Leí el diario de un extraño (2003)

Una cuestión de orgullo

Inés Mendoza

A mis trece años el problema no era tanto que mi futuro padrastro fuera una especie de gurú moderno (con miles de collares en el cuello y vestido siempre de blanco), tampoco que fuese gordo como una foca o que llevara siempre un puro apretado entre sus dientes: lo que de verdad me molestaba era que fuese tan pesado. Mi madre y él se habían conocido en el Hospital donde trabajaban los dos. Y desde ese día en que mamá lo trajo a casa, al Gurú parecía hacerle mucha gracia llamarme “Luck”, como si Lucas no fuera ya humillante para que encima él le añadiera ese aire guiri que yo tanto odiaba entonces.
La primera vez que encontré al Gurú en casa mamá me lo presentó como un “amigo” del Hospital. Cuando vi su extraño atuendo me quedé mudo, y mamá debió notarlo, porque enseguida añadió orgullosa —como si aquello me importara— que su amigo ya tenía el grado de enfermero jefe. Que “tenía el grado”, así fue como lo dijo. Yo, por mi parte, desde ese día metía la llave en el cerrojo cada vez que volvía del colegio y me quedaba un rato parado olfateando tras la puerta, porque sabía que si olía a puro eso sólo podía significar una cosa: que el Gurú estaba ahí, en mi casa. Fueron muchas las veces que desde entonces tuve que prepararme la merienda yo solo. Y lo que es peor, comérmela en la cocina —igual que esos huerfanitos que se ven en la tele haciendo el indio— mientras mamá y mi padrastro pasaban toda la tarde encerrados en la habitación de ella.
Aun así, yo nunca empecé con eso de que los padrastros esto y aquello, como hacían los otros chicos de mi barrio, y eso que estaba acostumbrado al silencio en el que vivíamos mamá y yo. Un silencio de toda la vida. Pero desde el mismísimo momento en que el Gurú pisó nuestra casa, mi vida social fue un auténtico infierno. En los pasillos del colegio se corrió la voz de que yo era el hijo de un brujo gordo y pesado. El “Diablo” Pérez me ponía toda clase de motes —y eso que era yo quien le llevaba las revistas de chicas desnudas—; y lo peor es que tenía que aguantármelo si no quería volver del colegio con una mano rota. El asunto se había vuelto una cuestión de dignidad.
¿Para qué explicar por qué Virginia dejó de ir al cine conmigo? Me puso la estúpida excusa de que su madre se lo había prohibido porque le daban miedo los brujos y daba la casualidad de que yo era el hijo de uno. En cuestión de semanas, yo había descendido a lo más bajo de la escala social del colegio. Lo que es lo mismo que decir que para mis amigos era casi como un muerto y ya no podía descender más. Mis notas también descendieron —incluso en Biología que era mi asignatura favorita— y hasta dejé de ser el diseccionador de bichos número uno de la clase. Todas las tardes me preguntaba a dónde iba a llegar aquello. ¿Y adónde llegó?
Ocurrió un lunes —un Día de Difuntos— y fue tan simple como salir del colegio y encontrarme al pesado del Gurú —sonriente y gordo, como siempre— esperándome al otro lado de la verja con los brazos cruzados. Allí. Parado a cinco pasos del “Diablo” Pérez, de Virginia y de la directora, con la que yo siempre había tenido una bien ganada fama de duro. El Gurú iba vestido con su eterno atuendo blanco y sus montones de collares. Pero eso no era lo peor, pues que tu padrastro vaya a buscarte al colegio a esas alturas como si fueras un crío ya es humillante, pero si para colmo de males trae una cinta de flores en la cabeza sujetándole el pelo, ya puedes olvidarte de tu vida social. Eso era lo peor. Pero el caso es que allí estaba.
“Mira, es tu padrastro” me gritó desde la verja una voz como de ultratumba. O la voz de algún espíritu burlón, no lo sé —ni siquiera quise mirar quién lo había dicho—. Porque yo no aguantaba al Gurú, es verdad. Solo que tampoco me sentía capaz de hacerle semejante feo a mi madre. Pero lo cierto es que no tenía alternativa. Así que sostuve mi dignidad hasta donde pude y dije “adiós” a Virginia agitando la mano.
Miré de reojo al “Diablo” Pérez. Y crucé la verja del colegio con una sonrisa de circunstancias, la mejor que conseguí sacar. Entonces el Gurú vino a mi encuentro, me dio una palmada en el hombro, y dijo que tenía que hablar conmigo de hombre a hombre. Ya echábamos a andar por la acera cuando vi que se paraba y hurgaba en su chaqueta blanca. Fue cuando sacó la caja de tabaco.
—¿Fumas? —me ofreció.
Yo me quedé mudo de la sorpresa, pero agarré el cigarro entre el pulgar y el índice, como hace Al Capone en Los Intocables y le di varias caladas mientras el Gurú me lo encendía, poniendo todo mi empeño en no toser. Empezamos a andar otra vez, rodeando la verja del colegio.
—Luck —me dijo entonces—, ya eres un hombre y tienes edad para comprender. Tu madre y yo queremos estar juntos. Por eso vine. Y hemos decidido hacer las cosas bien, como debe ser.
Eso me dijo el Gurú, y empezó a contarme que él y mamá querían casarse. Pero la verdad es que no le presté mucha atención, porque en aquel momento a mí sólo me importaba que el “Diablo” Pérez y Virginia me vieran fumando. Así que empecé a caminar a paso de tortuga, mientras el Gurú me ponía una mano en el hombro. Caminaba fingiendo que le escuchaba, y volviendo la cabeza a veces hacia la puerta del colegio. Fue así como vi que el “Diablo” Pérez, desde lejos, también volvía la cabeza para decirme adiós con un respeto insólito. Y aunque una tarde, dos semanas después, el Gurú vino a esperarme —sonriente, como siempre, con sus collares y su puro—, yo le di un cariñoso apretón de manos y me fui con Virginia; que nunca más volvió a ponerme excusas tontas las tardes de sábado que quedábamos para ir al cine y que dejó que le tocara las tetas.

 

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