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Leí el diario de un extraño (2003) |
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Miradas |
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Miguel de Francisco |
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¡Qué
maravillosa es la primavera, cuando se acaban el frío y la lluvia
y los días son largos y soleados! Entonces sí que es un
placer dar paseos y mirar a las mujeres. Porque cuando sube la temperatura
las tías se quitan el abrigo y la realidad ciudadana cambia; las
calles se convierten en salas de exposición donde hay muchísimo
que ver; y más con las modas femeninas que hay ahora, con esa ropa
tan apretada y esas camisetas tan ceñidas y escotadas que dejan
ver casi todo el pecho y marcan volumen que da gloria. Dan ganas de emprenderla
a lengüetazos, como si fuera un helado, de tan dulce y cremoso, y
las espaldas resultan auténticamente insalivables. Y esos pantalones
de cintura tan baja que dejan al descubierto el ombligo y hasta el inicio
de la separación entre vientre y muslo
, y la esquinita de
arriba del vello púbico en las más valientes, a un dedo
por encima de la goma de las bragas, sobre todo esas de tipo tanga, que
parece que están hechas de hilo dental y gracias a ellas se puede
contemplar el culo en toda su redonda plenitud, sin costuras a medio cachete,
las venas del culo como dice un amigo
y las minifaldas
que, cuando las tías se sientan en las terrazas, dejan ver las
piernas morenas de Uva o de piscina, bien afeitaditas, recién salidas
de la pelona, brillantes de crema bronceadora, y bien cruzadas
la una sobre la otra, con gracia y descuido, que a veces dejan ver el
estampado de las bragas, allá al fondo del túnel del amor
¡Juá, juá! ¡Qué gran lugar para perder
la cabeza, desgastar la lengua, marear la pituitaria con vaharadas de
esencias vaginales, volver locas a las papilas gustativas con su sabor
íntimo de orina, permanecer silencioso, con el paladar atascado
por sus fluidos más viscosos! Y los labios, a los de la boca me
refiero, ¡cómo los tienen algunas! tan gruesos, tan carnosos
y mullidos que hasta dan ganas de hacerse un edredón con ellos,
o cortar unas rodajas y comerlos en bocadillo. ¿Cómo será
el morreo de esos labios? ¿cómo harán un francés,
cómo se deslizarán sobre la piel cuajada de venas exultantes
(como el pescuezo de un cantaor que diría mi amigo)
de un pene en estado de máxima ilusión? ¿Y cómo
lucirá el hilillo de semen desde la comisura? ¿o de sangre,
tras una buena bofeteada de respuesta a una bordería? ¿y
los moratones en el mentón, después de un buen puñetazo,
o en el cuello tras un largo mordisco? ¡Qué banquetazo para
la mirada, y la imaginación! Claro, que hay que ser discreto, porque
a las tías les encanta que las miren, pero no con rayos X en los
ojos. Hay que procurar que no se den cuenta. Se puede recurrir a las socorridas
gafas de sol o, en su defecto, a la brevedad. Una mirada rápida
que deje entrever admiración, pero no lascivia (ésta queda
para los videos porno que tengo en casa) es buen método. Sobre
todo si van acompañadas del novio o similar, que podría
sentirse justamente ofendido. Personalmente me molestaría bastante
que miraran a mi novia de la forma en la que a mí me gustaría
mirar a otras de no mediar un elemental sentido del respeto. Pero hay
veces en que se le van a uno los ojos sin poderlo evitar, y hasta se quedan
pegados si no se reacciona con prontitud. Descuidos, pequeños accidentes.
Entonces notamos cómo la mirada del acompañante se clava
en la nuestra con toda la razón. Aunque hay una forma de salir
airosos de la situación alimentando egos, tanto el de él
como el de ella. Consiste en poner cara de envidia, sana, claro está,
y mirar enseguida a otro lado con un leve giro de cabeza mientras se piensa
¡qué suerte tienen algunos!
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