Leí el diario de un extraño (2003)

Un pésimo relato

Natalia Azcue

Llegué a casa molida, con pies doloridos y jaqueca. Había sido una tarde de compras tan intensa que no podía con mi alma. Encendí la tele y me senté en el salón, en un bello tresillo forrado con tela de flores, a juego con el bello jarrón que adornaba la pared, junto a la mesita del teléfono, en la que había además una lámpara estilo siglo xix, unos ceniceros que me había regalado mi primo tras un viaje a Polonia, y unos encendedores de plata que había comprado en el Rastro hace tres meses. Mi primo había ido a Polonia porque buscaba trabajo como médico, ya que no conseguía aprobar el MIR. Yo le había insistido mil veces a mi prima, que para eso era mejor que se marchara a Paraguay, donde yo tenía algunos conocidos. Pero mi prima, que por cierto hubiera querido ser médico, pero no consiguió aprobar ni el primer año de carrera, me dijo que Paraguay estaba muy lejos. “¿Y a ti que más te da, —pensé— si no vas a ir a verle?” De hecho mi prima tiene terror a los aviones, y el ir en tren hasta Polonia le parecería muy lejos.

Dejé que mi cabeza reposara plácidamente sobre el sillón, y me sumergí en un leve pero reconfortante sueño. Súbitamente el teléfono sonó a mi lado. Pegué un respingo del susto, respiré profundo y descolgué el auricular. Era él. Tras un mes de viaje de trabajo en lejanas tierras, concretamente en la Bretaña francesa, ya estaba en el aeropuerto de Madrid. Se había marchado allí porque había un Congreso de médicos al que desde hacía meses había querido asistir. Él es pediatra. El Congreso era de pediatras. Su insistencia en ir me hizo pensar que el tema era importante. La familia de él es toda de pediatras, su padre y su abuelo lo fueron. No tenemos hijos, pero la verdad es que él nunca hace comentarios al respecto. Es una de las cosas que a mí más le gustaron de él desde el principio: no derrocha en palabras, las mide mucho. Eso me permite a mí hablar sin parar. Lo malo es que a él tampoco le gusta derrochar dinero. En realidad no le gusta derrochar en nada. La voz al otro lado del teléfono fue clara: “Lo nuestro se ha terminado. He conocido a una enfermera en la Bretaña francesa.”

Me quedé muda, presa del pánico, presa de la angustia, presa del horror. Colgué al oír que él también había colgado. Me quedé con la mirada perdida, fija, tan fija como una farola en medio de un parque, rodeada de árboles que ondulan con el viento, cuyas ramas mueren en otoño y resurgen en primavera. Así permanecí durante horas. De repente, el volumen de la televisión se elevó: era el tiempo de los anuncios. Me quedé mirando fijamente al aparato televisivo, y al acabar los anuncios vi que estaba en antena el entretenido programa de María Teresa Campos, y justo en ese momento llegaba la experta en horóscopos. Subí más el volumen.

“Querido amigo Cáncer: te esperan tiempos difíciles. Tú siempre vas con el corazón en la mano, tienes que aprender a protegerte. Apunta en un papel todo aquello que creas que puede ayudarte a no caer en los errores del pasado. Y no vuelvas a repetirlo.” Pensé en ello, y comprendí que era cierto. Este iba a ser mi cuarto matrimonio fallido, aprendería de mis errores.

Cuando mi anterior marido rompió conmigo, me sumergí en una profunda gripe, en un abismo de llanto, tos y desasosiego. Decidí protegerme, siguiendo el consejo que el destino me brindaba ahora. Apunté en un papel: “Comprar Frenadol, Couldina, pañuelos de papel, hacer pedido a la frutería con muchas naranjas y limones.” Llamé por teléfono a mi mejor amiga para anunciarle lo sucedido, antes de que me llegara la gripe y me quedara afónica, sin palabras para poder expresar mi dolor.

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