Leí el diario de un extraño (2003)

Miravalles

Pilar Cabezón

A las más bellas personas que he conocido: mis padres.
Y, cómo no, a su nieto Borja.

Hacía veinte años que no volvía y estaba deseando llegar. Subí la cuesta. Doblé la esquina. Y por fin volví a verle de nuevo, mirando al valle, con la altivez propia de los años. Allí estaba el viejo caserón de piedra de nuestros amigos de infancia, Sara y Julián.
Recordé la casa por dentro. Era casi más antigua que por fuera. Además de heladora tenía muchas ventanas pero poca luz. Rodeando a la casa, un jardín con más de abandono que de vida ¡Qué tardes tan divertidas pasaríamos Pachi y yo allí!
Bordeando la valla, entre madreselvas, hiedras y espinos, y debajo del castaño, igual de impertérrito y provocador, seguía el estanque:
—Pero ¿quién dice que te vuelves loca perdida? —pregunté a Sara sin acabar de creerlo y colgada de una rama.
—Todo el mundo. ¿Por qué crees que se llaman castañas locas? —me respondió Sara convencidísima.
—Perdida, perdida ¿sólo por morderlas? —insistí yo sin acabar de creerlo.
—Es que el veneno está en el jugo —intervino Julián en tono erudito.
—¡Pshh, eh, los de ahí abajo, castañazo a la vista, se acercan los Gila! —se oyó inesperadamente a Pachi.
Al recordar aquel grito de guerra, no pude evitarlo, empecé a reírme sola. ¡Qué guerras de castañazos hacíamos atrincherados en el estanque!
Ese estanque que había sido de todo menos estanque, pues jamás hubo más agua en él que la de la lluvia. Ese estanque que, además de trinchera, nos había servido de hotel rural para ranas; de circo para hamsters; de escondite para perros abandonados y, desde el día que descubrimos una harapienta loneta para cubrirlo, de club para nosotros.
Recordé la inauguración del club, los cuatro metidos en el estanque con una vela encendida y sin apenas vernos la cara.
—Lo podíamos llamar Secret Club —salté yo entusiasmada.
—Eso es una cursilada —contestó Pachi cortante.
—¿Y Club SuperGlub —dijo Julián.
—Ya estamos con pitagorinadas —contestó Pachi mirando fijamente a la llama de la vela mientras pasaba el dedo por ella sin miedo.
—Sensacional, me has dado una idea sensacional, se va a llamar Club Logarítmico —respondió Julián riéndose.
—Club Logatócamelos... jajajajá —se burló Sara.
—O Club Quetelostoquetupadre —respondió Pachi divertido.
Club de los Secretos, así decidimos llamarlo al fin por unanimidad.
Y en nuestro club recién fundado, allí metidos, fue donde empezamos a fumar y a ahumarnos como salmones. Porque, entre el olor de la vela quemándose y el de los Celtas cortos, conseguidos heroicamente por Pachi, el aire era irrespirable.
Alguien empezó a toser. Y detrás de ese alguien otro y otro y otro. Al rato tuvimos que salir los cuatro pitando. No había quién resistiera. Fue tal la escandalera que Ángeles, la madre de Sara y Julián, esa misma noche nos llamó a filas.
—Sarita, ¿qué ha pasado esta tarde en el estanque?
—Nada, mamá.
—¿Por qué tosíais tanto? ¿Qué hacíais?
—Nada, mamá, la vela —contestó Sara lívida.
—¡Dios bendito, qué peligro, una vela ahí dentro! Una vela ¿seguro? Prometedme, con la mano en el corazón, que era una vela y no ¡un cigarrillo!
—No empieces, mamá —respondió Julián saliendo al paso.
—A ver, dejadme que os huela el aliento. Abre la boca —dijo agarrando de la barbilla a Sara para investigar a fondo.
—Mamá, que no hemos hecho nada —dijo Sara retirándose.
—Sara, no habrás fumado, ¿verdad? —siguió su madre amenazante.
En mi interior, yo suplicaba que pasara algo inesperado. Y parece que alguien me oyó.
—Ay, mamá, que vomito —se lamentó Sara—, que no puedo...
Aún me pregunto si fueron los nervios, o la reacción natural ante el tabaco, el caso es que Sara comenzó a tener arcadas compulsivas y se fue pitando de allí.
