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Al carajo con
todo, me dije la mañana en que decidí abandonar mi
trabajo de periodista deportivo en Madrid. El resto del día, entre
hablar con el jefe en la redacción para presentarle la renuncia
y darle la noticia a los amigos, no dejé ni un momento de sentirme
fuerte y decidido. Estaba haciendo lo que llevaba tiempo deseando hacer.
Lo primero fue elegir una ciudad mediana. ¿Tú? ¿En
provincias? ¿A qué?, me preguntaron escépticos
mis colegas mientras tomábamos unas cervezas. No sabiendo muy bien
cómo contestarles, me decanté por dejarlos con la oreja
abierta, y desaparecí. Ya entraría en contacto cuando me
hubiera asentado en esa nueva vida.
¿Era una relación seria lo que buscaba o simplemente más
responsabilidad en el trabajo? ¿Necesitaba preocupaciones sociales
o darle más sentido metafísico a mis devenires existenciales?
¿Iba a buscar trabajo allí o me iba a dar un respiro de
unos meses haciendo uso de mis ahorros? En estos menesteres estaba, divagando
entre un sorbo de café con leche y un bocado de valenciana humedecida,
estribado en la barra de un bar, cuando me topé con este mensaje:
¿Quieres que te encuentre casa? Llámame.
Buscar casa ya no buscaba, porque no hacía ni una semana que había
llegado y, dispuesto a tomarme unas pequeñas vacaciones, había
alquilado un apartamento frente al mar. No era la vivienda lo que reclamaba
mi atención sobre aquel anuncio. Era su simpleza. Era el hecho
de que no tuviera ningún gancho más, ningún otro
reclamo gráfico. En un cuadrito pequeño, entre dos anuncios
de cibercafés, ocupaba un mínimo espacio en una de las páginas
del periódico local. Pregunté en el bar donde estaba desayunando
si conocían el anuncio. Ah, sí, ésa es la inmobiliaria
feliz. ¡Llámela, llámela, y verá cómo
le encuentra casa en un santiamén!, exclamó el dueño
del establecimiento asintiendo con la cabeza. Al oír el comentario,
los tres clientes que en corrillo a mi lado tomaban unas copitas, me dijeron
que también la conocían. El encantamiento que mostraban
me resultaba extraño y al mismo tiempo genuino, por lo que seguí
indagando. ¿Cómo podía un cartel así
atraer a algún cliente?, les pregunté con mi típica
cara de incrédulo, la que usaba cuando salía a cazar información
para un artículo. Al invitarlos a otra ronda me enteré de
que las otras inmobiliarias de la ciudad habían contratado los
servicios de un abogado y un detective (en esto último no coincidían
todos) para averiguar si realmente era profesional y seria la práctica
de una mujer que en unos años había revolucionado la localidad.
Se rumoreó que la corredora era en realidad una mujer muy rica
que no necesitaba el dinero y se limitaba a ayudar a los recién
llegados y necesitados por puro entretenimiento y deleite lingüístico.
Al preguntarles cómo sabían ellos todo aquello me comentaron
que incluso había salido en La Voz del Pueblo, por lo que decidí
acudir a la biblioteca local para comprobar que aquellos simpáticos
vecinos no me estaban tomando el pelo. Todavía receloso, de camino
a la biblioteca, paré a preguntar en otros establecimientos. Todos
coincidían. Se trataba de la inmobiliaria feliz.
¿Quién era aquella mujer? ¿Cómo hacía
para que sus clientes encontraran casa tan fácilmente? Recordé
que al hacer esta última pregunta se había hecho el silencio
en el bar, y tras unos segundos de dilación, uno, desde la puerta,
había mencionado la palabra bruja, lo que había
provocado las risas de los demás. Más tarde, hojeando los
periódicos, comprobé que no se comentaba nada sobre su método.
Las dos noticias, cortísimas, se limitaban a informar sobre un
contencioso que había sido archivado por falta de pruebas. Fue
precisamente este vacío de información el que me demostró
que estaba ante el reto que necesitaba. Periodista perdido busca
entrevista con corredora de fincas, leí en mi cabeza. Desde
uno de los muchos locutorios abiertos en la ciudad marqué el número
impreso y quedé en pasarme por su oficina esa misma tarde.
Berta no era nada como me la imaginaba. Alta, más bien espigada,
como si durmiera colgada de la pared, me recordaba a los personajes del
Greco, excepto por lo de la sonrisa, que no se la quitaba de encima así
lloviera en su Suzuki descapotable. Berta sonreía, feliz de tenerme
delante para que le contara lo que necesitaba. Pero era al revés.
