Leí el diario de un extraño (2003)

Max

Inés Madrigal

Así, vuestros pecados obtendrán el perdón, y con vuestra indulgencia vendrá mi absolución
Próspero, La Tempestad,
Shakespeare

El día estaba nublado, esa bruma de agosto, que aplasta el ánimo con su calor sofocante, me angustiaba aún más de lo que ya estaba. Cogí el coche y no sé cómo me dirigí a la sierra por la A-6. Eran casi las siete, aún quedaban varias horas de sol, pero el cielo estaba totalmente negro, se podía oler la humedad. Parecía que era yo la única persona que había decidido ir en esa dirección. Abrí la ventanilla y respire hondo, dejé que me diera el aire en la cara, me encantaba el ambiente anterior a una tormenta, el viento revoltoso que traza remolinos en la tierra, el rumor de los árboles, y ese olor a agua sin caer.
Por fin llegué a la casa, dejé las bolsas y abrí las ventanas para que entrara el aire y se llevara el olor a cerrado. Me quité la camisa que estaba hecha jirones y me puse apresuradamente un jersey.
Aún no consigo entender cómo pudo hacerme esto.
Salí a la terraza. Estar allí es una de las cosas por las que siempre he añorado volver a esa casa. De pequeña esperaba a que anocheciera para buscar las estrellas, dejar la mente en blanco mientras miraba el cielo, creyendo que allí nadie me podía encontrar. El viento iba arrastrando las nubes, oscurecía y parecía que finalmente no iba a llover.
Recuerdo que no podía parar de llorar y no lo intenté.
Max y yo llevábamos juntos más de diez años.
Le quería como nunca he querido a nadie, aún le quiero. Parecía una pesadilla, pensé que eso no podía estar pasando. Hacía sólo dos días, al volver a casa, había entrado en el despacho de Max. Tenía un mensaje parpadeando en su contestador, me pudo la curiosidad y lo conecté:
—Hola, soy yo, ya está todo listo, espero que no me decepciones, que hoy se lo cuentes. Nos vemos donde siempre, no me hagas esperar.
Era una mujer. El mensaje acababa bruscamente. Me sorprendió, esperé a que llegara Max y comenzamos a discutir. No sabría decir cuándo ocurrió todo.
Recuerdo que me recosté en un sillón de la terraza, y cerré los ojos intentando dormir, no lograba conciliar el sueño y no podía más. Finalmente, agotada de tanto llorar, me quedé dormida. El frío de la noche me despertó. Cuando miré el reloj eran más de las 4:00. Estaba congelada, pero esas horas de sueño me habían sentado bien, y pude pensar con más claridad.
Comencé a preparar la huida. Al día siguiente pasaría por el banco a sacar el dinero, luego iría al aeropuerto y desaparecería para siempre, dejaría todo atrás y empezaría de nuevo. Estaba muy agitada, me levanté dispuesta a prepararlo todo y entonces vi mi reflejo en el cristal y me asusté, corrí hasta el espejo del baño. No me reconocí, ¿qué me había ocurrido?, la cara ensangrentada, la mirada perdida, yo le quería tanto, le quería tanto... ¿qué había hecho?
Oí voces fuera, ya estaban ahí, ya habían venido a por mí, ya me habían encontrado.
Han pasado ya tres años desde entonces. Aquí hay mucho tiempo para pensar, todo el tiempo del mundo. Espero que haya también tiempo para olvidar, aunque ya nada importa.

La bola del mundo

Eran las once de la noche, estaba en el salón leyendo, y de pronto comencé a oír una musiquilla, algo metálico, como la que sale de una caja de música. Me levanté extrañada, buscando de dónde podría salir ese sonido y entonces lo vi, en la estantería. Era esa bola del mundo de metal que alguien le regaló a mi padre, con la que nos gustaba jugar de pequeños, casi la había olvidado. Había comenzado a girar y a sonar por su cuenta. A Bruno, mi vecino, mi mejor amigo, y a mí nos volvía locos, solíamos jugar con ella cuando nadie nos veía, le dábamos cuerda y observábamos embobados, casi sin respiración, como giraba el mundo mientras sonaba la cancioncilla. Cuántos años hacía que la había olvidado.
Pensé en Bruno, en aquellos días cuando pasábamos las horas jugando en el parque de casa a las canicas, montando en patinete, o inmersos en interminables partidas de Monopoli con el resto de la pandilla, mientras iba pasando placidamente el verano, sin nada más que hacer que reír y disfrutar. A Bruno le gustaban los helados de chocolate, detestaba a los perros y se pasaba el día leyendo cómics. No teníamos nada en común excepto que no sabíamos estar el uno sin el otro. En cuando llegábamos del colegio cogíamos la merienda y salíamos a jugar. Yo le veía llegar desde lejos con su sonrisa de oreja a oreja, los pantalones caídos y su flequillo rubio, y sonreía también.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntaba Bruno.
—¿Montamos en bici? —decía yo.
Y ahí estábamos los dos pedaleando de arriba a abajo con nuestras bicis, roja la suya, con marchas, azul la mía, con cesta, hasta que nos llamaban de casa para hacer los deberes y cenar y nos despedíamos hasta mañana.
Hace tiempo que no nos vemos, Bruno se fue a vivir a Boston hace más de seis años y pocas veces coincidimos. De vez en cuando un e-mail, una llamada o una tarjeta por Navidad. La vida nos ha ido distanciando sin querer.
A Bruno le encantaba su trabajo, por eso se marchó a Boston, allí podría hacer lo que siempre había soñado. Bruno era químico, consiguió una beca para investigar en una prestigiosa universidad y se fue, hace ya más de seis años, cómo pasa el tiempo. Decía que echaba de menos muchas cosas, que nos veíamos poco, pero es lo de siempre, cada uno va organizando su vida y las cosas que más nos gustan son las que nos separan.
Hace un par de días recibí un e-mail suyo. Estaba muy ilusionado. Acababa de empezar un proyecto que iba a significar mucho en su carrera. Sentía mucho no poder estar aquí en Navidad. Recuerdo que me enfadé al leer esto.
Esa musiquilla de la bola del mundo me hizo pensar en él.
Me fui a dormir.
A la mañana siguiente mientras tomaba el café del desayuno lo vi en el periódico: “Un 747 explota en pleno vuelo. Eran las 23:00 horas de ayer cuando un boeing 747 de la compañía American Airlines procedente de Boston con destino a Madrid explotó en el aire. No se conocen las causas, no hay supervivientes. Entre los pasajeros, 12 ciudadanos españoles.” Por un momento me quedé sin respiración, mis ojos volaron por el artículo deseando que su nombre no estuviera en la lista de desaparecidos.
De repente, un escalofrío me recorrió la espalda y entonces lo supe, supe que Bruno ayer vino a despedirse de mí, vino a ver girar el mundo por última vez.

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