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Leí el diario de un extraño (2003) |
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A los pies de mi padre |
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Cristina Baíllo |
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Qué antipático resultaba ese coche. Lo contemplaba desde la ventana mientras llegaba el momento de amortajar a mi padre. Hasta entonces, él y su coche habían tenido vidas paralelas. Nunca había sentido el ronroneo del motor de uno ni del cariño del otro. Isabel, pásale un paño al crucifijo y al cabecero de la cama dijo mi madre apareciendo con un trapo. Hace tanto que me fui de casa, que es como si viera por primera vez este cuarto. Parece una celda de convento. Una cama de barrotes, un crucifijo, una silla y un coche bajo la ventana, pero ni una alfombra bajo los pies. Lo dije por decir algo. No todos los días quitas el polvo a la cama de matrimonio de tus padres con uno de ellos de cuerpo presente. Pero mi madre contestó algo irritada: ¡Qué más iba a tener! Anda, ven, ayúdame a guardar toda esta ropa en cajas, que ya he vaciado el armario. Evité mirar la cara de mi padre mientras limpiaba su anillo de bodas (ya que estaba con el paño...) y después me alejé de la cama. En el rato que yo quitaba el polvo, mi madre había ido formando dos montones en el suelo. Uno con zapatos negros de cordones, nuevos, exactos a los que había visto siempre en los pies de mi padre. El otro con monos de trabajo. Eran de color azul marino y con un tren bordado en el bolsillo delantero. Habría cuatro docenas de cada prenda. Me puse a guardar los monos, que aún conservaban los alfileres que sujetan la ropa no estrenada. Mamá, sabía que guardábais esta ropa, pero ¿por qué tanta? Ya ves contestó a la vez que metía los zapatos en una gran caja. Tu padre decía que era para cuando se jubilara. Por eso no usaba los uniformes nuevos que le iban dando en el trabajo. Así iba, siempre con el mono raído. Miré a mi padre. Desde donde estaba agachada se veían sus pies desnudos entre los barrotes. Y se muere un mes antes de jubilarse... No entiendo qué pensaba hacer con ellos. Mi madre se acercó con un zapato en cada mano y me los tendió antes de contestar: Decía que los monos de faena le servirían para ir a la huerta, y los de los últimos años, los de encargado, para ir a misa y a casa de su hermana. Igual que con el coche, entonces. Ni lo conducía él ni me lo prestó nunca a mí. Pero eso sí, cada semana había que sacarle brillo y después taparlo con una lona. También para la jubilación... Hemos acabado con esto interrumpió mi madre. Observé toda esa ropa monocolor igual a sí misma. Era como una colección de fotografías de la vida con mi padre. Cada caja, una escena de un día cualquiera. Alfonso, aparta un mono y un par de zapatos, y llévate las cajas. Me sorprendieron las palabras de mi madre, porque no me había dado cuenta de que mi marido había entrado en la habitación. A los dos nos duraba aún la resaca de la última pelea y nos obstinábamos en el silencio. Enseguida nos volvimos a quedar solas. ¡No pretenderás amortajarle con un mono de trabajo! Así vivió, hija, y así será enterrado sentenció. Capaz era de querer llevar mono hasta para morirse. Un muerto obrero. Sabía que me estaba pasando de la raya, pero una vez que había empezado, costaba parar. No le ofendas, hija, que sufrió muchas estrecheces. Durante unos momentos tuvimos que callar. Yo mantenía incorporado el cuerpo de mi padre, y mi madre subía el mono con grandes esfuerzos. Más estrecha has estado tú, encerrada en el matrimonio con él, sin una risa, ni una canción de esas que decías que te gustaba cantar de soltera respondí cuando pude, mientras levantaba el brazo derecho de mi padre para que ella metiera la manga. ¿Por qué hablas con tanta amargura de tu padre? ¿Y tú qué? ¿Cómo va tu matrimonio con Alfonso? Me golpeó con la manga al decirlo. Yo intenté dar un aire trivial a mi contestación. ¿No le has visto el rato que ha estado antes aquí? No se ha movido, tieso, con los brazos colgando y las manos enlazadas sobre la entrepierna. Parecía que se las sujetaba, no se le fuera a escapar una caricia. No te he enseñado yo a hablar así. Pero si he dicho entrepierna y no... y añadí complacida: ¡has sonreído! ¡Cuidado! Mi madre se había dado cuenta de que, al meter la otra manga, el anillo de mi padre se había salido y lo volvió a colocar diciendo: Tenía los dedos muy flacos, era de pocas carnes. Subí la cremallera y continué provocándola: Sí, era magro para todo. ¿Tú crees que hubiera cambiado algo tras la jubilación? No sé. Me lo veía yendo con el Inserso a Benidorm, llevando uno de los monos. Mucho cambio no hubiera sido contestó mi madre mientras examinaba cómo había quedado vestido. Tira un poco de esa costura hacia arriba, que se vea el escudo... bien, y ahora búscame una servilleta blanca. Fui a la alacena del comedor y enseguida estuve de vuelta. Empujé con fuerza la mandíbula de mi padre hacia arriba y mi madre la sujetó anudando la servilleta sobre la coronilla. Ha tenido que cerrar él la boca definitivamente para que nosotras la abramos... Yo no paraba de juguetear con las puntas de la servilleta. Mi madre tardó un poco en responder: Quizá tengas razón, es que infundía mucho respeto cuando decía eso de: ¡Ya estáis perdiendo el tiempo con vuestras chácharas, parece que no tenéis otra cosa mejor que hacer! Nos quedamos las dos en silencio. Ella se había sentado junto al cuerpo de mi padre. Le tenía cogida la mano izquierda y se la acariciaba. Al rato se quitó el anillo y me pareció que leía la inscripción. Me extrañó que comenzara a poner el anillo en la mano de mi padre. ¿Qué vas a hacer? Intercambiar los anillos. Es la costumbre y empujó el anillo hasta el final del dedo. La abracé por los hombros e intenté convencerla: ¡No cojas el otro! Que se lleve los dos. Si te preguntan en el velatorio, dices que tu corazón está en el anillo y se va con él, o que pronto estaréis los dos juntos, como la pareja de anillos... o cualquier otra cosa que se te ocurra. Sonrió de nuevo y colocó sus manos sobre las mías. No iba a dar poco que hablar en el pueblo el que le vieran con un anillo en cada mano. ¡Qué cosas tienes! En ese momento entró Alfonso y se la llevó de la habitación. Necesitaba ayuda para acomodar a la gente que empezaba a llegar al velatorio. Yo me quedé calzando los pies de mi padre. Horas más tarde, cuando llegaron otros hombres de uniforme y cerraron el ataúd, mi madre se acercó y me susurró: Dios mío, Isabel, al final olvidé coger su anillo... La cogí del brazo y la acompañé hasta el coche para seguir al furgón fúnebre. Tras arrancar, mi madre comenzó a canturrear una copla que se acompasó al ronroneo del motor.
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