Leí el diario de un extraño (2003)

Cómo hacer tarta de manzana

Miriam Gómez Martínez

Había cambiado el tiempo y no encontraba el jersey azul. No estaba en el armario ni en el altillo, y en los cajones no había más que ropa de verano. El jersey estaba en alguna parte y Mónica sabría dónde buscar, pensé, puede que en aquella maleta. Pero Mónica seguía durmiendo con el pelo en la cara. Tiré al suelo las sábanas y la colcha y se quejó de que en la habitación hacía frío. “Ya lo sé”, le dije. Bostezó y se dio la vuelta. Pero yo necesitaba el jersey, así que la levanté un poco el camisón azul por detrás y ella gruñó y se quitó el pelo de la cara bostezando. Me senté en el colchón... creo que conmovido y luego tal vez la abracé por detrás. “Despierta”, dije; me acababa de duchar y la toalla estaba dejando una mancha gris en el colchón. “Tres de azúcar, anda... Es pronto, ¿no?” La bandeja estaba en la mesilla. Al mirar su boca abierta pensé en tarta de manzana, en que antes solíamos hacer muchas, en el manzano del jardín. Mónica decía que las calorías de manzana no hacían michelines. “La tarta de manzana no cansa”, me dijo el primer día, aún lo recuerdo. En la mesilla de la cama estaba la bandeja con los bollos y el café. Se reía. Acababa de tirar el azúcar y había polvo blanco por nuestra moqueta nueva. “Tres de azúcar, anda”. Soltó una carcajada y me llamó ñoño. Empezó a dar saltos encima de la cama. “¿Llegaré al techo?”, dijo. Seguiría alborotando con aquella risa tonta, yo lo sabía. Respiraba muy rápido y parecía ahogarse en cualquier momento. Yo la miré como siempre, miré el azúcar de la moqueta y quise ir a la cocina a por un bote de Mahou. Tenía frío y quería mi jersey, pero ella estaba nerviosa y la mancha de la toalla era enorme y... me levanté... Recordaba que la maleta era de algo parecido a la madera y era pesada, así que no podía andar lejos. “Voy a hacer tostadas”, le dije. No era el momento de preguntarle, pero el azúcar seguía en el suelo y ella seguía saltando. Se la estrellaría en la cara, la maleta. Di un portazo y arrastré las zapatillas por la moqueta del salón hasta hacer aquel sonido agudo, como de limarse las uñas. Ya había untado la mantequilla a las rebanadas cuando ella chilló “imbécil” desde el sofá. Estaba tan enfadado que pensé en que no querría ver quién saltaba más alto ni besarla sabiendo a manzana nunca más; pero el recuerdo de la mermelada por sus labios y luego devorarla despacio, como si su boca fuera una tarta recién hecha, hizo que la deseara y que quisiera una cerveza. Ella chillaba algo del dinero y había puesto el canal de telecompra a todo volumen. “Todo el bloque nos va a oír, bájalo, por favor”, dije despacio desde la puerta. Se retorcía las manos pero me dijo que la dejara en paz. Llevaba la bata desabrochada. En el canal anunciaban colchones anatómicos y ella abría mucho la boca. “Joder, cállate”, me dijo. “Baja eso”, dije yo más alto. Mónica tosió un par de veces y se restregó los ojos, luego miró hacia el ventanuco del salón. “Hay que limpiar los cristales”, dijo, y desvió los ojos al techo. Olía a quemado. Dejé de mirar su bata abierta y recordé las dos tostadas de la cocina. Quería mi jersey azul. Mónica solía meter toda la ropa de invierno dentro porque era grande, estaba seguro. “Eres un inútil”, me gritó al ver las tostadas quemadas. Yo me di la vuelta y fui a la cocina a por cerveza. Recuerdo que entonces, desde la puerta, le pregunté por primera vez. “¿Dónde anda la maleta de invierno? Ya hace frío y quiero el jersey azul”. Volví con la cerveza y estaba callada, mirando otra vez por la ventana sucia del salón. “¿De qué hablas? No hay ninguna maleta de invierno”, dijo tosiendo otra vez. Bebí de un sorbo la mitad de la lata y me senté a su lado en el sofá. Entonces no me extrañó mucho que la maleta más grande de la casa con toda nuestra ropa hubiera desaparecido. Mónica dejaba los trastos y las colillas olvidados en cualquier parte. No importaba que en casa no hubiera mucha luz desde que no limpiábamos las ventanas. Ella no recordaba, pero en la tienda dijeron que era para guardar algo de valor, y tiene varias cerraduras a cada lado, y antes Mónica llevaba siempre la llave maestra colgada en su cadena... Continuaba tosiendo y yo le miraba el cuello. “No aguanto este polvo”, dijo; y dio un trago a la cerveza. Luego se limpió la boca de un palmotazo. “Podíamos hacer tarta de manzana”, dijo de repente. Se retorcía las manos. Yo la miré sin saber qué decir y eructé. “¿Viste el jardín?”