Leí el diario de un extraño (2003)

Como la isla

Aránzazu de Isusi

Para Leticia, Íñigo y Gonzalo, que asoman
entre los toldos en este relato blanco y azul

La patatera está sentada en un taburete portátil. Es azul y blanco como el escudo de la ciudad. Se sienta en el mismo sitio todos los años. Me alegro de volver a verla. Es como la barandilla o como la isla, tiene sitio fijo. Lleva uniforme blanco con delantal y saca las bolsas amarillas de un cesto marrón. La miro de lejos mientras escucho la quena que toca un indio. A su hijo se le ha oscurecido el pelo, ya no es un niño y algún grano salpica su cara. Veo que abraza a su madre por detrás. Es el gesto que repite los últimos veranos. Me gusta ver cómo el niño la abraza, le da pena verla ahí, indefensa, en su taburete sin sombra. La patatera sonríe. Disimulo y paro cerca del poeta de barba blanca y pelo lacio que lee sus poemas en voz alta. A este también le conozco. El invierno, que ha corroído el casco de algunos barcos, no ha podido con él y ahora se enfrenta a los turistas con su maletín viejo de poemas. Un niño echa cincuenta céntimos al mimo que viste de momia, éste le devuelve una reverencia. La patatera saca una bolsa amarilla y se la da a un señor con bigote. Pinocho baila dejándose arrastrar por las cuerdas, los niños dan palmas. La patatera mete la mano en una cartera que lleva colgada a la cintura y saca unas monedas que le da a su hijo. Quizá necesite dinero, tiene síntomas de adolescencia aunque la abraza igual que un niño, siempre por detrás. El chico sonríe, la patatera le mira encantada sonriendo con la mirada. El chico se ha dejado un mechón de pelo a modo de coleta. Me acerco a ellos. A pesar de todos los años que llevo viéndoles no me conocen, soy sólo un veraneante. Les compro una bolsa de esas amarillas. La patatera me devuelve el cambio. Me muerdo la lengua. Quisiera preguntarle dónde viven, dónde pasan el invierno, si los domingos de febrero vende bolsas como para pagar el colegio del chico, si me reconoce después de tantos veranos. Me gustaría decirle que la encuentro bella, que me gusta su pelo rizado, la humildad de su delantal blanco y su sonrisa franca. Que el chico se parece a ella. Que mi verano sería triste sin sus bolsas amarillas y su cesta. Me callo, sólo soy un veraneante.
Todos los días, aunque llueva, les compro mi bolsa de patatas. Todas las tardes el chico sonríe y la abraza por detrás. La protege con su abrazo de la lluvia, del calor y de los turistas que salen del hotel. Hace años era ella la que le apoyaba sobre una de sus rodillas, dejando la otra libre para guardar el cambio en la cartera. Aún era rubio y se divertía viendo pasar a los niños con los globos, las bicis o los helados. Cuando se le oscureció el pelo comenzó a abrazarla, dando techo al taburete azul y blanco. Ahora tiene el pelo muy oscuro y cada tarde la patatera le mira sonriendo, está orgullosa, me sonríe a mí también y me vende la bolsa amarilla.
Y así, tras muchas bolsas amarillas y muchos silencios, las tiendas del centro muestran gabardinas, botines y cazadoras. La ciudad está hastiada de verano y yo ya he hecho las maletas. Doy mi último paseo. Me paro frente a un barco con nombre de Virgen. Un marinero de pantalón azul y pelo largo llena la bodega de hielo, un viejo que fuma hace cadena con él. Los curiosos observan desde el muelle. Sube un hombre con impermeable amarillo, tiene el pelo cano, la piel cuarteada y arrugas alrededor de los ojos. Voy a seguir mi paseo. No me gustan las caras serias de los pescadores cuando embarcan, no me gustan los curiosos que les señalan. Veo que el viejo del impermeable palmea en la espalda a un chaval con pantalones verdes que carga cajas de madera para el pescado. Los curiosos no pierden ripio. El chaval tiene la cara salpicada por algún grano de adolescencia. Se da la vuelta y observo su mechón a modo de coleta. También está serio el hijo de la patatera. Siempre están serios cuando suena la sirena. Miro a mi alrededor pero no está la patatera. Su hijo deja las cajas y levanta la cabeza, espera que alguien le despida. Compruebo entre el gentío que no está la patatera. No puede dejar su taburete y su cesta, no puede venir hasta el puerto. El chico sigue mirando pero no encuentra el delantal blanco de la patatera. Entonces le saludo con la mano pero no me contesta. Quizá no sabe que le despido a él; sólo soy un veraneante. El barco comienza las maniobras, me quedo pegado al muelle hasta que dejo de ver al chico. No me gusta que se vaya el hijo de la patatera. Continúo mi paseo deseando encontrarla.
Ya se han ido los músicos de generadores callejeros y el indio de la quena. También se ha marchado el poeta de barba blanca. Y esa mulata que hace trencitas en el pelo de las quinceañeras. Pero en su sitio, como la isla y la barandilla, está la patatera. Le compro la última bolsa amarilla del verano y ella, sola y sin sonreír, me da las vueltas. Hoy nadie protege a la patatera y yo no le digo nada. Sé que está sola, pero no soy más que un veraneante y ya he hecho las maletas.

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