Era ella la que me tenía que contar su historia. Pero claro, ella
no sabía que yo era periodista porque, desde el primer contacto
telefónico, yo había fingido que necesitaba vivienda. Ella
me miraba, esperando pacientemente a que dijera algo. ¿Por dónde
iba a empezar? A ver, señora, ¿cómo se las
había ingeniado para tener tanto éxito profesional en un
ramo saturado de profesionales y agencias?, me moría de ganas
de preguntarle, pero me contuve. En vez de eso, nos centramos en mi petición.
Con parsimonia de terapeuta se dispuso a rellenar un impreso al son de
mis respuestas.
Por su corpulencia me recordaba a una de esas masajistas que si te mueves
a destiempo es capaz de darte un azote en el culo. Sin embargo, era su
capacidad de sugestión, tan sutil y natural, lo que más
me impresionaba. En aquel rato en el que estuve en su oficina, me encasquetó
un té verde que siempre me había negado a probar, y me instó,
con éxito, a visitar dos apartamentos que sabía no iba a
alquilar. ¡Caray, qué fuerza!, pensé mientras
trataba de descubrir lo que podía deducir de los enseres anodinos
que me rodeaban.
Al observar a Berta con un jersey de lana sin teñir, y unos pantalones
caquis que parecían sacados de un almacén de intendencia,
le pregunté si siempre iba preparada para salir al campo. Su respuesta
me dejó claro que manejaba de todo, apartamentos, chalets, casas
de campo, si era eso lo que el cliente necesitaba. Hubo algo en su entonación
que me dio pie a preguntarle por su acento. Me confesó que había
aprendido el castellano hablando con la gente. Como Gerald Brennan, Ian
Gibson, Laurie Lee, seres fascinados por nuestro país y sus costumbres,
Berta se había enamorado de nuestro país y vivía
aquí desde hacía unos años. Lo que ahora necesitaba
averiguar era lo que la había convertido en todo un personaje.
Al despedirme y darle las gracias por mostrarme dos viviendas que yo rechacé
por no tomar una decisión precipitada, le pregunté si le
gustaría salir a cenar conmigo.
Creo que tengo ante mí a una perfecta cicerone dejé
caer con timido entusiasmo. La invitación cayó bien y quedamos
en vernos más tarde en una taberna del casco antiguo.
Sobre unos choricitos picantes y numerosos vasos de vino nuestra conversación
se alargó durante horas. Conforme iba conociéndola me daba
cuenta de que tenía algo de especial. De normal, unos ahorros y
el deseo de una vida nueva en tierras acogedoras. De sorprendente, su
hipnótica sonrisa y una especie de poder extrasensorial. En varias
ocasiones mientras cenábamos, se adelantó a adivinar mis
respuestas antes de oírlas de mis labios.
Entonces, lo del litigio, ¿de qué iba? le pregunté
con sinceridad al enterarme de que me había descubierto.
Se enteraron de que hace años, cuando trabajaba de terapeuta,
practicaba la hipnosis (Sabía que era terapeuta, respiré
orgulloso) y me denunciaron alegando que lo usaba para reclutar clientes
y ultimar contratos. Pero ninguno de mis clientes se ofreció a
declarar en mi contra, por eso se cerró el caso, por eso y para
no hacerme más publicidad. No se aireó.
Pero, ¿era verdad? la miré picarón esperando
la misma mueca.
No, por supuesto que no. Reconozco que tengo un no sé qué
para acomodar a la gente según sus necesidades, pero nadie pudo
probar que eso fuera ilegal. Caigo bien, ¿qué quieres? Los
de las otras agencias no podían soportar que yo tuviera tanto éxito
convenciendo a propietarios para que alquilaran pisos cerrados y resolvieran
disputas familiares, y quisieron retirarme.
¡Conque la madre Calcuta del mundo inmobiliario!
Si tú lo dices... pero tengo la conciencia tranquila
puedes preguntar a mis clientes
No, si no hace falta. Con la popularidad que tienes en los bares,
yo hasta había llegado a pensar que eras una alcohólica.
Hombre, ¡alcohólica! Reconozco que me gusta el tinto,
pero de ahí a la adicción
Lo que sé por experiencia
es que en este país, los bares son los mejores centros de información,
de información casera ¿eh?, de esa que sirve para cubrir
las necesidades básicas. En ellos, siempre encuentro algo.
Me quedé mirándola devolviéndole esa sonrisa que
lucía constantemente. No entendía cómo un periodista
había podido pasar por alto la personalidad arrolladora de esta
mujer que ayudaba a los demás con una convicción y entrega
dignas de relato. Obnubilado, lo reconozco, por su fuerza de persuasión,
después de aquella noche decidí realquilar las dos habitaciones
del apartamento de la playa que no utilizaba. A partir de ahí,
mi situación vital e inmobiliaria cambió enormemente. Pasó
a ser feliz y animada. Como Berta.


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