—Vosotros habéis fumado —dijo entonces Ángeles asesinándonos con la mirada a los tres que quedábamos.
—En serio que nooo —insistió Pachi.
—Castigados una semana sin salir ni a la vuelta de la esquina. Mejor dicho, como estamos en Semana Santa, de penitencia a rezar a Dios, a su hijo Nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo —añadió lanzando el dedo anular al aire con brío.
—Y tú, Julián —añadió buscando a su hijo con la mirada— yo que creía que mi hijo no mentía y era un buen cristiano. Me has decepcionado.
—Y tú, Pachi, el mayor ¿no te da vergüenza? —le dijo a mi hermano—. Que sepas que tus padres se enterarán de esto.
Luego se dirigió a mí:
—Y a ti, María ¿te parece bonito fumar a vuestra edad?
—A ver, ¿de quién ha sido la idea? A ver, ¿de quién? —dijo sin dar lugar a que respondiéramos a sus innumerables preguntas y mirando a Pachi al que, por regla general, pasara lo que pasase, todo el mundo culpaba.
Yo miraba a mi hermano de reojo por si le afectaba esta actitud pero, como siempre, Pachi parecía estar pensando en otra cosa. Jamás se amedrentaba ante las amenazas. Ni siquiera agachaba la cara para disimular. Ni tampoco ponía cara de mártir.
Ya desde los quince años Pachi se enfrentaba a la vida con una entereza envidiable, y también con algo de temible. Al recordarle tuve unas ganas locas de que estuviera cerca.
Entonces, cuando comencé a sentirme triste, mis ideas iban y venían, hacía tiempo que no me pasaba. De nuevo sentía una angustia vital. Sentía que me faltaba mi querido compañero de infancia y adolescencia. Mi hermano Pachi. Y deseé verle con todas mis fuerzas. Y le vi.
Estaba frente a mí. Con su mirada perdida y estrábica, sus espinillas mal cerradas, y su mechón de pelo negro sobre la frente. Se reía a mandíbula batiente con esa risa franca, frecuente y burlona que él tenía. Se me aguaron los ojos. Comencé a morderme los labios con fuerza. A contener, entre labio y labio, la rabia y la tristeza de la vida. Sentía unas enormes ganas de llorar. Y lloré, sin querer dejar de hacerlo, como hace tiempo no había llorado.
Al recordar su forma de hablar, una lágrima fue descendiendo con lentitud por uno de los pómulos de mi cara. Casi al instante, al sentir sus cariñosos y protectores abrazos, otra lágrima se precipitó al otro lado. Después vino otra. Luego otra. Después otras muchas más.
Deseaba que estuviera junto a mí. Riéndonos de nuestras fechorías, recordando nuestras vacaciones con Sara y Julián. Repitiendo al dedillo los sermones de su madre.
Quería decirle lo mucho que le echaba de menos y lo especial que había sido mi infancia a su lado. Ansiaba agradecerle los inolvidables momentos que me había hecho pasar. Y confesarle que mis horas estaban llenas de sus recuerdos, que sentía no haberme portado mejor con él, que hubiera dado todo porque volviera e intentara ser feliz.
Quise recordar más de mi hermano en aquella época, pero había una imagen de él que tenía a todas las demás en espera: la del día que me habló de su irreversible enfermedad.
Y entonces le vi mirando también a un valle. Un gran valle con un lago. Un valle triste, frío y desolado en el que suelen estar asentadas un montón de espesas nubes. Allí estaba ahora él. Solo. Tan amigo de todos y ¡tan solo!
Aquellos tiempos de Miravalles jamás volverían. Ni aquellos tiempos, ni aquel chico de risa burlona que tanta cara le había plantado a la vida para que luego ella le diera la espalda. Saqué un pañuelo del bolsillo, comencé a secarme las lágrimas, y me fui.
Pasarían otros veinte años, o quizá cuarenta, o quizá mil. A pesar de haber sido tan feliz en Miravalles, sentía una pena inmensa volviendo allí.

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