Lo
mejor de los sueños es que algunos nunca llegan a cumplirse
Babel:
amb.fig. y fam. Lugar en el que hay un gran desorden y confusión
o donde hablan muchos sin entenderse; por alusión a la torre
de Babel.
Babel no es un nombre común.
Es raro encontrar chicas que se llamen Babel. De hecho no he vuelto
a conocer a ninguna. Aún me sigo acordando de ella cuando llueve
mucho. Hace ya diez años, pero Babel y la lluvia me siguen rondando
por la cabeza de vez en cuando. Babel, la lluvia y Bruselas; todo un
año de imágenes.
Aquella mañana de la entrevista en Bruselas me levanté
nervioso y cansado de haber dormido mal. Después de un año
entero en el Master por fin iba a tener mi primera entrevista de trabajo.
Como otras muchas mañanas me había despertado a su lado;
me levanté con tiempo para vestirme despacio. Mientras me colocaba
la corbata tuve tiempo para observarlo todo: Babel durmiendo en el colchón
tirado en el suelo, su pelo rizado extendido en la almohada, mis zapatos
de goma gruesa manchados de agua de los charcos, el ruido de la lluvia
en la ventana, y mi currículum esperando en la única mesa
que había en el pequeño estudio. Todo debía estar
en orden antes de ir a la entrevista.
Lo repasé todo despacio antes de salir y eché un último
vistazo a Babel que seguía durmiendo. La observaba mientras me
tomaba el café en una de sus tazas rosas con flores amarillas.
Estaba tumbada boca abajo, con el pelo sobre los hombros desnudos y
los párpados cerrados ocultando sus ojos verdes; parecía
que sonreía dormida. Tan guapa y tan ausente como siempre. Me
quedó el tiempo justo para coger el paraguas con una mano y con
la otra el currículum. Me envolví en mi abrigo de lana
gris y me fui del estudio sin despertarla. En cuanto salí a la
calle tuve que abrir el paraguas para proteger al currículum
de la lluvia. Camino de la entrevista pensaba en todas esas frases que
habían venido desde Madrid durante el año: Te harás
un porvenir y vas a estar muy bien, será sólo un año
y después podrás colocarte donde quieras. Todos
habían hecho planes para mí; todos menos Babel, que al
levantarse ni siquiera sabía si vendría a dormir por la
noche. ¡Cómo criticaba ella mi obsesión por hacer
planes! A ti lo que te pasa es que de tanto escribir tu currículum
te has olvidado de quién eres, me dijo un día.
Recuerdo lo largo que se me hizo aquel camino hacia la entrevista. Repasé
todo el año del Master mientras andaba por las aceras de Bruselas
esquivando charcos. Era temprano pero las calles ya estaban llenas de
ejecutivos, caminaban sin mirarse agarrados a paraguas elegantes y maletines
de cuero lustroso que custodiaban sus horas de trabajo. Al verles empecé
a sentir un nudo en el estómago y noté cómo se
me aceleraba el corazón pensando en la entrevista. Agarrado al
paraguas dejé atrás el Boulevard Anspac y atravesé
la Grande Place en dirección a la Avenue Louise. Pasé
por delante del Café du Soleil donde Babel solía venir
a leer sus libros. Se sentaba siempre con las piernas cruzadas y el
pelo largo rizado caído hacia un lado. Se le pasaban las horas
leyendo sin contar los cafés que se tomaba. Leía y no
miraba a nadie mientras los camareros intentaban verle sus ojos verdes.
Caminé rápido atravesando el centro refugiándome
en el paraguas. Seguía pensando en Babel, a ella le encantaba
pasear por las calles adoquinadas mirando las casas con balcones de
rejas. Le gustaba caminar por los adoquines con su abrigo de rayas de
colores que casi arrastraba por el suelo, decía que era su arco
iris particular que siempre buscaba el sol. Según ella, debajo
de los adoquines estaba la playa que antiguamente inundaba Bruselas,
por eso había siempre tanta humedad; y es que Babel buscaba fenómenos
irracionales hasta en la lluvia.
En pocos minutos dejé atrás las calles del centro mientras
sentía que me apretaba más el nudo en el estómago.
Al llegar a la Rue de la Loi los adoquines se fueron transformando en
avenidas anchas por las que los coches circulaban con los faros encendidos.
