|
Yo soy la carta
que no te llegó; yo soy la carta que nunca fue entregada. Él
se enamoró de ti hace muchos años, cuando sólo erais
unos adolescentes que iban al instituto. Había visto tu pelo de
fuego y esa sonrisa que te iluminaba la cara. Te conoció gracias
a un amigo común, y entonces descubrió la fuerza con la
que reías y el acero de tus respuestas. Te quiso desde aquel momento.
Pero le gustabas tanto que se cohibía mucho en tu presencia, nunca
resultaba tan brillante como él sabía que era; y en tu manera
de portarte, intuía que no le encontrabas atractivo. Además,
tenías novio, así que nunca se atrevió a decirte
nada. Le apreciabas, eso sí; pero le tratabas como a un amigo débil,
con el que hay que tener delicadeza, aunque él sabía que
si le hubieras conocido realmente, te habría gustado.
Cuando acabó el instituto y empezasteis la misma carrera, se recorría
todas las mañanas media ciudad para reunirse contigo en la parada
del autobús, fingiendo que también a él le venía
bien. Hablaba mucho contigo, te contaba chistes y anécdotas para
hacerte reír, aunque sabía que lo hacía con ese tono
deseoso de agradar, que automáticamente hace que las mujeres no
se fijen en los hombres. Te ayudó con tus clases de Lengua, a él
se le daban maravillosamente, y se moría por pasar más tiempo
contigo. Pasasteis los cursos yendo juntos a casi todas las asignaturas.
Pero en tercero te cambiaste de Universidad, y quisiste quedar con él
para darle un regalo de despedida, un regalo a tu buen amigo y compañero
desde el instituto, que te había ayudado con tus clases y se había
venido contigo todos los días en el autobús. Él supo
que era su última oportunidad de decirte que te quería,
aunque estaba seguro de que no ibas a corresponderle. Temía no
ser capaz de decírtelo en persona, así que me escribió
a mí.
Nací de unos folios en blanco y un bolígrafo azul. Me alumbró
por la noche, después de dar un paseo y de ver tu cara y tu pelo
en las columnas de agua de una fuente con luces rojas y amarillas. Entonces
volvió a casa y volcó todo lo que llevaba dentro. Cómo
adoraba tu melena rojiza, cómo le retumbaba el corazón cuando
estabas cerca, cuánto deseaba ver en tus ojos que le encontrabas
tan atractivo como él a ti.
Se reunió aquella tarde contigo, hace tantos años. Me llevaba
en el bolsillo, bien doblada, metida dentro de un sobre. Pero tú
le dijiste que habías roto con tu novio, y que habías empezado
con otro, un chico muy interesante y que te gustaba mucho. Él te
escuchó, muy quieto; cogió tu regalo sin decir nada, sonrió
y se despidió de ti, deseándote lo mejor. Yo continuaba
en su bolsillo. Después, me guardó en un cajón.
De vez en cuando te llamaba por teléfono para saber qué
tal estabas, pero siempre llamaba él; y cuando por fin terminasteis
la carrera, le dijiste que te marchabas al extranjero, que te ibas con
tu novio, que era de Brasil. Él entonces me sacó, y escribió
en mí cuánto te echaba de menos, cuántas ganas tenía
de correr a tu casa para verte y besarte, cómo lamentaba no poder
perderte, porque jamás te había tenido. Crecí, y
esta vez no sólo con el papel y el bolígrafo azul, porque
en mis hojas se mezclaron sus lágrimas con la tinta, hasta darme
un color como ninguna otra carta tuvo antes.
Los años pasaron. El instituto y la facultad quedaron lejos; los
trabajos marcaron el ritmo del tiempo. Yo quedé guardada en el
cajón, pero de vez en cuando volvía a cogerme, y así
continué creciendo, ahora con menos fuerza, con más calma.
Él te añoraba, miraba fotos tuyas; un día, muy contento,
escribió que una amiga le había dado noticias de ti. Se
enamoró varias veces, pero el sentimiento nunca fue tan fuerte
como aquel que tuvo contigo; nunca volvió a ver la cara de una
mujer en una fuente, ni se recorrió media ciudad para coger un
autobús que le venía mal. Entonces, cuando yo llevaba ya
varios años en el cajón, se enteró de que volvías.
Él tenía algunas canas, y había creído que
el sentimiento se había transformado en un dulce dolor, viejo y
apagado. Pero ahora el corazón le latía otra vez con prisa;
quiso verte, y te llamó fingiendo ser el amigo de años atrás
que se acordaba de ti y sentía curiosidad por saber cómo
te iba. Tú te alegraste de escuchar su voz, te reíste de
sus bromas y quedaste con él. Esta vez estaba dispuesto a entregarme,
sólo para que lo supieras, sólo para que no te fueras otra
vez mirándole de la forma en la que lo hiciste años atrás,
como a ese amigo débil al que hay que proteger, y que nunca te
atraería. Yo era ahora mucho más grande, y tuvo que guardarme
en un sobre mayor. Cuando te vio te encontró preciosa, más
aún que cuando eras una adolescente, porque ahora tu pelo y tu
sonrisa tenían talladas las experiencias que habías querido
vivir; y por un momento fue como si el tiempo no hubiera pasado. Recordasteis
los viajes en autobús, las clases de Lengua en tu casa; os reísteis,
y finalmente te preguntó por tu regreso. Le dijiste que habías
venido a llevarte a tus padres, porque te ibas a casar en Brasil. Él
calló, muy quieto; se obligó a sonreír, y te dio
la enhorabuena. La mano que se había deslizado en el bolsillo me
soltó, y supe que no me sacaría. Os despedisteis, pero algo
en su forma de actuar hizo que le miraras de un modo diferente; quizá
con algo de interés, al ver las lecciones que también él
llevaba en el rostro, o quizá porque esta vez no te había
hablado con ese tono deseoso de agradar, que tan inseguro le hacía
parecer. Pero te ibas a casar; así que le diste un beso, te fuiste
y no pensaste más en él.
Cuando volvió a casa, me sacó. Me agarró como si
fuera a romperme, pero entonces se acordó de cómo le habías
mirado. Me leyó una vez más, cogió un bolígrafo
azul y escribió de nuevo. Ahora vuelvo a crecer, y otra vez estoy
guardada en un cajón, esperando a que vuelvas. Quizá nunca
me entregue, quizá nunca me leas. Pero quién sabe.


|