Leí el diario de un extraño (2003)

La salita de las pastas

Javier Herbosa

Las pastas siempre las tomábamos a media tarde desde que los abuelos compraran la casa de campo. Era costumbre ponerlas en la salita, encima de la mesa camilla, a las cinco. Terminadas las pastas, pasábamos de la salita al jardín, siempre que el tiempo lo permitía. Y es que si hay dos cosas de las que nos envanecemos en la familia son la salita y el jardín. Bueno, también, he de reconocerlo, nos sentimos orgullosos de la discreción con que llevamos nuestro amor al prójimo, pero eso se lo contaré a ustedes más adelante.
Es el nuestro un jardín con buganvillas en los ángulos de los cimientos y redes de hiedra trepadora que hemos ido dejando crecer sin ser molestadas durante años. Nos complacía la idea de que verdecieran la pared de piedra, detrás de la cual se sitúa la salita en la que servimos las pastas, y de la que tan orgullosos estamos. Mis abuelos trajeron un esqueje de castaño de Indias de su viaje por las Américas que ahora da una sombra muy hermosa, y pusieron un par de cipreses a cada lado de la entrada de la verja, uno enfrente de otro, como guardianes gemelos que anunciaran a las visitas nuestro paraíso de descanso. Así se plantaron los tres vértices del triángulo en cuyo centro colocaron mis abuelos un reloj de sol, que al dejar su hilo de sombra en el V, nos indicaba indefectiblemente la hora de las pastas en la salita.
Al casarse mis padres, los abuelos les dieron la casa de campo como regalo de boda. Fueron mis progenitores quienes se encargaron de crear un caminito que rodea el jardín, jalonándolo de rosales, lirios y minutisas. Yo no me cansaba de mirarlo desde la penumbra de la salita. El jardín me daba tal tranquilidad de espíritu, me invadía tal sensación de placidez al observarlo, que de pequeño les pedí a mis padres una y mil veces que si me moría antes que ellos me enterraran allí, bajo la sombra del castaño de Indias que habían traído mis abuelos. Ellos me miraban como si hubiera hecho una travesura, denegaban con la cabeza y se sonreían. Para mí nuestro jardín siempre será un umbral de felicidad eterna.
Como les decía antes, en mi familia también nos sentimos muy reconfortados por nuestro amor al prójimo. Y hay poca gente en estos tiempos que pueda estar a gusto con su conciencia en este punto. Desde que tengo memoria, mis abuelos y más tarde mis padres me dieron ejemplo de amor y generosidad, preocupándose de aquellos a los que la fortuna no había iluminado con su halo.
El primer recuerdo que me viene no es otro que estar en la salita sentados a las cinco en la mesa camilla, y un hombre junto a mí con las manos renegridas tomando las pastas. De esa tarde guardo dos detalles que entonces no di demasiada importancia, pero que con los años no dejaron de auparse desde el fondo de la memoria para recordarme lo maravilloso que era ayudar a los demás. La sonrisa de aquel hombre y sus ojos negros. Una sonrisa de dientes quebrados, amoratada, como si la hubieran mellado a golpes. Y unos ojos negros muy abiertos que miraban a mis abuelos como si no fueran de este mundo.
Tampoco olvidaré el primer día en que mis abuelos me llevaron al hospicio. Tras aparcar en la puerta me dijeron que observara bien la gente que entraba y salía. La mayoría de los que pasaban por allí iban muy sucios y mal vestidos, miraban a todos lados como perdidos, antes de hacer cola para agarrar un plato caliente.
“¿Has visto alguien que te llame la atención?”, me preguntaba el abuelo. Yo sólo me había quedado con la impresión de que a aquellas personas les debían pesar más los huesos que al resto, pues la mayoría andaban encorvados o se movían con una lentitud extenuada, como si no tuvieran prisa para llegar a ninguna parte.
A un lado de la cola contemplé cómo una mujer que tendría la edad de mi madre se sentaba en los escalones de la entrada y apoyaba la cabeza en la pared sin dejar de mover los labios. Tenía la palidez de los cuadros de las vírgenes que presidían nuestras aulas en el colegio, y su pelo largo y rubio se mantenía brillante entre la mugre que la rodeaba como por obra de un milagro.
—¡Me gusta esa señora, la que está sentada...! —grité señalando con el dedo hacia las escaleras situadas en la entrada del hospicio.
—¡Muy bien, hijo!, sabes adónde mirar... —asintió mi abuela cogiendo de la mano a mi abuelo mientras miraban en silencio a la mujer tras la ventanilla.
Entonces mi abuela se bajó del coche y se dirigió hacia ella. Cuando estuvo a su altura, a mitad de la escalera, le acarició el pelo largo y brillante igual que otras veces yo le había visto acariciar el de mi madre, y convenciéndola de que la siguiera, se la trajo apretada contra el cuerpo.
