Leí el diario de un extraño (2003)

No son sólo botones

Zita Arenillas Cabrera

A Eduardo y Alessandro

“La imaginación es como una hoguera o un horno;
hay que abastecerla, alimentarla y mantenerla viva.”
Hanif Kureishi: El regalo de Gabriel


Colecciono botones. En el Metro se encuentran muchos, y yo soy taquillero en una estación de Madrid. En el camino al trabajo, y lo mismo de vuelta, encuentro unos tres al día en los vagones y las estaciones.

Los botones son bonitos; perfectos, diría yo. Los hay redondos, cuadrados, triangulares, deformes... Una vez encontré uno con forma de caballo, de color naranja. Lo guardo en una caja especial, en una caja que compré en Ribadeo.

Los agujeros de los botones me producen admiración. Cuando miro a través de ellos me parece ver el mundo de otra manera. Como si fuera un Ratoncito Pérez, pero en lugar de coleccionar dientes muertos colecciono botones sin venas.

Hace poco hice un collar con los más bonitos de la colección de 1995 y se lo regalé a Amaya. No se lo ha puesto ni una vez.

Cuando estoy metido en la taquilla y no hay clientes protestando porque el móvil les ha imantado el billete, me quedo mirando las pantallas de vigilancia. Así puedo ver si a alguien se le cae un botón, y en cuanto llega el descanso corro a cogerlo. Los guardo en el monedero hasta que llego aquí, y entonces los coloco siguiendo una rigurosa clasificación: según lo que siento cuando miro a través de sus agujeros. Así, tengo una caja que se llama Miedo, otra que se llama Vértigo, otra es Nostalgia, que está junto a Vacío. Yo mismo construí el armario donde guardo todos mis sentimientos abotonados.

El año pasado arranqué los de la chaqueta de Nochevieja, y en su lugar cosí los que había encontrado los 31 de diciembre de los últimos cinco años.

Juana, la que limpia en la estación donde estoy destinado, me entrega los que encuentra en las papeleras del andén. Esos los guardo en una caja aparte que se llama Gratitud.
Algún compañero me lanza una mirada de compasión cuando me ve guardando los botones del día. A mí me da igual. Yo les miro con pena por no tener ilusión por nada.

Esta tarde, cuando estaba espiando en las pantallas de vigilancia, un tamborileo de uñas en el cristal me ha sacado de mi concentración. Me ha molestado, porque observaba a una anciana que estaba desabrochándose el abrigo.

Al girarme me he mareado. Creía que la belleza sólo podía encontrarse en un botón tirado en el suelo, pero no en uno aún cosido.

Pestañeé varias veces. Sólo podía pensar en cómo llamar a la caja donde guardar ese botón. No era capaz de encontrar una palabra para titularla. Pero claro, eso no lo podía saber hasta mirar a través de sus agujeros.

—Perdone, ¿me da un billete?

Había olvidado que tras un objeto puede haber una voz, incluso una persona. Levanté la mirada, pero tuve que volver a bajarla.

Su color... su color era indefinido. A veces parecía lodo del Manzanares, otras la sangre de un toro derritiéndose sobre la arena, o gasolina en un charco junto a un paso de peatones.

—Oiga...

Allí solo. Era enorme. Era uno solo, sujetando una rebeca marrón. Me dio pena verle tan solo.

—Señora, le doy el billete gratis si me regala su botón —dije, al tiempo que apuñalaba a la mujer con unos ojos desamparados.

Pude ver su desconcierto: era como una nube a punto de reventar dentro de su pupila. Sólo se oían los raíles gimiendo en el infierno.

—¿Tiene usted un imperdible? —me preguntó.

Me apresuré a coger la bolsa de Objetos Perdidos. Encontré varios y los coloqué ante ella. Cogió uno grande y plateado. Luego me pidió unas tijeras. Cortó cuidadosamente el cordón umbilical y después dejó el botón desnudo junto a los demás imperdibles, que estaban estupefactos.

—¿Me da mi billete?

Ahora estoy sentado en mi sofá. Él me observa con ojos ahuecados. No me atrevo a mirar dentro de ellos.

Me levanto y cojo del armario la caja de Ribadeo. He decidido que sólo él se merece ese sitio, así que dejo al caballo naranja, celoso, pastando en la papelera.

No me siento con fuerzas para mirar en su interior. Es como si me dijera que no lo haga, que espere. Quizás sea lo mejor. “Siempre hay tiempo”, como decía mi madre. Me doy cuenta de que lo mejor es dar otro nuevo rumbo a mi vida.

Escribo en la tapa, a lápiz, la palabra Esperanza. Vuelvo a ponerme en pie y meto la caja en el armario, que está junto a otro donde guardo la colección de pendientes, que a su vez está junto al que esconde los guantes, que al mismo tiempo está hombro con hombro con otro armario lleno de horquillas...

Voy a dar un paseo, a ver qué encuentro.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro