Leí el diario de un extraño (2003)

Yo sólo quiero ayudarla

Flor Moral

Para ti, aunque no seas como yo

Yo no pretendía que Marisa se enfadara. Se lo dije porque es mi amiga, y a mí también me hubiera gustado que me lo dijeran. Marisa dice que no le pasa nada, pero yo la veo rara. No sé, está como triste, muy rara. Antes me llamaba, me preguntaba cómo estaba, me enviaba artículos que me podían interesar, me escuchaba cuando le contaba mis cosas. Siempre se interesaba por lo que me pasaba. Si estaba preocupada por mi madre me llamaba para ver que había dicho el médico. Hace un montón de días que me dijo que me iba a traer el último libro de Cristina Cerrada, creo que fue antes de que le contara lo de su marido. Pues se le debe haber olvidado, porque no me lo ha traído y me da no sé qué pedírselo. He pensado que no debí decirle nada, pero... era mi deber hacerlo. Si a mí me hubiera pasado también habría querido que me lo dijera. Y no es culpa mía. Porque si su marido es gay yo no tengo la culpa, y creo que ella debía saberlo. Carmen me lo dijo, me dijo que el bar ese era gay, que ella va algunas veces con amigos porque le pilla cerca de casa y que el marido de Marisa estaba con un chico jovencito, que se veía que se le caía la baba porque el chico estaba buenísimo. Carmen le conoce porque antes era muy amiga de Marisa y conoció a su marido antes, incluso, de que se casaran. Carmen me lo dijo, me dijo: “Pobre Marisa, allí estaba su maridito con un chico que no llegaba a los veinte, bebiendo cerveza como un cerdo, y mirándole con ojos de carnero.” Yo se lo tenía que decir a Marisa. Si su marido es homosexual lo mejor es que lo sepa y que decida lo que quiere hacer. Así que se lo dije. No le dije que Carmen dijo que parecía un cerdo, porque eso me pareció una opinión de muy mal gusto, pero ella tenía que saber que estaba en un bar de maricas con un chico muy guapo. Desde ese día Marisa está rara conmigo. Yo sólo quería ayudarla. Marisa era una buena persona, a mí siempre me ha escuchado y se ha preocupado por mis problemas, pero está rara. Y no es que a mí me importe, que ya me he acostumbrado a que la gente sea así, yo lo único que quiero es que ella sea sepa la verdad, ayudarla como una amiga. Pero claro, a mí lo que me da pena ahora es lo del niño, porque teniendo un niño tan pequeño... y yo creo que Marisa no va tener más remedio que separarse, porque no va a seguir con un hombre así después de saber lo que sabe. Yo ya le he dicho que cuando quiera hablamos, que ya sabe que yo estoy siempre disponible, que si necesita desahogarse no tiene más que llamarme, que para eso estamos las amigas. Ya se lo he dicho varias veces, que me llame si necesita hablar, porque muchas veces uno necesita contar a los demás lo que tiene, necesitas sacar todas las cosas que te pasan. Pero no me ha llamado, y eso que el último viernes le dije que si quería charlar y tomar un café que me llamara, que yo iba a estar todo el fin de semana sola en casa; pero me miró y me dijo: “Ah, pues me parece muy bien, yo me iré con mi marido y mi hijo al Parque de Atracciones.” Yo estoy segura que lo dijo por decir, porque el niño es muy pequeño para llevarle al Parque de Atracciones. Parece como si no quisiera saber nada de mí, y no lo entiendo porque yo me preocupo mucho por los demás, y ahora por ella, siempre estoy pendiente, y Marisa sé que es una buena persona, aunque ahora no lo parezca. Yo lo que creo es que es muy orgullosa y está a la defensiva conmigo, porque cuando voy a la cafetería y está ella, enseguida se marcha. Antes siempre estábamos un rato de charla, pero ahora paga su café y se va, y eso sí que me ha dolido. Ya no me deja pagarle ni el café, pero ella tampoco paga el mío. Cuando ya me marchaba me dijo Carlos, el camarero: “Tu café no está pagado.” Y sentí una vergüenza como en la vida, y le dije: “Creía que lo había pagado Marisa.” Y va y me dice: “Marisa ha pagado el suyo.” Y sentí una rabia y una vergüenza que se me saltaban las lágrimas y le dije: “Huy, es que siempre nos pagábamos el café, lo siento, no sabía que no me lo había pagado.” Y yo ya me iba para ir a decirle a Marisa que qué la pasaba que me había hecho pasar una vergüenza, pero Carmen estaba también allí y me ha mirado y se ha echado a reír y me ha dicho: “¡Anda!, parece que Marisa se ha enfadado contigo, ¿qué la habrás hecho?” Me ha dolido que se riera, cuando ella sabe perfectamente lo mucho que yo aprecio a Marisa. A veces pienso que soy una torpe, que eso me pasa por pensar siempre en los demás. Marisa es