Leí el diario de un extraño (2003)

Carta de amor

Jose Carlos Castellanos Rabadán

Yo soy la carta que no te llegó; yo soy la carta que nunca fue entregada. Él se enamoró de ti hace muchos años, cuando sólo erais unos adolescentes que iban al instituto. Había visto tu pelo de fuego y esa sonrisa que te iluminaba la cara. Te conoció gracias a un amigo común, y entonces descubrió la fuerza con la que reías y el acero de tus respuestas. Te quiso desde aquel momento. Pero le gustabas tanto que se cohibía mucho en tu presencia, nunca resultaba tan brillante como él sabía que era; y en tu manera de portarte, intuía que no le encontrabas atractivo. Además, tenías novio, así que nunca se atrevió a decirte nada. Le apreciabas, eso sí; pero le tratabas como a un amigo débil, con el que hay que tener delicadeza, aunque él sabía que si le hubieras conocido realmente, te habría gustado.
Cuando acabó el instituto y empezasteis la misma carrera, se recorría todas las mañanas media ciudad para reunirse contigo en la parada del autobús, fingiendo que también a él le venía bien. Hablaba mucho contigo, te contaba chistes y anécdotas para hacerte reír, aunque sabía que lo hacía con ese tono deseoso de agradar, que automáticamente hace que las mujeres no se fijen en los hombres. Te ayudó con tus clases de Lengua, a él se le daban maravillosamente, y se moría por pasar más tiempo contigo. Pasasteis los cursos yendo juntos a casi todas las asignaturas. Pero en tercero te cambiaste de Universidad, y quisiste quedar con él para darle un regalo de despedida, un regalo a tu buen amigo y compañero desde el instituto, que te había ayudado con tus clases y se había venido contigo todos los días en el autobús. Él supo que era su última oportunidad de decirte que te quería, aunque estaba seguro de que no ibas a corresponderle. Temía no ser capaz de decírtelo en persona, así que me escribió a mí.
Nací de unos folios en blanco y un bolígrafo azul. Me alumbró por la noche, después de dar un paseo y de ver tu cara y tu pelo en las columnas de agua de una fuente con luces rojas y amarillas. Entonces volvió a casa y volcó todo lo que llevaba dentro. Cómo adoraba tu melena rojiza, cómo le retumbaba el corazón cuando estabas cerca, cuánto deseaba ver en tus ojos que le encontrabas tan atractivo como él a ti.
Se reunió aquella tarde contigo, hace tantos años. Me llevaba en el bolsillo, bien doblada, metida dentro de un sobre. Pero tú le dijiste que habías roto con tu novio, y que habías empezado con otro, un chico muy interesante y que te gustaba mucho. Él te escuchó, muy quieto; cogió tu regalo sin decir nada, sonrió y se despidió de ti, deseándote lo mejor. Yo continuaba en su bolsillo. Después, me guardó en un cajón.
De vez en cuando te llamaba por teléfono para saber qué tal estabas, pero siempre llamaba él; y cuando por fin terminasteis la carrera, le dijiste que te marchabas al extranjero, que te ibas con tu novio, que era de Brasil. Él entonces me sacó, y escribió en mí cuánto te echaba de menos, cuántas ganas tenía de correr a tu casa para verte y besarte, cómo lamentaba no poder perderte, porque jamás te había tenido. Crecí, y esta vez no sólo con el papel y el bolígrafo azul, porque en mis hojas se mezclaron sus lágrimas con la tinta, hasta darme un color como ninguna otra carta tuvo antes.
Los años pasaron. El instituto y la facultad quedaron lejos; los trabajos marcaron el ritmo del tiempo. Yo quedé guardada en el cajón, pero de vez en cuando volvía a cogerme, y así continué creciendo, ahora con menos fuerza, con más calma. Él te añoraba, miraba fotos tuyas; un día, muy contento, escribió que una amiga le había dado noticias de ti. Se enamoró varias veces, pero el sentimiento nunca fue tan fuerte como aquel que tuvo contigo; nunca volvió a ver la cara de una mujer en una fuente, ni se recorrió media ciudad para coger un autobús que le venía mal. Entonces, cuando yo llevaba ya varios años en el cajón, se enteró de que volvías. Él tenía algunas canas, y había creído que el sentimiento se había transformado en un dulce dolor, viejo y apagado. Pero ahora el corazón le latía otra vez con prisa; quiso verte, y te llamó fingiendo ser el amigo de años atrás que se acordaba de ti y sentía curiosidad por saber cómo te iba. Tú te alegraste de escuchar su voz, te reíste de sus bromas y quedaste con él. Esta vez estaba dispuesto a entregarme, sólo para que lo supieras, sólo para que no te fueras otra vez mirándole de la forma en la que lo hiciste años atrás, como a ese amigo débil al que hay que proteger, y que nunca te atraería. Yo era ahora mucho más grande, y tuvo que guardarme en un sobre mayor. Cuando te vio te encontró preciosa, más aún que cuando eras una adolescente, porque ahora tu pelo y tu sonrisa tenían talladas las experiencias que habías querido vivir; y por un momento fue como si el tiempo no hubiera pasado. Recordasteis los viajes en autobús, las clases de Lengua en tu casa; os reísteis, y finalmente te preguntó por tu regreso. Le dijiste que habías venido a llevarte a tus padres, porque te ibas a casar en Brasil. Él calló, muy quieto; se obligó a sonreír, y te dio la enhorabuena. La mano que se había deslizado en el bolsillo me soltó, y supe que no me sacaría. Os despedisteis, pero algo en su forma de actuar hizo que le miraras de un modo diferente; quizá con algo de interés, al ver las lecciones que también él llevaba en el rostro, o quizá porque esta vez no te había hablado con ese tono deseoso de agradar, que tan inseguro le hacía parecer. Pero te ibas a casar; así que le diste un beso, te fuiste y no pensaste más en él.
Cuando volvió a casa, me sacó. Me agarró como si fuera a romperme, pero entonces se acordó de cómo le habías mirado. Me leyó una vez más, cogió un bolígrafo azul y escribió de nuevo. Ahora vuelvo a crecer, y otra vez estoy guardada en un cajón, esperando a que vuelvas. Quizá nunca me entregue, quizá nunca me leas. Pero quién sabe.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro