|
Querido marido
de mis sueños:
Yo no creo en
la reencarnación, pero si realmente existiera me gustaría
que te reencarnaras, como poco, en el hombre en que te he convertido en
mis sueños. Te he despojado de todo aquello que hacía imposible
la pervivencia de nuestro matrimonio para salvarlo. Ya no bebes. Cumples
con tu trabajo, conmigo y, lo que es más importante, con tu hija.
Además, ¡por suerte para ti y para mí!, eres eternamente
joven. Siempre te sueño con el aspecto que tenías cuando
nos casamos.
Poco después de tu muerte, con el sueño de la reconciliación,
se diluyeron todas las diferencias que nos separaban mientras viviste.
Te preguntarás por qué te escribo ahora que ya estás
muerto, que no hay vuelta atrás. Lo hago porque creo que todavía
hay esperanza. Si he de serte sincera, confío en que esta carta
llegará al corazón de alguien que sienta que él es
el Luis de mis sueños. El Luis que haría realidad mi ideal
familiar.
Han pasado diez años desde que dejaste este mundo. Fue en el verano
de 1992. Verano caluroso y de gran boato español. Nos dejaste cuando
ya se hacía insoportable tu presencia tanto para tu madre como
para tu hija. Yo no me incluyo porque a mí el daño me lo
habías hecho hacía tiempo. Habías llegado a tal deterioro
físico y mental después de tantos años de alimentarte
a base de cervezas, whisky, tabaco, clubs de alterne y mentiras, que tu
madre se jubiló de la pescadería para dedicarse a sufrir
a tiempo completo ora tus diarreas, ora tus fracturas de huesos, ora tus
accidentes de tráfico, ora tus malos modos... Tu cuerpo apenas
se mantenía en pie sobre unos huesos de viruta, tus maltrechos
pulmones apenas oxigenaban la sangre que bombeaba tu corazón exhausto
y tu romo cerebro te impedía expresar pensamientos coherentes salvo
tus archigastadas frases hechas que durante muchos años te habían
servido para encandilar a enfermeras y guardias de tráfico.
Aquel verano del 92 tu hija era ya una adolescente. Mientras fue niña
sólo te veía como padre al que no quería renunciar
por nada del mundo. Cada rato-migaja que le dedicabas (aunque fuera rodeado
de tus colegas de taberna), lo disfrutaba intensamente. Con qué
orgullo les decía a sus compañeras de clase éste
es mi padre, cuando ibas a buscarla al colegio el viernes que te
tocaba llevártela. Te quería porque eras su padre y punto.
Pero en aquel verano de 1992 fue distinto. Tu hija tenía quince
años, la edad en que uno se cuestiona todo. Hasta a los padres.
La edad de la crítica. La edad de los complejos. En mi mente quedó
grabada la escena de tu encuentro con ella el día de la fiesta
de San Lorenzo a la entrada de la taberna de mi tío Nico, unos
días antes de tu fallecimiento. Hacía tiempo que no os veíais.
Allí llegaste con unos amigos. Desfasado. Tu hija en cuanto te
vio se acercó para darte un beso e interesarse por ti. Yo miraba
y veía que tu hablabas. No sé de qué hablásteis.
Supongo que sería algo trivial. Cristina, tan seria, tan discreta,
volvió a mí asombrada por lo que acababa de presenciar.
No tenía ni pies ni cabeza nada de lo que decía su padre.
Desvariaba. También se dio cuenta de tu delgadez extrema, de tu
desaliño, de tu cara congestionada, de tus labios hinchados y morados
que dejaban ver unas encías con restos de algo negro que en otro
tiempo fueron dientes. Sintió vergüenza. No quería
volver a vivir una situación parecida a la sufrida allí
ante más espectadores de los deseados. Nunca más volvió
a verte, ni vivo, ni muerto. Tú lo sabes, Luis, estabas mal, muy
mal. No pudiste hacer frente a la tuberculosis que había destrozado
gran parte de tus pulmones. Tu sistema inmunológico era muy deficiente.
Recuerda que sólo te alimentabas a base de alcohol y tabaco. Una
hemorragia interna te llevó.
Después de este ácido repaso a los últimos años
de tu vida, me gustaría contarte algo tan bonito y tan entrañable
para mí como fue el sueño de nuestra reconciliación.
O por lo menos lo que recuerdo de él. Estábamos con tu madre,
tu hermano y hermanas, en cónclave familiar. Llevábamos
un tiempo separados. Tu sufrías mucho por ello. Yo también.
Tu sabías que cualquier acercamiento pasaba porque dejaras el alcohol,
tu vida en los bares, tu falta de seriedad con el trabajo. Allí
reunidos decidiste hacer una cura de desintoxicación. Pasaste un
tiempo en un Centro de Rehabilitación. Después volviste
al trabajo. Pasó un año de seriedad y de compromiso. Entonces,
decidí darte una nueva oportunidad. Nuestra hija necesitaba una
familia y yo recuperaba mi status de mujer casada. Cumpliste. ¡Fue
maravilloso poder volver atrás y salvar nuestro matrimonio!
A partir de ahí siempre te sueño como marido. Somos una
familia: tú, yo y nuestra hija. Estamos por ahí disfrutando
del fin de semana. Nos vamos de excursión en tren a pueblos de
montaña en los que pasamos el día correteando, restregándonos
por el suelo, peleándonos, cazando saltamontes... Parecemos una
familia feliz. Yo soy feliz. Muy feliz. Otras veces vamos al zoo, a la
playa, al parque de atracciones o al cine. Seguimos sin tener aficiones
comunes ni cosas que contarnos, pero tenemos lo más importante:
respeto y el amor necesario para mantenernos unidos. Soy consciente de
la voluntad que pones en no entrar en los bares. Me siento orgullosa de
ti. ¡Benditos sueños! ¡Qué lejos de la realidad!
¿Sabes? La vida no ha sido fácil para tu hija y para mí.
De todas formas, ya pasó. Así que mejor no entrar en detalles.
No creas que sólo nos sueño a nosotros. No. Lo más
bonito que me ocurre en la vida siempre lo vivo en los sueños.
He recorrido los cinco continentes, he conocido gentes, he visto olas
gigantescas por encima de rascacielos, he volado desde grandes alturas,
he transitado por estrechos y negros canales llenos de obstáculos...
Ya sé lo que estás pensando. Sí, también he
soñado con otros hombres, jóvenes y no tan jóvenes,
con los que unas veces he disfrutado y otras me he sentido maltratada.
De todo ha habido. Para mí, dormir es vivir. Me paso las horas
y los días en la cama incubando sueños de armonía
con la gente de mi entorno. Mis padres no me prepararon y yo tampoco supe
marcarme la senda de mi vida. Fui un barco a la deriva del que se fue
sirviendo quien quiso y pudo. Ahora soy adulta y aunque sigo sin ser capaz
de trazar una ruta por la que transitar, he echado el ancla en puerto
seguro para que ya no haya marea ni tormenta que pueda hacerme daño.
Ahí, en ese puerto seguro, estoy soñando mi vida contigo
y nuestra hija Cristina. A veces en mis sueños sólo está
presente nuestra hija siempre niña. Correteamos infatigablemente
por hermosas laderas hacia playas rocosas y mares de esperanza y libertad.
Anoche soñé con mi primer nieto. En medio de la sabana,
hábitat de los animales salvajes, nuestra hija y su bebé
dormían plácidamente dentro de una enorme cuna. Las aves
rapaces sobrevolaban nuestras cabezas. Yo, ojo avizor, suspendida en el
aire sobre la cuna, formando una barrera protectora, vigilaba para que
nadie perturbara su sueño. Fue maravilloso ver la cara de mi nieto.
Nuestro nieto. Ya ves que la vida no se detiene. Era la primera vez que
sentía la sensación de ser abuela. Fue bonito.
En ese sueño no estabas tú. Pero no dudo que habrá
sueños en que estaremos tú y yo con nuestra hija, disfrutando
de nuestros nietos. ¡Como cualquier pareja normal que ha llegado
a cierta edad!
Te echa de menos,
tu esposa


|