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A
las más bellas personas que he conocido: mis padres.
Y, cómo no, a su nieto Borja.
Hacía veinte años
que no volvía y estaba deseando llegar. Subí la cuesta.
Doblé la esquina. Y por fin volví a verle de nuevo, mirando
al valle, con la altivez propia de los años. Allí estaba
el viejo caserón de piedra de nuestros amigos de infancia, Sara
y Julián.
Recordé la casa por dentro. Era casi más antigua que por
fuera. Además de heladora tenía muchas ventanas pero poca
luz. Rodeando a la casa, un jardín con más de abandono que
de vida ¡Qué tardes tan divertidas pasaríamos Pachi
y yo allí!
Bordeando la valla, entre madreselvas, hiedras y espinos, y debajo del
castaño, igual de impertérrito y provocador, seguía
el estanque:
Pero ¿quién dice que te vuelves loca perdida? pregunté
a Sara sin acabar de creerlo y colgada de una rama.
Todo el mundo. ¿Por qué crees que se llaman castañas
locas? me respondió Sara convencidísima.
Perdida, perdida ¿sólo por morderlas? insistí
yo sin acabar de creerlo.
Es que el veneno está en el jugo intervino Julián
en tono erudito.
¡Pshh, eh, los de ahí abajo, castañazo a la
vista, se acercan los Gila! se oyó inesperadamente a Pachi.
Al recordar aquel grito de guerra, no pude evitarlo, empecé a reírme
sola. ¡Qué guerras de castañazos hacíamos atrincherados
en el estanque!
Ese estanque que había sido de todo menos estanque, pues jamás
hubo más agua en él que la de la lluvia. Ese estanque que,
además de trinchera, nos había servido de hotel rural para
ranas; de circo para hamsters; de escondite para perros abandonados y,
desde el día que descubrimos una harapienta loneta para cubrirlo,
de club para nosotros.
Recordé la inauguración del club, los cuatro metidos en
el estanque con una vela encendida y sin apenas vernos la cara.
Lo podíamos llamar Secret Club salté yo entusiasmada.
Eso es una cursilada contestó Pachi cortante.
¿Y Club SuperGlub dijo Julián.
Ya estamos con pitagorinadas contestó Pachi mirando
fijamente a la llama de la vela mientras pasaba el dedo por ella sin miedo.
Sensacional, me has dado una idea sensacional, se va a llamar Club
Logarítmico respondió Julián riéndose.
Club Logatócamelos... jajajajá se burló
Sara.
O Club Quetelostoquetupadre respondió Pachi divertido.
Club de los Secretos, así decidimos llamarlo al fin por unanimidad.
Y en nuestro club recién fundado, allí metidos, fue donde
empezamos a fumar y a ahumarnos como salmones. Porque, entre el olor de
la vela quemándose y el de los Celtas cortos, conseguidos heroicamente
por Pachi, el aire era irrespirable.
Alguien empezó a toser. Y detrás de ese alguien otro y otro
y otro. Al rato tuvimos que salir los cuatro pitando. No había
quién resistiera. Fue tal la escandalera que Ángeles, la
madre de Sara y Julián, esa misma noche nos llamó a filas.
Sarita, ¿qué ha pasado esta tarde en el estanque?
Nada, mamá.
¿Por qué tosíais tanto? ¿Qué
hacíais?
Nada, mamá, la vela contestó Sara lívida.
¡Dios bendito, qué peligro, una vela ahí dentro!
Una vela ¿seguro? Prometedme, con la mano en el corazón,
que era una vela y no ¡un cigarrillo!
No empieces, mamá respondió Julián saliendo
al paso.
A ver, dejadme que os huela el aliento. Abre la boca dijo
agarrando de la barbilla a Sara para investigar a fondo.
Mamá, que no hemos hecho nada dijo Sara retirándose.
Sara, no habrás fumado, ¿verdad? siguió
su madre amenazante.
En mi interior, yo suplicaba que pasara algo inesperado. Y parece que
alguien me oyó.
Ay, mamá, que vomito se lamentó Sara,
que no puedo...
Aún me pregunto si fueron los nervios, o la reacción natural
ante el tabaco, el caso es que Sara comenzó a tener arcadas compulsivas
y se fue pitando de allí.
Vosotros habéis fumado dijo entonces Ángeles
asesinándonos con la mirada a los tres que quedábamos.
En serio que nooo insistió Pachi.
Castigados una semana sin salir ni a la vuelta de la esquina. Mejor
dicho, como estamos en Semana Santa, de penitencia a rezar a Dios, a su
hijo Nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo añadió
lanzando el dedo anular al aire con brío.
Y tú, Julián añadió buscando a
su hijo con la mirada yo que creía que mi hijo no mentía
y era un buen cristiano. Me has decepcionado.
Y tú, Pachi, el mayor ¿no te da vergüenza? le
dijo a mi hermano. Que sepas que tus padres se enterarán
de esto.
Luego se dirigió a mí:
Y a ti, María ¿te parece bonito fumar a vuestra edad?
A ver, ¿de quién ha sido la idea? A ver, ¿de
quién? dijo sin dar lugar a que respondiéramos a sus
innumerables preguntas y mirando a Pachi al que, por regla general, pasara
lo que pasase, todo el mundo culpaba.
Yo miraba a mi hermano de reojo por si le afectaba esta actitud pero,
como siempre, Pachi parecía estar pensando en otra cosa. Jamás
se amedrentaba ante las amenazas. Ni siquiera agachaba la cara para disimular.
Ni tampoco ponía cara de mártir.
Ya desde los quince años Pachi se enfrentaba a la vida con una
entereza envidiable, y también con algo de temible. Al recordarle
tuve unas ganas locas de que estuviera cerca.
Entonces, cuando comencé a sentirme triste, mis ideas iban y venían,
hacía tiempo que no me pasaba. De nuevo sentía una angustia
vital. Sentía que me faltaba mi querido compañero de infancia
y adolescencia. Mi hermano Pachi. Y deseé verle con todas mis fuerzas.
Y le vi.
Estaba frente a mí. Con su mirada perdida y estrábica, sus
espinillas mal cerradas, y su mechón de pelo negro sobre la frente.
Se reía a mandíbula batiente con esa risa franca, frecuente
y burlona que él tenía. Se me aguaron los ojos. Comencé
a morderme los labios con fuerza. A contener, entre labio y labio, la
rabia y la tristeza de la vida. Sentía unas enormes ganas de llorar.
Y lloré, sin querer dejar de hacerlo, como hace tiempo no había
llorado.
Al recordar su forma de hablar, una lágrima fue descendiendo con
lentitud por uno de los pómulos de mi cara. Casi al instante, al
sentir sus cariñosos y protectores abrazos, otra lágrima
se precipitó al otro lado. Después vino otra. Luego otra.
Después otras muchas más.
Deseaba que estuviera junto a mí. Riéndonos de nuestras
fechorías, recordando nuestras vacaciones con Sara y Julián.
Repitiendo al dedillo los sermones de su madre.
Quería decirle lo mucho que le echaba de menos y lo especial que
había sido mi infancia a su lado. Ansiaba agradecerle los inolvidables
momentos que me había hecho pasar. Y confesarle que mis horas estaban
llenas de sus recuerdos, que sentía no haberme portado mejor con
él, que hubiera dado todo porque volviera e intentara ser feliz.
Quise recordar más de mi hermano en aquella época, pero
había una imagen de él que tenía a todas las demás
en espera: la del día que me habló de su irreversible enfermedad.
Y entonces le vi mirando también a un valle. Un gran valle con
un lago. Un valle triste, frío y desolado en el que suelen estar
asentadas un montón de espesas nubes. Allí estaba ahora
él. Solo. Tan amigo de todos y ¡tan solo!
Aquellos tiempos de Miravalles jamás volverían. Ni aquellos
tiempos, ni aquel chico de risa burlona que tanta cara le había
plantado a la vida para que luego ella le diera la espalda. Saqué
un pañuelo del bolsillo, comencé a secarme las lágrimas,
y me fui.
Pasarían otros veinte años, o quizá cuarenta, o quizá
mil. A pesar de haber sido tan feliz en Miravalles, sentía una
pena inmensa volviendo allí.


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