Así,
vuestros pecados obtendrán el perdón, y con vuestra indulgencia
vendrá mi absolución
Próspero, La Tempestad, Shakespeare
El día
estaba nublado, esa bruma de agosto, que aplasta el ánimo con
su calor sofocante, me angustiaba aún más de lo que ya
estaba. Cogí el coche y no sé cómo me dirigí
a la sierra por la A-6. Eran casi las siete, aún quedaban varias
horas de sol, pero el cielo estaba totalmente negro, se podía
oler la humedad. Parecía que era yo la única persona que
había decidido ir en esa dirección. Abrí la ventanilla
y respire hondo, dejé que me diera el aire en la cara, me encantaba
el ambiente anterior a una tormenta, el viento revoltoso que traza remolinos
en la tierra, el rumor de los árboles, y ese olor a agua sin
caer.
Por fin llegué a la casa, dejé las bolsas y abrí
las ventanas para que entrara el aire y se llevara el olor a cerrado.
Me quité la camisa que estaba hecha jirones y me puse apresuradamente
un jersey.
Aún no consigo entender cómo pudo hacerme esto.
Salí a la terraza. Estar allí es una de las cosas por
las que siempre he añorado volver a esa casa. De pequeña
esperaba a que anocheciera para buscar las estrellas, dejar la mente
en blanco mientras miraba el cielo, creyendo que allí nadie me
podía encontrar. El viento iba arrastrando las nubes, oscurecía
y parecía que finalmente no iba a llover.
Recuerdo que no podía parar de llorar y no lo intenté.
Max y yo llevábamos juntos más de diez años.
Le quería como nunca he querido a nadie, aún le quiero.
Parecía una pesadilla, pensé que eso no podía estar
pasando. Hacía sólo dos días, al volver a casa,
había entrado en el despacho de Max. Tenía un mensaje
parpadeando en su contestador, me pudo la curiosidad y lo conecté:
Hola, soy yo, ya está todo listo, espero que no me decepciones,
que hoy se lo cuentes. Nos vemos donde siempre, no me hagas esperar.
Era una mujer. El mensaje acababa bruscamente. Me sorprendió,
esperé a que llegara Max y comenzamos a discutir. No sabría
decir cuándo ocurrió todo.
Recuerdo que me recosté en un sillón de la terraza, y
cerré los ojos intentando dormir, no lograba conciliar el sueño
y no podía más. Finalmente, agotada de tanto llorar, me
quedé dormida. El frío de la noche me despertó.
Cuando miré el reloj eran más de las 4:00. Estaba congelada,
pero esas horas de sueño me habían sentado bien, y pude
pensar con más claridad.
Comencé a preparar la huida. Al día siguiente pasaría
por el banco a sacar el dinero, luego iría al aeropuerto y desaparecería
para siempre, dejaría todo atrás y empezaría de
nuevo. Estaba muy agitada, me levanté dispuesta a prepararlo
todo y entonces vi mi reflejo en el cristal y me asusté, corrí
hasta el espejo del baño. No me reconocí, ¿qué
me había ocurrido?, la cara ensangrentada, la mirada perdida,
yo le quería tanto, le quería tanto... ¿qué
había hecho?
Oí voces fuera, ya estaban ahí, ya habían venido
a por mí, ya me habían encontrado.
Han pasado ya tres años desde entonces. Aquí hay mucho
tiempo para pensar, todo el tiempo del mundo. Espero que haya también
tiempo para olvidar, aunque ya nada importa.

La
bola del mundo
Eran las once
de la noche, estaba en el salón leyendo, y de pronto comencé
a oír una musiquilla, algo metálico, como la que sale
de una caja de música. Me levanté extrañada, buscando
de dónde podría salir ese sonido y entonces lo vi, en
la estantería. Era esa bola del mundo de metal que alguien le
regaló a mi padre, con la que nos gustaba jugar de pequeños,
casi la había olvidado. Había comenzado a girar y a sonar
por su cuenta. A Bruno, mi vecino, mi mejor amigo, y a mí nos
volvía locos, solíamos jugar con ella cuando nadie nos
veía, le dábamos cuerda y observábamos embobados,
casi sin respiración, como giraba el mundo mientras sonaba la
cancioncilla. Cuántos años hacía que la había
olvidado.
Pensé en Bruno, en aquellos días cuando pasábamos
las horas jugando en el parque de casa a las canicas, montando en patinete,
o inmersos en interminables partidas de Monopoli con el resto de la
pandilla, mientras iba pasando placidamente el verano, sin nada más
que hacer que reír y disfrutar. A Bruno le gustaban los helados
de chocolate, detestaba a los perros y se pasaba el día leyendo
cómics. No teníamos nada en común excepto que no
sabíamos estar el uno sin el otro. En cuando llegábamos
del colegio cogíamos la merienda y salíamos a jugar. Yo
le veía llegar desde lejos con su sonrisa de oreja a oreja, los
pantalones caídos y su flequillo rubio, y sonreía también.
¿Qué hacemos hoy? preguntaba Bruno.
¿Montamos en bici? decía yo.
Y ahí estábamos los dos pedaleando de arriba a abajo con
nuestras bicis, roja la suya, con marchas, azul la mía, con cesta,
hasta que nos llamaban de casa para hacer los deberes y cenar y nos
despedíamos hasta mañana.
Hace tiempo que no nos vemos, Bruno se fue a vivir a Boston hace más
de seis años y pocas veces coincidimos. De vez en cuando un e-mail,
una llamada o una tarjeta por Navidad. La vida nos ha ido distanciando
sin querer.
A Bruno le encantaba su trabajo, por eso se marchó a Boston,
allí podría hacer lo que siempre había soñado.
Bruno era químico, consiguió una beca para investigar
en una prestigiosa universidad y se fue, hace ya más de seis
años, cómo pasa el tiempo. Decía que echaba de
menos muchas cosas, que nos veíamos poco, pero es lo de siempre,
cada uno va organizando su vida y las cosas que más nos gustan
son las que nos separan.
Hace un par de días recibí un e-mail suyo. Estaba muy
ilusionado. Acababa de empezar un proyecto que iba a significar mucho
en su carrera. Sentía mucho no poder estar aquí en Navidad.
Recuerdo que me enfadé al leer esto.
Esa musiquilla de la bola del mundo me hizo pensar en él.
Me fui a dormir.
A la mañana siguiente mientras tomaba el café del desayuno
lo vi en el periódico: Un 747 explota en pleno vuelo. Eran
las 23:00 horas de ayer cuando un boeing 747 de la compañía
American Airlines procedente de Boston con destino a Madrid explotó
en el aire. No se conocen las causas, no hay supervivientes. Entre los
pasajeros, 12 ciudadanos españoles. Por un momento me quedé
sin respiración, mis ojos volaron por el artículo deseando
que su nombre no estuviera en la lista de desaparecidos.
De repente, un escalofrío me recorrió la espalda y entonces
lo supe, supe que Bruno ayer vino a despedirse de mí, vino a
ver girar el mundo por última vez.