Leí el diario de un extraño (2003)

Sólo un sueño

Antonio Dorado Vedia

¿Qué podría soñar un hombre cuando al despertar día tras día, año tras año, siempre encuentra frente a él la sombra oblicua de los barrotes cruzando la pared?
Hace tanto que me juré que ya no... y sin embargo, una vez más lo hago, una vez más me despierto tirado sobre el camastro y con la mirada perdida en esa pared de enfrente sueño que hoy ocurrirá algo distinto.
Pero no ocurre nada, nada. Y buscando algo nuevo en esa pared, a pesar de la poca luz que llega desde el ventanuco, me paro a observar las andanzas de una cucaracha que la cruza deprisa, e imagino que el muro blanquecino plagado de agujeros, desconchones, grietas profundas y arañazos, es en realidad la superficie de la Luna, y que ese bicho no es sino un pequeño vehículo en misión de reconocimiento.
Y cuando veo como el vehículo-cucaracha se esconde tras la puesta de sol del calendario sin hojas, me doy cuenta de que mi sueño ha terminado.
Ahora busco en otro lugar y me encuentro a una colega de la anterior descendiendo por la pata carcomida de la mesa y la observo cómo, una vez en el suelo, husmea inquieta entre la llaga de dos baldosas, intentando, lo más seguro, hacerse con los restos de algún manjar olvidado.
Me fijo en esas baldosas cuadradas del suelo e imagino una gran ciudad a vista de pájaro, con sus manzanas de casas y sus calles perfectamente alineadas y llenas de gentes que van y vienen.
Cuando ya me canso de ese universo de ciudades y paisajes lunares, me desperezo, me pongo de pie, y tan sólo utilizando dos pasos me planto bajo el ventanuco, y alzándome de puntillas intento ver la lluvia de otro otoño más chocando contra la fachada de piedra.
El agua de la lluvia se mezcla poco a poco con la herrumbre de los barrotes y se transforma en un líquido pardusco que, como si de una culebrilla inquieta se tratase, va saltando de ladrillo en ladrillo hasta morir en el suelo en forma de charco.
Como no alcanzo a verlo todo, estiro más el cuello y noto cómo me llega el olor a tierra mojada desde más allá del muro del patio. Entonces cierro los ojos e intento soñar con tierras verdes salpicadas de lagos de plata; con cielos adornados con montañas de nubes; con horizontes teñidos de rojo y unos pocos árboles centenarios colocados aquí y allá.
Pero como pasado un rato no lo consigo, me doy cuenta de que el manantial de mis fantasías podría estar vacío, y es entonces cuando me arrepiento mil veces de haber malgastado, en ocasiones con caprichosas y superfluas imágenes, aquella riqueza que una vez me fue dada. Ese es el momento en el que me entrego al recuerdo y a través de una diminuta hendidura penetro en la parte más oculta de mi cabeza donde a duras penas se sujetan las cada vez más exiguas vivencias anteriores; y cuando por fin lo logro, me aferro a ellas con más fuerza que a los barrotes de la ventana, intentando descubrir el porqué mi memoria me tiende una trampa y sólo me presta imágenes de mí como niño, hurtándome todas aquellas que más deseo rescatar.
En esa búsqueda de mis recuerdos siempre me veo solo en una gigantesca estancia cuyas paredes están repletas de estanterías plagadas de libros. Yo estoy sentado en el suelo leyendo, y en esas páginas espero encontrar la razón de lo que ahora soy, pero resulta curioso que siempre acabe ese sueño con el mismo libro abierto entre mis manos en una de cuyas páginas leo:
“¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo..?”
Y como me aterra pensar en lo que pude hacer, remuevo sucias imágenes inconexas, en la creencia de que el mal llama al mal, y sin darme cuenta vuelvo, en un bucle maldito a donde empecé y me pregunto de nuevo, con idéntico resultado:
“¿Qué delito cometí...?”
Y así voy pasando día tras día, año tras año, rodeado de los mismos sueños, de las mismas cosas; y cuando toca ir a dormir, aunque yo no duerma, siento cómo mis espaldas se cargan con una condena más cruel que la dictada por los jueces, y mientras la megafonía va carraspeando sus monótonas instrucciones y las pesadas puertas metálicas se van cerrando con un chirrido que conservo en mi cabeza hasta que el mismo chirrido las abre al amanecer, me encamino en soledad por el largo corredor hacia mi celda, y al ver como tras de mí se van apagando una a una todas las luces, pienso entonces que al igual que ellas y sin poder hacer nada, poco a poco se irán apagando también mis recuerdos; y ambas fuentes, imaginación y memoria, que todavía conservan parte de la humedad primitiva, quedarán resecas para siempre.
Y es una vez más, tumbado sobre mi camastro, cuando albergo la esperanza de que la puesta de sol del calendario sea un sueño que corresponde a otro, y del que yo tan sólo soy una pequeña parte.

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