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A
mi amiga Ana
Volvimos a Las
Cromátidas por tercera vez aquella semana. La calle, custodiada
por mujeres de faldas cortas y zapatos de saldo. Yo me agarraba más
fuerte a tu brazo y ellas te guiñaban un ojo. Las Cromátidas.
Me miré en el espejo que recubría la parte trasera del escaparate.
Tú guardabas los guantes en los bolsillos del abrigo y yo tiraba
de ti hacia el interior.
Aquel hombre de nuevo, viejo y sucio, levantaba la mirada sobre sus anteojos
mientras sonaba la campana de la puerta. Buenos días.
Buenos días.
Me encantaba aquella tienda que crujía. Hileras de pequeños
cajones que parecían llegar al cielo. Innumerables etiquetas con
su correspondiente muestra de color. Comenzaste a señalar nombres:
Rojo cobalto, amarillo zinc, magenta carbonatado... Y el viejo
alargaba con esfuerzo su brazo minúsculo desde algún peldaño
de su escalera. Recogía una a una las bolsitas de polvos coloreados.
Ponme una más de oro cadmio.
Para cuando todas estuvieron sobre el mostrador, yo ya había contado,
como siempre, las baldosas rotas del suelo. Esta vez eran diecinueve,
dos más que hacía tres días.
Te abracé. Te di la mano mientras caminábamos de vuelta
a casa. Hacía frío. Me puse tus guantes. Una de aquellas
mujeres me miró a los ojos. Te agarré más fuerte.
Te dije: Todo esto me hace mucha ilusión. Y tú
respondiste: Quizá no pueda, yo no sé hacer retratos.
Me había costado semanas convencerte. Llegué a ponerte un
carboncillo en la mano. Yo te pedía sólo un dibujo rápido,
pequeño, dedicado para mí, primero mi nombre y después
el tuyo. Te puse frente al papel. ¿Por qué no querías?
Decías que te sentías incapaz. Para mí era desprecio.
Sonreíste. Dijiste: Yo no hago retratos, y luego me
quitaste la ropa. A la mañana siguiente el carboncillo que te ofrecí
apareció roto entre las sábanas.
Pero un día dijiste sí, cuando yo ni siquiera te había
preguntado. Dijiste: Vamos a Las Cromátidas, y yo sabía
que esta vez no iban a ser colores de bodegón.
Yo descongelaba la comida mientras tú disolvías los nuevos
pigmentos. Tú decías pigmentos. Para mí eran colores.
Me pediste tarros de cristal para guardar las mezclas. Yo los guardaba
en un rincón del garaje. Saqué los que había lavado
aquella mañana. Todavía tenían la etiqueta: mermeladas
caseras. Me sentí orgullosa de mi trabajo.
Fue junto al ventanal del salón. Luz rosada de la tarde y frío
de invierno. Nada de maquillaje, nada de ropa, nada de nada. Me querías
indefensa. Sentía que desde detrás del caballete ibas a
abalanzarte sobre mí. No me dejaste sonreír, ni apoyarme
sobre una mano, ni soltarme la coleta.
Todo se alejaba de lo que yo había imaginado.
Ni un descanso, ni un beso. Yo tiritaba sobre el taburete. Me dolía
el cuello. Recordaba la tienda de colores, recordaba las prostitutas de
la calle que habíamos atravesado juntos. Tenían frío.
Tengo frío, pensaba yo.
Tú estabas nervioso. Una y otra vez me pedías que no me
moviese. Y tus ojos sin descanso desde mí hasta el pincel. Te pregunté
qué habías dibujado primero. Dijiste: Los hombros,
y yo me puse contenta. Visualizaba mi lunar del hombro derecho. Tú
a veces decías: Es como si estuviera hecho con compás,
y a mí me parecía un piropo a medias. Lo vi en tus ojos,
luego en tu cabeza y luego sobre el papel. Ese era el recorrido de mi
cuerpo o así me gustaba imaginarlo. Al cabo de unas horas dijiste:
Vístete.
Por fin acababa todo aquello, el retrato maldito terminado. Cuando volví
al salón, el cuadro no estaba. Tú limpiabas los pinceles.
Te pregunté: ¿Dónde está?, y tú
respondiste: No soy capaz de que seas tú. Me prometiste
que hoy me lo enseñarías. Lo decías en serio, porque
yo sé cuándo me engañas. Me he despertado ilusionada.
Qué pena que hayas tenido que irte tan temprano.
Lo siento. Lo siento de verdad, pero tenía tantas ganas de verlo...
Lo he encontrado entre los trastos de la buhardilla. ¿Por qué
no quisiste enseñármelo? Es precioso. Y sí que soy
yo. Basta con que retoques los ojos. Dan un poco de miedo. Yo no tengo
esa mirada tan dura. Volveremos a la tienda de colores, si crees que hace
falta. Y cuando regreses colgaremos el cuadro en la entrada. Ya sabes
que no puedo hacerlo sola.


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