En Bruselas hay tanta niebla que los coches van todo el día con
las luces encendidas. Protegiendo el currículum de la lluvia
seguí andando en dirección al banco que me había
ofrecido la entrevista. No dejaba de mirar al suelo pendiente de los
charcos, caminaba rápido esquivando los paraguas y los maletines
de la riada de ejecutivos que bajaba por la Rue de la Loi. Empezó
a llover más fuerte y yo intenté usar el paraguas para
cubrir el currículum, lo llevaba pegado al cuerpo envuelto en
la funda de plástico.
Caminaba y pensaba que aquella entrevista iba a cambiar mi vida, todo
un año estudiando el Master y por fin iban a estar orgullosos
de mí. Babel me criticaba cuando modificaba el currículum
cada semana con nuevas fotos de estudio, pero yo sabía que me
querría mucho más si me daban el puesto en recursos humanos.
Ella no me entendía porque nunca pensaba en el futuro, ni siquiera
sabía cuántos cursos se quedaría de Erasmus en
Bruselas. Uno de esos días nublados de lluvia ella me dijo: Ves,
bobo, no tienes por qué preocuparte. Aquí la niebla tampoco
deja pasar el tiempo. Y es que ella nunca hacía planes,
nunca aceptaba una obligación, ni siquiera tenía un currículum
escrito. Por no tener no tenía ni teléfono ni televisión.
Un día le regalé una agenda, pero sólo la usó
para apuntar todo lo que se lo ocurría caminando por las calles
de adoquines. Todos decían que era algo rarita, siempre sentada
leyendo libros de religiones extrañas o dando vueltas por ahí
buscando tiendas de segunda mano. Pero a mí se me olvidaba todo
cuando me miraba con sus ojos verdes o cuando me hablaba al oído
en voz baja abrazándome desnuda. Me encantaba que me dijera cosas
al oído. Ella solía decir que la voz es la comunicación
más perfecta porque sale de nuestro interior y penetra en lo
más íntimo de la otra persona. Pero qué difícil
era hablar con Babel de preocupaciones como el trabajo. Ella nunca habría
entendido el nudo en el estómago que sentía camino de
la entrevista. La noche anterior ni siquiera recordaba el nombre del
banco que me había llamado. Aquella mañana ni siquiera
sabía si podríamos hablar después de la entrevista,
con Babel no se podía quedar en nada. La mejor sorpresa del día
era encontrártela cuando estabas pensando en quedar con ella,
según ella ésa era la mejor forma de llamarla. A veces
me crispaban sus excentricidades.
Miré el reloj nervioso y aceleré el paso camino del banco
abrazado al currículum. Mientras esquivaba los charcos y los
maletines de los ejecutivos pensaba en qué pasaría si
me aceptaban en el BBV. Me habían dicho que tenía la posibilidad
de ir a una de las oficinas de España y la idea me apetecía
después de tantos meses de cielo gris. Babel no echaba de menos
ni eso de España, parecía inmunizada a todo lo que sonara
a nostalgia. Un día me soltó que la verdadera falta de
luz viene cuando la gente cubre sus vidas con bosques de rutinas. La
verdad es que me rompía los esquemas con todas sus frases raritas.
Pensando en Babel llegué por fin a la calle del banco, tenía
los zapatos llenos de manchas de los charcos. Cuando ya estaba en la
acera de enfrente del banco me detuve para colocarme la corbata y limpiarme
los zapatos. Tragué saliva intentando aliviar el nudo que tenía
en el estómago. Giré el brazo para volver a mirar el reloj
y el currículum se salió de la carpetilla de plástico.
Sin darme tiempo a agarrarlo se cayó a un charco enorme que tenía
delante de mí. El currículum se quedó flotando
con mi foto hacia arriba, esa foto perfecta que tantas veces había
repetido. Se movía por la superficie del charco mientras le caían
las gotas de la lluvia. Me agaché a recogerlo y me quedé
un momento en cuclillas usando el paraguas como si fuera una sombrilla
de playa. Me quedé mirando la foto del currículum. Foto
de estudio, impecable, con mi mejor corbata. Todo bañado por
el agua negra del charco que se empezaba a mezclar con la tinta de las
letras. Usando los dedos como pinzas lo levanté despacio intentando
sacudir el agua. Mi foto se despegó y se quedó flotando
en el charco. Cogí el currículum por una esquina y vi
cómo se deslizaban hacia abajo todas las líneas. Las letras
se mezclaron con el agua del charco y las gotas de la lluvia.