Leí el diario de un extraño (2003)

Ailén

Silvina L. Monge

A la Princesa

Hoy vuelvo a hacer el arroz con lentejas y cebolla frita. Separo las cebollas, el arroz, la sal, la pimienta y entonces me acuerdo que hace años ya que no soy yo quien pone a hervir el arroz, quien corta la cebolla, quien prepara la cena, quien crea comidas; y busco en mi memoria cuándo fue la última vez que puse la mesa para ti. Pero eso ya no importa.
Voy a la sala, quiero abrir las ventanas, dejar que entre el aire, que todo huela a fresco, a nuevo.
Y de repente me encuentro parada frente al espejo y descubro que no tengo edad, que ya no hay tiempo alrededor de mis senos, que no llegará el momento de ver mi vientre y verlo lleno, lleno de ti. Veo que he derramado horas, que he esculpido meses a través de las ojeras que tiñen mi rostro. Y con mis ojos ya más oscuros te busco (como acto reflejo) detrás del espejo. Te busco como sombra, como huella en mi cuerpo, pero sólo mi retrato se refleja en el espejo: mis años en el rostro, y mi falta de fuerza. La chispa seca de mi mirada y los años ahora anulados y que han perdido el habla. Busco serena tu sombra y de a poco mi imagen desaparece. Y me veo desnuda. Me veo sin ti, sin un futuro a tu lado. Me veo de pelo largo, me veo dibujando, fumando y manejando, soñando, creando, creyendo, volando. Me veo sin nuestra casa y sin ti. Me veo desnuda de tus paredes, desnuda de tus caricias, de tus cuentos y tus corceles.
El agua está hirviendo y tengo que ir a ponerle la sal, tengo que poner el arroz, tengo que terminar de cocinar las lentejas, freír la cebolla. La cocina es luminosa, se cuela la luz, entra el aire y no me siento sofocada. El arroz cae al fondo de la olla, hacía mucho que no veía la danza del arroz cuando está listo: quiero verlo. Pongo el reloj para que no se pase, la cebolla ya se está friendo.
Voy al comedor a poner la mesa, mesa para uno. Tomo una copa y selecciono un buen vino. Hasta quisiera encender una vela. Pero no sé si aún es tiempo, si estoy preparada. Es que no son mis manteles, son los nuestros, nuestros manteles comprados en Tequisquiapan, nuestras copas. Y me inundo de recuerdos, de ti.
La casa ya huele a cebolla, a aceite caliente, a arroz (aunque el arroz no huele) y me has vuelto a invadir.
Entonces voy a la cocina y apago el fuego, mezclo el arroz con las especies, las lentejas y las cebollas; abro aún más la ventana de la cocina, y recuerdo cuánto te gustaba que prendiera sahumerios. Y ya no quiero, ya no quiero ni prender sahumerios ni que la casa huela a cebolla ni acordarme de ti.
Pongo música, ya no quiero oír mis pensamientos, y me siento a comer, como cada tarde, en nuestra mesa. Y me doy cuenta que la mesa sigue inalterable, como tu colección de mates. Como el arroz con cebolla frita. Y el olor me está matando (la cebolla, el aceite, el agua que hierve y yo hiervo por dentro) y dejo de comer, y pienso en tus ojos cuando me acercaba al comedor con una botella de buen vino para que la abrieras, recuerdo tus ojos llenos de amor abriendo mi escote.
Y me voy al balcón y me duele verme fumando recostada sobre el barandal acallando mis miedos y gritándole al viento cuándo llegará un remolino que acalle mis tormentos, cuándo llegará un cuerpo que me abrace y aleje todos mis miedos; entonces sé que ese nunca más será tu cuerpo. Tiemblo. Tiembla mi yo completo. Tiemblan mis senos de ya no ser tocados por unas manos que no venzan al ciclón de mis pensamientos.
Y tiemblo, tiemblo. Recuerdo tus manos deteniendo mi cuerpo. Temblando conmigo, siendo mi aliento.
Apago el cigarro y vuelvo al comedor, a la sala, y no me importan los platos sucios sobre la mesa, ni la cocina toda desarreglada, y no quiero pensar.
Eso es lo que quiero ahora, dejar de pensar, dejarte de pensar. Dejar de esperar por las noches que llegues, dejar de recordar en las mañanas que ya no me perteneces. Porque cuando cerré la caja que decía tu nombre me juré a mí misma que junto a la caja te ibas tú. Pero yo no sabía que los jabones marinos que adornan el baño huelen a ti, a la historia que juntos y de a poco creamos los dos. Yo no sabía que los cuadros estaban sellados por ti, y no sabía que el olor a eneldo de las sábanas era tuyo y no mío.
Voy al cuarto y deshago la cama, me acuesto en ella y tiro las almohadas y me escabullo entre el colchón para embriagarme de él. Para robarle lo que pueda quedar de tu aroma, de tu aire de tu espacio, de tu recuerdo. Robárselo y llevármelo. Borrarte, sacarte de mí, si al fin, ya te fuiste de aquí.
Y camino por la casa, voy y vengo, la casa es pequeña. Y salgo al balcón para que también a mí me entre el aire nuevo y fresco, para bañarme del sol y que el aire me traiga aromas nuevos. Para desprender de mi piel el olor a guindilla, a chocolate, a café.
Y es que ya ni siquiera huelo a mí, estoy perdida. Perdida de mí, de ti, de nosotros, de la historia que me sobrepasó, y que ahora me deja rendida tratando de buscar en mi cuerpo mis kilos de más, mis kilos de brownies, de pastas, de carnes, de tantas cenas, de ti y de mí.
Me deja sola, manoseando mi cuerpo y rasgando con mis uñas duras el sillón que antes nos perteneció a los dos; rasgándolo para que me explique dónde quedarán mis desayunos en la cama, mis paseos desnuda por la casa.
Pero la casa no me contesta y el viento no trae respuestas. Es que ya nada me habla, ni mi propia casa. Porque esta casa tiene restos de ti por todos lados. Entonces corro a esconderme al cuarto, a mi recamara, para perderme de ti y me prometo no buscarte entre las sábanas.
Y llego al cuarto, ahora, ayer por la noche y mañana en la mañana. Y está impregnado de ti. De la falta de ti.
Llego al cuarto y me torturo, me torturo en el vacío, en el vacío de tu taza de café en el que debería ser tu lado de la cama, de ese café que no se enfría porque no hay café, no hay taza, no hay Pedro, no estás.
Porque ya no estarás. Y así lo he entendido, pero mientras lo entiendo siguen pasando los días y me sigo mirando en el espejo y me sigo dando cuenta que junto con la caja de cartón en la que pinté tu nombre y juré que en ella te irías, la verdad es que también me fui yo. Yo y mi olor a guindilla que sólo tú olías, yo y mis demonios y mis alegrías. Me fui. Sólo quedó en la imagen del espejo un cuerpo que quiso guardar para ti un futuro y que ahora alrededor de sus ojos cuenta una historia de amor de más de siete años, que hoy, ya se acabó.
Y voy a la cocina. Tiro la cebolla con todo y el aceite. Tiro las lentejas (que son pocas), tiro el arroz y el agua y la sal, y los tarros y los platos que llevan escrito tu nombre y lavo las cosas e impregno las casa de olor a jabón, a detergentes, a limpiadores que no huelan a ti. Que la casa no huela a incienso, que no huela a nuestra historia, que ya nada me recuerde lo que fui. Ni lo que ya no soy sin ti.

 

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro