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Leí el diario de un extraño (2003) |
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Mi amigo Eduardo |
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Marta Aranzadi |
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A mis hermanas María y Paloma La noche del martes volvimos a hablar sobre la mejor manera de suicidarse y tener éxito. Desde que empecé a estudiar Medicina había sido un tema recurrente en nuestras conversaciones, las clases de Farmacología de los primeros años se convirtieron en auténticos tratados sobre venenos. Vivíamos tan cerca que nos veíamos a diario, como siempre desde los cinco años cuando nos conocimos en el colegio con aquel ridículo babi de color verde. Después de haber tenido enormes dudas y por supuesto la oposición de sus padres, Eduardo había empezado la carrera de Filosofía, y ahora pienso que a la vez que intentaba buscar soluciones a los eternos dilemas existenciales, empezó a pensar que la verdadera respuesta estaba en otra parte. Lo pasábamos genial. Él preguntaba sobre tal o cual sustancia, y yo escenificaba el tipo de muerte que producía; por ejemplo: la digital, hasta que te paraliza el corazón te provoca convulsiones, espasmos, cianosis y finalmente mueres por asfixia con la lengua fuera. Y yo lo iba representando paso a paso, hasta terminar hecho un guiñapo en el suelo. Un día llegó encantado con el nombre de una planta que le parecía precioso para morir por una sobredosis: Posidonia Oceánica, efectivamente un bello nombre de un alga Mediterránea que resultó ser totalmente inofensiva por más que te tragaras una plantación entera. Romántico o estúpido, no lo sé, pero así era Eduardo a los dieciocho años. Otras asignaturas como Anatomía o Cirugía siempre le provocaban saber qué vena, arteria o músculo eran los mejores para seccionar y provocar una muerte súbita. Me hacía tanta gracia su interés que siempre satisfacía su curiosidad. Su energía y vitalidad me animaban en mis relatos y potenciaban mi vena dramática. El curso de doctorado que inició en Oxford duró ocho años. Una galesa pelirroja, bajita y cachonda tuvo la culpa. Se enamoró perdidamente de ella y perdió todo el interés por los métodos de suicidio y por nuestra amistad. Nos vimos muy poco en esos años, pero yo siempre traté de mantener el contacto, al principio por carta, luego por teléfono y últimamente, por correo electrónico. Me puse contentísimo al recibir un correo electrónico la semana pasada en el que me decía que venía a España, y que sin falta la noche del martes cenáramos juntos. Nos encontramos en el bar de la esquina, y para mi sorpresa retomamos nuestra amistad en el mismo punto de siempre, intacta. Habló de Lisa, de su tesis doctoral, y de un montón de cosas más que ahora no recuerdo. Cuando llegó la segunda ración de jamón, me preguntó con ironía si ya había encontrado el método perfecto, más rápido y eficaz de suicidarse. En el mismo tono y con gran satisfacción por mi parte le contesté que sí, después de tanto años haciendo urgencias en el Hospital Clínico, por fin había encontrado el Método. Claro que, para que fuera perfecto, se necesita un arma. Una vez más escenifiqué cómo había que coger la pistola, en qué punto exacto del paladar debía colocarse para que, al disparar, la bala atravesara sin problemas la parte más fina del cráneo y llegar al cerebelo directamente provocando la muerte en el acto. Y una vez más terminé en el suelo como a los dieciocho años. En esta mañana de viernes, mientras salgo de su entierro después de haber depositado una gerbera rosa sobre su ataúd, trato de imaginarme qué pasó por su cabeza al separarnos, como llegó a casa de sus padres, cogió la pequeña pistola que se guardaba en el armario del baño y se disparó en el punto exacto que yo le había dicho. No puedo imaginarme por qué lo ha hecho, pero no le perdono el no haber podido por una vez ver yo su representación.
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