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Leí el diario de un extraño (2003) |
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El robo |
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Patricia Bustelo |
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A
Lula, mi gran amiga que siempre confió en mí No pienso justificarme esta vez. Sería inútil. Prefiero contarles lo que pasó y que ustedes decidan. Hace dos días, el viernes, nos encontramos como siempre Luis, Binelli y yo en el garaje del coreano. La esposa del coreano nos había llamado para organizar una partida de chinchón. Ya empezaba a pensar que la partida se iba a suspender porque algo había sabido de un robo en la casa del coreano durante el fin de semana anterior. Mi mayor preocupación era conseguir algo de valor para apostar. Ya había perdido la bicicleta de Mabel, y el reloj, y la cafetera, sin olvidarme del equipo de música. Sabía que Mabel tenía dinero ahorrado y algunas cadenitas de oro que le regalaron para diferentes cumpleaños. Esperé a que ella se fuera al hospital y comencé lo que yo llamo la búsqueda frenética de todos los viernes. Abrí las cajas de ropa de invierno, los cajones con ropa de cama y las macetas. No aparecían. Binelli me llamó a la casa de Mabel y me preguntó qué iba a apostar esa noche. Escuchaba cómo la morocha de turno le hablaba arrastrando las palabras y como él le decía: Gordita, esperá, ya va papito a contarte un cuentito, sacate la ropita, dale, no me tomes frío, tapate con la sabanita. Binelli tenía una frase para cada situación. Le conté que no tenía nada, que mi plan con las cadenitas de oro había fracasado y me dijo que no me preocupara, que él tenía una alfombra persa robada a no se sabía quién que había ganado en otra partida con sus compañeros de trabajo y que me la dejaba. Que en otro momento se la pagara, que todo en la vida iba y venía y que el mundo era chico y nadie se escapaba de su destino. Acepté. En el garaje, el coreano, el amigo del coreano y la esposa del coreano estaban sentados alrededor de la mesa de hierro. Y Binelli, Luis y yo los mirábamos sin decir palabra. Pasaron varios minutos así, ellos examinaban la alfombra de Binelli con mucho detenimiento. Tuve miedo de apostar algo prestado, nunca se juega con esas cosas. Los tres coreanos se acercaron a nosotros y bajaron la cabeza como asintiendo. Eran tres cabezas en un sólo cuerpo, los vi horrorosos, con sus ojos oscurísimos, concentrando toda la luz del garaje. Decir que tuve miedo es estúpido para una persona que vive con miedo, eso no describe bien lo que sentía. Pero hay algo increíble: sentí el paso de los minutos, como pinchazos en la nuca. Todo se volvió perceptible a mis sentidos, la respiración llena de alivio de Luis y la sonrisa de Binelli, su mano tocando su bigote oscuro. Binelli tenía puesta su chaqueta de la suerte, la de cuero blanco con flecos como la de Elvis, el pelo engominado peinado hacia atrás en un enorme jopo. En la mano derecha tenía un anillo con piedra roja que me pareció magistral, luego me desilusioné al ver que le faltaban unos brillantitos alrededor de la piedra. Me pregunté si todo lo que tenía Binelli era producto de sus partidas de chinchón. De ser así era un tipo de suerte, yo no tenía nada, e incluso había perdido todo lo de valor que había en la casa de Mabel, junto con ella. Nos sentamos y comenzó la partida de chinchón. De la partida no tengo mucho que decir, fue lo más parecido a un suicidio colectivo. En cuatro manos el coreano había sacado del juego a Luis y a Binelli. Quedaba yo con ochenta puntos y él con menos veinte. El coreano solía ganarnos viernes tras viernes y ya no sabía bien por qué seguíamos aceptando esas invitaciones, sobre todo por el olor penetrante que nos dejaba en la ropa y que permanecía en mi paladar toda la semana siguiente a la partida. Era como una mezcla extraña entre aceite para autos y pescado. Quizás la cocina daba al garaje, nunca lo sabría. El coreano seguía tomando cartas y descartándose las más altas. Bajó dos sotas, un caballo de copas y dos reyes. Yo a esa altura, como siempre en mi vida, sólo deseaba que terminase y pagar. Esas noches en el garaje del coreano pude entender mucho más de mí mismo. Me definía como breve e irremediable. La esposa del coreano reapareció y me devolvió a la partida. Prendió más luces y le entregó una caja de cartón cerrada al otro coreano. Este la tomó y la apoyó en su silla permaneciendo de pie durante el resto del partido. Yo miraba mis cartas pensando cómo iba a pagarle la alfombra persa a Binelli. No tenía forma de conseguir todo ese dinero. El coreano cortó y perdí. Me levanté sin mirarlo a la cara. El coreano odiaba perder pero más odiaba que sus contrincantes no fueran de su altura. Y yo era el menos indicado para mirarlo a los ojos. El coreano me sentó de un empujón nuevamente. Ablil la caja aola. El coreano que estaba de pie con la caja de cartón me la pasó y yo tuve que abrirla como me habían indicado. Y la vi: una pistola con sus balas sueltas al lado. El sudor frío recorría mi frente y caía sobre mis mejillas. Los segundos asesinaban mi cuero cabelludo y me picaba la cabeza. Miré al coreano lleno de pavor. Él estaba sentado en la silla, lo iluminaba la lamparita que colgaba del techo, y le brillaba su piel grasa. Tenía algunos granitos de pus en la cara y una pequeña cicatriz cerca de la boca, en la mejilla derecha. Su pelo brillante por la gomina se aglutinaba en mechones marcando diferentes caminos en su cabeza. No me acuerdo de mucho más. Tengo manchones de ideas que dan vueltas inconexas. Me acuerdo de cómo el otro coreano me puso una navaja en la garganta y me obligó a cargar la pistola. Luego tengo grabados los sonidos de los disparos y las caras de Binelli y de Luis en el suelo del garaje. Tenían los ojos abiertos y no dejaban de atravesarme. Y creo que caí al piso o me tiraron, y me arrastraron hasta la puerta, para luego patearme a la calle. Eso es todo lo que sé, y si me lo preguntan, es verdad, no, no me alcanza. Nunca será suficiente.
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