. Ella puso el canal de documentales y subió el volumen. “No”, murmuró. “Se helaron las golden”, dije mirando los delfines del televisor. Llegaba ya tarde al trabajo. Mónica tosió entonces, “ya”. El sonido estaba demasiado alto y el chillido de los delfines me desgarraba como si tuviera uñas. Cerré los ojos y apreté la cerveza en la mano izquierda. “Baja eso de una puta vez”. Bajó el volumen con el mando; luego miró otra vez a la ventana, suspiró mucho tiempo y me preguntó qué hora era. Muy deprisa. Miré el reloj y después la miré a ella; tenía ojeras y se mordía los labios. “Más de las siete”, le dije mientras la acariciaba el pelo. Llegaría muy tarde. “Si quieres voy a la panadería a por tarta”. Acerqué mi boca a su cuello para besarlo y ella siguió mirando a la ventana y cerró un poco los ojos. Yo sólo rocé su mejilla con la nariz, como si olfateara una manzana. Recuerdo que sus ojos olían a césped mojado, que su bata estaba abierta y que tenía ojeras. Entonces la ventana de la cocina se abrió sola y volvió el olor a tostadas quemadas. De repente hacía otra vez frío. “Intenta recordar”, dije acariciándola el hombro, “¿donde está la maleta de invierno?”. “¿Qué?”, dijo con voz ronca; bebió de mi cerveza otro trago y se apartó; luego miró otra vez al techo y levantándose del sillón fue a nuestro cuarto arrastrando las zapatillas. Cerró la puerta. “La maleta, joder, busca la maleta”, grité. “Esta casa es un congelador”. Creo que puse el canal de deportes y quité el volumen, el baloncesto es mejor sin volumen. Pero oía sus zapatillas arrastradas por el dormitorio con aquel raspar como de lima de uñas y el sonido de su tos no me dejaba en paz. En aquel momento también le abría estampado la jodida maleta en la cabeza, pero antes de acabar el primer tiempo ella estaba allí con el abrigo negro de paño abrochado y se peinaba el pelo con los dedos en la ventana del salón. Me recordó la noche en la puerta de Siroco con aquel vestido tan poca cosa cuando le pregunté si quería mi abrigo. “Me encanta comer tarta de manzana antes de dormir”, dijo la primera vez que fue a mi habitación. Y yo juré prepararle cada noche una pequeña y ese día la comimos muy despacio al besarnos, todavía caliente. Aquello también quedaba lejos. Bebí el último trago de la lata y eructé para ver si ella miraba. Pero volvió a la habitación y escuché otra vez algo como los ruidos de sus zapatillas arrastrándose. Apareció en la puerta y tosió bajo. Con la maleta entre las piernas. La arrastró por todo el salón hasta el vestíbulo. Sí que era pesada, porque rozó la moqueta como un cristal roto y Mónica respiraba muy fuerte. Y se mordía los labios. Y la apretaba con fuerza. “Sácame el jersey azul”, le dije. Ella apretaba la maleta entre las piernas y le temblaban las rodillas. “Ya sabes cuál es la jodida maleta de invierno”, grité. La segunda parte del partido acababa de empezar. “Deja que te abra la ventana”, me dijo despacio. Lo hizo y miró un momento el manzano del jardín tosiendo de nuevo. Después cogió la maleta por el asa y me miró a los ojos un segundo. La maleta era pesada. Tenía las esquinas abolladas y había mucho peso dentro. Mónica había dejado de toser. Se arrancó la llave que le colgaba otra vez del cuello y cerró uno a uno los cierres. Luego la tiró al jardín y empezó a caminar despacio sin mirarme. Creo que apagué el televisor y quise ir detrás. A buscarla. Pero la puerta es estrecha y la maleta pesaba tanto. Ella se ha largado. Busqué la llave tirada entre los manzanos, ella cerró los cierres uno a uno, la tiró y se fue de casa. La maleta pesa mucho y debo encontrar la llave para sacar mi jersey azul. Pesa tanto que me cuesta arrastrarla por la moqueta sin que haga como la lija, es muy dura. Ella tiró la llave y se fue. Yo necesito el jersey azul y la tengo que buscar...

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro