Cuando miré una vez
más al cristal de la cafetería la descubrí quieta
en la otra acera, esperando el cambio del semáforo junto a otras
personas. Los coches que pasaban constantemente y el fluir de la gente
me permitieron observarla sin pudor. Vi mi rostro reflejado en el cristal,
superpuesto con su imagen y conteniéndola. Evité mirarme
a los ojos y la busqué fuera.
Ahí viene mamá, le dije a Marcos en el momento
en que la luz cambió, sin mirarlo siquiera. Sabía que
sus ojos comenzarían a brillar y se agrandarían expectantes
mirando hacia la puerta, y que incluso se enderezaría sobre la
silla intentando parecer mayor. Yo pasé la mano por la cabeza,
peinándome, acariciándola.
Se presentó ante la mesa con un saludo y un beso para Marcos.
Hablamos un poco sobre el niño. Dijo que se hacía tarde
y se despidieron hasta la semana siguiente.
Los vi alejarse hacia la puerta. A través del cristal los vi
cruzar de la mano por el paso de cebra y confundirse entre la gente.
Cuando salí a la calle comenzaba a llover. Miré a los
ojos del cristal de la cafetería buscándola y abrí
el paraguas para resguardarla de la lluvia.

El error
El día en que decidí
no volver a respirar me equivoqué. Pensé que era algo
inútil, un movimiento continuo que llenaba y vaciaba de nada
mi cuerpo y que últimamente me costaba realizar.
Dedicaba días y noches a respirar. Escuchaba sin descanso el
roce del aire cuando entraba por mi nariz. Lo sentía deslizarse
por la laringe. Adivinaba el momento exacto en que invadía como
un intruso mis pulmones y los recorría en un instante eterno
y agónico, para luego salir rápido de mi cuerpo por donde
había entrado. Siempre el mismo recorrido, el mismo ahogo, el
mismo tiempo.
Por eso un día me cansé y dejé de respirar para
siempre. Pero ese día me equivoqué: ahora vivo impregnado
de olores que entran por mis poros y no reconozco.
Necesito volver a respirar.

El maldito olor
Cuando abrí las puertas
del armario del dormitorio de invitados para coger el traje gris allí
guardado desde el último invierno, un intenso olor a alcanfor
me sacudió. Un par de cajitas verdes colgaban inconfundibles
de la barra entre las perchas, aunque no necesitase verlas para darme
cuenta de que María debía de haberlas colocado allí.
Me quede quieto, petrificado, agarrado todavía a los pomos de
las puertas con los brazos extendidos, como si mi intención fuese
también abrir mi cuerpo de par en par. Dejé de respirar
por un momento, pensando que así tal vez podría impedir
que el alcanfor me invadiese, aún sabiendo que ese olor acabaría
entrando por cada uno de los poros de mi piel, y cerré los ojos
vencido.
El alcanfor llegó a mi cerebro como una droga y no supe impedirlo.
Su olor me envolvió y me transportó veloz al mundo de
los recuerdos. Y recordé. Me vi con diez años a solas
con mi padre una mañana tibia de verano en su habitación,
en chandal los dos, intentando malamente combinar piernas con brazos
y respirar a la vez. Juntando las manos encima de la cabeza cogíamos
aire, al dejarlas caer y pegarlas al cuerpo lo soltábamos lentamente
con satisfacción.
Fue entonces cuando el reloj decidió pasar los segundos a minutos
para que yo pudiese grabar en mi memoria ese gesto, ese algo impreciso
e innombrable que no acierto a explicar, que percibí en mi padre
cuando me di cuenta que algo no iba bien, ese instante infinito en el
que sus piernas flaquearon, sus ojos intentaron buscarme y se volvieron
blancos, su boca se torció ridícula y el gesto se volvió
amargo. Nunca oí el grito que salió de mi garganta alarmando
a mi madre en ese instante eterno en que el tiempo se paró.
Conseguimos acercar una silla para contener el cuerpo que caía
inerte. Una mano le golpeó de pronto en la mejilla al ver salir
espuma por su boca y una voz gritó su nombre. Cuando mi madre
ordenó traer un paño, yo ya estaba allí, abriendo
un armario deprisa, buscándolo entre bolas de alcanfor, y sintiendo
que un olor penetrante atravesaba mi corazón que insistía
en salirse de mi pecho en cada latido, filtrándose por mis venas
y recorriendo mi cuerpo, ese alcanfor que se fundió con mis lágrimas
e impregnó mi piel, grabándose para siempre en mis recuerdos.
Abrí los ojos. Me encontré de espaldas al armario apoyado
en sus puertas cerradas. Unas gotas de sudor se deslizaban por mi frente
erguida cuando alcancé a sentir que me ahogaba. Abrí la
ventana de la habitación de par en par, sujetando sus hojas con
los brazos. Dejé que el viento secará mi cara y despegara
el pelo de mi frente y respiré profundamente, deseando que el
aire fresco de la mañana limpiara mis pulmones, mi cuerpo, mi
mente, mi alma, de ese maldito olor.