Cuando empecé
a decirlo ya llevaba varios años pensándolo. Realmente
nunca me pasaba nada digno de mención. Los laureados partos,
los romances góticos de verano, los intrépidos divorcios,
los traslados de vivienda con sus cargantes opciones coloristas, las
operaciones quirúrgicas (incluidas las de cirugía estética),
eran cosas que les pasaban a mis amistades, a los otros, a una humanidad
zozobrante que jugaba, creía yo, a desconocer su futuro.
Me encontraba el primer sábado de cada mes, desde hacía
veinte años, y en el mismo restaurante, con las compañeras
de piso de la época estudiantil y sus respectivos conyunovios:
¿Cómo te va, Rocío?
Ya sabes, vivo a título póstumo.
Siempre andas con lo mismo, mira que eres pedante. Hazte un viaje...
Vamos, si me pilla a mí tu situación, me iba yo a quejar
bien poco... Venga, tía, pídete una excedencia y te das
una vuelta al mundo
O dos.
Con los desconocidos era aún peor. A veces salía con una
vecina a bailar, se acercaba algún tío a entablar conversación
y cuando yo soltaba lo del vivo a título póstumo
ponían unas caras rarísimas que indicaban una inmediata
espantada. Me gané fama de muermo fatalista y mi vecina me prohibió
volver a disparar la frasecita.
Como me divertía el escándalo que armaba, empecé
a soltarla con más frecuencia. Se convirtió en un ejercicio
de terrorismo a pequeña escala que conseguía erizar inseguridades
y poner a la defensiva a los más serios. Otros intentaban dar
alternativas y consejos para salir de esa situación, que consideraban
deplorable. Los más protectores me enternecieron ofreciéndome
una variada gama de actividades de ocio y voluntariado para compartir
con ellos. Los desaprensivos, ajenos a la dignidad de los muertos, me
proponían todo tipo de negocios sucios.
La sorprendida fui yo cuando se la largué al portero.
Aún no han arreglado el ascensor, doña Rocío.
Diez pisos no son nada para alguien que vive a título póstumo.
¿Y de qué dice la señorita que murió?
De un catarro de corazón.
Lo mismo me ocurrió a mí y ya ve, nadie lo diría.
Anda... ¡Pensé que lo suyo era de nacimiento!
Qué va, pues que no me pasaron a mí cosas en mi
juventud, si hasta estuve en la guerra...
¿Y... qué tal lo lleva?
Al principio me quejaba pero ahora ya estoy hecho. ¿No
consiste en eso la madurez?
¿En qué ,don Segundo?
Pues eso, en acostumbrarse a la vida después de la vida.
Ya, claro... ¿Y su mujer... también ella...?
Que va. La Mari no ha pillado un catarro en su vida. Pero deje
aquí las bolsas que ya luego se las subo yo.
Bueno, dejo una y la otra la voy subiendo ya. Buenas tardes, don
Segundo.
Cuando salí a abrirle la puerta, media hora más tarde,
tenía los ojos tan rojos que debí darle lástima.
Quizá por ello me propuso asistir a una reunión que, según
dijo, celebraban cada seis meses unos cuantos póstumos.
Me refirió que el motivo de la fiesta era repartirse
en un juego de azar unos encargos, eso sí, con carácter
de obligatoriedad, apuntó repetidamente:
Ya le digo, doña Rocío, si no hace usted lo que
le toque, la reunión que viene yo tendré dos encargos.
Son las reglas. Además, ya nunca podría yo invitar a alguien
decía convencido.
Quise interesarme por el contenido de los encargos, pero don Segundo
no soltaba prenda. Insistía, eso sí, en el carácter
legal de todos ellos.
Tal vez no hubiera ido de haber tenido tiempo para pensar en ello, pero
la reunión era aquella misma tarde y una mezcla de curiosidad
y esperanza se antepusieron al temor que en el primer momento me produjo
el olor a secta.
Esperaba encontrar algo siniestro en aquella cita, sin embargo todo
se desarrolló en un ambiente de máxima naturalidad. La
gente estaba contenta y desinhibida. Se notaba que se conocían
bastante, bromeaban sobre sus respectivos y pasados encargos. Me chocó
la variedad tipológica del grupo. Ciertamente cualquiera puede
estar muerto.
Pasado un rato, me entregaron como a los otros papel y lápiz,
había que apuntar un antiguo deseo. Condiciones únicas:
no incurrir en delito y no escribir improbables. Apunté: Tener
un hijo. Metí el papel en el sobre que adjuntaron a cada
uno.
Luego se mezclaron todos los papeles en una especie de saco negro y
cada uno cogió al azar uno de los sobrecitos. Cada quien fue
leyendo en voz alta el encargo:
# Conseguir
una baja laboral por depresión de seis meses.
# Enamorarse de un calvo.
# Cambiar de barrio.
# Mandar treinta ofensivos anónimos al jefe.
# Aprender a esquiar.
# Probar las drogas.
# Apoderar a un torero que esté empezando.
# Vestirme de mujer elegante.
# Conocer Palma de Mallorca.
# Hacer un strip-tease.
# Tener un hijo.
# Salir en un concurso de la TV.
Algunos lo tenían
de verdad difícil, tener un hijo le tocó a una mujer de
más de cuarenta. El equipo decidió que podría adoptarlo.
Al sudoroso que leyó vestirme de mujer elegante le sobraban al
menos cuarenta kilos. Enamorarse de un calvo le produjo algo como de
morbo a otro calvo, don Segundo. Yo voy a apoderar a un torero que esté
empezando. No tengo idea ni he sentido nunca la mínima curiosidad
por el mundo taurino, del que sin embargo el portero es un aparente
forofo. Por un momento estuve tentada de cambiarle la misión,
pero el ambiente de alegre y firme compromiso me tapó la boca.
Hubiera sido una estupidez. Ahora que ya ha terminado la reunión
comprendo que de lo que se trata es precisamente de vivir los deseos
ajenos. Creo que son casi los mismos deseos que los de mis amigos: cumplir
con otros, superarse, hacer alguna extravagancia... En fin, solidarizarse
o envanecerse, o ambas cosas al tiempo. A veces me parece que uno cambia
de casa por cumplir con los hijos, y tiene hijos por cumplir con mamá,
y busca ascensos por cumplir con papá, y se divorcia por cumplir
con la amante, y se echa un amante para cumplir quién sabe con
qué abuelo.
Quizá incluso sea más fácil así, sin haberlo
elegido yo y sin mediar necesidad. Tengo que apoderar a un torero y
ya está. Punto. El amor vendrá luego. Seguro que al final
me enrollo en el tema y me hace hasta ilusión verle salir ileso
de las embestidas. Sí, eso seguro, ¿quién permanece
indiferente con sangre de por medio? Me alegro mucho de que me haya
tocado apoderar a un torero que está empezando... Mañana
mismo...


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