Leí el diario de un extraño (2003)

Carta a Luis

Teresa Cano Revillas

Querido marido de mis sueños:

Yo no creo en la reencarnación, pero si realmente existiera me gustaría que te reencarnaras, como poco, en el hombre en que te he convertido en mis sueños. Te he despojado de todo aquello que hacía imposible la pervivencia de nuestro matrimonio para salvarlo. Ya no bebes. Cumples con tu trabajo, conmigo y, lo que es más importante, con tu hija. Además, ¡por suerte para ti y para mí!, eres eternamente joven. Siempre te sueño con el aspecto que tenías cuando nos casamos.
Poco después de tu muerte, con el sueño de la reconciliación, se diluyeron todas las diferencias que nos separaban mientras viviste. Te preguntarás por qué te escribo ahora que ya estás muerto, que no hay vuelta atrás. Lo hago porque creo que todavía hay esperanza. Si he de serte sincera, confío en que esta carta llegará al corazón de alguien que sienta que él es el Luis de mis sueños. El Luis que haría realidad mi ideal familiar.
Han pasado diez años desde que dejaste este mundo. Fue en el verano de 1992. Verano caluroso y de gran boato español. Nos dejaste cuando ya se hacía insoportable tu presencia tanto para tu madre como para tu hija. Yo no me incluyo porque a mí el daño me lo habías hecho hacía tiempo. Habías llegado a tal deterioro físico y mental después de tantos años de alimentarte a base de cervezas, whisky, tabaco, clubs de alterne y mentiras, que tu madre se jubiló de la pescadería para dedicarse a sufrir a tiempo completo ora tus diarreas, ora tus fracturas de huesos, ora tus accidentes de tráfico, ora tus malos modos... Tu cuerpo apenas se mantenía en pie sobre unos huesos de viruta, tus maltrechos pulmones apenas oxigenaban la sangre que bombeaba tu corazón exhausto y tu romo cerebro te impedía expresar pensamientos coherentes salvo tus archigastadas frases hechas que durante muchos años te habían servido para encandilar a enfermeras y guardias de tráfico.
Aquel verano del 92 tu hija era ya una adolescente. Mientras fue niña sólo te veía como padre al que no quería renunciar por nada del mundo. Cada rato-migaja que le dedicabas (aunque fuera rodeado de tus colegas de taberna), lo disfrutaba intensamente. Con qué orgullo les decía a sus compañeras de clase “éste es mi padre”, cuando ibas a buscarla al colegio el viernes que te tocaba llevártela. Te quería porque eras su padre y punto. Pero en aquel verano de 1992 fue distinto. Tu hija tenía quince años, la edad en que uno se cuestiona todo. Hasta a los padres. La edad de la crítica. La edad de los complejos. En mi mente quedó grabada la escena de tu encuentro con ella el día de la fiesta de San Lorenzo a la entrada de la taberna de mi tío Nico, unos días antes de tu fallecimiento. Hacía tiempo que no os veíais. Allí llegaste con unos amigos. Desfasado. Tu hija en cuanto te vio se acercó para darte un beso e interesarse por ti. Yo miraba y veía que tu hablabas. No sé de qué hablásteis. Supongo que sería algo trivial. Cristina, tan seria, tan discreta, volvió a mí asombrada por lo que acababa de presenciar. No tenía ni pies ni cabeza nada de lo que decía su padre. Desvariaba. También se dio cuenta de tu delgadez extrema, de tu desaliño, de tu cara congestionada, de tus labios hinchados y morados que dejaban ver unas encías con restos de algo negro que en otro tiempo fueron dientes. Sintió vergüenza. No quería volver a vivir una situación parecida a la sufrida allí ante más espectadores de los deseados. Nunca más volvió a verte, ni vivo, ni muerto. Tú lo sabes, Luis, estabas mal, muy mal. No pudiste hacer frente a la tuberculosis que había destrozado gran parte de tus pulmones. Tu sistema inmunológico era muy deficiente. Recuerda que sólo te alimentabas a base de alcohol y tabaco. Una hemorragia interna te llevó.
