Leí el diario de un extraño (2003)

Las letras

José Luis Barroso Sánchez

A Carolina, Patricia y Roberto.
Gracias.

La mujer abrió la puerta y dedicándome un corto saludo me invito a pasar.

—Qué puntual —dijo, mientras cerraba la puerta—. Aún no he hecho ni la cama, iba a tomarme un café, el segundo del día. ¿Te gusta el café? ¿Quieres uno? Sígueme, vamos a la salita, estaremos más calentitos; estas casas ya se sabe, tan grandes, tardan en calentarse y hoy hace frío de verdad.

El pasillo era alargado y a ambos lados varias puertas, todas ellas cerradas, sobre las paredes muchos cuadros, parecía casi una galería más que un domicilio particular, estaban dispuestos por temas, entre una puerta y otra, bodegones, entre otras dos puertas, retratos y así por todo el pasillo.

—¡Qué cantidad de cuadros! —le comenté asombrado.
Se volvió para contestarme. Su rostro tenía una expresión entre sufrimiento y deseo de vivir, una mezcla extraña que daba la sensación de haber vivido a medias y querer vivir al máximo.

—Son de mi marido, que le gusta mucho comprar pintura. Hay más de cien por toda la casa, incluso alguno de gran valor
Algunos focos colocados encima de los cuadros daban luz al pasillo y generaban sombras sobre un suelo de madera, un par de alfombras con pliegues en los extremos, una mesa estrecha, en la mitad del pasillo, llena de recuerdos en forma de fotografías, demostrando que tiempos pasados fueron mejores para aquella mujer que me guiaba hacia la salita. Se detuvo ante la penúltima puerta de la derecha. La abrió. Una luz procedente del gran ventanal iluminó el pasillo. Cerré momentáneamente los ojos girando la cabeza hacia la zona más oscura en un reflejo de protección.

—Pasa, por favor —me dijo, señalándome un sillón. Siéntate, te voy a traer un café, es sólo un momento, lo tengo hecho.
Era verdad que la sala tenía una temperatura mejor. Me quite el abrigo y lo dejé sobre una silla, dejé el maletín en el suelo y me senté. La habitación estaba decorada con muebles de estilo clásico: una mesa con cuatro sillas, dos sillones cerca del ventanal, una mesa escritorio, llena de papeles, una gran lámpara que colgaba del techo y más cuadros. Al lado de los sillones un bargueño, al que le dediqué un poco más de tiempo, me daba la sensación que era bastante más antiguo que el resto del mobiliario.

—Ya estoy aquí —se anunció la señora.
Dejó la bandeja con las dos tazas de café sobre la mesa.

—¿Lo quieres con azúcar? Es que yo le pongo sacarina, ya sabes, para no engordar.
Sonrió.

—Sí, por favor, dos cucharadas.

—¿Con leche?

Asentí.

—Yo tengo que tomarlo solo —decía mientras me daba la taza—. La leche no me gusta, me puedo tomar al cabo del día, no sé, ocho o nueve cafés, incluso antes de acostarme me tomo uno, y te advierto que no me desvela, que ya sabes que mucha gente no puede tomarse un café por la noche; pues yo como si nada, hay pocas cosas que me desvelen.

Bebí el primer trago y, sin saber dónde llevar la vista, la puse otra vez sobre el bargueño.

—Es del siglo XVII —me apuntó, mientras se dirigió hacia él. Tiene un gran valor. Fue de un marqués, al que mi marido le hizo una obra, no le pagó y cobró aquel trabajo en especie: éste mueble y algunos cuadros, ya ves. Mi esposo ahora está en Burgos, va a hacer una urbanización de chalés, lleva una semana fuera, así que aquí estoy yo, solita.

Se volvió hacia mí. Me miró. Le esquivé la mirada. Volví a coger la taza de café.
Se sentó en el sillón y volvió a hablar.

—Bueno, vamos a ver, ¿Has traído las letras?

—Sí, claro —dije, mientras cogía el maletín.

—El socio de mi marido —dijo ella— nos ha metido en buen lío, ahora tenemos que pagar otra vez al abogado. No sé la cantidad de dinero que llevamos ya entre abogados, papeles y trámites. El muy golfo se marchó y nadie sabe dónde anda.

Se levantó y vino a sentarse junto a mí. Su perfume actuó como un potente reclamo sobre mis sentidos. Mientras seguía hablando de los negocios de su marido, la examiné. Unos cincuenta años, conservaba una buena figura, su cara era expresiva, ojos grandes de color marrón claro, su pelo tono castaño con algunas mechas rubias le daban una imagen de mujer más joven, sus labios bien marcados de color rosáceo y sus dientes muy blancos. Un reloj de pie marcaba las diez de la mañana e interrumpía con su sonido de campanas mi examen.

—¿Cuantas letras son?

—Cinco —dije mientras las contaba.

—O sea, que tu jefe dice que no puede aguantar más.

—Sí, eso dice, dese cuenta que la última venció hace ya... cinco meses.

—El padre de tu jefe y mi marido eran íntimos amigos, todos los electrodomésticos que tenemos en casa y en la de la sierra son de él, pero claro, el hijo no es como el padre.
Su proximidad me ponía nervioso y, aunque lo quería ocultar, ella se daba cuenta.

—Pues bueno, ¿qué solución propone tu jefe?

—He traído otras letras para hacer una renovación, pero dice que es la última, que la próxima vez se verá obligado a acudir a los juzgados.

—Últimamente no han ido muy bien las cosas, pero yo creo que en un par de meses podré hacer frente a esas letras.

—Ya, pero mi jefe no quiere que...

—Yo creo que él podrá esperar, y tú sabrás como decírselo...

La habitación pareció cambiar de tono, la luz que entraba por el ventanal se hizo más tenue, el ruido de la calle se calmó por momentos. Ya no se oían los autobuses frenar frente al portal ni el ruido que producían al abrir las puertas, ni las voces de un ciego que vendía cupones a la entrada del supermercado, sólo sentía que mi corazón palpitaba a mil.

Esther, la secretaria de mi jefe, me vio entrar por la puerta de la oficina. Tecleaba en la máquina de escribir y paró al verme.

—El jefe te está esperando. Dice que ya está bien, que para cobrar unas letras te has tirado toda la mañana, y que tiene más cosas para ti.

—Había mucho tráfico —me disculpé tontamente—. He pillado un atasco tremendo.

—Ahora está con un representante, cuando salga pasas —y siguió escribiendo.

Las paredes completamente blancas, con dos fotografías ampliadas de imágenes de las tiendas y una foto algo más pequeña de don Agustín, el padre de mi jefe y a la postre fundador de Electrodomésticos Albar. Ahora es su hijo, Mariano, mi jefe, quien dirige la empresa y quien en definitiva intenta ponerla al día.

La voz de mi jefe empezaba a escucharse cada vez más cerca, señal de que se acercaba a la puerta a despedir al representante y aviso de que me tocaba entrar a rendirle cuentas sobre el cobro de las letras de doña Cristina Ramírez de Rua.

—Pasa, Jaime —me señaló, mientras estrechaba la mano del representante.
Pasamos al despacho. Se sentó en su mesa y diciéndome que me sentara. Me preguntó:

—Y las letras, ¿las hemos cobrado? O ha preferido renovarlas.

—La verdad, don Mariano, es que...

No supe muy bien como decirlo. Nervioso, abrí el maletín y dejé las letras sobre la mesa.

—¿Te ha llevado a la salita?

Me quedé sorprendido y levanté la cabeza. Miré a mi jefe.

—Te ha dado café, te ha contado la historia del socio de su marido.

—Sí —dije perplejo.

Cogió las letras.

—Las guardaré otra vez —dijo.

—Pero, don Mariano... —intenté explicarme.

—No te esfuerces, éstas letras las he intentado cobrar yo mismo, pero doña Cristina es mucha doña.

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