Qué puedo decir de lo maravilloso que fue luego tomar las pastas a las cinco, con el rayo de media tarde señalándose en el reloj. Mis padres y mis abuelos disfrutaban de la complacencia de la invitada con lo que habíamos dispuesto. Ver a aquella mujer tan bonita saboreando el café caliente, metiendo las pastitas en la taza con miedo de mojarlas demasiado por si se deshacían antes de probarlas, nos dejaba dentro una paz difícil de precisar. Apuraba el café mirándonos por encima del borde de la taza, sin atreverse a hablar, murmurando continuamente un gracias, gracias, gracias. Para nosotros, sus ojos iluminados de agradecimiento eran suficiente, no nos importaba su nombre porque todas las personas tienen el mismo derecho a encontrar la felicidad que les falta aunque sea por unos momentos.
Después de que nuestros invitados terminaran las pastas, mi padre se encargaba. Desde la muerte del abuelo papá quedó como único cuidador del jardín, mientras que la abuela y mi madre se guardaban de que los invitados no se preocuparan por nada, facilitándoles la siesta en el sofá con un cojín que colocaban suavemente bajo sus cabezas. A poco de terminar la tarde, cuando mi padre terminaba de allanar la tierra bajo la sombra del castaño de Indias, se reunía con nosotros para admirar el crepúsculo que bañaba a la salita y a los cipreses. Muchas veces halagaba a mamá con la buena idea que había tenido plantando los rosales, los lirios y las minutisas que hacían el lugar mucho más acogedor.
Continuamos con nuestra costumbre de las pastas en la salita unos cuantos años más. Al faltar el abuelo y como conducía, mi abuela se quedaba en casa y eran mis padres los que salían a la calle, los que recorrían asilos y se metían en el metro o acudían a las puertas de iglesias para elegir a algún afortunado que quisiera compartir nuestra felicidad. Y gracias al cariño y el ejemplo de mi familia, el jardín iba floreciendo con más ahínco cada primavera, y los cipreses y el castaño de Indias ensanchaban sus troncos y ramas.
Tras desaparecer mi abuela, fue mi madre la que mostró su dulzura y templanza para vencer las pequeñas resistencias y temores, de modo que nunca faltaron visitas a la salita para las pastas y el café de las cinco. Por entonces yo ya ayudaba a mi padre con la pala en las labores del jardín, y en verano, cuando más se agradecía la brisa, sacábamos a las visitas para que echaran un vistazo antes de las pastas, y todas nos decían que les hubiera encantado tener un jardín como el nuestro. Para nosotros era el mejor de los piropos porque siempre nos hemos enorgullecido de que nuestros invitados terminen sintiéndose como en su propia casa.
Con los años mis padres se tomaron las visitas con más calma, y se espaciaron los trayectos en busca de pobres desgraciados y menesterosos. Yo me eché novia, una chica de buena familia y mejor corazón, para que no desentonara mucho con la familia. Me acuerdo que cuando le enseñé la salita, quedó encantada de la delicadeza y el exquisito gusto con que había sido decorada. Le sedujo la costumbre de tomar las pastas en la salita a las cinco con el reloj de sol. Al ver el jardín por primera vez quedó vivamente emocionada, admirada de la belleza de las rosas, los lirios y las minutisas, y de lo bien que estaba ubicado el castaño para dar sombra con su copa a la tierra. Mis padres estaban muy contentos por lo correcto de mi elección, pues siempre me habían aconsejado gran cuidado en elegir a una mujer que encajara con el carácter obsequioso de la familia para con los demás. De ahí que fuera un tremendo disgusto para nosotros que mi novia se comportara como lo hizo ayer, la primera vez que nos acompañaba a tomar las pastas en la salita con uno de nuestros invitados. Todo fue bien hasta que dormimos a la visita, pero al empezar a cavar, salió despavorida de la casa. Estábamos muy preocupados hasta que hace un rato hemos oído la sirena, han llamado a la puerta y nos han tranquilizado diciéndonos que acudió a ustedes.
No sé qué más decirles. Les he contado lo orgullosos que estamos de la salita y el jardín, les he hablado del amor que mi familia siente por el prójimo, aunque no nos guste que se aireen estas cosas, porque el abuelo siempre decía que la modestia es un don exquisito. Por eso me sabe tan mal la falta de discreción de mi novia, cuando siempre nos hemos preocupado de mantener estas bondades en secreto. Nos conformábamos viéndoles felices un momento, con esa sonrisa de agradecimiento y esa luz en los ojos que a uno se le pone cuando sabe que ya está en casa.

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