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Leí el diario de un extraño (2003) |
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Un alfiler de cajas cuadradas |
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Elena del Hoyo |
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Fue la última vez
que vi correr un conejo blanco. Habíamos salido al monte. Hacía
mucho que no íbamos, y eso que antes, todos los sábados,
papá nos llevaba a las dos, con las botas, las mochilas, unas
galletas de chocolate y zanahorias. Yo llevaba mi mochila con la A
de Alicia y Marga también llevaba la suya con la A
de Alicia porque la había heredado. Mi madre nos preparaba las
galletas y las zanahorias, nos lo envolvía todo en papel albal,
como cuando nos íbamos de excursión con el colegio, nos
anudaba las bufandas. Alfil se ponía a ladrar desesperado cuando
veía que el pasillo se llenaba de botas y abrigos, y al final
nos íbamos los tres con papá al monte, que realmente era
la prolongación del parque. Tenía tres pinos y unas jaras
y se veía desde casa. Pero qué más nos daba. Para
Marga y para mí era el monte Conejos y estaba lleno de aventuras:
conejos blancos, piñas, jara pegajosa, galletas de chocolate,
zanahorias, Alfil y papá. Jugábamos los tres a contar
conejos aunque casi nunca veíamos ninguno, a decir
cosas sin sentido (como Alfil es un trilobites saltador
o Marga es un buziño verde), y a perseguir conejos
blancos, a los que dejábamos las zanahorias en la boca de la
madriguera. Alfil jugaba a correr y comer palos.
El mundo era infinito A
mis padres, por abrazarme La portada del libro de ciencias
de tercero, el Cosmos (así se llamaba), era una foto de la Tierra
vista desde el espacio. Ese año dejábamos de llevar un
babi de rayitas rojas para empezar con el jersey y la falda azul de
tablas y el babi verde. También ese año nos explicaron
que el universo era infinito. Aquel día, al acostarme, con la
luz apagada y la casa en silencio empecé a imaginarme que el
mundo era infinito. Vi la Tierra flotando en el espacio, tal y como
venía en el Cosmos, y luego Saturno, que era de color naranja
y tenía un anillo alrededor, y Neptuno, que era de color acero.
Continué hasta Plutón, que era blanco como el Polo Norte
y seguí después por el sendero de estrellas como cantos
rodados de la vía Láctea, caminando hacia donde se hacían
más pequeñas. Al final de la Vía Láctea
me encontré con algunas estrellas sueltas. Pero el mundo era
infinito y no se acababa, así que seguí, aunque ya no
conocía las pocas estrellas de luz apagada con las que me iba
cruzando. Y cada vez que llegaba a un final, continuaba volando por
un espacio que ahora era negro y vacío, porque como el mundo
era infinito, no se acababa nunca. Aquel espacio negro y vacío
no se acababa, y no se acababa, y no se acababa, ya no se podía
salir de él... grité y llegaron mis padres corriendo.
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