Leí el diario de un extraño (2003)

El ladrón de motos

David Gallego

Buenas noches. Antes que nada, quiero dar las gracias a todos los que no han venido, porque así no recordarán mi actuación en este espectáculo. Para los que tengáis la suerte de no conocerme, me llamo David y estoy enamorado de una moto. Seguro que no faltará, entre tan distinguido público, alguna mente cerrada que no entienda este sentimiento mío, puro como el oxígeno de Madrid, sin el que ya no podría ni respirar [tos]. En cualquier caso, siempre se ha dicho que todo depende del cristal con que se mira, y es totalmente cierto que el mío es de nueve dioptrías por cada ojo. Esta clarividencia, de la que, por modestia, no suelo hacer alardes, he de admitir que durante buena parte de mi vida me hizo desconfiar de los amores a primera vista. Pero aquel día fue distinto: acababa de levantarme, serían las tres de la tarde, y bajé corriendo a la calle para ver amanecer. Entonces la encontré: estaba allí, radiante como el submarino Tireless, jodiendo el paso en medio de una acera extrañamente en obras; recuerdo que pensé: ¡qué grande es el amor!, ¡ocupa el paso de cebra entero, la jodía moto! Y así, subyugado de romanticismo, consideré la posibilidad de esperar al dueño para arreglar un precio de venta; pero, sabedor de que el amor no se puede comprar con dinero, me dejé de hostias y la robé religiosamente, ¡que Dios se la pague!
Fueron días felices aquellos, en los que todo iba sobre ruedas, y, ajeno a las informaciones que amenazaban con la salida de un nuevo éxito de Manolo Escobar titulado “Mi moto me la robaron. ¿Ánde estará mi moto?”, iniciamos una relación amistosa que día a día logramos ir deteriorando hacia otra de amor en pareja. Y así como un hombre de baja estatura le aguanta la gracia a su novia de que lo llame “enano” o “nanito”, yo estaba tan enamorado que una tarde observé que la moto tenía un pequeño defecto de fabricación en el cuentarrevoluciones y empecé a llamarla “Tara”. La verdad es que me costó conquistarla. Cuando la invitaba a dar un paseo, Tara se hacía la dura y me respondía que ya estaba de vuelta de todo; y si, también por halagarla, me ponía lírico y le decía: “Estás como un tren”, entonces le entraba complejo de inferioridad. Era una moto difícil, qué duda cabe. Una noche le pregunté si creía que lo nuestro podía durar. “Mi vida es muy complicada”, me contestó, dándome largas con las luces. “Tú eres un hombre, yo una moto. Compréndelo, David: vivimos en mundos distintos.”
Así que no me quedó más remedio que resignarme a aceptar que Tara sólo quería matarme a polvos. Reconozco que, en ese terreno, era yo quien pisaba el freno. “Vas demasiado deprisa”, le decía cuando viajábamos por la autopista. Pero Tara insistía en que aquello sólo era sexo: “No voy a romperte el corazón”, me aseguraba. Y yo notaba que estaba a cien, se lo notaba en el velocímetro sobre todo, pero seguía resistiéndome: “No es el corazón, Tara; lo que me da miedo es romperme la crisma a la hostia a la que vamos.” Pero al final sucumbí. Aquella tarde yo quería ir a los Alphaville; Tara, siempre presta a subir mi autoestima de escritor, me dijo que a los Alphaville no, que hay que leer y es un coñazo, de manera que acabamos viendo una película doblada en un motocine. Yo también acabé doblado de una mala postura que cogí. Luego, cuando a la salida le comenté que me había parecido una película muy profunda, Tara consideró que, más bien, había personajes de gran penetración psicológica. Era imposible: las motos siempre pensando en lo mismo. Entonces me explicó que era muy fetichista, razón por la que le gustaba tanto que me pusiera el traje de cuero para conducir. “Aclárate, rica. ¿No querías follarme?, ¿me quedo vestido o en cueros?” No llegamos a casa. Desconcertado por los cambios de la revolución sexual, no sé qué cojones hacía yo sentado a horcajadas sobre Tara, pero ésta se calentó tanto al sentirme encima de ella que empezó a echar humo y se negó a avanzar un metro más. Por una cuestión de discreción, nos metimos en el asiento trasero de la primera grúa que pillamos y, ya sí, empezamos a desnudarnos. Estaba nervioso; raro en mí, hasta me temblaban las manos. Demasiado nervioso como para que se me levantara. “Piensa en Robert Redford”, me propuso. “Cuando yo tengo problemas de potencia, me acuerdo del hombre que susurraba a los caballos de vapor y enseguida se me pasa.” “Ya, pero yo soy un tío. A mí la que me pone es Celia Villalobos.” Tara puso cara de fiebre aftosa, pero aun así volvió a acariciarme. “Déjalo, no insistas”, terminé desistiendo. Por supuesto, le aseguré que era la primera vez que me pasaba algo así, de modo que no debía tomárselo como algo personal. Tara se ofendió. Me dijo que era un estrecho y yo le aseguré que lo único estrecho era la grúa, joder, que no había espacio suficiente para empalmarme. “Pues mal vamos si no se te levanta ni con grúa”, murmuró comprensivamente. Entonces, picado en mi orgullo masculino, la llevé a un parking 5 estrellas, nada de uno de esos aparcamientos sórdidos de carretera. Y una vez allí, de pronto, se ruborizó. “¿Tanto se me nota?”, me preguntó. “¿Tan caliente voy que en todas las plantas hay carteles que me llaman Salida?”. Lo cierto es que a mí me habría bastado pasar la noche abrazado a ella, pero ya digo que Tara estaba revolucionada, de modo que aceleró. Aceleró y sólo entonces me di cuenta de que no llevaba encima ningún preservativo. Tara se encabritó: estaba harta de los hombres, siempre pensando en las consecuencias; a lo que yo argumenté que ya estaba bastante calvo y lo sentía mucho, pero me negaba a hacerlo a pelo. Además, ¿y si se me pegaba algo de Manolo Escobar? Entonces sí, en un acto que Tara interpretó como un gesto de amor sin precedentes, apliqué el viejo método anticonceptivo de bajarme en marcha y me arreé un bofetón que no sé a qué genio se le ocurrió ponderar como de alivio, con el cuerpo jota que se me quedó. Tara, llevada por una pasión incombustible de gasolina, me correspondió estampándose contra una pared y fue en ese mágico instante, al ver sus tornillos por el aire, cuando comprendí que nuestra relación acababa de dar una vuelta de tuerca.
En efecto, tras recuperarnos del golpe y abandonar hospital y taller respectivamente, comencé a apreciar un cambio de actitud en Tara. “¿Es un anillo?”, me preguntó una noche con el faro encandilado cuando por fin me animé a sacar una caja del tamaño de un violín. “No, tarada mía, ya que vamos a esposarnos en matrimonio, ¿qué mejor que regalarte una cadena antirrobo como símbolo de nuestro amor libre y sin ataduras?” La felicidad se instaló en nuestras vidas: Tara leía mis novelas rosa y siempre se excitaba cuando llegaba a las descripciones de las mujeres de “curvas peligrosas”. Por mi parte, me había comprado un kamasutra para motos, con ilustraciones de todos los ángulos de las luces de posición. Así hasta que llegó el ansiado día. Reconozco que cuando la vi en el altar, me asustó su palidez. ¿Se estaría arrepintiendo y encendía las luces blancas en señal de marcha atrás? Pero no: mi moto seguía arruinada de amor y la ceremonia transcurrió sin novedad hasta que el cura nos señaló nuestro deber, en adelante, de compartir el hogar. Que yo contesté: “A la fuerza ahorcan. Con lo sencillito que está aparcar en Madrid, como para no meterme la moto en casa”. El cura valoró entonces las soluciones que el alcalde da al problema del tráfico, para concluir que tampoco hay que pedirle peras al Manzano. “Ni olmo que cien años dure”, deseé mientras le colocaba la cadena antirrobo a Tara.
Por lo demás, apenas conservo imágenes de la celebración. Sólo sé que bebí mucho y que al final no podía conducir. “Tranquilo”, me dijo Tara, “yo controlo”. “Pues ahí está la cosa: que se supone que son las personas las que deben llevar el control sobre la máquina”. Pero Tara me reprochó que no confiara en ella, así que le acaricié el manillar izquierdo, para apoyarme en algo más que nada, me senté encima de ella como pude, arranqué con un pedal del catorce... y tuvimos que estrellarnos de nuevo para comprender definitivamente que el amor es ciego. Desde entonces han pasado seis meses, es Navidad y cada vez que me mandan un crisma me acuerdo de cuando me rompí la mía en el parking. Vuelvo la vista atrás y la echo de menos. Me pregunto si también Tara sentirá nostalgia cuando se acuerde de mí en el desguace, si es que aún puede mirar por algún retrovisor.Para ver la interpretación de ésta y otras actuaciones, consultar el apartado de Vídeos perteneciente al sitio web del II Aniversario de la Lista del Taller de Escritura:
http://www.voxel.es/sitio_Taller/aniversario_completo.htm

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro