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En
homenaje a Virgilio Piñera,
Cuba 1912-1979
Temo obsesivamente
no responder al afecto. No al afecto que te tiene la familia si
es que te lo tiene, ni a los afectos que buscan respuesta: el amante,
el amigo, el colega; sino a ese sentimiento espontáneo que no espera
llevarte a la cama, ni de paseo, ni exige atención; sino, como
he dicho, al sentir que surge espontáneo. Una pasión latente
sumergida en el inconsciente. Y se fija en una mirada. ¿Qué
afecto es ese? ¿Cómo se identifica?
Mario hizo revivir en mí esa emoción misteriosa. Los más
tibios lo llaman cariño, los implacables, química. Para
mí, ¿qué es un afecto? Es un sentimiento que percibo,
una mirada, un gesto, alguien quizás extraviado. A veces reparo
en esa angustia sin principio ni final, estancada en el tiempo, y siento
la necesidad de responder. Creo en ese afecto imprevisible, reconozco
el alcance de una lucha constante. Y como por arte de magia alguien decide
compartirla conmigo. Camino por la calle e intento analizarlo. Y así,
rodeada de movimiento y ruido, me resulta difícil. La emoción
prevalece al recordar la mirada de Mario, el gesto de afecto, que desconoce,
que presiente. La tenue luz de los faroles ilumina la calle. Sigo andando
con prudencia, más tarde aparece la Luna que sugiere espejismos;
me vuelvo reflexiva.
Una imagen perfecta de la mirada aparece en mi mente, y me pregunto por
qué durante estos meses no la he reconocido, hasta ayer, cuando
Mario me sujetó suavemente el brazo. Lo miré y me pareció
que le salía a borbotones el afecto. Sé que no es una pasión
impetuosa, sé que es un sentir contenido, lo vi en su mirada.
Continúo por la calle, en un deambular iluminado cada vez más
prudente. De pronto el corazón palpita hasta tal punto que la respiración
empieza a acelerarse. Soplo desalojando el pecho, me llevo el puño
a la boca y soplo con más insistencia, entonces reconozco el miedo
en mí, brota cuando me escucho por dentro. Mi mente lógica,
racional, crítica exige que sea real el afecto. ¿Estaré
confundida? ¿El reconocimiento será equivocado? Dudo, reacciono
con un chirriar de dientes, rasco el abrigo como un gato encrespado.
Respiro profundamente. Y todo por algo que he pensado. Para que esto ocurra
debe ser eso que temo obsesivamente en mi caso, un afecto negado
confundido con nada. Y allí, en medio de la calle, el movimiento,
el ruido, la confusión.
Después del sobresalto, el análisis se hace una estupidez.
Decido mirar escaparates siempre evasivos. Me detengo en la
agencia de viajes, imagino ver navegar a un velero exaltado por la osadía,
y a lo lejos otros anclados en aguas tranquilas, resguardándose
en el tiempo.
Intento recuperar la imagen del gesto de Mario, pero se pierde en la luz
clara y penetrante que fijó su mirada. Quizás para muchos
se trate de un reconocimiento ingenuo de pasiones escondidas. La inseguridad
se instala: surge la duda en los hechos, soliviantadora me invade, y todo
lo invade.
Otra vez la confusión hasta que lo pienso lejos y prefiero negarlo.
No puedo sino que seguir reconociendo en Mario un sentimiento detenido.
Pide a gritos que lo descubran, yo puedo verlo, pero antes tengo que saber
si él siente el afecto, o si sólo fue el recuerdo del valor
conocido lo que me hizo verlo en su mirada.
Quedo con Mario en un bar. Yo sigo aferrada al sentir sereno, al gesto
de ayer, cuando me sujetó suavemente el brazo y le salía
a borbotones el afecto. Nos sentamos en una mesa. Un poco más
de café. No, no me voy fuera este puente. Qué
buenas estas pastas. Y el afecto rondando. Y se lo digo. También
él debe reconocer la naturaleza generosa de sus sentimientos. Pero
que no se angustie, le hablo con conocimiento. Y entonces quedo aferrada
a la explicación terrible de la respuesta. En efecto,
era una estratagema, dicha con desenfado, mientras sonreía alterado
por una inminente satisfacción en su ánimo.
Angustiada, en suspenso, con la cuerda al cuello, estoy a punto de extenderme
en una larguísima explicación acerca de las categorías
de afectos.
Se muestra hermético, decido compartir el recuerdo de una pasión
manifiesta, victoriosa, consciente. ¿Acaso un sentir paralelo?
¿El de abstinencia, el del retraimiento no cuenta?
Como si me pillara en un renuncio, me sonrojo.
Intento romper el hielo, aproximarme a sus sentimientos.
Y tanto aspaviento, porque temo obsesivamente no responder a un afecto.
Todo se hace tan absurdo que doy un giro y le invito a analizar los afectos.
No, no puede.
Mi extraño comportamiento lo aturde. Veo que mis preguntas lo acobardan.
A él le asusta el afecto, pero le apremia salir de sí, viajar
en el afecto, a mí me impide cualquier movimiento. Mi serenidad
lo tranquiliza. Sentados uno frente al otro, como rivales que se miden
con una mirada, esa mirada que no surge espontánea. Y el botín
en este caso el afecto empieza a desmoronarse. A mí
por agotamiento, a él por agrandamiento. Entonces nos entregamos
a explicar nuestras posturas frente al afecto, o contra el afecto. Las
suyas pretenden negar, terminan por hacerme sonreír. Las mías
lo dejan pensativo. ¿Todo no está perdido, entonces?
Tan demoledora es su negación que miramos a nuestro alrededor tratando
de descubrir la respuesta en otros que están en el bar.
Me espera otra evidencia más del absurdo: Mario palidece, y de
un salto, se dirige a la barra, donde un conocido acaba de instalarse.
Vuelvo la cabeza y veo que se trata de un cliente del estudio, mas me
levanto mientras conversan. Tienen aire de encantados, tanto que parecen
no verme. Y controvertiéndose. Toda una controversia oculta en
los planos de un chalet. Presiento que se sienten incómodos. No
hago ni un solo gesto. Me dirijo al aseo y trato de descubrir de qué
hablan.
Al poco rato, volvemos a la mesa, intento mostrarme serena, cautelosa.
Él regresa con la certeza de un comportamiento astuto. Confirma
mi sospecha: Le ha justificado nuestro encuentro. No alcanzo a comprender
por qué.
Él, que tiene una vida ordenada, casi perfecta, en lucha constante,
y así, de repente, el miedo. Y el afecto rondando, ese que surge
a borbotones, espontáneo, mientras existe enquistado, engullido
por la existencia. Otra coca-cola. Sí, yo tomaré
un café, con la leche no muy caliente. No, no he terminado
la planta alta
Le escucho y siento el afecto, le siento sintiéndolo.
Minutos después, cubiertos con elegantes abrigos, envueltos en
bufandas de seda, sujetos a portafolios de piel, suelas de goma en los
zapatos, cada uno bajo su paraguas, nos vamos a terminar el plano. Y todo
es plano.


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