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Leí el diario de un extraño (2003) |
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Reyes |
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Elena Batanero |
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Llovía otra vez. Había mucha gente por la calle pero yo podía oír mis pasos en la acera. Sonreí sin ganas; tenía que practicar nuevas sonrisas porque aquella tarde era día de trabajo especial. Hacía frío y me arrebujé en mi abrigo. Estaba un tanto desgastado y pensé decirle a mi mujer que me comprara otro en las rebajas. Fue sólo un gesto reflejo, algo totalmente inútil. Metí la mano en el bolsillo y me di cuenta de que llevaba la llave de casa, grande y pesada. La arrojé a la papelera con un repentino alivio y un ligero sentimiento de pánico. Mientras continuaba andando noté que la humedad maldita de aquella ciudad se me subía por las piernas. Era lo normal. Aquellas fechas, entrado el mes de diciembre, tan entrado que era ya Reyes. Entonces no era diciembre, me equivocaba como siempre. Ni siquiera podía fiarme de mí mismo. Vi varios niños con aquellos gorros deformes, la extraña bufanda en la cabeza, con un agujero para la cara. ¿Cómo se llamaba aquello tan feo?, verdugo. Lo recordaba de mi infancia. Mi madre me obligaba a llevarlos y yo los odiaba, pero hacía tanto frío en el pueblo. Los puestos de globos, con aquel aspecto metálico y colorido, ya estaban montados, esperando la pequeña marabunta de niños incrédulos, llorosos, sonrientes, esperanzados, griposos. Pequeños con verdugo y padres, y un globo con forma de perro flotando en el aire. Miré el reloj y me di cuenta de que ya llegaba tarde. Aceleré el paso hacia el Ayuntamiento donde iba cada día con mi uniforme de bedel. El ruido de mis pasos se hizo más sonoro pero nadie me miró. Tropecé con una papelera gris y recordé la llave que acababa de tirar. Para alejar aquel pensamiento seguí probando la sonrisa, primero un labio arriba, luego otro, pero me salía una mueca horrorosa, como de perro apaleado y rabioso. Intenté recordar cómo le gustaba a mis hijos que les hiciera cosquillas, pero eso me produjo un punzada amarga en el estómago. Quitándome el abrigo, entré corriendo en el Centro de Cultura y pregunté por dónde quedaba mi traje. Mientras cogía la pesada túnica de color azul intenso pensé en cuánta gente estaría llena de esperanza en aquellos días de fiesta y cuántos realmente desearían que pasara todo, las compras, el mazapán y las borracheras programadas. Parecía mentira, todavía era Navidad. Maldije a las estúpidas del vestuario que me habían dado el traje arrugado. Pensé en mandárselo a mi mujer para que lo planchara pero era inútil. Tenía que salir en media hora y además, era imposible, imposible del todo. No debía nombrarla, no debía siquiera pensar en ella. Deseaba borrar todo de mi mente, su pelo, sus ojos, cómo reía y cómo miraba a los hombres extraños, aunque ella lo negara. No quería pensar, pero varios nombres masculinos iban brotando en mi mente. Ya no importaban. Respiré profundo e intenté concentrarme en el trabajo. Había entrado en calor con aquel traje pesado. Y todavía debía ponerme la capa. Me senté, repentinamente cansado, en la silla que estaba frente al espejo que utilizaban para ponerse cuatro colores en la cara. El corazón comenzó a latirme deprisa, como loco, desbocado. Tuve miedo de que los demás oyeran aquel ruido atronador. Quería pasar desapercibido, porque al final era siempre lo mejor. Llegó un compañero y me preguntó si no había terminado de vestirme. Quise decirle que no, que todavía no, que enseguida me ponía las botas y salía corriendo, sin pararme a nada, ni a recoger el sobre con los cuatro duros que me pagaban por aquellas horas de trabajo, corriendo a ningún lado, pero por la calle, eso sí, porque quería ver gente que me mirara, gente a la que pudiera decir que era otro porque lo había hecho, ya era libre como un loco, un camello, un concejal de cultura en una feria del libro. Quise decir eso, pero sólo me salió: Ya voy, Pascual, las jodidas botas que se resisten. Y ponte la peluca de los rizos, hostia dijo mi compañero, que con esas canas y el corte de pelo de recluta no engañas a nadie... con los años que tienes ya... rió de su propia broma. Me calcé las botas de fieltro que nada abrigaban. Me puse la peluca y algo me sobresaltó, como si aquel que me mirara en el espejo no fuera yo, con una mirada huidiza, los ojos más grandes, la boca pequeña, escondida. No sabía que cambiar el color del pelo fuera tan importante. Ya no me preocupaba lo que los demás pudieran pensar, lo que mis padres dijeran. Pensé un momento y recordé que mis padres habían muerto, mucho tiempo después de que se hubieran ido de mi vida. Primero mi padre, con aquella, la estanquera. Decían que estaba buena, rubia de bote supongo, con tetas imponentes. Estaba muy buena, claro, si no no se hubiera ido dejándome solo con mi madre y mis hermanos, y el perro que sólo sabía morder, y una caja de cartón para tirar de ella como si fuera un camión Pegaso. Luego fui yo el que se fue de casa, por eso entendía a mi padre. Tenía que hacerlo. No podía aguantar más aquel ambiente cerrado con olor a naftalina rancia y frito de pescado del día anterior. Mucho tiempo después fui a ver a mi madre, ya vieja, y aún se atrevió a pedirme cuentas, que qué había hecho. Vi la peluca con rizos en mi cabeza. Mi madre parecía más digna que yo cuando murió, también con una peluca en la cabeza para disimular la enfermedad. Yo sin embargo ni siquiera sabía llevar una peluca barata de disfraz sin parecer ridículo. Apareció por el local una mujer entrada en los cuarenta, con un cuaderno y una bolsa llena de alfileres y cintas. Repasó que el vestuario fuera correcto, que no me hubiera puesto del revés el gorro con cuentas de cristal colgando, como hacía dos años. Me pregunté cómo no me conocían ya. Toda la ciudad debía darse cuenta de que el rey Gaspar se parecía sospechosamente al conserje del Centro Cultural. Quizás nadie pasaba por allí y pudiera ser que ninguna persona reparara en mí. Lo más probable. Me ajusté los guantes y un anillo enorme que me venía pequeño. Salí a la calle con toda la gente, los otros reyes, los pajes, los del camión, los niños de los concejales y otros niños enchufados y las cajas de caramelos, que alguno de los pajes más rencorosos tiraría con furia y puntería asesina a los inocentes que le pedían uno al grito unánime de aquíííí. Subí al camión que olía ya a gasoil del fuerte. El frío empezaba de nuevo a arreciar, además de un ligero viento que amenazaba con molestar a los camellos traídos del zoológico, llenos de paquetes de regalos, regalos vacíos, claro. De pronto, el primer petardo de la noche estalló atronador y el corazón me dio un vuelco. Siguió otro, y otro más fuerte. La cabeza se me llenó de un ruido ensordecedor y los chillidos de los niños asustados se me metieron como un cuchillo. Quería que pararan de una vez, me hacían daño, me removían algo dentro que quería tener en calma, pero continuaban silbando. Cada vez que mi mujer me miraba, me sentía así; cuando ella me chillaba y me ponía en ridículo me latían igual las sienes. La fuerza de los petardos estallaba de abajo hasta arriba, subían y tronaban, como mi rabia, que subía tímida y estallaba. Pero los demás nunca se daban cuenta. No notaban nada. La cabeza me daba vueltas y ellos no entendían que deseaba borrar aquella rabia de manera rápida y qué mejor que estallando como los cohetes. Tampoco se enteró ella, jamás se enteró de nada. Y no lo supo hasta que sintió el candado que cerraba la verja de casa cruzando por su cara, golpeándola quedamente, con un chasquido sordo. Ya no habría más gritos, ni reproches. Nada de perfumes y escote, ni nombres masculinos. Las luces de los fuegos se
apagaron de golpe. Entonces comenzó a tocar la banda municipal
con los caballos al frente y la gente rugió y los niños
gritaron y yo sólo tuve ganas de levantarme y saludar y gritar
también. Una necesidad imperiosa de gritar soy yo, el que está
en la Casa de Cultura, soy yo, el de la gorra. El principio de la cabalgata
era el más ruidoso, la gente voceaba, se empujaba, sonaba la banda
y los tambores iban desfilando emocionados. Un enorme griterío
me envolvió dándome un valor inesperado. Moviendo las manos
grité he matado a mi mujer y nadie me oyó, pero
me sentí mejor. Eufórico, me entraron ganas de reír
y empecé a lanzar sonrisas a derecha y luego a izquierda, alternando
los dos lados. Pasé cerca de una niña de rizos castaños
y oí a su madre comentar que los del Ayuntamiento ese año
se habían lucido con la organización. Fíjate
le dijo la madre a una amiga, los camellos son de verdad y
los negros no son pintados. La amiga asintió. Hay que
ver lo bien que los han escogido, si hasta el rey Gaspar tiene cara de
bueno.
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