Leí el diario de un extraño (2003)

Encendí un cigarro

Raquel Barrantes

Sonó el despertador y me giré un par de veces. Mi mujer no estaba, tenía turno de noche. Yo padecía insomnio, apenas me acababa de dormir. O eso me pareció.

Me levanté a rastras, como siempre, maldiciendo la hora y al despertador. La ducha ayudó poco, el café algo más. Encendí un cigarrillo. Mucho mejor.

Mi mujer llegó, nos saludamos un momento. Ella cansada, yo ya me iba. “Hueles a tabaco”, dijo. “Es muy temprano”.

Cogí el tren. Dormitaba, deseaba no tener que ir a trabajar. Llegué, como siempre, justo a tiempo; es decir, demasiado pronto a la ida, demasiado tarde a la vuelta. No podía ser que los dos trayectos fueran el mismo, me hubiera jugado la cabeza. Qué estúpido engaño el de nuestras sensaciones. Qué estúpida vida esta rutina absurda. Encendí un cigarro.

Mi jefe no estaba de buen humor. Nos convocó a todos para una sesión de grandes quejas sobre pequeños rendimientos. Le oí vociferar en alguna remota lejanía, al extremo opuesto de mi interés, que viajaba veloz en dirección contraria. Cerró con palabras amables que de nada sirvieron, pretendiendo suavizar un impacto nunca logrado. No en mí, al menos. El tipo me enfermaba, me crispaba. Encendí un cigarro.

Junto a mi mesa había dos más. La una era el feudo de un adicto al Marca, incapaz de inmutarse por nada; la otra de mi pobre compañera, cuyas piernas parecían crecer de día en día, a medida que menguaba la longitud de su falda. Empecé a fantasear peligrosamente. “Mejor enciendo un cigarro y pongo manos a la obra”.

Intoxicado de humo y rutina, fui al baño poco antes de salir. Me miré al espejo dos minutos. Encontré a un conocido al que hacía tiempo no veía. Me costó reconocerle. Preferí no pensar. Encendí un cigarro.

“Estoy cansado, voy a dormir temprano”, dije al llegar a casa. No era verdad, yo no duermo temprano jamás, me ahoga el descontento, me pesa mi propia vida. Echo de menos a mi mujer incluso cuando la tengo al lado. Y doy vueltas en la cama por no darlas en mi cabeza. No sé dónde y cuándo fue que me dejé atrapar así. No sé qué es lo que me atrapa.

Oí a mi hija toser en la habitación de al lado. Es muy pequeña, aún no habla. Me levanté, fui a verla, dormía. La contemplé unos instantes, entre asombrado y confuso, preguntándome si los demás mortales pasaban los días como yo, abrumados por el vacío; si a ella le esperaba lo mismo; si yo era normal. Encendí un cigarro.

La niña tosió más, se despertó. Mi mujer apareció, me miró molesta, no dijo nada. Cogió a la niña en brazos y la acunó, apaciguándola. Seguía tosiendo y yo salí de la habitación.

Casi enciendo un cigarro, por pura mecánica. Me detuvo el que tenía entre los labios. Lo sostuve entre mis dedos, observándolo unos instantes. Eran escasos centímetros, pero yo me sentía aún más pequeño, mucho más. Debía ser algo poderoso, puesto que me servía de consuelo, refugio, sedante, escape y hasta entretenimiento. Y, mientras, mi vida se esfumaba como su humo.

Apareció mi mujer. Me miraba con ojos pacientes, inmensos, interrogándome sin palabras apoyada en el marco de la puerta.

—Perdóname, cariño —dije, apagando el cigarrillo—, no me daba cuenta. ¿Sabes una cosa? —añadí—, ahora mismo dejo de fumar.

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro