Leí el diario de un extraño (2003)

Un mal día

José Antonio Cantúa

El aroma a café recién hecho impregnaba el local. Sentado en una de las escasas mesas, al fondo del mismo, comprobaba, por enésima vez, la hora en mi reloj de pulsera. Fuera, una furiosa cortina de agua, propia del lluvioso abril en que nos encontramos, diluía los rostros de los escasos transeúntes.
—Otra vez llega tarde, joder. Siempre hace lo mismo.
Miré hacia la puerta de la cafetería, que se abría a la entrada de un cliente. Nada, una joven empapada. Pasaban ya más de veinte minutos de la hora fijada para la cita con Andrés, que él mismo fijó. Y una vez más —pensé— volvía a retrasarse.
No tengo muy buen concepto de Andrés, debo admitirlo. Mi severa educación familiar, me impide comprender la carencia absoluta de formalidad en su actitud. Jamás es puntual, su vestimenta me resulta grotesca en una persona de su edad… Pero lo peor era esa manía de palmearme la espalda en señal de saludo, algo que odio profundamente. Nunca le he otorgado esa confianza, pero a él parecía darle igual, ya que toda persona circunscrita en un radio de cien manzanas resulta candidata a tan excéntrica costumbre.
—En el fondo no le aguanto —me dije—. ¿Por qué me ha tenido que tocar en suerte el ser su editor? ¿Cómo puede alguien así alcanzar un notable éxito de ventas en todo el país? Nos debemos estar volviendo todos locos…
Sí, Andrés era escritor. Su novela Confesiones de un travesti entró en la lista de los diez libros más vendidos en la anterior Feria del Libro de Madrid. Y fue entonces cuando Daniel Boadas, presidente ejecutivo de Ediciones Libertad, me encargó personalmente el conseguir que tamaño descubrimiento literario firmara con nosotros.
Aunque gozo de cierta reputación en el sector como profesional serio y responsable, hube de batallar duro para lograr su codiciado fichaje, hace ya cinco meses. Bastaron seis o siete reuniones de trabajo, las cuales fructificaron en un nuevo libro, Diario de un heterosexual reprimido, para poder confirmar dos cosas: el enorme talento literario de Andrés, y la repulsión personal que experimento hacia él.
Las seis menos cuarto y sigue sin aparecer.
—Camarero, otro cortado, por favor.
—En seguida, señor.
Otra vez la puerta. ¿Será él esta vez? Lo es.
Allí, jovial y dicharachero, aparece Andrés Martín, sesentón, setenta y cinco kilos dentro de sus escasos metro sesenta de altura, abundante pelo cano y afable sonrisa cubriéndole el rostro, todo ello bajo un estrafalario paraguas de cálidos colorines.
—Perdona el retraso. Me entretuve en una librería, y ya conoces lo caprichosos que resultamos las celebridades —dijo soltando una sonora carcajada.
—No importa, lo comprendo —mentí, dibujando algo parecido a una sonrisa en mi cara—. Y ahora, ¿qué te parece si nos ceñimos al asunto en cuestión? Tengo algo de prisa.
—¡Claro, hombre! Vamos a ello…
Imperturbable, encajé la maldita palmada en la espalda, sofocando el irrefrenable deseo de indicarle en qué lugar exacto de su anatomía podía situar la dichosa manita. Mirándole al rostro, inquirí:
—Tú dirás…
—Su cortado, señor —me interrumpió la grave voz del camarero, que mirando hacia el nuevo cliente preguntó—: ¿El señor tomará algo?
Andrés negó con un leve ademán.
—Será breve —añadió—. Y tras observar como el diligente trabajador volvía hacia la barra, aspiró hondamente, mientras su voz adquiría un tono más firme y serio.
—Mira, Iván, ¿cuánto hace que nos conocemos, cinco, seis meses? No sé… Posees un concepto de mí no muy elevado, ¡no te molestes en negarlo, lo sé, y no me preocupa. Bueno, quizás lo merezca o quizás no. A fin de cuentas, nuestra relación no deja de ser profesional. Y ésta, indudablemente, sí funciona. Lo cierto es que nunca he conectado contigo más allá de datos y fechas. Y siendo así supongo que no comprenderás el porqué de lo que voy a decirte, pues para ti el trabajo, la responsabilidad, el ganar dinero, lo es todo. O tal vez sea mi percepción…
—Bueno, no es del todo cierto. Todo eso que indicas es importante, sin duda, aunque habría que matizarlo. Pero no sé qué tiene que ver esto con lo que has de decirme, sinceramente.
—Tranquilo, Iván, cada cosa a su tiempo. Pretendo saber si serás capaz de comprender la decisión que he tomado, y que en cierta medida, ha de afectarte.