Después de este ácido repaso a los últimos años de tu vida, me gustaría contarte algo tan bonito y tan entrañable para mí como fue el sueño de nuestra reconciliación. O por lo menos lo que recuerdo de él. Estábamos con tu madre, tu hermano y hermanas, en cónclave familiar. Llevábamos un tiempo separados. Tu sufrías mucho por ello. Yo también. Tu sabías que cualquier acercamiento pasaba porque dejaras el alcohol, tu vida en los bares, tu falta de seriedad con el trabajo. Allí reunidos decidiste hacer una cura de desintoxicación. Pasaste un tiempo en un Centro de Rehabilitación. Después volviste al trabajo. Pasó un año de seriedad y de compromiso. Entonces, decidí darte una nueva oportunidad. Nuestra hija necesitaba una familia y yo recuperaba mi status de mujer casada. Cumpliste. ¡Fue maravilloso poder volver atrás y salvar nuestro matrimonio!
A partir de ahí siempre te sueño como marido. Somos una familia: tú, yo y nuestra hija. Estamos por ahí disfrutando del fin de semana. Nos vamos de excursión en tren a pueblos de montaña en los que pasamos el día correteando, restregándonos por el suelo, peleándonos, cazando saltamontes... Parecemos una familia feliz. Yo soy feliz. Muy feliz. Otras veces vamos al zoo, a la playa, al parque de atracciones o al cine. Seguimos sin tener aficiones comunes ni cosas que contarnos, pero tenemos lo más importante: respeto y el amor necesario para mantenernos unidos. Soy consciente de la voluntad que pones en no entrar en los bares. Me siento orgullosa de ti. ¡Benditos sueños! ¡Qué lejos de la realidad! ¿Sabes? La vida no ha sido fácil para tu hija y para mí. De todas formas, ya pasó. Así que mejor no entrar en detalles.
No creas que sólo nos sueño a nosotros. No. Lo más bonito que me ocurre en la vida siempre lo vivo en los sueños. He recorrido los cinco continentes, he conocido gentes, he visto olas gigantescas por encima de rascacielos, he volado desde grandes alturas, he transitado por estrechos y negros canales llenos de obstáculos... Ya sé lo que estás pensando. Sí, también he soñado con otros hombres, jóvenes y no tan jóvenes, con los que unas veces he disfrutado y otras me he sentido maltratada. De todo ha habido. Para mí, dormir es vivir. Me paso las horas y los días en la cama incubando sueños de armonía con la gente de mi entorno. Mis padres no me prepararon y yo tampoco supe marcarme la senda de mi vida. Fui un barco a la deriva del que se fue sirviendo quien quiso y pudo. Ahora soy adulta y aunque sigo sin ser capaz de trazar una ruta por la que transitar, he echado el ancla en puerto seguro para que ya no haya marea ni tormenta que pueda hacerme daño. Ahí, en ese puerto seguro, estoy soñando mi vida contigo y nuestra hija Cristina. A veces en mis sueños sólo está presente nuestra hija siempre niña. Correteamos infatigablemente por hermosas laderas hacia playas rocosas y mares de esperanza y libertad.
Anoche soñé con mi primer nieto. En medio de la sabana, hábitat de los animales salvajes, nuestra hija y su bebé dormían plácidamente dentro de una enorme cuna. Las aves rapaces sobrevolaban nuestras cabezas. Yo, ojo avizor, suspendida en el aire sobre la cuna, formando una barrera protectora, vigilaba para que nadie perturbara su sueño. Fue maravilloso ver la cara de mi nieto. Nuestro nieto. Ya ves que la vida no se detiene. Era la primera vez que sentía la sensación de ser abuela. Fue bonito.
En ese sueño no estabas tú. Pero no dudo que habrá sueños en que estaremos tú y yo con nuestra hija, disfrutando de nuestros nietos. ¡Como cualquier pareja normal que ha llegado a cierta edad!

Te echa de menos,
tu esposa

Haz clic aquí para imprimir este relato

Ir al siguiente cuento

Volver al índice del libro