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Un buen día,
hace ya bastante tiempo, estaba en un restaurante sumido en mis pensamientos,
cuando noté que alguien se acercaba. Al levantar la vista me encontré
con una niña, casi una mujer, pidiéndome un autógrafo.
Su juventud llamó poderosamente mi atención. ¿Cómo
podía conocer mis obras? ¿Cómo podían expresar
esos enormes ojos tanta admiración, si por la edad que aparentaba
tendría que estar leyendo colorines y tebeos? Al preguntarle cual
de mis libros llamó su atención, me dejó asombrado,
pues aseguró conocerlos casi todos. Era alta, delgada, guapa moza,
pero sobre todo, repito, en aquellos ojos y en aquella mirada había
tanta admiración, que he de reconocer que me impactó. Por
la noche, cuando me metí en la cama, supe que había estado
toda la tarde pensando en aquella niñamujer o mujerniña.
Si le gustaban mis libros, no debía ser tan niña. ¿Qué
edad podía tener? ¿Cómo se llamaría? ¿La
volvería a ver? Continué haciéndome preguntas y más
preguntas que lógicamente no tenían respuesta.
Fui al mismo restaurante día tras día sin querer reconocer
mi deseo de encontrarla. ¿Cuántos autógrafos me habían
pedido en el transcurso de los años mujeres guapas, menos guapas
o guapísimas, sin que se alterara nada dentro de mí?
Yo, con mis cuarenta tacos a cuestas, me estaba empezando a obsesionar
y no lo podía permitir. Me costaba escribir, me volví irascible
y mis amigos no me soportaban. La impotencia me estaba trastornando. ¿Cómo
podía pasarme esto a mí, mujeriego y pendón donde
los hubiera? Iba por la calle buscándola, y cuando entraba en cualquier
lugar inspeccionaba cada rincón. A más de una llegué
a seguir, creyendo que era ella.
Una noche me fui a un concierto convencido que allí lograría
olvidarme de todo pues normalmente la música clásica lograba
amansarme y el programa era bueno: R. Strauss y C. Debussy. Nada más
sentarme en la butaca mi subconsciente me traicionó y me vi fijándome
en cada fila, en cada palco. Cuando empezó la orquesta, sentí
que mi pulso se paraba. La que tocaba el oboe tenía que ser ella,
¡era ella, seguro! Mi vista no me podía estar haciendo una
trastada, pero vaya si me la hizo, se parecía, sí, se parecía
mucho, pero mi niñamujer era mucho más morena. Mi excitación
fue tal que me salí. Aquello tenía que terminar. ¡Tenía
que terminar de una vez! Como decía Nietsche: Llegamos a
amar nuestro deseo y no al objeto de ese deseo, y eso me estaba
ocurriendo a mí. Ya no sabía ni discernir.
Pasó tiempo, y él, que tiene ese poder, poco a poco fue
convirtiendo mi obsesión en recuerdo, recuerdo que volvía
ineludiblemente cuando menos lo esperaba ¿Qué sería
de ella? ¿Qué le habría deparado la vida? ¿Por
qué nunca más volví a verla? Tantas y tantas preguntas,
que como siempre seguían sin respuesta. Lo único cierto
es que ya debía ser toda una mujer. Seguí escribiendo y
el tiempo siguió su curso, la desazón aún regía
mi pluma.
Hace un mes escaso me dije a mí mismo que necesitaba un cambio
urgente. Siempre había albergado la idea de, alguna vez, vivir
en un ático frente al mar, con una gran terraza, con ventanales
enormes, lleno de luz, donde poder disfrutar de la vista, de las puestas
de sol y del cielo azul. Necesito paz, tranquilidad. Necesito pararme.
Necesito oír el silencio. Necesito sentir el tiempo. Necesito recomponer
este caos que hay dentro de mí.
Por una vez actué en consecuencia e hice las gestiones oportunas
con una diligencia que a mí mismo me asombró. Quiero ese
ático, ¡ya!
Una semana después me llaman de la inmobiliaria. Creen que han
encontrado lo que estoy buscando. Cuando por fin vamos a verlo, me informan
de que en ese momento está aún ocupado, pero que en un par
de días quedará libre. Eso me molesta y casi doy la vuelta,
pero sigo. Cuando se abre la puerta me encuentro frente a frente a mi
niñamujer. Tiene una niña en brazos y otra cogida de su
falda.


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