Me agité incómodo en la silla, armándome de paciencia. Otra maldita manía del viejo. ¿Pero qué coño le costaría ser más preciso, en lugar de discurrir por absurdos subterfugios lingüísticos? ¡Bastante tiempo me había hecho perder ya, joder! Intenté recordar algo que leí semanas antes, sobre filosofía oriental, paz interior y otras zarandajas… Imposible, no había manera. Así, suspiré, y pregunté en el más amable de los registros que fui capaz de adoptar…
— ¿Y esa decisión es…?
Andrés permaneció ensimismado unos segundos, pareciendo meditar su respuesta. Abrigaba el firme convencimiento de que era la primera vez que lograba permanecer callado más allá del medio minuto. Al menos, en mi presencia. Esta idea me reconfortó, y volví a sonreír.
—Mira, Iván —exclamó al fin—, yo sobrepaso los sesenta, como bien sabes. Y he ganado mucho dinero con mis dos últimos libros, y vosotros conmigo… Y bueno —prosiguió titubeante—… He pensado que tal vez sea el momento de comenzar a disfrutar del tiempo que aún me resta. Entiendo que puede parecer precipitado, pero he reflexionado mucho al respecto, créeme.
Me embargaba un irrefrenable deseo de soltarle un exabrupto, pero ahogándolo, opté por golpear rítmicamente el suelo con mi pie derecho. Tragué saliva preocupado, y tras esbozar un indescifrable gesto que pretendía ser amable, volví a pedirle, casi suplicante.
—Mira, Andrés, no sé qué intentas decirme, pero lo cierto es que en veinte minutos he de estar en el centro, en otra reunión, y ya conoces el tráfico en esta maldita ciudad. ¿Te importaría ser más conciso, por favor?
Andrés, adoptando lo que me pareció un estudiado aire digno, alzó su mirada, y sentenció.
—Voy a dejar de escribir, al menos durante una temporada. Es una tarea demasiado absorbente, y no me deja resquicio alguno. Quiero gozar de nuevas experiencias… Además, he conocido a una mujer estupenda. Lidia… —se le iluminó la cara al emitir su nombre—. Bueno —agitó la cabeza—, lo cierto es que quiero viajar, conocer el mundo con ella, y al tiempo darnos la oportunidad de conocernos mutuamente. Esa es mi decisión. Y es irrevocable.
Casi me atraganto con el café que tenía en la mano. Sofoqué la ira que empezaba a nublar mi —considero— habitual sentido común. Posé la humeante taza sobre la desvencijada mesa, desechando la posibilidad de arrojárselo encima, tal y como deseaba. Tomé una servilleta de papel y limpié mis labios, ganando tiempo. Mi cerebro bullía en la búsqueda de una solución al problema que se me planteaba. Comencé a estrujar un inocente inocente palillo.
—Bien —balbuceé al fin—, sabes que eso no es lo que está recogido en el contrato. Éste estipula que…
—Lo sé —me interrumpió Andrés—, y aceptaré las consecuencias de mi acto, Iván. Pero como te he dicho, mi decisión es firme, y no hay más que hablar. A fin de cuentas, en esto mando yo.
—¿Pero por qué? —estallé al fin, pagándolo el palillo—. Dios mío… Ayer te acostaste escritor, acomodado, feliz y satisfecho de tu obra. Además eres bueno… ¡Condenadamente bueno, maldita sea! Y hoy… ¿Qué ha ocurrido hoy, Andrés? ¿Acaso te has levantado, y al verte en el espejo, has dicho “hoy toca ser aventurero” o qué?
Mi tono iba elevándose gradualmente, provocando que algunos clientes, entre incómodos y divertidos, nos miraran.
—Serénate, Iván. Es una decisión que me corresponde, y la verdad, no creo estar obligado a darte mayores explicaciones. Es mi vida y ya está. Asúmelo.
Levántandose, me palmeó la espalda y marchó del local, tras un lacónico “te llamo mañana”, ante mi estupefacta mirada.
¡Joder con la palmadita! ¿Y qué le digo yo ahora a Daniel? ¿Que se va con un ligue de viaje, en busca de experiencias? ¡Si quiere experiencias únicas que se vaya al Parque de Atracciones, que para eso está! Maldito viejo chiflado de los cojones, esta vez me la has liado bien… ¿Y qué le digo yo ahora al productor que ha comprado los derechos sobre sus novelas para el cine? ¡Si incluso nos ha abonado un adelanto…!
Furioso, tomé el abrigo, lancé los restos destrozados del palillo al suelo, y tras dejar un arrugado billete sobre el mostrador, marché del local a toda prisa, dando con la puerta en las narices a una anciana pareja que pretendía salir tras de mí.
—¡Grosero! —gritó la señora afrentada.
—Señor, se olvida la vuelta —indicó tenuemente el camarero desde la barra.
Pero yo ya no escuchaba. Mi mente estaba concentrada en la búsqueda de soluciones a la cascada de problemas que me surgía con la renuncia de Andrés.
—Joder, qué puto día… Ésta te la guardo, viejo. Te lo juro…

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