Leí el diario de un extraño (2003)

La sonrisa de Mario

Rocío de Cominges

Mario era de sonrisa breve. Sólo un gesto, un instante hecho con la boca, casi imperceptible. Ni un ruido, ni siquiera el del aire al salir de entre sus labios. Reconozco que a mí nunca me importó ese amago de sonrisa. Mi marido era mucho más de lo que yo entonces hubiera esperado, y lo admiraba, sí, incluso más que a mi propio padre.
Él fue precisamente quien me lo presentó a pesar de ser quince años mayor, los dos habían entablado una cierta amistad frecuentando el mismo casino. Y no sólo compartían aficiones tales como el dominó o las tertulias taurinas, sino que resultaron ser muy afines tanto en hábitos como en manías. Yo entonces no conocía a Mario, pero sí el carácter de mi padre. Desde pequeña, él había intentado suplir la falta de una madre buscando sucedáneos a sueldo que por supuesto fracasaron. Así que podría decirse que nos habituamos a estar juntos.
Y un buen día, después de veintinueve largos años, apareció en casa con Mario. Hasta entonces muy pocos hombres habían traspasado aquella puerta (don Amando, el día que vino a dar la unción a mi madre; Juanín, el chico del reparto de la tienda de comestibles; y aquel pobre insensato, creo recordar que se llamaba Francisco, que tuvo la descabellada idea de pedir permiso a papá para visitarme). Al margen de eso, algunos pequeños escarceos sin importancia de los que salí bastante escarmentada. Por eso aquel mismo día, al verlos bromeando, supe que aquel hombre entraría en mi vida para siempre. No sé si a eso podría llamársele un flechazo, pero fuera lo que fuese, papá pareció adivinar mis pensamientos sin preocuparse mucho de si aquello tenía o no algo que ver con el cariño. Dieciocho meses bastaron para confirmar dos hechos que cambiarían mi vida, nuestro compromiso y el diagnóstico de la enfermedad de papá. Recordaré siempre nuestra última conversación, justo dos meses antes de la boda. Yo, sentada en el borde de su cama, él con la cabeza sumergida en la almohada, la cara convertida en un pellejo de piel pegado al hueso de su nariz y aquella mirada empañada. Estábamos en penumbra y en silencio, tan sólo podía oírse el ruido de su respiración entrecortada.
—Adela... —me dijo de pronto—. Mario cuidará de ti.
Lo dijo así, de corrido, manteniendo la vista al frente. Sonaba a sentencia, pero yo lo interpreté como una bendición.
En aquel momento sólo pude llorar. Recuerdo el sonido de mis sollozos. No volvió a decir nada, pero en su boca juro haber visto algo parecido a una sonrisa, o al menos un gesto de complacencia. Era como si tras haber dicho aquello, se sintiera tranquilo.
Sentí de verdad que no pudiera acompañarme al altar, con lo que hubiera disfrutado... Aquel día me sentía radiante. Todo era sencillo y todo me empujaba hacia la felicidad, la mía al fin y después de largos años. Durante aquellos días se habían celebrado varias bodas. Mi prima Blanca, mi amiga Marisol y hasta la sobrina del párroco, que era casi una niña, habían recorrido este mismo año el pasillo que pisaban ahora mis pies.
Sí, definitivamente Mario había sido lo mejor que yo hubiera esperado, y ahora era él quien me esperaba allí, en el altar, mirándome con aquella insinuada sonrisa. Esos ojos tan negros y brillantes y el bigote bien resuelto. Con su pelo peinado hacia atrás y trajeado como un príncipe. Aquel día, tal vez fuera yo quien sonriera por los dos, saludara por los dos y hasta me despidiera en nombre de ambos debido a la prisa que a Mario le entró por retirarse temprano. Pero él siempre había sido parco en palabras y algo inexpresivo, y yo, convertida ya en su mujer, podía entenderlo todo.
Después el hogar... A pesar de tratarse de mi misma casa, ¡qué diferente la veía ahora! Mario y yo habíamos pensado que, tras la muerte de mi padre, era una pena tener que cerrar aquella vivienda tan llena de recuerdos. Confieso que me esmeré renovando cortinas y colchas, retapizando el sillón de papá, y hasta coloqué aquel retrato de Mario encima de la consola. ¡Con cuanta satisfacción lo miraba!, era cierto que el pintor había conseguido plasmar esa expresión tan característica de mi marido.
Jamás como entonces disfruté tanto de cada rincón de la casa. Parecía mentira que se tratase de las mismas paredes que hasta la llegada de Mario, había aborrecido. Las que me habían acompañado durante muchos momentos de soledad. Ahora y una vez desterrados aquellas oscuras cortinas que tendrían al menos mi misma edad, las habitaciones habían crecido y la luz se paseaba por dentro. Estaba agradecida al hombre que me había rescatado, el mismo que me observaba sobre la consola, encerrado en aquel marco. Desde allí, un reflejo sobre el barniz desdibujaba su rostro, pero yo lo conocía de sobra.
Y entonces llegaron esos días en los que Mario trabajaba tantas horas en el despacho y esas tardes en las que se pasaba por el casino, para distraerse un poco y por aquello de las relaciones. Yo todo eso lo entendí muy bien desde el principio. Mario tenía razón en ese punto, y por ello le propuse en más de una ocasión recibir en casa. Andaba sobrada de tiempo y tenía buena mano en la cocina. Pero Mario, igual que papá, no era muy amigo de mezclar los asuntos del despacho con los de su casa.
De modo que fui habituándome a verle poco y aún menos a hablar con él. También me acostumbré a la luz y a los colores, y a las telas y a las cortinas. El sillón de Mario, el que antaño había pertenecido a mi padre, tenía de nuevo la tela de los brazos desgastada. No por él, sino por mí. Allí es donde me sentaba cada tarde, encarándome a aquel cuadro imperturbable que siempre me observaba.
No sé muy bien cuándo empecé, pero sí que desde aquel mismo momento no dejé de hacerlo. Jamás le conté nada a nadie; bueno, sí, confieso que papá también estaba al corriente, pero él no podía delatarme.
Empecé por hablarle un día de lo frescas que estaban las verduras esa mañana en el mercado y después aquello que me había comentado el farmacéutico para quitarle las jaquecas. Sí, también me acuerdo que nos reímos mucho de la manera en que la asistenta planchaba su ropa interior. Y lo serio que se puso cuando le dije que me hubiera gustado haber tenido un hijo..., ¡y eso que iba a llamarse como él! Yo sabía que Mario podía llegar a ser entrañable y aquellas conversaciones me permitieron constatarlo.
No titubeo al decir que esos años fueron los más felices, y no porque Mario cambiase sus hábitos para conmigo; en todo caso con el tiempo fueron acentuándose.
Pero mi secreto me permitió, muchos años después de su muerte, seguir conviviendo con un marido que me escuchaba, me miraba y también, a su modo, me sonreía.

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