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No he tenido que
asomarme a la ventana para saber que llueve, porque la humedad se ha colado
debajo de las sábanas, al mismo tiempo en que he sentido que una
punzada de dolor me atravesara el centro del pecho. No estaba dormida.
Todas las noches antes de acostarme me pongo un pijama de seda, dejo un
vaso de leche en la mesilla y leo un rato cualquier cosa, mientras llega
el sueño. Luego apago la luz con miedo, porque en cuanto consigo
enhebrar unos minutos de sueño ligero, me despierto angustiada
con este dolor. Creo que voy a morir porque el dolor irradia por el brazo
izquierdo y se me paraliza ese mismo lado de la cara.
Puede que sea la humedad lo que me hace daño en el pecho. Aquí
llueve siempre, todos los días; si no llueve por la mañana
lo hace por la tarde y a veces, si no ha llovido por el día, la
lluvia cae sobre las calles de madrugada, como un ratero en la oscuridad.
Aunque si este dolor no fuera por la humedad y muero ahora mismo, nadie
sabrá de mi muerte hasta dentro de varios días. Al ver que
no he ido a trabajar, llamarán desde el banco a media mañana
y volverán a hacerlo al día siguiente. El jueves me llamará
también Marcelo y después hablará con el banco y
cuando le digan que no he ido, todos empezarán a preocuparse, mandarán
a alguien que vendrá y tirará la puerta abajo y me encontrará
muerta.
Por la ventana veo la oscuridad, no importa que sea de día o de
noche, parece que hay telarañas en el aire. Incluso a pleno día
es como si fuera la última luz y estuviera a punto de agotarse
para siempre. El cielo está tan bajo que puede tocarse con las
manos. ¿Cómo es el cielo que ves en Buenos Aires, Marcelo?
Eres un egoísta y te arrepentirás cuando veas que me he
muerto. Te lo dije, no me importa que las cosas estén mal por allí.
Pero tú te empeñas en que me quede aquí hasta que
lo tengas todo organizado. Organizado para ti, gran egoísta.
Me ahogo y voy al baño. A mi paso enciendo todas las luces de la
casa. Me veo en el espejo. Estoy demasiado pálida. El silencio
parece perturbado por un sonido lejano, tal vez un aparato eléctrico
en otro piso. Algún vecino puede andar despierto a estas horas.
Si me siento peor podría pedir ayuda, pero salgo al descansillo
de la escalera y todo está oscuro y hace mucho frío. Las
otras puertas están cerradas y silenciosas como lápidas.
Alguno de los vecinos puede andar muriéndose también ahora
mismo. Son todos viejos y muchos viven solos. Están decrépitos.
Me los suelo encontrar en el ascensor, que es tan viejo como ellos. Van
y vienen con bolsas del supermercado, los abrigos ajados y miserables
llenos de lluvia, arrastrando los pies por el suelo. Son malhumorados
y huraños. Protestan por todo. Es probable que se alegren de mi
muerte, porque mientras yo me pudro, ellos podrían seguir oyendo
sus transistores, y dejando los dientes en el vaso unos meses, unos días,
o unas horas más.
En el reloj de la pared apenas han pasado unos minutos y a mí me
parece que han pasado horas. Voy hasta la cocina para prepararme una infusión
de valeriana y siento el dolor pesando en el pecho, mientras espero a
que hierba el agua, sentada en una banqueta con los pies descalzos sobre
las baldosas del suelo, con la esperanza de que el frío me dé
sueño. La lámpara fluorescente suena como una chicharra
y hay grasa incrustada entre las ranuras de los azulejos muy blancos.
En Buenos Aires será ya última hora de la tarde y puedo
llamar a Marcelo, que ya habrá salido del trabajo y estará
en el apartamento. El agua al hervir tiene un olor de termo infantil que
me recuerda el olor de la cocina de mi madre. ¿Y si le llamo por
sorpresa y resulta que contesta una voz de mujer? Regreso al salón,
mientras la valeriana se enfría en la cocina y me duele más
el pecho cuando cojo el aparato y marco su número. Escucho el timbre
del teléfono llamar una y otra vez. Imagino el sonido de esos mismos
timbrazos en el apartamento que todavía no conozco. Los timbrazos
llegan hasta el balcón abierto con las cortinas agitadas por el
aire, ruedan por el suelo de terrazo en el que se proyecta la luz crepuscular
del verano de Buenos Aires, y se sobreponen al ruido de transito de la
calle. Nadie responde.
Enciendo la televisión y la miro, sentada en el sofá, hasta
que tengo mucho frío. Entonces apago las luces y regreso a la habitación.
Cuando me acuesto, me enrosco en el edredón de plumas que es como
un capullo de mariposa. Las gotas de lluvia golpean monótonas en
el alféizar, y miro el tenue rectángulo de luz anaranjada,
que marca el espacio vacío de la ventana, cuando decido que no
voy a darles el gusto de morirme.
El edredón es una nube blanca. De pequeña me gustaba imaginar
que dormía sobre las nubes, que me parecían de algodón,
porque yo era una niña que podía volar. A veces volaba de
nube a nube y otras veces volaba lejos. Debajo, la tierra y el mar eran
témperas rosas y verdes, como los mapas del colegio y como las
ilustraciones de los cuentos. ¿Y aquellas calcomanías pegadas
en el armario de mi dormitorio? Creo que eran osos y conejos. Mi padre
se sentaba en el borde la cama con la luz apagada y me contaba un cuento
para que me durmiese. Por la puerta abierta del dormitorio entraba la
luz amarilla de la cocina, donde se oía a mi madre recoger los
cacharros de la cena. Pinocho es un niño que se ha perdido y se
cae a un río muy ancho de agua azul, pero como Pinocho es de madera,
flota sobre el agua igual que un barquito y no le pasa nada. La silueta
oscura de mi padre sobre la luz de la cocina y su voz contando todas las
noches el mismo cuento, porque a mí era el que más me gustaba.
Mi padre y aquel cuento. Casi no lo recordaba. Inesperadamente unas lágrimas
grandes y calientes preludian un llanto atrasado. ¿Cuánto
hace? Mucho tiempo... no sé cuándo dejé de poder
fiarme de los cuentos.
Lloro y el dolor se deshace, mientras me deslizo hacia un breve sueño
sin conciencia del que sacuden, al poco rato, las noticias del radio despertador;
y cuando me levanto, por la ventana empieza ya a amanecer y las calles
se están secando. En la cocina está, ya fría, la
taza de valeriana.


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