Leí el diario de un extraño (2003)

El cristal de la cafeterías

Mariola Illán

Cuando miré una vez más al cristal de la cafetería la descubrí quieta en la otra acera, esperando el cambio del semáforo junto a otras personas. Los coches que pasaban constantemente y el fluir de la gente me permitieron observarla sin pudor. Vi mi rostro reflejado en el cristal, superpuesto con su imagen y conteniéndola. Evité mirarme a los ojos y la busqué fuera.
“Ahí viene mamá”, le dije a Marcos en el momento en que la luz cambió, sin mirarlo siquiera. Sabía que sus ojos comenzarían a brillar y se agrandarían expectantes mirando hacia la puerta, y que incluso se enderezaría sobre la silla intentando parecer mayor. Yo pasé la mano por la cabeza, peinándome, acariciándola.
Se presentó ante la mesa con un saludo y un beso para Marcos. Hablamos un poco sobre el niño. Dijo que se hacía tarde y se despidieron hasta la semana siguiente.
Los vi alejarse hacia la puerta. A través del cristal los vi cruzar de la mano por el paso de cebra y confundirse entre la gente.
Cuando salí a la calle comenzaba a llover. Miré a los ojos del cristal de la cafetería buscándola y abrí el paraguas para resguardarla de la lluvia.

 

El error

El día en que decidí no volver a respirar me equivoqué. Pensé que era algo inútil, un movimiento continuo que llenaba y vaciaba de nada mi cuerpo y que últimamente me costaba realizar.
Dedicaba días y noches a respirar. Escuchaba sin descanso el roce del aire cuando entraba por mi nariz. Lo sentía deslizarse por la laringe. Adivinaba el momento exacto en que invadía como un intruso mis pulmones y los recorría en un instante eterno y agónico, para luego salir rápido de mi cuerpo por donde había entrado. Siempre el mismo recorrido, el mismo ahogo, el mismo tiempo.
Por eso un día me cansé y dejé de respirar para siempre. Pero ese día me equivoqué: ahora vivo impregnado de olores que entran por mis poros y no reconozco.
Necesito volver a respirar.

 

El maldito olor

Cuando abrí las puertas del armario del dormitorio de invitados para coger el traje gris allí guardado desde el último invierno, un intenso olor a alcanfor me sacudió. Un par de cajitas verdes colgaban inconfundibles de la barra entre las perchas, aunque no necesitase verlas para darme cuenta de que María debía de haberlas colocado allí.
Me quede quieto, petrificado, agarrado todavía a los pomos de las puertas con los brazos extendidos, como si mi intención fuese también abrir mi cuerpo de par en par. Dejé de respirar por un momento, pensando que así tal vez podría impedir que el alcanfor me invadiese, aún sabiendo que ese olor acabaría entrando por cada uno de los poros de mi piel, y cerré los ojos vencido.
El alcanfor llegó a mi cerebro como una droga y no supe impedirlo. Su olor me envolvió y me transportó veloz al mundo de los recuerdos. Y recordé. Me vi con diez años a solas con mi padre una mañana tibia de verano en su habitación, en chandal los dos, intentando malamente combinar piernas con brazos y respirar a la vez. Juntando las manos encima de la cabeza cogíamos aire, al dejarlas caer y pegarlas al cuerpo lo soltábamos lentamente con satisfacción.
Fue entonces cuando el reloj decidió pasar los segundos a minutos para que yo pudiese grabar en mi memoria ese gesto, ese algo impreciso e innombrable que no acierto a explicar, que percibí en mi padre cuando me di cuenta que algo no iba bien, ese instante infinito en el que sus piernas flaquearon, sus ojos intentaron buscarme y se volvieron blancos, su boca se torció ridícula y el gesto se volvió amargo. Nunca oí el grito que salió de mi garganta alarmando a mi madre en ese instante eterno en que el tiempo se paró.
Conseguimos acercar una silla para contener el cuerpo que caía inerte. Una mano le golpeó de pronto en la mejilla al ver salir espuma por su boca y una voz gritó su nombre. Cuando mi madre ordenó traer un paño, yo ya estaba allí, abriendo un armario deprisa, buscándolo entre bolas de alcanfor, y sintiendo que un olor penetrante atravesaba mi corazón que insistía en salirse de mi pecho en cada latido, filtrándose por mis venas y recorriendo mi cuerpo, ese alcanfor que se fundió con mis lágrimas e impregnó mi piel, grabándose para siempre en mis recuerdos.
Abrí los ojos. Me encontré de espaldas al armario apoyado en sus puertas cerradas. Unas gotas de sudor se deslizaban por mi frente erguida cuando alcancé a sentir que me ahogaba. Abrí la ventana de la habitación de par en par, sujetando sus hojas con los brazos. Dejé que el viento secará mi cara y despegara el pelo de mi frente y respiré profundamente, deseando que el aire fresco de la mañana limpiara mis pulmones, mi cuerpo, mi mente, mi alma, de ese maldito olor.

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