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Llegué
a tu casa pensando lo que siempre nunca las palabras alcanzan a decir.
Por ejemplo, pensaba yo, cómo ir diciendo la relación que
existe entre el olor del dafne después de una tarde de lluvia y
el aroma de la suave quebrada de dos pechos de una mujer saliendo desnuda
del lago. O bien cómo decir que en el cuello hueles a magnolia
que huele como durazno maduro pero no es precisamente eso, sino el hambre
y una dulzura medio salvaje como una siesta bajo un manzano o el roce
de la seda más recóndita en mi mejilla.
Y toqué el timbre pensando que esa manera tuya de decir hola es
algo más que eso porque hay detrás una pregunta o una esperanza
o simplemente ganas de que diga perdón, me equivoqué y chaíto.
Pero tampoco es eso, porque hay un leve roce de los ojos que dicen pasa,
te estaba esperando, y siento como un aura al entrar y me envuelvo en
ella como en una nube y te dejo pasar y con éstos mis ojos te busco
la nuca a través de la nube que se abre y ahí está
tu nuca, veo claramente el escorzo del cuello y bajo y toda ondulas hasta
que te sientas y algo dices, qué me importan las palabras, y me
siento frente a ti, dispuesto a todo y a mirarte.
Hablabas, creo, de tu último viaje a Panamá, y las palabras
se elevaban como burbujas transparentes, bailaban unos segundos en el
aire y luego se estrellaban y se deshacían contra el techo y las
sílabas caían como pedacitos de cristales sobre la alfombra.
Te miré sobre los ojos, justo en medio de la frente, y fui desviándome
lentamente hacia un lado. Me metí en tu pelo, enredándome
suavemente, te susurré en el oído con mis ojos (los tuyos
tiritaron) y con la misma yema de los ojos te fui perfilando: el pecho
izquierdo tomé como si fuera una taza, bajé por el costado,
la cintura, la cadera, seguí bajando y di gracias a Mary Quant
por haber existido y por la brevísima falda blanca de su regreso.
Llegué a tus muslos levemente cobrizos y ahí me quedé
un rato, como durmiendo sobre una parva de trigo.
Tu voz me sacó de esos dos soles morenos y voló mi mirada
y se puso a volar distraída por cualquier parte, como una mariposa
nocturna: los ceniceros de cristal, las figuras de porcelana, una reproducción
de Gauguin, un loro ecuatoriano de miga de pan, hasta que sentí
el resplandor, el foco, tu mirada, y decidí lanzarme a ella, suicida.
Ahí quedamos, agarrados de los ojos, tú diciéndome
todo este tiempo te esperaba, metiéndome yo en tus ojos, tú
en los míos diciendo sí, ya estoy dispuesta, sumergido yo
en tus ojos, de qué color son estos ojos, como el agua, como bajo
el agua cuando el sol dibuja sus rayitas, buceo dentro de ti, misteriosa,
submarina, y salgo a respirar a la superficie, salimos.
Recogí mi mirada y empecé a cargarla con todas mis fuerzas,
bien de adentro; le puse toda la potencia y la eché a gatear, a
reptar, a deslizarse sobre la alfombra hasta llegar a tu tobillo y lamerlo
como un cachorro; y sientes que ahora sube una lengua por tus pantorrilla,
tus rodillas redondeo, miro hacia arriba, y me levantas de los ojos, puro
silencio ahora, besándonos los ojos, la comisura de los labios
rozo, los labios que entreabres, asoma tu lengua y humedece, busca y entra,
voy por tu cuello como un caracol y suspiras, te acomodas en el sillón,
y vuelvo a tus rodillas, me arrodillo, dejo un rastro de saliva entre
tus muslos, un rastro espiral que va subiendo mientras aflojas las piernas
y con los ojos me agarras la cabeza, metes los dedos de los ojos entre
mi pelo y tiras, suspiras cuando bordeo la ingle, pego los labios en la
superficie húmeda sedosa de la tanga, sientes mi aliento caliente,
juega mi lengua en el borde, se desliza y entra, abre los labios, como
el mar salado eres salada y sabrosa, como el mar te vuelves ola y ola,
tus ojos se desenredan de mi nuca y levanto la cabeza y otra vez me dices
pasa, como al principio de esta historia.
Me estás mirando diferente escuché tu voz suavemente
profunda.
Estoy concentrado te dije, cállate.
Y apoyaste la cabeza en el respaldo del sillón, ¿estoy bien
así?, un poco más, te digo, y obediente abres las piernas,
me voy abriendo paso y entro: siento tus suspiros suaves en mi oído,
cada vez más a fondo entro, húmeda tibieza, ahora abre y
cierra las piernas con ese ritmo suave, apriétalo como quien ordeña,
ananga ranga, deja caer las sandalias y afirma los talones sobre la alfombra,
único punto de apoyo, levanta el pubis y gira, sube y ondula, empieza
a sentir mi contenida respiración jadeante en tu oreja, saco un
pecho de tu blusa y se desborda blanco, aprieto el pezón rozando
con mis ojos labios, lo dibujo con la lengua y chupo, suena tu queja en
mi oído más adentro, buscas mi cuello como loba en celo,
giras, dejas caer la mano floja sobre el pubis y sientes que mirando estoy
entrando y saliendo y entrando y tú hundes las uñas en mi
espalda, enredas tus piernas en mis piernas, lengua y oreja, lengua y
lengua, lengua y cuello, diente y hombro, suspiro y bramido, te va subiendo
la mezcla de la vida y la muerte al corazón que te galopa y también
yo siento que voy a estallar y caer al precipicio, viene el vértigo,
estamos agarrados de los ojos hasta las uñas cuando sentimos abrirse
la puerta, debe de ser tu hijo, debe de ser mi hijo, rápido salgo,
de una mirada te coloco la tanga, te acomodo la blusa y el pelo, te bajo
la falda, de una mirada me subes el cierre y me desalborotas los ojos,
con puras miradas colocamos todo en su lugar y saco la voz y te pregunto
cómo te ha ido en tu viaje.
La plata no alcanza para nada respondes.
Muevo la cabeza, triste.
Así pasa. Los pobres siempre nos quedamos con las ganas.


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