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¿Qué
podría soñar un hombre cuando al despertar día tras
día, año tras año, siempre encuentra frente a él
la sombra oblicua de los barrotes cruzando la pared?
Hace tanto que me juré que ya no... y sin embargo, una vez más
lo hago, una vez más me despierto tirado sobre el camastro y con
la mirada perdida en esa pared de enfrente sueño que hoy ocurrirá
algo distinto.
Pero no ocurre nada, nada. Y buscando algo nuevo en esa pared, a pesar
de la poca luz que llega desde el ventanuco, me paro a observar las andanzas
de una cucaracha que la cruza deprisa, e imagino que el muro blanquecino
plagado de agujeros, desconchones, grietas profundas y arañazos,
es en realidad la superficie de la Luna, y que ese bicho no es sino un
pequeño vehículo en misión de reconocimiento.
Y cuando veo como el vehículo-cucaracha se esconde tras la puesta
de sol del calendario sin hojas, me doy cuenta de que mi sueño
ha terminado.
Ahora busco en otro lugar y me encuentro a una colega de la anterior descendiendo
por la pata carcomida de la mesa y la observo cómo, una vez en
el suelo, husmea inquieta entre la llaga de dos baldosas, intentando,
lo más seguro, hacerse con los restos de algún manjar olvidado.
Me fijo en esas baldosas cuadradas del suelo e imagino una gran ciudad
a vista de pájaro, con sus manzanas de casas y sus calles perfectamente
alineadas y llenas de gentes que van y vienen.
Cuando ya me canso de ese universo de ciudades y paisajes lunares, me
desperezo, me pongo de pie, y tan sólo utilizando dos pasos me
planto bajo el ventanuco, y alzándome de puntillas intento ver
la lluvia de otro otoño más chocando contra la fachada de
piedra.
El agua de la lluvia se mezcla poco a poco con la herrumbre de los barrotes
y se transforma en un líquido pardusco que, como si de una culebrilla
inquieta se tratase, va saltando de ladrillo en ladrillo hasta morir en
el suelo en forma de charco.
Como no alcanzo a verlo todo, estiro más el cuello y noto cómo
me llega el olor a tierra mojada desde más allá del muro
del patio. Entonces cierro los ojos e intento soñar con tierras
verdes salpicadas de lagos de plata; con cielos adornados con montañas
de nubes; con horizontes teñidos de rojo y unos pocos árboles
centenarios colocados aquí y allá.
Pero como pasado un rato no lo consigo, me doy cuenta de que el manantial
de mis fantasías podría estar vacío, y es entonces
cuando me arrepiento mil veces de haber malgastado, en ocasiones con caprichosas
y superfluas imágenes, aquella riqueza que una vez me fue dada.
Ese es el momento en el que me entrego al recuerdo y a través de
una diminuta hendidura penetro en la parte más oculta de mi cabeza
donde a duras penas se sujetan las cada vez más exiguas vivencias
anteriores; y cuando por fin lo logro, me aferro a ellas con más
fuerza que a los barrotes de la ventana, intentando descubrir el porqué
mi memoria me tiende una trampa y sólo me presta imágenes
de mí como niño, hurtándome todas aquellas que más
deseo rescatar.
En esa búsqueda de mis recuerdos siempre me veo solo en una gigantesca
estancia cuyas paredes están repletas de estanterías plagadas
de libros. Yo estoy sentado en el suelo leyendo, y en esas páginas
espero encontrar la razón de lo que ahora soy, pero resulta curioso
que siempre acabe ese sueño con el mismo libro abierto entre mis
manos en una de cuyas páginas leo:
¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo..?
Y como me aterra pensar en lo que pude hacer, remuevo sucias imágenes
inconexas, en la creencia de que el mal llama al mal, y sin darme cuenta
vuelvo, en un bucle maldito a donde empecé y me pregunto de nuevo,
con idéntico resultado:
¿Qué delito cometí...?
Y así voy pasando día tras día, año tras año,
rodeado de los mismos sueños, de las mismas cosas; y cuando toca
ir a dormir, aunque yo no duerma, siento cómo mis espaldas se cargan
con una condena más cruel que la dictada por los jueces, y mientras
la megafonía va carraspeando sus monótonas instrucciones
y las pesadas puertas metálicas se van cerrando con un chirrido
que conservo en mi cabeza hasta que el mismo chirrido las abre al amanecer,
me encamino en soledad por el largo corredor hacia mi celda, y al ver
como tras de mí se van apagando una a una todas las luces, pienso
entonces que al igual que ellas y sin poder hacer nada, poco a poco se
irán apagando también mis recuerdos; y ambas fuentes, imaginación
y memoria, que todavía conservan parte de la humedad primitiva,
quedarán resecas para siempre.
Y es una vez más, tumbado sobre mi camastro, cuando albergo la
esperanza de que la puesta de sol del calendario sea un sueño que
corresponde a otro, y del que yo tan sólo soy una pequeña
parte.


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