupitre, como se apoya en la mesa del profesor cuando le pregunta algo sobre la lección. Todavía no he decidido si en ese momento yo le miro a los ojos o al piercing que lleva en el ombligo. Ya lo pensaré. Entonces me coge de la mano. Esta escena final la he imaginado cientos de veces. Úrsula desliza la afilada uña de su dedo índice por la palma y escribe sobre ella: “Yo también te quiero”. Y yo lamo las gotitas de sangre que han quedado en su dedo. Nunca paso de aquí. En este punto mi sueño es tan emocionante que soy incapaz de continuar. Seré imbécil. Cómo he podido creer que la chica más guapa de la clase se va a fijar en alguien como yo. No soy tan pálido como Óscar. Ese tipo es tan perfecto que da asco. Yo creo que se unta con tiza cada noche. Puede que Úrsula se haya fijado en Enrique, con esa mirada entrenada para ligar, cargada de sangre. O tal vez le guste Fabián. Toda mi ropa la he heredado de mis hermanos y sólo me permiten usar la capa en ocasiones especiales. Sin embargo Fabián parece estrenar una camisa de raso negro cada noche. Cómo presume, el muy imbécil. Siempre que conquista una chica la envuelve en su capa brillante para que todos nos demos cuenta. Además, cuando Fabián habla, todas se tronchan de risa por sus ocurrencias, pero yo ni siquiera me atrevo a hablar en público. La única persona a la que soy capaz de dirigir la palabra más de dos veces seguidas es a Felipe, y la mayoría de ellas ni siquiera me contesta. No hay nada extraordinario en mí. Bueno, sí, mi odioso acné. ¿Dónde se ha visto que un vampiro tenga acné? Ya no sé qué ungüento probar y empiezo a pensar que tendré que sufrir estos terroríficos granos toda la eternidad. Sólo a un idiota como a mí se le ocurre escribirle una confesión de amor a la vampira más perfecta del mundo. Cuando estaba a punto de echar a correr para dejar de soportar esa vergüenza, ha aparecido el profe de Nutrición y esas dos odiosas niñas perfectas no han tenido más remedio que volver a sus sitios. Menuda noche. Ojalá pudiera borrarla, que nunca hubiera existido. Todavía me tiemblan las piernas. Debe de ser por los nervios que he pasado. Pero aquí debajo de las sábanas todo está mucho mejor. Nadie se reirá de mí. Aquí puedo pensar todo lo que quiera en Úrsula, en su blancura, en su cuello, en sus labios finos y rojos, como si siempre acabara de beber. Puedo volver a imaginar que ella se me acerca y me ofrece sus muñecas y mientras todos en clase se mueren de envidia. Se acerca tanto a mí que casi no puedo respirar. Pronto reconozco el sabor oxidado que corre por mi lengua. Sin darme cuenta, mis colmillos mordisquean rítmicamente mi propia muñeca, mi boca se abre y se cierra y me estremezco de dolor. Noto mi sangre caliente chorrear por mi brazo y es tan placentero, que estoy a punto de estallar y no tengo más remedio que transformarme y salir volando a través de la ventana, aullando como un lobo.

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