una buena persona, pero las buenas personas, ya se sabe, muchas veces, sin quererlo, se rodean de otros que no son tan buenos y dejan que les manejen, y es una pena que la gente buena sea tan inocente, tan ingenua. A mí me pasa lo mismo, siempre estoy pendiente de todo el mundo, de ayudar en lo que pueda, de escuchar los problemas y de no perjudicar a nadie, y así me va, escucho los problemas, y cuando necesito que me escuchen no tengo a nadie. Marisa ya se ha olvidado de lo mal que lo pasó en el embarazo, al principio, lo deprimida que estaba, y yo allí, siempre con ella, escuchándola y quedándome a comer con ella. Sabía que necesitaba una amiga y allí estaba yo, pero siempre ha sido un poco ingrata, porque tan pronto me llamaba diciéndome lo mal que estaba como un buen día resulta que se le pasó todo y charlaba por los codos con todo el mundo. Y cuando me dijo que tenía que sentirme feliz y yo le dije “Pues tú también has estado mal y yo te he escuchado”; y va y me dice: “Chica, todo el mundo está mal alguna vez, pero ahí está la gracia: en estar un día mal y al siguiente descojonarte de risa.” Ese es otro defecto de Marisa, lo mal hablada que es, y no es que me importe, pero me parece una vulgaridad. Pero lo peor es que yo no esperaba que fuera tan egoísta. Debería haberme dado cuenta con esos cambios de humor. Yo siempre he pensado bien de ella, siempre me había parecido que podía contar con ella y que nuestra amistad iba a estar por encima de todo. Yo lo del café nunca se lo habría hecho. Es necesario que hable con ella. Antes era distinta, pero ahora se ha vuelto irascible, a la primera de cambio da unas contestaciones como yo nunca me imaginé. Últimamente, cuando le contaba lo de mi jefe y los problemas que tengo con Ferrer, creo que ni siquiera me escuchaba, o me soltaba: “La culpa es tuya por ir dándole explicaciones.” Claro, ella no lo entiende porque es jefa y la vida le ha resultado siempre muy fácil. No puede entenderme. Tampoco me entendió el día que le regalé el libro aquel que quería de Saramago, le puse una dedicatoria y cuando la leyó me dio las gracias y puso una cara bien rara. Pensé que a lo mejor no le había gustado el libro pero cuando se lo pregunté me dijo: “No, no, si el libro me ha encantado.” A veces creo que Marisa es como todo el mundo, y es que la gente es muy egoísta y sólo piensa en sí misma. Yo nunca pensé que algún día iba a pensar así de ella, pero es que no me queda más remedio, la única explicación es que Marisa es como todo el mundo, igual de egoísta. Aún me acuerdo del día que volví de vacaciones. Ni siquiera me preguntó qué tal. Estaba allí hablando y riéndose con Javier y Martín, que estaban como siempre, contando sus aventuras y lo mucho que habían ligado en la playa. Pues nada, ellos siempre hablando de tonterías y ella riéndose como una loca con ellos, y cuando llegué yo me saludó, vino, me dio dos besos y me cogió del brazo y siguió riéndose con ellos como si tal cosa. Y después, cuando ya habían dejado todos de decir tonterías, va y me dice: “Bueno, ¿y tú qué tal lo has pasado?” Yo empecé a contarle que mi madre, la pobre, había pasado casi todas las vacaciones en el hospital y que a mi hermano querían darle el alta y que volviera a trabajar y que menuda papeleta se me presentaba a mí. Pues nada, que apenas empecé a hablar y a contarle las cosas, cuando tanto Javier como Martín se marcharon a su sitio, que decían que tenían mucho trabajo; y Marisa, me dice: “Vaya, habrán sido unas vacaciones horribles”. Y yo le digo: “Como siempre, hija, ya sabes los problemas que tengo.” Entonces Marisa era comprensiva y sabía escuchar. Supongo que los problemas con su marido le influirán. Ahora Marisa sólo piensa en sí misma. Ella no se da cuenta, pero en el trabajo también tiene problemas, porque Marisa algunas cosas no las controla muy bien. Y no es que sea una incompetente, pero tiene muchas responsabilidades y no siempre hace lo más correcto. Yo creo que, a pesar de todo, Marisa me necesita más que nunca, y aunque se comporte así conmigo, la llamaré. La llamaré a su casa, o quizá mejor subiré a verla, porque si coge el teléfono su marido tendría que hablar con él y no me apetece. Pobre Marisa, ella no sabe bien los problemas que tiene, quizá necesitaría ir a un psicólogo. Si sigue así, sin querer hablar conmigo, no sé cómo voy a arreglármelas para ayudarla, porque la gente cuando tiene tantos problemas piensa que puede salir sola del atolladero. Yo sólo quiero ayudarla.

 

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